Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 22. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Te deseamos todas, cumpleaños feliz
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Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz
Te deseamos todas, cumpleaños feliz.
Si hubiese tenido que utilizar una palabra para definir la fiesta que Laura preparó en casa para celebrar mi trigésimo primer cumpleaños sería sin duda «contenida», justo como mi estado de ánimo en aquel momento. No obstante, fiel a su estilo, tuvo el encanto y el cariño que Laura le imprimía a todo. Además, lo importante era que estábamos juntos. Bueno, no todos: ese fin de semana Javi no apareció.
El salón estaba decorado con globos rosas, algunos motivos dorados, probablemente comprados en el «Todo a un euro» de debajo de casa, y un poco de confeti. Se notaba que la improvisación había llevado el tono más hacia una fiesta adolescente que hacia una celebración de «señoras bien».
—¿Y el confeti? —le pregunté a Laux entre risas.
—Calla, calla. Bajé a la tienda y solo tenían bolsas de cotillón... Lo siento, rubi, es lo mejor que he podido improvisar.
—Está perfecto. Hay posibilidades de que salgamos ardiendo cuando Pol prenda fuego al confeti fumando, pero está perfecto.
—Hablando de fuegos... ¿Y tu bombero?
La miré con tristeza y, antes de contestar, apareció Lucía bastante animada.
—El año que viene no pienso traer de invitado al «bicho» —dijo, levantando una copa de zumo de piña.
—El año que viene espero que estemos brindando con un copazo, no con un zumo de piña —respondí alzando la copa.
—Pero ¿serás hipócrita? Si la tuya lleva un chorro de Malibú, que yo también me he echado —apuntó Pol, botella en mano, matizando mis palabras y riéndose.
—Oye, que quería solidarizarme con Lucía. —Me defendí al momento.
—Ya habrá tiempo para brindar con copazos —dijo ella mientras juntábamos nuestras copas, al tiempo que Sara aparecía de la cocina con una tarta enorme, sin gluten por supuesto, en la que brillaban unas velas con un tres y un uno que empezaban a derretirse sobre el chocolate.
—Vamos, vamos, que se derrite el treinta y uno. Y eso da mala suerte —dijo Sara con urgencia.
—Mala suerte, no sé, pero comerte la cera debe de dar mal rollo seguro —apuntó Lucía.
—Oye, Sara, ¿eso es un tres? Si sigue derritiéndose, va camino de convertirse en un ocho —añadió Laux.
—Si damos la vuelta a las velas, cumples trece, que se acerca más a tu edad mental —masculló Pol.
—¡Venga, rubia, rápido!
Ante la urgencia de Sara, soplé las velas mientras cada uno cantaba el «cumpleaños feliz» con su versión más particular. La de Laux, por ejemplo, acababa con: «Te deseamos, perra, cumpleaños feliz». Donde la gente duda entre si se dice «te deseamos todos» o «te deseamos...» y el nombre de la persona felicitada, ella lo solventaba con un «perra». Lo remarcó después cantando «Porque es una perra excelente».
—Me gusta tu nueva «yo» ibicenca, rubi. Vas peor peinada que yo —dijo Sara entre risas, feliz de que esa vez no nos metiéramos con su pelo, sino con el mío.
Suspiré. No me importaba parecer una leona, pero ese comentario de Sara me recordó que mi plancha del pelo estaba en la maleta que tenía que traerme Javi ese fin de semana y, por ende, sin querer me acordé de que él no había aparecido. No contestó a mi pregunta de si iba a venir el fin de semana. Me había escrito a primera hora excusándose, deseándome un feliz cumpleaños y diciéndome que no podía venir al final y que me quería, pero ni siquiera me había llamado por teléfono. ¿Qué clase de persona que te quiere no te llama para felicitarte el cumpleaños? Supongo que estábamos más alejados que los quinientos kilómetros que nos separaban.
Al pensarlo, sentí una punzada en el corazón. No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que Laux lo notó: vino a echar más ron en mi zumo de piña y un brazo de amiga por los hombros.
—Mira lo contenta que se ve a Lucía. Es su momento —me dijo con toda la razón del mundo.
Asentí con la cabeza y me fui a dar un abrazo a Lucía y a bailar perreando un poco a su lado. Como Laux me había dejado claro que era una perra excelente, quería demostrarle que tenía toda la razón.
Como la fiesta no fue un despiporre, el domingo no tuvimos resaca. Nos despertamos —bueno, me despertó Laux, como de costumbre— y, después de recoger la casa, pasamos la tarde en el sofá. Era muy entrañable compartir sofá con Laux, ver series, pedir comida y reírnos cuando no teníamos ganas. La vida a su lado, cuando todo se complica, es más divertida.
