Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE III. EL REENCUENTRO » 24. Reencuentros bonitos. Es una larga historia…

Página 31 de 56

24

Reencuentros bonitos

Es una larga historia...

A la mañana siguiente, Laura y yo nos levantamos temprano con la idea de estar a primerísima hora en el hospital. No queríamos que la doctora pasase por la habitación sin que nosotras estuviésemos cuando le informara. Justo cuando íbamos a salir de casa, sonó el timbre. Era Sara.

—¿Qué pasa? ¿Hoy vamos todas a ver a Lucía? —les pregunté a las dos, viendo por dónde iban los tiros.

—Claro, vamos a darle una sorpresa —dijo Sara muy animada.

—Y si de paso nos encontramos con algún celador, pues perfecto, ¿no? —respondí, buscando la confesión de ambas.

—¿Por qué dices eso? No sé de qué me hablas —contestó Laux.

—La verdad es que no tengo ni idea —añadió Sara.

—Esta rubia, cuando no duerme bien, se levanta de un conspiranoico...

Laura y Sara se estaban descojonando en mi cara mientras yo fruncía el ceño.

—Anda que has tardado en contárselo, ¿eh? —le dije a Laux con sorna.

—No ha sido ella —intervino Sara, exculpándola—. Ha sido Alberto, que hablé con él anoche para ver cómo estaba todo. Me dijo que le había contado Lucía que te habías encontrado en el hospital con tu amor de la adolescencia y que trabaja allí.

—Toma, por lista —dijo Laux, sintiéndose invencible por un momento—. Ahí donde la ves, con ese flequillo rata, tiene sus fuentes.

Miré a Sara, alucinando al ver cómo la información acababa pasando de unas manos a otras, extendiéndose más rápido que el fuego. Mala analogía aquella, sabiendo que Javi estaba a quinientos kilómetros de distancia y que no tenía noticias de él.

Cuando llegamos al hospital, nos propusimos tener una actitud positiva de entrada. Nada exagerado, pero sí intentar aportar un poquito de energía. Conforme nos fuimos acercando a la habitación 111, el silencio reinante nos provocó ciertas dudas. Alberto sintió nuestra llegada y se acercó a la puerta, susurrando.

—Ha pasado buena noche, pero llevamos desde las siete de la mañana con jaleo por todo tipo de cosas: análisis, limpieza de habitación, cambio de sueros, medicación...

—¡Incluso ha venido la peluquera a domicilio! —dijo Lucía desde la cama, gritando a pleno pulmón.

Respiramos las tres como si nos hubiesen quitado una mochila llena de pares de botas Dr. Martens. Nos acercamos a ella. El brazo, que seguía muy hinchado, llamaba muchísimo la atención. No pudimos evitar mirarlo y Lucía se dio cuenta.

—Sí, tengo el brazo como el de tu bombero, rubia, no nos vamos a engañar. Me he dado cuenta —dijo, intentando aligerar la conversación.

Laux se acercó y lo tocó con suavidad.

—Está caliente... ¿Cuándo va a venir la doctora? —preguntó.

—Creemos que a mediodía —dijo Alberto.

—Voy a ver a las compañeras, por si me cuentan algo. —Laura salió con paso firme de la habitación.

—Joder, qué ganas tengo de salir de aquí y meterme un McDonald’s entre pecho y espalda... La comida de hospital es tal y como lo cuentan: una mierda.

—¿Y quieres una hamburguesa? —preguntó Sara desconcertada.

—Necesito mandanga, que a base de yogures este cuerpo no se sostiene...

La actitud de Lucía nos hizo recuperar la sonrisa. Era increíble que ella nos animase a nosotras. Sin embargo, ya vi preocupada una vez a Laux en aquella playa y no le di importancia. Esa vez, al darme cuenta de cómo le tocaba el brazo, me quedé con la mosca detrás de la oreja.

—Otra cosa que necesito de manera urgente es un piti...

—¡Eso sí que no! —dijo Laux, entrando de nuevo en la habitación—. Vas a dejar de fumar a la voz de ya. He hablado con las compañeras: tienes que estar con el brazo en alto. No seas cabezona.

—¡Es que es un puto coñazo!

—¿Se puede saber qué edad tienes? —le preguntó Laux con ironía.

—No, no se puede —respondió Lucía, estando a la altura.

—Era una pregunta retórica.

—Me gusta contestarlo todo para que no haya dudas.

