Contando atardeceres
PARTE III. EL REENCUENTRO » 25. Javi. La revolución más importante de mi vida
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Javi
La revolución más importante de mi vida.
La yaya Catalina tenía razón. Era un cobarde, como seguramente lo fue mi abuelo y como lo era mi padre. No tuve la fuerza necesaria para llamarla el día de su cumpleaños porque seguía enfadado y le escribí un mensaje que resultaba entre miedoso y ridículo.
¿Qué estaba haciendo? Quizá la niña era la revolución más importante de mi vida: sin ella, había vuelto a estancarme, en la misma casilla de salida en la que estaba antes de conocerla.
No pude ir ese fin de semana, pero tampoco lo hice el siguiente. Había entrado de nuevo en la dinámica de trabajar, entrenar y seguir afanándome en sentirme dolido con ella por no saber apreciar los esfuerzos que hice para que estuviera feliz en «su» isla.
—Joder, Iván, que cambié las almohadas, las persianas, puse el wifi, preparé el viaje de sus amigas, le conseguí el trabajo en el restaurante... Todo para que se sintiera en su casa —le dije en una de esas tardes en las que quedaba con él para desconectar y desahogarme.
—Ya...
La respuesta de Iván no sonó como esperaba.
—«Ya» ¿qué? —le pregunté.
—No, no. Está bien, es verdad, tienes razón. Has hecho todo eso y ya está, se fue y no está bien.
—¿Y por qué me da la sensación de que me das la razón como a un tonto?
—Pues porque lo eres, Javi.
Aquella frase sonó demoledora.
—Dices que has hecho todo eso por ella, pero no es verdad: lo has hecho por ti. Ella no te exigió nada. Solo te pidió que buscaras una nueva permuta o, al menos, que lo intentases.
—Pero ¿tú sabes el jaleo que ha sido todo en estos meses?
—Pues no, no lo sé, pero ¿la has buscado? —replicó Iván, mirándome a los ojos—. Lo digo por no desviarnos del tema, que es algo que haces cuando quieres cambiar de conversación.
Iván se mostraba muy incisivo, tanto que, en el fondo, sentía que estaba enfadado conmigo.
—¿Te estás poniendo de su lado?
—Yo no estoy del lado de nadie, Javi.
—¿Sabes lo que me ha costado estar donde estoy? La de horas de curro, de entrenamiento, de falta de sueño... —respondí un tanto enfadado.
Me parecía increíble que él, que me conocía como un hermano, no supiera lo importante que era para mí ese momento y los esfuerzos que estaba haciendo.
—Javi, ¿te puedo hacer una pregunta y con ella termino el tema «rubia»? —me tanteó, intentando concluir con la conversación.
Asentí mientras inspiraba para calmarme.
—Desde que se ha ido, ¿has hecho algo para cambiar la situación?
La pregunta era directa. No respondí.
—Pues eso —continuó—. Déjate de tanto «yo, yo, yo» y del puto «yoísmo» en el que vive este mundo. Si quieres estar con ella, busca la puta permuta y deja de quejarte. No tienes motivos. Si no eres capaz de ver la situación que está viviendo con su amiga, estás más ciego de lo que pensaba.
—¿Y tú sabes algo de la situación? —le dije atacándole de forma gratuita.
—Yo sí. Laux y yo hablamos casi a diario.
Después de esa última frase no hubo opción a réplica. Me cabreé, no voy a negarlo, y lo hice porque quizá tuviera razón y porque no me gustaba que me recordasen cómo había actuado los meses que la rubia había estado aquí y cómo me estaba comportando en ese momento.
Aquella noche volví a casa tocado. La conversación con Iván me había hecho reflexionar, principalmente porque, a pesar de mi enfado, no podía evitar sentir un vacío desde que la niña se había marchado. Ese era el motivo de mi desazón y de mi mal humor. Me estaba comportando como un crío; quizá lo era.
Me senté delante del ordenador. Me tragué el orgullo. Para más inri, tenía que aceptar que la conexión iba a las mil maravillas, lo cual, en el fondo, era «culpa» de ella.
De repente, tenía la firme intención de poner remedio a una situación en la que el único responsable era yo y mi incapacidad para tomar decisiones. Así que abrí el foro de intercambios y permutas y me dispuse a incluir mis datos para comenzar una búsqueda que había dejado «fluir» demasiado tiempo.
Mientras lo hacía, me llegaron varias notificaciones de Facebook. Sentí la curiosidad de echar un vistazo a sus redes, con la intención de verla. Echaba de menos su cara y, aunque nunca me ha gustado perder el tiempo mirando las fotos de otros, no podía negar que, desde que se marchó, de vez en cuando revisaba su perfil. Me reconfortaba saber que estaba bien.
Sonreí cuando vi la foto de las cuatro; se las veía muy felices. Apoyándose las unas en las otras, como en la vida real. Invencibles. Por un momento, recordé los días que pasaron en Ibiza y el calor que irradiaban cuando estaban juntas.
Después vi la foto con aquel chico. Uno moreno de ojos azules que se llamaba Nacho y que había escrito: «Reencuentros bonitos». Ya sabía quién era. Ella me lo había contado.
Tras ver la foto de los dos, suspiré. Dejé caer mi ira al suelo; se estrelló, se rompió y se convirtió en una decepción absoluta.
Volví a la página de intercambios y permutas y cancelé la petición.
¿Para qué iba a buscar una permuta, si mi hueco ya estaba ocupado por otro?