—¿Qué se siente con treinta y un años, tía?
—¿Intentas decirme que eres más joven que yo?
—Esos dos meses se notan, cariño.
—Pues me siento igual que ayer, pero con una arruga más. Mira las patas de gallo que me salen alrededor de los ojos —forcé la sonrisa todo lo que pude.
—Hombre, con esa cara de cagar que has puesto es normal.
—Ja, ja, ja. —Me reí desproporcionadamente por lo bruta que había sido.
—¿Ves? Son arrugas de sonreír. Más me jodería no tenerlas.
Ya sabía que las arrugas no son más que sonrisas acumuladas a lo largo de los años: cuantas más aparezcan, más significado tendrán. Acaricié las mías y, a pesar de todo, me sentí feliz. No sé cómo lo consigue esta mujer, pero sus palabras siempre me reconfortan.
—¿Estás preparada para ir mañana al hospital con Luci?
—Sí, otra cosa no, pero estoy más que acostumbrada a ir a pruebas médicas. Después de lo de mi padre, soy una experta en algo en lo que nunca nadie debería serlo.
—Eres muy valiente. Lo sabes, ¿verdad?
La miré con el mismo cariño que desprendían sus palabras.
—¿Pedimos algo de cena? —dije, escuchando por fin lo que mi estómago llevaba diciéndome desde hacía un par de horas.
—¡Pues claro! ¿Sushi?
—¡Perfecto!
Me levanté a buscar el folleto del japonés que guardaba junto con otros muchos otros en un cajón de la cocina. Me parecía curioso que, con lo ordenada que era para algunas cosas, ese cajón lo tuviera hecho un desastre. Tenía folletos de pizzas, de comida india, de restaurantes chinos, de kebabs... Guardaba información de cerrajeros veinticuatro horas, lo cual era curioso porque estaban dentro de casa y, a no ser que se quedase encerrada dentro, de poco le servirían. Electricistas, fontaneros, servicios de mudanzas..., y uno que me resultó llamativo: un folleto de una clínica de congelación de óvulos. Cogí el folleto del japonés y nos pedimos una buena bandeja de sushi variado para cerrar el domingo disfrutando de una magnífica cena y haciendo un remember de Gossip Girl.
Yo no destaco por ser una persona puntual. Tengo otras aptitudes, como hacerme la manicura francesa sola o utilizar la ironía adecuada en el momento oportuno. Pero lo de ser puntual se me atraganta. Por eso, la mañana que tenía que acompañar a Lucía al hospital, me puse siete alarmas en el móvil y, además, le pedí a Laura que me despertase.
—¡Rubiaaaa! ¡Son las once!
—¿¡Cómo que las once!? —Me levanté de la cama de un salto y con el corazón fuera del pecho.
—Ja, ja, ja. Que no, que son las siete menos cuarto.
«Qué agradable es esta mujer por las mañanas», pensé.
—¡¡Te matoooo!! —verbalicé.
Laura se descojonó de mí desde la puerta de la habitación, café en mano.
—Tía, qué mal despertar tienes.
—No te jode, mañana voy a ir yo a despertarte a grito pelado.
—Me extrañaría que fueras capaz de despertarte antes que yo —dijo.
Cómo me jodía cuando tenía razón.
—No, pero puedo darte la chapa toda la noche y no dejar que te vayas a la cama hasta que acabe de contarte todas mis anécdotas desde los doce años... —la amenacé.
—Vale, vale... Con las horas de sueño no se juega —dijo preocupada porque le hiciera perder sus ocho horas diarias y reguladas de sueño entre semana y, encima, contándole batallitas como si fuera el abuelo de Los Simpson.
—He dormido fatal. Ya me pasó en Ibiza, que la almohada era una mierda... Pero no lo entiendo, porque esta es la mía de toda la vida... —le dije mientras me desperezaba.
—Ya sabes lo que dicen, rubi: «Las preocupaciones hacen que las almohadas se vuelvan incómodas».
Joder. Yo que blasfemé en chino en Ibiza por la piedra que tenía Javi encima de la cama y quizá no era culpa de la almohada, sino del peso que llevaba dentro. Qué razón tiene Laura a veces...
—Venga, levanta. Hay café recién hecho. Cuéntanoslo todo en el grupo en cuanto Lucía salga de la prueba. Estaré pendiente por si necesitáis lo que sea.
—Gracias, amiga.
