Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE III. EL REENCUENTRO » 26. Las dudas infinitas. «Que como te echo de menos, no hay en el mundo un castigo»

Página 33 de 56

26

Las dudas infinitas

«Que como te echo de menos, no hay en el mundo un castigo».

Llegué a casa de Laura por la mañana. Ya se había marchado. Me sentí agotada. Abrí el agua de la ducha y me quité la ropa frente al espejo. Las ojeras se marcaban en mi cara como si las llevase tatuadas. Intenté borrarlas con los índices, sin éxito alguno. Había adelgazado bastante, y mi pelo echaba tanto de menos la plancha como yo a Javi.

La adrenalina rebosaba por cada poro de mi piel, fruto de todas las emociones concentradas que me habían rodeado en los últimos días: acompañar a Lucía al hospital, la reaparición de Nacho, mi fiesta de cumpleaños sin Javi y tener que verbalizar que mi padre había fallecido, entre otras. Por eso, cuando estaba sola y mi mente se detenía de toda esa vorágine de pensamientos, preocupaciones y circunstancias, mi cuerpo entraba en un estado de mínimos que me dejaba destrozada. Era como si durante la mayor parte del tiempo tuviese la exigencia de estar al cien por cien, pero, en cuanto paraba un segundo, una losa de mil kilos me aplastara.

Rompí a llorar. Mis lágrimas eran ligeras, muy líquidas. Puede parecer que todas lo son, pero cuando llevas tiempo sin hacerlo, se antojan densas, pesadas, porque concentran todo el dolor contenido durante mucho tiempo en tu interior. En cambio, cuando has llorado hace poco (el día anterior, en mi caso), son livianas porque acumulan menos pena.

Solo quienes hemos llorado mucho distinguimos a la perfección la textura y el sabor de las lágrimas. Como dijo Robin Williams: «Las personas que han experimentado las mayores tristezas son las que siempre se esfuerzan en hacer a otros felices. Porque ellos saben en carne propia lo que es sentirse desolados y abatidos, y no quieren que nadie más se sienta así».

Dejé que el desagüe hiciera su trabajo con mis lágrimas y la espuma del champú. Cuando era pequeña y a mi madre le costaba Dios y ayuda meterme en la bañera, me decía que de la ducha una tiene que salir como nueva, en todos los sentidos. Sin duda, salí de aquella ducha un poco más reconfortada, pero sabiendo que algunas cosas aún se habían quedado pegadas a mi cuerpo. Al recordar aquella frase de mi madre me di cuenta de que llevaba un par de días en los que ni había pasado por casa ni había tenido tiempo para hablar con ella por teléfono.

«Luego la llamo», pensé, y me tumbé en la cama un segundo con la idea de relajarme, sin tener la capacidad de asumir en aquel momento ninguna otra tarea que no fuese respirar.

De repente, Spotify decidió que la canción que debía recomendarme era «De las dudas infinitas». La pillé justo en el instante que dice «Que como te echo de menos, no hay en el mundo un castigo...». Nuestra canción. De Javi y mía. ¿Solo quedaba esa canción entre nosotros? Llevábamos días sin hablar, y el silencio y su enfado empezaban a ser insoportables. Me quedé dormida con la música de fondo. Al cabo de dos horas (o diez minutos, no podría determinarlo porque había perdido la noción del tiempo), Laux entró por la puerta como un terremoto.

—Chiquiiiiiiiii, pero ¿no has visto el chat?

Cogí el móvil, que se estaba cargando en la mesilla. Junto a la lista de reproducción, vi que tenía decenas de notificaciones de WhatsApp.

—Me he quedado dormida, no me he enterado... ¿Qué pasa?

—¿Dormida? ¿Ahora?

—El sofá del hospital me está dejando baldada.

—Pues no te preocupes, que no vas a volver por el momento. ¡Le dan el alta a Lucía!

—No jodas, ¡qué bien! —grité de alegría—. ¿Y los resultados ya están?

—No, no. Eso todavía no, pero tiene el brazo mucho mejor, así que ya se puede ir a casa a esperar.

—Qué nervios... Es lo que peor llevaba con mi padre. Los tiempos de la espera de los resultados médicos son siempre horribles.

—Sí, pero lo importante es que, sea cual sea el resultado, nos sienta a todas muy cerca. Eso lo es todo.

