Contando atardeceres
PARTE III. EL REENCUENTRO » 23. Serendipia. Hallazgo valioso que se produce de forma accidental o casual
Página 30 de 56
23
Serendipia
Hallazgo valioso que se produce de forma accidental o casual.
A la última persona que me hubiese esperado encontrar en aquel momento hubiese sido a Brad Pitt. Y después a Nacho.
La cara de ambos fue lo más parecido a un poema de Baudelaire. Indescifrable.
—¿Nacho? —dije sin que apenas mis cuerdas vocales vibraran lo suficiente.
—¿Enana? —respondió él.
Escuchar otra vez la palabra «enana» después de tantos años me afectó. No sé cómo pasó, pero sentí que la palabra viajaba de los oídos al estómago.
—Pero ¿qué haces aquí? —le pregunté.
—Pues trabajo aquí, soy celador. Y tú, ¿estás bien?
Quizá Nacho se imaginaba que estaba enferma; al fin y al cabo, estábamos en un hospital.
—Sí, sí. Yo sí. He venido a acompañar a una amiga: está en el quirófano justo ahora.
—Menuda sorpresa, ¿no?
—Pues sí, la verdad —dije, sin ocultar la ilusión que me hacía volver a encontrarme con él.
Cuando me fui del instituto y Nacho decidió romper porque, según él, no era bueno para mí estar a su lado, me enfadé muchísimo. A pesar de ser muy jóvenes, siempre nos habíamos apoyado el uno en el otro. Por eso jamás entendí aquella decisión. Incluso cuando su situación personal era crítica y tuvo que dejar las clases para solventar las deudas de su padre, nunca dejé de apoyarle. Tanto tiempo después, cualquier rastro de aquel dolor era inexistente.
—¿Lo has pintado tú? —le pregunté mientras observaba el mural.
Debió de percibir mi duda acerca de si una de las funciones de los celadores era también ilustrar las paredes, y sonrió con aquella pose que tantas veces había visto y que tan poco había cambiado con el paso de los años. Era una sonrisa perfecta a juego con aquellos ojos que seguían siendo tan azules como los recordaba. Qué bien le habían sentado los años.
—Sí. Soy celador en el hospital, pero también pinto.
—Ah, vale, vale... Ahora todo cobra sentido —dije, escurriendo un poco el bulto e intentando avanzar con la conversación para evitar que se me notase que estaba nerviosa—. ¿Y cómo es que eres celador?
Nacho sonrió de nuevo y me puso al día de lo que había sido su vida desde que las nuestras se separaron.
—Pues fue casi por casualidad. Al cabo del tiempo conseguimos saldar la deuda de mi padre y pude pensar en qué me gustaría hacer. No había tenido tiempo de decidirme, la verdad... Años después de que... Bueno, ya sabes, después de que tú y yo...
—Después de que rompiésemos —dije por inercia, sin rencor.
—Sí... Bueno, después de que lo dejáramos.
Era un eufemismo decir que lo «dejamos» cuando fue él quien tomó la decisión por mí, pero ¿quién podía estar enfadada por algo así tantos años después? No tenía sentido arrastrar la rabia o el dolor durante todo ese tiempo. La casualidad, la providencia o el destino me habían puesto por delante, de nuevo, a una de las personas más importantes de mi vida, aunque solo fuera para saber que estaba bien. Era de agradecer. Muchas veces había pensado en qué sería de él. En ese momento estaba obteniendo la respuesta a esa pregunta: y la verdad era que Nacho estaba muy bien. En todos los sentidos.
—Ya veo que sigues tan directa como siempre. Y la nariz no te quedó mal, después de la hostia que te diste con la pelota de vóley —continuó diciendo él, haciendo un guiño al incidente que marcó nuestra relación.
—Ja, ja, ja. Qué tiempos.
—Pues eso, que al final volví a estudiar. Acabé con buena nota. Oposité para sacarme una plaza de celador y aquí estoy... Y lo que ves. Bueno, ya sabes que siempre se me dio bien dibujar.
—Ja, ja, ja. No como a mí, que cuando dibujaba un gato, solo yo sabía si era un gato o un conejo.