Me di una ducha para despejarme la cabeza. Con el agua cayendo por el pelo, sentí cómo las preocupaciones iban resbalando poco a poco. Para mí, las duchas son siempre sanadoras; es un lugar donde aprovecho para llorar y que las lágrimas se confundan con el agua, pero también para relajarme y dejar que el volumen y el peso de algunos pensamientos se atenúen. Como leí una vez: «Si el ruido del mar supera al de tus pensamientos, estás en el lugar correcto». En estos casos, lo extrapolaba al sonido de la ducha, al agua cayendo sobre mi cuerpo. Para las que vivimos en sitios sin mar, es la única posibilidad de sentirlo cerca.
Cuando salí, mucho más relajada, Laux ya se había marchado. Yo ya tenía de nuevo mi coche, que había guardado durante este tiempo en el garaje de mi hermano para poder moverme con libertad. Así Laux no tenía que acercarme y podía irse al trabajo sin esperarme. Seguía con mi excedencia, por lo que podía acompañar a Lucía mientras los demás trabajaban.
Fui a recogerla a casa de Alberto. Cuando llegué, me los encontré en la puerta de la calle, esperándome, bastante nerviosos. Conociéndola, estaba segura de que Lucía no aguantaba en casa sentada. Recordé el momento en que nos conocimos los tres, diez años atrás, cuando coincidimos en nuestro primer evento. Alberto era el jefe de coordinación, y ella y yo éramos azafatas. Íbamos de camino a Talavera de la Reina. Lucía conducía y fue tremendamente borde conmigo. Sincericida, como le gustaba definirse. ¿Quién no ha tenido una amiga que al principio te cayó fatal, pero ahora es una de tus mejores amigas?
Alberto me saludó y besó a Lucía en la frente para despedirse, mientras le daba una mochila.
—¡Llamadme en cuanto sepáis algo! —dijo mientras Lucía entraba en el coche.
Diez años más tarde, era yo la que conducía. Su mirada se perdía por la ventanilla.
Llevaba un vestido largo de lunares y una cazadora motera, el pelo recogido en un moño y unas gafas de sol bastante grandes. Quise hacer el primer acercamiento para comprobar su estado de ánimo.
—¿Has visto que he sido puntual?
—Ya te digo. Increíble, rubia, increíble —dijo mientras fijaba la mirada en los edificios de Madrid.
—¿Estás nerviosa?
—Bueno... Teniendo en cuenta que me he puesto el tanga al revés y que me he fumado medio paquete de tabaco...
—Bueno, quizá hoy no era un buen día para dejar de fumar... —añadí, intentando bromear.
—¿Me puedo fumar otro aquí?
—Mejor vamos a empezar a dejarlo desde ya, ¿no?
—Qué coñazo eres. Me voy a fumar uno —dijo Lucía, bastante seca, mientras sacaba un cigarrillo. Estaba muy nerviosa.
—Luci, todo va a salir bien —le aseguré, poniendo una mano sobre su rodilla.
No hizo falta decir nada más. Respiró profundamente y dejó caer la cabeza sobre el reposacabezas del asiento del copiloto.
—¿Qué llevas en la mochila? —Intenté cambiar de tema.
—Pues lo básico: pijama, bragas, tabaco, mechero, lima...
—¿Por si te tienes que escapar del hospital?
—Ja, ja, ja. Qué graciosa. Podré tener tocado el ganglio centinela ese, pero no me va a pillar con las uñas jodidas. —Lucía me mostró su impoluta manicura roja.
—Pero ¿tú no sabes que no puedes ir con las uñas pintadas a quirófano?
—¿¡Cómo que no!? ¡No me jodas! ¿Por qué?
—Pues yo qué sé. Por higiene o porque no les gusta a los anestesistas... ¡Qué coño sé! Pero tampoco puedes ir con pendientes y llevas más bisutería en el cuerpo que la Pantoja —le dije mientras señalaba uno de sus aros gigantes.
—Madre mía, qué cruz... ¿Y ahora qué hago?
—Espera, vamos a llamar a Laura y le preguntamos si lo de las uñas es importante o no.
Mientras sonaban los tonos a través del bluetooth del coche, Lucía no dejaba de mirarse la manicura.
—¡¡¡Chiquiiiiii!!! ¿Cómo vais? —contestó Laura al otro lado del teléfono.
—Laux, ¿pasa algo si llevo las uñas pintadas para lo de la biopsia? —dijo Lucía al momento.
—¿Llevas las de los pies y las de las manos?
—¡Nos ha jodido! Por supuesto. Y las llevo a juego.
—¿De qué color son?