—¿Qué sería de nosotras sin nosotras? —remarqué, feliz de tenerlas a mi lado.

Laura me abrazó y, como siempre hacía, consiguió animarme.

—Pues lo que te decía: ¡estamos hablando en el chat de hacerle una fiesta sorpresa en casa!

—¿Ya? ¿No es un poco pronto? —le pregunté sorprendida.

Aún no teníamos los resultados y seguramente Lucía estaría cansada.

—No. No lo es —dijo de manera rotunda—. Hay que celebrarlo todo, rubia. Hasta la más mínima alegría, por pequeña e insignificante que sea, ahora hay que festejarla como si fuera el triunfo más grande que nunca hubiésemos tenido.

Touché! No había nada que objetar.

—Tienes toda la razón.

—Oye, por cierto, perra del infierno... ¿No tienes nada que contarme?

—Que yo sepa, no... —dije, intentando hacer memoria.

—¿Y esa foto de Facebook en la que sales con Nacho?

—¡Pero si yo no la subí a mi muro ni nada! ¿Cómo la has visto?

—Ya, ya, pero le diste un «me gusta» y lo vi. Te recuerdo que soy CSI Laux, experta en percibir que una pareja ha roto solo con sus últimos movimientos en redes sociales. ¿Con quién te crees que estás hablando?

Joder, qué control. Y yo que me creía una experta en redes...

—Por cierto, otra cosa: si yo lo vi, lo pudo ver cualquiera.

Laux dejó la frase en el aire como quien lanza una pequeña bomba de humo y sale corriendo. Estaba claro que se refería a Javi, pero no le di mayor importancia. Ahora mismo, que viese que aparecía en una foto con un amigo era lo que menos podía importarme. Aunque, ¿era Nacho un amigo?

 

 

 

Sara y Lucía entraron aquella tarde por la puerta de casa de Alberto, después del alta, y nos encontraron a todos allí, esperando con una pequeña fiesta improvisada.

—¡No me jodáis! ¿Globos rosas? —dijo Lucía al entrar.

—El rosa pega con todo —respondió Laura.

Era verdad, pero también era cierto que habían sido reciclados de mi fiesta de cumpleaños. Lucía dio por buena la respuesta y, con ello, por inaugurada la fiesta.

Mientras todos rodeaban a la «anfitriona» de la casa, pude fijarme en que Sara dejó la mochila de Lucía en un sillón y salió a la terraza.

Parecía extenuada. Estar en el hospital, aunque sea como acompañante, desgasta a cualquiera. Da igual lo acostumbrada que estés: la tensión se acumula y la paciencia se agota. Estuve muy pendiente de ella, por eso fui a su encuentro.

Tenía los brazos apoyados sobre la barandilla; sostenía una cerveza y el peso de varias lágrimas en los ojos.

—¿Estás bien? —le pregunté, sabiendo de sobra la respuesta.

Sara y Lucía eran amigas antes de que ella y yo lo fuésemos (de hecho, Lucía me la presentó), y desde siempre han estado muy unidas. A Sara le cuesta exteriorizar sus sentimientos; es muy calmada, por lo que a veces parece que sufre menos.

—No, no lo estoy.

En ese momento explotó. Dejé mis temores a un lado y me dispuse a ofrecerle mi hombro para que se consolase, ya que se estaba abriendo en canal.

—¿Qué te pasa, cariño? —le dije mientras le abrazaba con fuerza por la espalda. Ella se mantuvo inmóvil, mirando al frente.

—¿Sabes lo que he leído? Que cuando tardan tanto en dar los resultados no es nada bueno, rubia. Nada.

—¿Dónde has leído eso?

—Da igual...

—No, no da igual. Sabes que hay mucha desinformación, que luego cada caso es diferente...

—Yo también lo he leído —nos interrumpió Lucía, contundente.

Las dos nos giramos y Sara se disculpó:

—Lo siento, Luci, no quería decir eso. No quería estropearte la fiesta.

—Pero, por favor, ¡cómo vas a estropearme nada! Ven aquí, alma cándida... —respondió ella, acercándose a las dos y rodeándonos con los brazos; el que tenía sano y el otro, en el que Pol le había dibujado un ancla con un boli, como si fuera el tatuaje de Popeye.

—Es normal que llores —dijo Lucía, susurrándonos al oído.

—Es que tengo mucho miedo —contestó Sara.

—Yo estoy cagada. —Nos abrazó con más fuerza.