—Ja, ja, ja. No se te daba tan mal, aunque lo tuyo siempre fue escribir... —respondió con una mirada cómplice.
Sabía que se refería a las notas que le escribía. Era como si hubiésemos vuelto al pasado. Con la timidez de los dieciséis años, pero con la complicidad que existía entre ambos intacta.
Dirigí de nuevo la mirada hacia el mural. La calidad y el acabado eran buenísimos. Ya de pequeño dibujaba muy bien, pero los matices eran increíbles. Nacho lo percibió y siguió explicándose:
—Antes de ser celador, colaboraba como voluntario con una asociación que se dedica a humanizar las plantas infantiles de los hospitales. La primera vez que vienes impresiona, pero cuando ves el cariño y notas que tu trabajo tiene una gratificación tan grande... Pensé que podría trabajar como celador, además de colaborar con la asociación y de echar una mano en lo que pudiese. Hay niños que pasan mucho tiempo en un hospital, y conseguir que su estancia sea lo más agradable posible es fundamental. —Se quedó pensativo un segundo antes de añadir—: Mira, ven. —Me agarró con delicadeza del brazo para llevarme a otra sala—. Aquí está el aula hospitalaria. Ningún niño debería pasar sus años de estudio como un adulto. Es importantísimo que su vida cambie lo menos posible y que, cuando estén aquí, les dé la impresión de que están en la clase de un colegio.
Entendí que Nacho no quería que ningún niño pasase por lo que él pasó. Sentía un nexo de unión muy fuerte con aquellos niños y con aquel lugar. Había vivido su infancia y adolescencia con los problemas propios de un adulto. Aquella era una manera de facilitar el camino a otros, aportando su granito de arena.
Seguía sin palabras, como si me hubiese comido la lengua el gato, que diría mi padre. Conocía la labor de los profesores del aula hospitalaria e incluso de atención domiciliaria; pero me dediqué a escuchar, encantada. Era el momento de Nacho, ensimismado hablando de su trabajo. Continuaba siendo el hombre con el corazón más grande que había conocido y quería seguir sabiendo más de él.
—Bueno, cuéntame más. ¿Cómo te va todo? Toca preguntar lo típico: ¿te has casado? ¿Tienes hijos? —le bombardeé, convenciéndome de que era lo que se hacía en esos casos.
—¡Qué va! Nada de nada. Estoy soltero y sin hijos. Bueno, tengo un perro, que podría considerarse mi hijo, eso sí.
—Ja, ja, ja. Me hago a la idea. Siempre te gustaron los animales.
Recordé que Nacho tenía una buenísima golden retriever adoptada cuando íbamos al instituto. Yo siempre había sido de gatos y él de perros, pero amantes de los animales, al fin y al cabo. Nacho era de los que iban con cuidado por los parques para no pisar las filas de hormigas.
—Pues ahora más todavía. Ya sabes lo que dicen: «Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro» —dijo sonriendo.
En aquel momento, me vino a la cabeza aquella idea sobre la naturaleza humana: sabes cómo es una persona por cómo trata a los animales. Recordé la frase de Schopenhauer que decía: «La compasión por los animales está íntimamente conectada con la bondad de carácter y se puede afirmar, con seguridad, que el que es cruel con los animales no puede ser un buen hombre». Sin duda, Nacho seguía siendo una muy buena persona, convertido ya en hombre.
—Bueno, ¿y tú? ¿Qué has hecho en todos estos años? ¿Te has casado? ¿A qué te dedicas?
Justo cuando iba a contestarle, sonó mi móvil con un número muy largo. Al otro lado del teléfono, alguien muy amable me preguntó que si era familiar de Lucía Romasanta. Ante mi respuesta afirmativa, me dijo que ya estaba en reanimación y que pronto la subirían a planta.
—Van a subir a mi amiga a la habitación. Me tengo que ir.
—¿Quieres que te acompañe?
—Claro.
Y de la misma forma que Nacho siempre me había acompañado a casa al salir del instituto quince años antes, en aquella ocasión me acompañó hasta la habitación de Lucía.