—¡Rojas!
—Buaaaah, ¡qué cagada!
—¿Por quééééé? —preguntó Lucía, apurada.
—Joder, porque no pegan con el quirófano, que suele ser blanco y verde.
Se me escapó una carcajada.
—Sois imbéciles las dos —soltó Lucía muerta de risa.
Habíamos conseguido calmar los ánimos y llevarla con una sonrisa al hospital.
—No, en serio. No hay que llevarlas pintadas porque el color natural de las uñas da mucha información sobre el estado general del paciente. También por higiene y porque el saturómetro se coloca en la punta de los dedos y, si las uñas están pintadas, puede dar una lectura incorrecta. Pero, vamos, que, si es necesario, cualquier compañera tendrá algodón y quitaesmalte a mano. No eres ni la primera ni la última que llega así a quirófano, hija.
—Qué seria te pones cuando hablas de lo tuyo, Laux —dije asombrada después de una explicación tan detallada.
—Bueno, pues os lo he contado mientras meo. Os he soltado la parrafada para que no oyerais las últimas gotas.
Las tres nos descojonamos de nuevo y colgué. Miré a Lucía y tenía mejor cara que cuando salimos de casa de Alberto. La risoterapia estaba funcionando, al menos hasta que llegamos al hospital.
Entregamos los papeles en admisión y le asignaron una habitación. La operarían a mediodía y, como mucho, pasaría una noche ingresada, quizá ni eso.
Se pasan muchos nervios en el momento previo a entrar en el quirófano. Yo lo sabía, ya que había acompañado a mi padre muchas veces. Esperaba con él, intentando amenizar el rato con alguna conversación que le gustara, como lo hacía en ese momento con mi amiga. En la habitación, Lucía se puso la bata y las calzas para entrar a quirófano, pero se negó a ponerse el gorro.
—Estás tremenda —le dije sonriendo.
—Que no, rubia, que yo esto no me lo pongo.
—Venga, si te queda bien hasta un gorro de natación.
—Qué perra eres. Tú lo que quieres es reírte de mí. —Me golpeó con el gorro.
De repente, tras las últimas risas, nos quedamos en silencio y ella, que sin duda había hecho un gran esfuerzo por estar animada, se derrumbó y se puso a llorar. La abracé y dejé que lo soltase todo.
—Tengo mucho miedo, rubia.
—Ya lo sé, cariño, pero estoy contigo. No te preocupes, no es nada.
—No es la operación lo que me preocupa: son los resultados los que me dan miedo.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, que aún no sabemos nada.
—¿Y si cuando lo sepamos es malo? —dijo mirándome a los ojos, como si quisiese que me asomara al miedo que había dentro de ellos.
—Pues seguro que habrá un tratamiento —le dije, saliendo de su mirada con una sonrisa tranquilizadora.
Una de las cosas que aprendí con el cáncer de mi padre era que es importante ser positivos, pero también claros. Es ver que hay opciones para cada problema y que los médicos tienen las herramientas para cuidarnos. Todo lo demás vendrá. Si eres capaz de mentalizarte, tienes ya medio camino hecho. Y el proceso, tal y como sabía por la experiencia que atesoraba, solía ser una carrera de fondo.
—Ahora céntrate en esto: cuando te vayan a anestesiar y estés a punto de quedarte dormida, piensa en algo bonito —le dije para aplacar sus nervios.
—¿Por qué? —preguntó Lucía intrigada.
—Porque si te duermes pensando en algo bonito, despertarás con esa misma sensación. Si te duermes llorando o con miedo, lo harás con esa inquietud. Acuérdate de esto, porfa.
—Vale —respondió convencida—. Voy a pensar que estamos en una playa paradisiaca, en un hotelazo, con un par de mojitos en la mano.
Un celador llamó a la puerta justo cuando la abrazaba por última vez antes de que se la llevaran en la camilla. Nos cogimos la mano y nos despedimos con la frase «Vamos con todo», que tanto sentido cobró en aquel momento.
Pregunté, casi de manera instintiva, cuánto tardarían en traer a Lucía de nuevo. Me dijeron que llamarían al teléfono de la habitación desde observación en cuanto saliese. Les ofrecí mi móvil para que no hubiera posibilidad de error e ir a comer algo, ya que tardarían horas. Aproveché el momento para reportar noticias en el Dramachat.
Dramachat
Laux., Lucía azafata., Sara., Tú
Ya ha entrado en el quirófano.
Sara, que nunca está pendiente del grupo, contestó al segundo.
Sara.
¿Cómo la has visto?