—Veeenga, déjate de coñazos, que para coño grande, el mío —le espetó Laux, tras aquella batalla dialéctica tan entretenida, mientras le colocaba el brazo a Lucía casi en posición vertical.

En ese momento, Nacho apareció por la puerta y todas giraron sus cabezas como un búho, curiosas.

—Hola, ¿cómo va la paciente? —preguntó vacilante.

—¡Muy bien! —contestó Lucía, algo más enérgica.

Nacho entró en la habitación e hice las presentaciones oficiales con Laux, Sara y Alberto.

—Bueno, yo me voy. Os doy el relevo —se despidió Alberto justo cuando se abría de nuevo la puerta y entraba Pol en la habitación.

—¡¡¡Poool, has venido!!! —gritó Lucía emocionada.

—Claro... ¿Qué te creías? ¿Que no iba a venir para ver cómo te había quedado el pecho después de la operación?

—¿Qué pecho? ¿Qué dices? —Lucía contestó sorprendida.

—Pero ¿¡no habías venido a hacerte un aumento de pecho!?

—¡Qué idiota eres!

Todos nos reímos.

—Las bubis no le han crecido. Aquí todas somos de teta pequeña y corazón grande, pero mira el brazo...

—Bah, lo he tenido peor alguna vez de... —Pol hizo un gesto de masturbación.

—No, Pol, por favor...

—Qué desagradable eres cuando quieres...

Todos nos quejamos y nos reímos, incluido Nacho.

Sinceramente, temía que pudiese asustarse con el nivel de nuestro humor, así que aproveché el momento de risas para salir fuera con él, con la excusa de que éramos demasiados en la habitación.

—Disculpa, pero tenemos el nivel del chistómetro un poco alto... O bajo, según se mire... —dije, haciendo alusión a Pol y su broma.

—Ja, ja, ja. No te preocupes, me estaba riendo mucho. Lucía y los demás son muy... personajes —afirmó Nacho.

—No lo sabes bien... —le confirmé.

—He preguntado por sus resultados por si pudiera avanzaros algo, pero todavía tardarán. Ahora pasará la doctora para contaros.

—Muchas gracias por preocuparte.

—No hay por qué darlas, no me cuesta nada —dijo mientras dejaba entrever su bonita sonrisa. Me dio la mano, en un gesto de apoyo, y nos quedamos así, unidos durante un momento.

Me encantan las personas que se quitan importancia cuando les dices «gracias». La mayoría suele decir «de nada», que tampoco está mal, pero creo que esa respuesta corta la cadena de agradecimiento. Tras un «de nada» hay un punto final, pero tras un «lo hago encantado», «no me cuesta nada», «es un placer», «ya ves tú» o, sobre todo, después de un «a ti», hay espacio para mucho más. En esta vida no estamos para cerrarnos puertas, sino para abrir ventanas. Nacho me demostraba una vez más lo generoso que era.

De repente, tuve la sensación de que Sara y Laux estaban escuchando detrás de la puerta. Digo que tuve la sensación aunque vi sus zapatos asomando como si fueran dos crías pequeñas. Las muy perras chismosas estaban intentando cotillear. Nacho, que también lo percibió, soltó mi mano como si quemase.

Tras un silencio incómodo, las dos empezaron a disimular como buenamente pudieron.

—Nada, eh... Bueno, pues... Me quedo con ella —dijo Sara, alzando la voz para salir del paso.

—No, no, de verdad, si... Si no pasa nada, ¿eh, Sara...? Ehhh... Me quedo yo —le respondió Laura.

Nacho y yo las miramos fijamente, como si nos encontrásemos en una obra de teatro, pero con una actuación mala y poco creíble por parte de mis amigas. Estaba claro que no eran actrices de método: había demasiadas muletillas en ese diálogo impostado que sonaba falso de allí a Roma.

—No os preocupéis, chicas —les dije—. Bastante que os habéis podido escapar este ratito. Tenéis que ir a currar y yo me puedo quedar.

—¿Seguro? —dijo Laura, siguiendo con la comedia.

—Segurísimo. Venga, luego os doy el parte.

—Yo me voy también, entro a mi turno. Luego te veo —me dijo Nacho tímidamente, mientras se asomaba por la puerta de la habitación para despedirse de Lucía y Pol.

—¿Y ese tío tan educado? —me preguntó Pol cuando Nacho se fue.

—Es una larga historia —dije repitiéndome de nuevo.

—Es aries. Los aries siempre tienen una gran historia detrás —sen­tenció Lucía.