No pude decir nada. En el fondo, éramos conscientes de la situación, y a pesar de que nos habíamos refugiado en la positividad y en intentar disfrutar de las pequeñas alegrías, como decía Laux, había una realidad que aún nos quedaba por descubrir.

Respiré hondo e intenté disimular lo tremendamente emocionada que estaba.

—Se me ha metido una cosa en el ojo...

—Ya, ya. A mí también se me ha metido una cosa en el ojo, en concreto un melanoma —dijo Lucía, rompiendo el clímax y consiguiendo que el risanto fuera la medicina más efectiva en ese momento.

—No sabéis lo afortunada que me siento de notaros tan cerca —añadió muy emocionada—. Estoy segura de que todo saldrá bien, de verdad.

Mientras seguíamos abrazadas, Laux entró hablando con alguien por mi teléfono.

—Bueno, chiquiiiii, pues dale muchos besos a Ivanoski, pero con lengua, ¿eh? Haz el favor.

Dios mío, era Javi. No sabía si justo en aquel momento estaba preparada para hablar con él. Pero como Laura había cogido la llamada, no me quedaba otra opción. Llevaba días telefoneándole sin que me lo cogiera ni me devolviera las llamadas, por lo que estaba entre nerviosa, cabreada y preocupada. Laux me pasó el móvil y me metí en el baño para encontrar un poco de intimidad.

—Hola... —le dije, seca.

—¿Cómo estás? —me preguntó con un tono distante, pero educado.

—Bien, bien... ¿Y tú?

Parecía que no nos conociésemos, a pesar de que incluso me había tocado los pies.

—Bien —dijo, bastante seco también—. ¿Cómo está Lucía?

—Pues... Ya por fin en casa; hoy le han dado el alta.

—Entonces ¿volverás pronto?

Me quedé en silencio. La frase sonó tan demoledora que no tuve capacidad de reacción. Javi no estaba entendiendo nada ni hacía nada por entenderlo.

—Javi, queda muchísimo por delante. Aún nos han de dar los resultados de las biopsias, decirnos qué tratamiento tendrá que seguir... No es algo que vaya a resolverse de un día para otro. Lucía me necesita, la quiero mucho y quiero estar aquí con ella.

—Yo también te...

—No me digas que tú también me necesitas, por favor —le interrumpí.

No quería que esa frase añadiera más peso a mi corazón, dejándome entre la espada y la pared.

—No... Iba a decirte que yo también te quiero. Adiós.

Dijo adiós, pero no colgó. Esperó a que le contestase que yo también le quería. Por supuesto, se lo dije. Escuché cómo respiraba entrecortado al otro lado de teléfono cuando pronuncié aquellas palabras. Entonces colgó.

Miré al suelo y encontré junto al mueble del lavabo otro hilo de la pulsera que Javi me había regalado. Seguía en mi muñeca, pero no se sujetaba tanto como antes. Respiré profundamente mientras la apretaba contra el brazo con la otra mano, intentando que se mantuviera allí.

De repente, oí gritos y risas estrepitosas al otro lado de la puerta. Cuando salí del baño con el teléfono en la mano, vi a todos haciendo aspavientos con las manos, como si la casa estuviese llena de moscas. Sus caras parecían avinagradas, como rancias, y sus gestos no eran agradables. Entonces me vino un tufo que reconocí al segundo.

—Joder, rubia, tu amiga Laura está jodidamente podrida por dentro —dijo Pol mientras Laux estaba doblada de risa en el suelo.

—¡¡Qué olor más nauseabundo!! —comentó Sara.

Todos acabaron en la terraza, luchando por respirar.

—Es de los tres pedos más feos que he visto en mi vida... Porque es que, si te fijas, se ve. Es bastante sólido —dijo Lucía desde la terraza mirando hacia el interior, donde solo quedábamos Laura y yo.

—¿¡De verdad has sido capaz de desalojar una fiesta con un pedo!? —me dirigí a Laura entre risas.

—Bah, discotecas más amplias he desalojado. Esta casa no es tan grande, no tiene mérito —contestó con las lágrimas saltándole de los ojos.

Pese al frío que hacía, la fiesta se trasladó a la terraza y, gracias al gasecito de Laura, nos olvidamos de nuestras preocupaciones, aunque fuese solo por un momento.

Ir a la siguiente página

Report Page