Bien. Estaba tranquila.
Laux.
Sois unas valientes.
Que lo sepáis. Os amo.
Y nosotras a vosotras.
Sara.
¿Qué vas a hacer mientras?
Pues voy a ver
si desayuno algo.
Laux.
Aprovecha para donar sangre, a ver si
la tienes rosa.
Sara.
La rubia no puede donar sangre porque hay
que pesar 50 kilos y ella es muy pequeña
para esas cosas...
Jajajaja, ¡perra!
Laux.
Jajajaja. Luego nos cuentas.
Aproveché para escribir a Pol y a Alberto por privado y les dije que había entrado en el quirófano, que estaba tranquila y que en cuanto tuviese noticias, les informaría. Miré el móvil por última vez: solo habían pasado siete minutos desde que se habían llevado a Lucía. Pintaba que la espera iba a ser eterna, por lo que más me valía entretenerme con algo.
Bajé por la escalera en busca de la cafetería para ver si, con suerte, había algo para desayunar sin gluten que no fueran galletas secas. Imaginaba que sí, ya que en los hospitales suelen ser sensibles a estos temas, así que fui con la idea de moverme un poco y acortar el tiempo.
Todas las plantas de los hospitales son un calco unas de otras. Decoradas igual y con la misma disposición, tenía la sensación de estar en un decorado de televisión donde, cada vez que bajaba una planta, parecía estar en la anterior. De hecho, tenía que mirar el cartelito del número de planta para convencernos a mí y a mi cerebro de que habíamos bajado a la siguiente. Sin embargo, al llegar a la segunda, me llamó la atención que una de las alas estaba decorada con unos dibujos muy coloridos. Se notaba que eran infantiles, pero estaban ilustrados con mucho gusto. Era una planta totalmente diferente y rompía con el patrón anterior. Imaginé que sería el área infantil. Como no había nadie, entré a curiosear, algo propio de una persona con tiempo libre. Anduve por uno de los pasillos, recreándome en un precioso árbol que ornamentaba toda una pared de unos cinco o seis metros, con sus ramas y frutos. Desde el ventanal contrario, el sol marcaba todo el mural y se colaba por las ventanas de las puertas que daban acceso a las salas y habitaciones, donde había mobiliario infantil muy cuqui. Una mesita con forma de seta, sillitas minúsculas, que quizá me valían, y taburetes con forma de troncos, como si fuese un bosque. En el cartel se informaba de que era la zona de oncología pediátrica. Me dio una punzada en el corazón al leer esas dos palabras juntas. Vi a una niña sin pelo junto a sus padres mirando unas estanterías llenas de cuentos y juguetes. Ellos no me vieron, pero me avergoncé al sentirme una intrusa en aquella planta. Decidí volver a la escalera principal, caminando con firmeza cuando me encontraba con alguna enfermera, como si supiese adónde iba.
Al llegar al final del pasillo, lejos de encontrar la salida, me topé con una zona que estaban remodelando. Había plásticos en las paredes, pintura y algo de cemento. No estaba abierta al público, pero la curiosidad y el precioso colorido de las paredes me empujó a seguir investigando. Me asomé a una de las primeras salas a través de la ventanita de la puerta, en cuyo ojo de buey habían aprovechado para dibujar un sol a su alrededor con un precioso atardecer. En el interior del espacio, un mural estaba sin terminar y, de espaldas a mí, un chico, muy alto y moreno terminaba de tintar las partes delineadas.
Llevaba unos cascos y un uniforme. Delineaba con delicadeza: se notaba que estaba disfrutando porque lo hacía casi a cámara lenta, para saborearlo. Verle era una experiencia muy relajante, tanto que me quedé embobada observándole.
En un momento dado, se giró para limpiar el pincel en un pequeño cubo que había en el suelo y vi su cara.
Me quedé congelada.
Tenía quince años más, pero era él.
Tenía un corte de pelo distinto, pero era él.
No sabía si su olor seguiría siendo aquel adictivo aroma a gasolina ni si la melodía que le acompañaba aún sonaría triste, pero era él.
Nacho, mi primer amor y la primera decepción de mi vida.
Tengo todas las palabras para describir ese momento, pero ninguna le haría justicia. No soy tan buena escritora, no tanto como para describir la sensación que recorrió mi cuerpo, inmóvil por momentos, al verle tantos años después. Como un coche que se queda sin batería de repente y avanza unos metros hasta detenerse.
Respiré profundamente, porque tenía que hacerlo para seguir viviendo, y lo hice tan fuerte que, al otro lado de la puerta, Nacho me oyó.