Después de montar el circo en la habitación 111 a primera hora de la mañana, todos se fueron a sus respectivos trabajos, quedándonos Lucía y yo solas en la habitación, en calma. Miré el reloj impaciente, pues la doctora todavía no había pasado y de lo que ella dijese dependería si nos podíamos ir a casa o no.

Al cabo de unas horas, justo antes de la comida, apareció. La pobre doctora estaba bastante estresada. Se notaba que llevaba una mañana un tanto ajetreada. No obstante, no escatimó en detalles para explicarle la situación a Lucía.

Nos comentó que los resultados de las biopsias estarían dentro de unos días, tal y como me había adelantado Nacho. En este sentido, si no hubiese habido ninguna complicación en la cirugía, Lucía podría irse a casa ese mismo día, pero no era así.

—Ahora tenemos que vigilar el linfedema. Está un poquito peor que ayer —nos dijo con tacto, colocando sus manos sobre el hinchadísimo brazo de Lucía, que reaccionaba quedándose blanco cada vez que ella hundía uno de sus dedos en él—. Vendrán de fisioterapia para hacerte un masaje de drenaje linfático, a ver si conseguimos que baje.

—¿Cuándo podré irme? —preguntó Lucía con cansancio.

Esa pregunta es inevitable cuando estás en un hospital. Es el equivalente a los «¿cuándo llegamos?», «¿queda mucho?» o «¿cuánto falta?», típicos de los viajes en coche.

—Lo antes posible. Mañana, cuando veamos cómo va, lo evaluaremos todo —concluyó, esbozando una tierna sonrisa final que nos tranquilizó.

Por un lado, entendimos que la hinchazón del brazo era importante, pero no grave, lo que nos relajó bastante. Por otro, pensamos en cómo organizarnos para pasar otro día juntas en el hospital. Lucía se quedó un poco inapetente tras la visita de la doctora sabiendo que, como mínimo, le quedaban veinticuatro horas más en esa habitación. Ya no estaba tan eufórica como antes, así que tocaba levantarle el ánimo, además del brazo.

—¿Quieres dar la vuelta a las bragas o intento conseguir unas nuevas para pasar el día? —le expuse en un claro tono de broma.

—Qué humor tan fino tienes, tan fino como el hilo de un tanga... —dijo audaz.

—Ohhhhhh... Muy bien «hilado», perra —añadí, siguiendo con la broma. Parecía que continuar el juego dialéctico la distraía.

—¿Te han dicho alguna vez que eres muy graciosa?

—Ja, ja, ja. Alguna que otra.

—Pues no te lo creas. Es mentira —sentenció mientras sonreímos las dos—. Venga, vamos a poner en marcha la «operación bragas».

Ni tumbada en una cama de hospital, con una bata con la que medio enseñaba el culo, perdía su dignidad.

Aproveché un momento en que entraba una enfermera para salir de la habitación y actualizar la info. Esta vez escribí en el Dramachat para que Lucía no supiera que teníamos otro chat sin ella.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Chicas, nos quedamos otra noche.

Necesitamos bragas.

Lucía azafata.

Y tabaco

Sara.

¿Qué han dicho del brazo?

Lucía azafata.

Que me van a dar un masaje de drenaje

y a ver mañana...

Sara.

Si quieres, rubia, quédate tú

hoy y me pido el

día mañana y llevo lo que

haga falta.

Vale, así me voy a por

bragas yo también.

¿Puedes quedar con Alberto

para que le prepare

ropa a Lucía?

Lucía azafata.

Y que me eche tabaco

Sara.

Yo me encargo de todo, pero

del tabaco olvídate.

Laux.

Si pasado mañana hace falta,

me quedo yo.

Después de organizarnos en el Dramachat, nos quedaba todo un día por delante a las dos. A las dos y a Nacho, del que estaba segura de que, tarde o temprano, sabríamos algo.

—¿Sabes a qué me recuerda esto? —le dije a Lucía, que llevaba un rato callada—. A cuando trabajabas poniendo reseñas de hoteles y yo te acompañaba. Pasábamos findes gratis compartiendo habitación... Eso sí, aquí sin vistas al mar.

Ambas miramos por la ventaba, observando el edificio que teníamos delante, a pocos metros.

—Y sin minibar —añadió Lucía.

—Lo que daría por una chocolatina ahora mismo.

—La verdad es que las vistas son una mierda, pero el personal es increíble. ¿Crees que habrá un TripAdvisor de hospitales? —bromeó. Quizá lo decía en serio.