Un compañero de Nacho entró por la puerta con ella en la camilla. Estaba adormilada, con los ojos medio cerrados. El otro celador se dirigió a Nacho:
—Hola, ¿eres familia de la chica?
—Eh, no. Bueno, soy un amigo.
—Vale. —Se giró hacia mí—: ¿Es usted el familiar?
—Sí —afirmé. No quería entrar en explicaciones: esperaba que me contase cómo había ido todo.
—De acuerdo. Enseguida subirá la cirujana que la ha operado para contárselo todo. —Me sonrió, se despidió y se marchó.
En ese momento, Lucía abrió los ojos, ebria de anestesia, y se dirigió a Nacho.
—¡Hola! ¿Me pones un mojito, por favor?
Nacho sonrió.
—Venga, que he pagado el todo incluido. ¿No ves la pulsera? —Lucía se señaló la pulsera del ingreso.
Nacho se rio con paciencia. Sin duda, estaba acostumbrado a las salidas de tono que tienen las personas que vuelven tras una anestesia y le contestó con serenidad:
—Ahora te lo traen todo —dijo, mientras echaba un ojo a su informe.
Ella estaba bastante aturdida todavía y tenía la lengua muy suelta.
—Rubi, ¿tú has visto lo bueno que está este tío? —me dijo susurrando a gritos, al más puro estilo Laux.
Me descojoné flojito y Nacho se puso rojo como antaño. Hay cosas que no cambian en una persona por mucho que pasen los años.
Al volver a mirar a Lucía, me fijé en que su brazo estaba bastante inflamado.
—¿Has visto cómo tiene el brazo? —le dije a Nacho, que seguía leyendo el informe de la prueba.
—No te preocupes, ahora te contará la cirujana. Veo que es la doctora Lozano. Ya verás qué agradable es.
En ese instante, la puerta se abrió de nuevo y una enfermera entró, sorprendiéndose al ver a un celador en la habitación.
Quizá la situación era un poco incómoda. En cualquier caso, él aprovechó el momento en que la enfermera se puso a revisar los sueros para hacerme un pequeño gesto de despedida. Le acompañé a la puerta.
—Bueno, ya nos veremos... —le dije con cariño.
—Supongo que a estas alturas de la vida ya tendrás móvil y no andarás llamando a escondidas desde el fijo de tus amigas —respondió, mofándose de aquel momento en que los padres de Lauri nos pillaron llamando al móvil de Nacho al inicio de la década de 2000, con lo que costaba una llamada de fijo a móvil en aquella época.
—Ja, ja, ja. Eso parece. Dame el tuyo, que perdí todos los números. Te hago una perdida.
Así lo hizo. Se despidió de Lucía, que seguía en su mundo de la piruleta.
—¡Perdona! ¡Perdona! Antes de que te vayas... —gritó ella.
—Dime —contestó amable Nacho.
—¿Qué signo eres?
—Aries —respondió él como si nada.
A saber la cantidad de cosas que les preguntaría la gente en ese estado como para que ni se sorprendiese.
—Uhhhhhh, aries... —dijo Lucía con un tono preocupante.
—¿Pasa algo con los aries? —me preguntó Nacho muy bajito.
—Ya te lo cuento otro día —respondí en clave de humor.
—Mañana estaré por aquí. Me pasaré a veros, si quieres.
—Bueno, no creo que se quede ingresada. O eso nos dijeron. A ver qué tal... Espero que haya ido todo bien —le expliqué, muy bajito.
—Tranquila, estaré por aquí. Cualquier cosa que necesitéis, lo que sea, llámame. —Nacho se despidió, me dio dos besos y se fue.
Me acerqué a Lucía dando por hecho que con esa pregunta del horóscopo estaría todavía grogui. Le toqué la frente con cariño.
—Oye, que ya estoy despierta —me dijo intentando recomponerse, aunque aún tenía los efectos de la anestesia en su cuerpo—. ¿Quién era ese celador? Porque tenía pinta de que os conocíais... No me digas que has estado ligando en este rato.
—Es una larga historia...
