Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 21. Javi. Una decisión es un comienzo, pero también es un final
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Javi
Una decisión es un comienzo, pero también es un final.
Me desperté con una pesadilla y la rubia no estaba a mi lado para tranquilizarme, como hacíamos siempre que uno de los dos se levantaba gritando en mitad de la noche. La cama era un inmenso océano vacío sin ella. Me coloqué sobre su al-mohada y hundí la nariz para rescatar algo de su olor. Aún lo conservaba. No sabría describirlo. Era una mezcla de jazmín y alguna otra flor. Un aroma muy difícil de identificar fuera de ella, pero imposible no reconocerlo si has tenido tu nariz entre su pelo rubio, como yo.
Habían pasado unos días desde que se fue. Como dijo Eduardo Galeano: «Todos somos mortales hasta el primer beso o la segunda copa de vino». Echaba de menos ambas cosas con ella. Estaba siendo orgulloso, por supuesto; quizá por eso dormía poco y mal.
Intenté seguir con mi rutina. Me despertaba temprano para entrenar, pero llevaba unos días que no rendía por mucho que me esforzase. Aquella mañana bajé del kayak y me sequé rápido porque hacía frío, incluso con el neopreno. De repente, me entró un mensaje en el móvil, guardado en el interior de la mochila.
Niña.
¿Qué tal estás?
¿A qué hora llegas?
Miré el teléfono triste y cabreado a la vez. Vi ese «Niña» en la pantalla que ella misma había puesto en mi agenda y por un momento sonreí.
Estaba muy cabreado con ella por haber tomado la decisión unilateral de marcharse, pero, en mi fuero interno, sabía que la decisión de no haber buscado una permuta había sido unilateral por la mía. Dejar pasar el tiempo fue un acto de cobardía, esperando que los astros se alineasen para que ella se quedara conmigo, sin más, donde yo egoístamente había retomado mi vida como si nada. Arrastrándola. Estaba enfadado conmigo por ello, lo cual no hacía más que multiplicar mi cabreo por dos. Nunca me había sentido de esa manera. Creo que la rubia me importaba tanto que generaba aquella sensación tan inestable en mí.
—¿Cómo vas, niño? —me preguntó la yaya, que apareció justo cuando estaba desenganchando el kayak del coche.
—Bueno, ahí vamos. Con prisas, como siempre. ¿Qué traes ahí?
—Un bañador de croché que le había tejido a la niña. Estoy aprendiendo a hacerlos...
—Ah, vale... Dámelo, se lo guardo en la maleta.
—Oye, ¿qué vas a hacer? —me preguntó.
—¿Hacer de qué?
—Algo tendrás que hacer.
¿Me lo parecía o mi abuela se estaba poniendo de su parte?
—Bueno, de momento estamos dejando que fluya.
La yaya Catalina soltó una sonora carcajada como nunca le había escuchado.
—Eres igual que tu abuelo. Inmovilistas por naturaleza. Mal, Javi, muy mal.
—Yaya, yo no he sido el que ha tomado la decisión de marcharse de un día para otro —contesté, bastante mosqueado.
—Eso es verdad. Está claro que no has sido tú porque es ella la que ha tenido el valor para hacerlo.
Aquella frase sonó seca y directa. Se giró, dio media vuelta de camino a su casa y siguió mascullando una frase en ibicenco.
—Doncs qui vulgui peix, que es mulli el cul.
Traducido, vino a decir: «Quien quiera peces, que se moje el culo».
Aquello ya era el colmo: como si yo no me hubiese mojado algo más que el culo por ella durante todos esos meses. Es más, esa semana venían a instalar una persiana en la terraza del dormitorio y el wifi por toda la casa. Para que se sintiera a gusto en la isla y para acallar mi conciencia con la permuta, ante un inmovilismo que parecía ser hereditario, se suponía que del abuelo. Si estaba harto de la isla y por eso me marché, ¿por qué me costaba tanto volver a hacerlo? ¿Por qué me había resistido a cumplir con mi palabra o, al menos, a intentarlo?
Eché el bañador de croché en la maleta, que seguía abierta en el suelo de la habitación para llevársela a Madrid.
En ese momento, entró una llamada de mi jefe y en el teléfono sonó la canción de Supersubmarina, «De las dudas infinitas». Otra perlita que había dejado la niña al toquetear mi teléfono.
—Dime.
—Ferrer, acaba de abrirse un foco en la parte alta de sierra de Morna. Vente echando hostias, porque, con el viento, tiene pinta de que va a extenderse y vamos a tener que coordinar equipos todo el fin de semana.
—Vale, voy para allá.
Lo recogí todo con urgencia y me vestí para irme. No podría ir ese finde, pero ella lo entendería.
«Luego contesto», pensé.
Pero no lo hice.