La conversación derivó en multitud de anécdotas que compartíamos desde que nos conocimos. Las teníamos de todo tipo; no en vano, al haber sido azafatas de eventos durante muchos años y recorrer muchos pueblos y ciudades, y luego convertirnos en relaciones públicas de discoteca y vivir la noche al máximo, coleccionábamos historietas por decenas. No hay nada que una más a dos personas que trabajar en la noche cuando tienes veintitantos años. Y yo estaba enlazada a Lucía de por vida, al igual que al resto de mis amigas.

Las cuatro nos habíamos encontrado por diversas circunstancias de la vida, y el tiempo nos había soldado entre nosotras como si fuésemos piezas de un mismo cuerpo. Juntas completábamos el puzle de la amistad.

Aquella mañana, con todas en la habitación, sentí la necesidad de capturar ese momento para siempre. Una foto que nos inmortalizó, en un instante, captando solo nuestras preciosas caras sonriendo; ni cama con sueros ni pijamas ni nada que sugiriese que estábamos en un hospital. Al publicarla, recibimos decenas de comentarios y cientos de «me gusta», incluido, por sorpresa, el de Javi, quien, además de estar desaparecido, nunca miraba las redes.

—Mira qué atento está tu Javitxu, que diría Laura —afirmó Lucía al ver su «me gusta» en la foto.

Me quedé callada porque no había reunido todavía el valor suficiente para contarle que estábamos tan distanciados que ni siquiera hablábamos. Al no querer afrontarlo de ninguna forma, lo que hice fue cambiar de tema:

—Oye, Luci, ¿cómo llevas el libro?

—Lo tengo parado. Estoy estancadísima. No sé ni cómo continuar. Cuando me enteré de todo esto, se me quitaron las ganas de escribir —comentó con tristeza.

Vale, tema incorrecto. Busquemos otro.

—¿Leemos el horóscopo de hoy?

Lucía me miró con cariño y sonrió. Sabía lo que intentaba, y se sintió agradecida por ello.

—Vale, empecemos por el tuyo.

Y tras leer nuestro horóscopo y debatir en profundidad sobre el de Javi, Laux, Sara e incluso el de Nacho, por si acaso, la tarde pasó volando entre Venus, el sol, los ascendentes, la exaltación y las polaridades de los signos, hasta que llegó el momento de la cena.

Cuando Lucía empezaba a quedarse dormida por el agotamiento, salí a la máquina expendedora del pasillo, en busca y captura de algo sin gluten que llevarme a la boca, porque yo aún no había cenado.

Solo había chocolate, patatas fritas y algún sándwich de pan de trigo. La oferta no era muy variada. Cuando estaba a punto de decidirme por una bolsa de nachos de maíz, apareció (quién lo iba a decir) Nacho. Como hubiese expresado Lucía: «¡Qué coincidencia cósmica!».

La situación era idéntica a la primera vez que le vi. Aquella ocasión en la que coincidimos consultando las listas del instituto para ver en qué clase nos había tocado. No pude evitar sentir morriña.

—¿No te decides? —dijo, al verme dudar.

—Pues estaba a punto de decidirme por ti —dije con contundencia.

—¿Por mí? —preguntó sorprendido.

—Sí, iba a coger unos «nachos» —bromeé, haciendo el gesto de las comillas con mis dedos para que entendiera el chiste—. Es lo único que puedo comer sin gluten.

Nacho soltó una media sonrisa y resopló ante aquel juego de palabras de dudosa calidad.

—Han pasado quince años y sigues haciendo las mismas bromas. Eres increíble.

—Una no pierde las buenas costumbres.

—¿Qué te pasa con el gluten? Si conmigo te comías los bocadillos de tortilla de dos en dos...

—Ja, ja, ja. Pues quizá por eso ahora soy sensible al gluten, a la lactosa e intolerante a la gente...

—Vaya joyita —se mofó.

—Una, que mejora con los años. Como Brad Pitt.

—Ja, ja, ja. Espérate, que se me ha ocurrido una idea. No sé si buena o mala, pero es una idea. Ven conmigo.

Bajamos a la cafetería. Por supuesto, estaba cerrada, pero sacó unas llaves del bolsillo y entramos por una puerta trasera que daba al comedor.

—¿Me esperas unos diez minutos? —dijo con un tono clandestino que indicaba que no deberíamos estar allí.

—Pero vas a volver, ¿no?