—Pues vamos a estar aquí un buen rato hasta que se me pase el pedo de la anestesia...
Le conté quién era. Ella, por supuesto, conocía la historia, aunque nunca le había visto.
—Vaya coincidencia cósmica, tía. Pues menos mal que te pilla ennoviada con Javi y en vuestro mejor momento de amor, que, si no, ya te veo de regreso al pasado adolescente...
—Sí, sí... —Me hice la tonta. Todavía no le había contado que Javi y yo ni nos hablábamos desde que había vuelto a Madrid. Lo último que quería es que se sintiese culpable—. Bueno, y tú..., preguntándole el horóscopo. Anda que vaya tela.
—Es que, si llega a ser escorpio, me arranco el suero —dijo mientras movía el brazo y se quejaba por la hinchazón, siendo consciente en ese momento del dolor.
—Voy a llamar a alguien —afirmé, preocupada.
—Sí, por favor.
Entonces entró la doctora Lozano. Se presentó y nos comentó los detalles de la cirugía. Habían realizado una biopsia a varios ganglios. Además, de forma preventiva, también habían extirpado los de la axila. Tocaba esperar los resultados.
—Me duele el brazo —dijo Lucía, señalando la parte inflamada.
—Es un linfedema. Sucede cuando se bloquean los canales linfáticos al extirpar ganglios.
La doctora cogió el brazo de Lucía y lo apretó por varios sitios, obteniendo como respuesta unos gritos de dolor como nunca le había escuchado.
—Te pondremos analgésicos y veremos cómo evolucionas. Esta noche te quedas ingresada. Mañana me paso a lo largo del día para ver cómo va todo.
Las dos le agradecimos la visita y nos quedamos en silencio, asumiendo que tendríamos que pasar allí la noche.
—Bueno, habrá que ser pacientes, ¿no? —le dije a Lucía, que respiró hondo.
Nunca la palabra «paciente» había cobrado tanto sentido.
Al cabo de unas horas llegó Alberto, que me tomaba el relevo esa noche para dormir con ella. Insistió en quedarse y, como yo llevaba allí todo el día, pensé que le vendría bien ver otra cara y tener otras conversaciones.
—Ha sido muy valiente —le dije a Alberto mientras miraba a Lucía.
—Desde luego —respondió.
Alberto me acompañó hasta la puerta y nos dimos un abrazo que encerraba toda la emoción que ambos llevábamos dentro.
—Mañana por la mañana estoy aquí a primera hora, ¿vale?
—Tranquila, me encargo de todo.
—Si se pone pesada, ya sabes que hay que sacar cualquier tema de horóscopos y dejar que hable. Cualquier cosa que necesitéis, me dices, ¿vale?
—Oye, que os estoy escuchando. Que tengo el brazo como Popeye, pero del oído estoy fina fina. —Lucía hizo el amago de levantar el brazo, pero lo tenía muy hinchado.
—¿Enfermera? Creo que mi amiga necesita un tranquilizante de caballo para dormir toda la noche —le contesté en broma.
—¡Qué perra eres! —dijo ella mientras Alberto y yo nos reíamos.
Finalmente, me despedí y me marché. Esa noche, en vez de escribir en nuestro Dramachat habitual, donde también estaba Lucía, creé otro grupo con Sara, Laux, Pol y Alberto. De esa forma, podríamos actualizarnos sobre el estado de Lucía sin que ella se sintiera violenta.
Actualización Lucía
Alberto amigo Lucía., Laux., Pol vecino., Sara., Tú
Chicos, creo este chat para que nos
contemos cómo va Luci en
todo momento y
nos podamos organizar.
Sara.
Ay, sí. ¿Cómo está?
Pues lo que os comentaba,
se le ha inflamado el brazo derecho
después de la cirugía, le han extirpado
varios ganglios de la axila.
Y se queda esta noche ingresada.
Laux.
Eso es por fumar...
¿Y eso?
¿Por qué?
Laux.
Bueno, es una consecuencia
de haber extirpado ganglios,
pero fumar es un factor de
riesgo...
Pol vecino.
Nota mental: que no me extirpen
ningún ganglio.