—Sí, claro, en diez minutos —dijo, riéndose ante mi temor de quedarme encerrada toda la noche.

Aproveché ese ratito para actualizar cómo había pasado Lucía la tarde en el chat paralelo que teníamos sin ella. Pasados diez minutos exactos, Nacho salió de la cocina con un bocadillo envuelto en papel albal.

—Toma, es de tortilla. Está calentita y he tostado el pan. Es sin gluten —sonrió.

—¿La has hecho tú? —dije sorprendida—. Ojo, que todavía recuerdo aquellos espaguetis que preparaste en la casa de la sierra.

—Ja, ja, ja. No la he hecho yo. Siempre dejan las tortillas hechas por la noche, para la mañana siguiente. —Me guiñó un ojo—. Vente, vamos fuera, enana.

Aquel «enana» me trasladó de nuevo quince años atrás. Me encantó. No pude evitar sentir esa sensación de libertad que me ofrecía Nacho al estar a mi lado. Como cuando recorríamos las calles de Madrid en su moto, notando el viento en el cuerpo y la vida entrando por cada uno de los poros de nuestra piel.

Salimos fuera del hospital y nos sentamos en la calle. Hacía frío, pero debió intuir que me vendría bien tomar el aire, ya que llevaba todo el día en la habitación con Lucía. Cogiendo la comida con unos guantes que llevaba en el bolso, y exhalando vaho por la boca cada vez que le daba un mordisco, me comí el bocadillo mientras recordábamos viejos tiempos. Las luces del hospital se entremezclaban con la oscuridad y el silencio de la noche. Al caer el sol, los hospitales son lugares que pueden ofrecerte cierta paz e intranquilidad al mismo tiempo.

—¿Sabes algo de Lauri? —me preguntó.

—Sí, bueno, hablamos lo típico: en Navidad, en nuestro cumpleaños... ¿Y tú de Andrés? —añadí, haciendo referencia a su mejor amigo de aquella época.

—Pues lo mismo. Al final, los años nos separaron a todos.

Se hizo un silencio.

—Eso sí, le sigo en Facebook. Tiene mucha actividad, sube fotos, comparte noticias... —añadió Nacho mientras sacaba el móvil para enseñarme el perfil de Andrés.

Me hizo ilusión verle después de tanto tiempo. En el instituto soñaba con que Andrés y Lauri se hicieran pareja, pero, ciertamente, se llevaban mal. Viendo su perfil, pasaron, a modo de tráiler de mi vida, muchos momentos con Andrés, Lauri y Nacho en el instituto. La banda sonora, sin duda, era la de Titanic.

—¿Nos hacemos una foto? —propuso Nacho.

Dudé un segundo, pero asentí. Luego me preguntó cuál era mi nombre en redes para etiquetarme. Se lo dije.

—Mira que eres rara, enana. ¿Por qué no tienes tu nombre real?

—Pues porque entonces podría buscarme cualquier novio del pasado. Es mejor así —le dije en un claro tono de broma que Nacho interpretó como tal.

Después de validarle la foto, ya que una tiene una reputación que mantener, Nacho escribió en el texto: «Reencuentros bonitos». Y vaya si lo eran. Nos hicimos amigos en las redes sociales después de haber sido novios en la vida real.

—Bueno, el otro día no me contaste al final. ¿Tienes novio? ¿Estás casada? ¿Huyes de novios del pasado?

—No, no estoy casada, pero llevo un año y pico con un chico. He estado viviendo en Ibiza con él... y ahora yo estoy aquí.

Se hizo un silencio que él llenó cambiando de tercio, al notar que no era un tema cómodo para mí.

—Les conté a mis padres que nos habíamos reencontrado por casualidad. Mi padre estaba emocionado: me dijo que te diese muchos recuerdos. Se acordaba de cómo cuidaste de mí en el hospital cuando tuve el accidente con la moto, y también de tu padre. ¿Cómo está él? ¿Te sigue dando el famoso billete de «las emergencias»? Seguro que ahora te lo gastas en ropa...

Sonreí, tomé aire y mis ojos se cristalizaron por momentos. Noté que las lágrimas subían por mi garganta, inundándolos.

—Mi padre murió el año pasado. 

Solo acerté a decir esas palabras.

No pude evitar sentirme tremendamente triste al decirlo en voz alta. Tenía tantos recuerdos de la adolescencia asociados a él y a Nacho que de golpe todos me presionaron el corazón y no tuve fuerzas para contenerme. Nacho fue mi primer novio y el primero al que mi padre conoció. No pude evitar estallar en aquel momento en el que sentí que lo único que quería era que mi padre estuviera allí conmigo para decirme que todo iba a salir bien.

—Lo siento muchísimo, enana, de corazón te lo digo —susurró mientras me abrazaba y mi cabeza se hundía en su pecho.

—Lo sé.

Sabía que Nacho lo sentía, y me reconfortó que estuviese allí en ese momento. Como dijo Mario Benedetti: «Cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento». Y yo llevaba demasiadas lágrimas contenidas con todo lo que había pasado últimamente.

—No querrás que él te vea llorar. Seguro que está jugando con tus gatos en algún arcoíris de los tuyos —dijo mientras sonreía con ternura.

Y es que, para mí, como la niña que fui, primero existió el arcoíris de las mascotas (al que fue mi gato Bartolo, del que Nacho ya había oído hablar), algo que ahora, como mujer, se había convertido en el arcoíris de los padres, lugar que estaba segura que se comunicaba con el de las mascotas. Nacho me había conocido como la niña de los arcoíris de los gatos y en ese momento tenía frente a él a la mujer en la que me había convertido.

—Sí que hemos cambiado, ¿verdad?

Estaba a punto de asentir cuando él terminó la frase:

—Eso sí, en lo físico más bien poco. Sigues midiendo lo mismo que hace quince años, enana.

Nos reímos a carcajadas, lo cual me vino muy bien para alejar el sentimiento de pena que se había creado al hablar de mi padre.

Casi sin quererlo, había pasado más de una hora y, aunque no había recibido ninguna llamada de Lucía, nos levantamos para volver al hospital. Me quedé con una sensación extraña que no sabría definir. Nos despedimos en la puerta de la habitación, hablando muy bajito, ya que Lucía estaba dormida.

—Bueno, voy a ver si me tumbo en ese sofá. No tiene mala pinta.

—Seguro que no es el más cómodo del mundo, pero cumple su función.

Nacho tenía razón. Las personas, como aquel sofá, también cumplimos nuestra función. Y la mía, en aquel momento, era cuidar de Lucía. Nos despedimos con dos besos sin intención alguna, limpios, y sin una fecha concreta para volver a vernos.

Entré en la habitación, me acomodé en el sofá, dentro de lo posible, y miré a Lucía, quien, con la boca ligeramente abierta, roncaba despacito. Como la primera vez que dormimos en aquel hotel de Talavera de la Reina en nuestro primer evento juntas. Diez años después seguía igual. Me imaginé que volvería a defenderse como entonces, diciendo que, por supuesto, ella no roncaba: solo respiraba fuerte.

 

 

A la mañana siguiente, me desperté desubicada, con «cosas» cayéndome por cara.

—Tía, qué asco... ¡Has babeado el sofá! —dijo Lucía mientras me tiraba miguitas de magdalena a la cara.

—Qué agradable... Veo que estás mejor —contesté, intentando incorporarme, pero con la espalda rota.

—¡Ya veo que has dormido de lujo! ¡Tengo el brazo mucho mejor! Si no fuera porque esta magdalena no sabe a nada, incluso te diría que tengo hambre.

—Ja, ja, ja. Eso es que debe de ser sin gluten.

—Pues sí, lo es. ¿Y a que no sabes quién las ha traído?

Preguntas retóricas que se contestan solas.

—¿Nacho?

—Sí. Ha pasado por aquí a primera hora de la mañana para ver qué tal estaba y ni te has enterado. No te hemos querido despertar.

—Pues qué bien... Os habréis reído de mí que da gusto.

—He hecho fotos —dijo Lucía, descojonada.

—Qué cabrona eres. Pienso contarle a todo el mundo que roncas —contrataqué, dándole donde más le dolía.

En ese momento apareció Sara por la puerta con una mochila llena de ropa para Lucía. Desayunamos las tres aquellos bollitos sin gluten que había traído Nacho (todo un detalle que fuesen sin gluten, por cierto) y estuvimos un rato cotorreando hasta que no pude más, y las dejé para irme a casa a descansar y a darme una ducha.

Bajé la escalera y entonces vi a Nacho pintando su mural, de espaldas, con los cascos puestos. No le dije nada, ni siquiera me despedí, y continué mi camino.

Busqué la foto en el Facebook de Nacho. Le di un «me gusta».

Ir a la siguiente página

Report Page