Pero ¿se pondrá bien?
Laux.
A ver, lo más importante
de esta intervención no
es la hinchazón ni los
puntos. Son los resultados.
Así que a esperar. Y que se quede allí es lo mejor.
Sara.
Esperemos que vaya todo bien.
Por favor, que no pase nada.
Nos va a tocar arroparla
mucho en estos días.
Pol vecino.
Ya tengo preparada una batería
de comentarios ingeniosos...
Te veo ahora en casa, @Laux.
Cuando llegué a casa, Laux todavía no estaba. El día en el hospital, con tantas emociones, me había dejado agotada, así que no tenía ganas de preparar la cena. Busqué entre la publicidad de comida rápida y volví a ver el folleto de la clínica de fertilidad que Laux seguía conservando. Cuando ella entró por la puerta, la miré y le espeté, con un folleto de un restaurante de pizza en la mano y el de la clínica en la otra:
—¿No tienes nada que contarme?
—Pues no sé... Tengo hambre, la regla, una señora de setenta años se pensaba hoy que era su nieta y quería darme una paga de cincuenta euros...
—No los habrás cogido, ¿no?
—Te iba a invitar a cenar...
—Ja, ja, ja. No te creo. Capaz eres...
—Que no... ¡Es coña! ¿Por quién me tomas? —dijo mientras nos reíamos—. ¿Qué tal Luchi?
—Bien. Mañana a primera hora iré a verla.
—Muy bien, a primera hora voy contigo. —Entonces, respiró y continuó hablando—: Bueno, y ¿qué más tienes que contarme? —dijo, como sabiendo que había algo que no le estaba contando.
—Vas a flipar. Hoy, mientras esperaba a que Lucía saliese de quirófano, me he encontrado con Nacho.
—¿¿¿Quééééééé??? ¿Dónde?
—Pues, tía, en el hospital. Trabaja allí. Estaba pintando un mural.
—¿Es pintor?
Me reí, imaginándome a Nacho como Picasso.
—No, no. Es celador. Lo que pasa es que colabora en un voluntariado para decorar las plantas de ingresos infantiles.
—Ahhh, joder. Qué majoooo. Me encantan las áreas de los hospitales que rebosan colorido. Todas deberían ser así. Ya quisiera yo que hiciesen eso en mi hospi, que las plantas de oncología pediátrica son más frías...
—Sí, tía, era precioso. Además, los dibujos eran increíbles...
—Bueno los dibujitos y tal... Bien, vale. Pero ¿cómo estaba él? ¿Qué has sentido? ¿Estaba bueno? ¿Le has hablado de Javi? ¿Vais a quedar?
Laura estaba alteradísima, así que contesté a algunas de sus preguntas y evité otras.
—Pues estaba bien y está muy bueno, qué te voy a decir. Los años le han sentado fenomenal. Sigue teniendo los ojos más azules del mundo y ahora lleva una barbita de varios días que le hace así como «interesante».
—¿Y qué más? —indagó, ávida de información.
—Poco más. Nos sorprendimos mucho al vernos; hablamos un rato y ya. Nos hemos dado los teléfonos.
—Estoy aluciflipando en todos los colores.
—No es para menos. Imagina cómo me he quedado yo...
—Buaaah, no me quiero ni imaginar la cara que se te habrá quedado... ¿Y qué te ha contado? ¿Os habéis puesto al día?
—Pues hemos hablado poco. Me ha contado algunas cosas de su curro, que estaba soltero y poco más.
—¿Y tú qué le has dicho? ¿Y Javi?
—Pues eso me gustaría saber a mí...
—¿No sabes nada de él?
Negué con la cabeza y dejamos ahí la conversación, ya que sonó el telefonillo. Era la pizza tropical que tanto le gustaba a Laux y que nos íbamos a comer, regada con cerveza para pasar el trago.
Esa noche, tumbada en la cama, me fijé en mi muñeca: se me había roto uno de los hilos de la pulsera que Javi me había regalado en Ibiza. A pesar de que todavía quedaban algunos sujetándola, debía tener cuidado para que no se rompiese del todo.