Contando atardeceres

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PARTE III. EL REENCUENTRO » 27. En busca de soluciones. Rodéate de personas que, ante un problema, buscan la solución y no al culpable

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En busca de soluciones

Rodéate de personas que, ante un problema, 

buscan la solución y no al culpable.

A los pocos días llegó la esperada llamada del hospital para citar a Lucía con la oncóloga: ya estaban los resultados de las biopsias. Nos pilló a las dos en el sofá, tomando café en casa de Alberto, con el nefasto resultado de dos capuchinos volcados sobre el cuero.

Esa mañana, acompañé a Lucía al hospital. Lo habíamos definido como «el día D». Todos le desearon suerte en el chat e inspiramos juntas para enfrentarnos a lo que estuviera por venir, eso sí, con el aliento contenido. Sara no tuvo fuerzas y Laux no pudo pedirse el día libre, así que nosotras dos, montadas en el coche, nos enfrentamos de nuevo a lo que estuviese por venir como siempre lo hacíamos: juntas.

Sentadas en la sala de espera de oncología, perdíamos la mirada en la pared. Recordaba los tiempos de la espera que tantas veces había vivido con mi padre por sus pruebas. En el chat entraron mensajes de última hora, y Lucía aprovechó para contarme que Nacho le había escrito para darle ánimos.

«¿Se han dado los teléfonos?», me pregunté justo cuando algo más importante interrumpió a mis voces interiores.

—¿Lucía Romasanta? —anunció una enfermera.

—Yo... —dijo Lucía tímidamente.

—Pase.

—¿Puedo entrar con ella? —intervine.

—Claro —respondió la enfermera con una sonrisa.

Entramos de la mano en aquel despacho. Y lo llamo despacho porque no era la típica consulta donde había una camilla al fondo, una mesita con utensilios como gasas y tijeras, paredes blancas y luz de fluorescentes. Era una estancia bastante pequeña. Tenía una gran ventana que daba a un descampado. No era un sitio acogedor; la madera de la mesa era muy oscura y había frisos de madera oscura tapizando las paredes. Frente a la mesa donde estaba la doctora había dos sillas de color verde oscuro, lo que no hacía sino remarcar todavía más la falta de claridad en la habitación. Pensé que se habrían dado muchas malas noticias allí y que por ello el color oscuro había impregnado los muebles y las paredes. A aquella sala no le hubieran venido mal un par de los dibujos infantiles de Nacho.

Sentí que Lucía temblaba. Hasta que no te enfrentas a algo así, puedes pensar que el cuerpo humano solo tiembla de frío, pero la incertidumbre y el miedo provocan en nuestros cuerpos muchas sensaciones que ojalá me fuesen desconocidas.

—¿Cómo está tu brazo, Lucía? —le preguntó la doctora mientras nos ofrecía asiento.

—Bien, mejor. Ya ha recuperado casi su tamaño normal.

—Me alegro. Bueno, tengo los resultados de anatomía patológica.

La doctora no tenía pinta de andarse con rodeos.

—Lucía, quiero ser directa y lo más clara posible, para que puedas entenderlo, porque lo que te voy a decir es muy importante. Ya sabes que intervenimos un ganglio centinela para hacer una biopsia y que, además, extirpamos otros ante la sospecha de que pudiesen estar afectados.

Lucía asintió con la cabeza y la doctora siguió hablando:

—Los ganglios están afectados, Lucía.

Ella volvió a asentir, sin decir ni una palabra. La doctora cogió un papel y un bolígrafo. Dibujó una especie de croquis con círculos, simulando los ganglios y unas equis que tachaban cada uno de ellos. Unas líneas cruzaban los círculos. Todo era muy laberíntico.

—Esto significa que las células tumorales han viajado a través del sistema linfático, por lo que tenemos que pasar a la acción.

El silencio continuaba inundando la sala hasta que se rompió con una interpretación de Lucía sobre lo que había dicho la doctora:

—Esto significa que el bicho ha cruzado la frontera...

—Eso es. Y tenemos que actuar cuanto antes.

Lucía no reaccionó. Se quedó en silencio mirando la pared. Las dos entramos en shock, pues las noticias eran las peores que podíamos recibir. Y digo «podíamos», en plural, porque en ese momento sentí la misma incertidumbre que percibía en Lucía. Mi amiga, mi hermana.

—¿Estás bien? —pregunté, sin obtener respuesta.

—Lucía, sé que no son las mejores noticias... —retomó la doctora, pero Lucía parecía estar a mil kilómetros de distancia de aquel horrible despacho—. Pero quiero que sepas que, aunque sean malas noticias, debemos actuar.

La miré de nuevo: temí que se fuese a desmayar. La doctora lo percibió y suavizó su tono, pero no había edulcorante alguno para las palabras que salían de su boca:

—Sé que ahora mismo estás pasando por un momento terrible, pero es fundamental que seas consciente de todo —dijo, tendiéndole la mano en un gesto de humanidad—. Voy a explicarte las opciones que tenemos, porque esto es el principio y, por suerte, hay opciones. Es fundamental que seas capaz de escucharme con atención. ¿Podrás hacerlo?

En ese momento, agarré con fuerza la mano de Lucía, quien consiguió salir de su ensoñación. Entre lágrimas furtivas que caían por su rostro, respiró de forma entrecortada pero profunda, y respondió con contundencia:

—Sí, podré hacerlo.

—Bien, pues lo vamos a hacer, ¿vale? Juntas —contestó la doctora, sonriendo con confianza—. Lo afrontaremos juntas: quiero que sepas que tienes a todo mi equipo a tu lado.

Seguí apretando fuerte la mano de Lucía; no quería soltarla ni un segundo. Ella asintió, arropada por las palabras de la doctora, quien continuó hablando:

—Tenemos dos opciones, quizá alguna más, pero principalmente estas dos. La primera es la tradicional, la más invasiva: quimioterapia y radioterapia. Es eficaz y segura, pero, como sabrás, tiene efectos secundarios que luego te explicaré.

Asentimos las dos. Era como si yo estuviese pasando por la misma situación que Lucía. Como una especie de transferencia que me hacía formar parte del proceso en el que no quería dejarla sola.

—Por otro lado, hay una opción nueva, parte de un ensayo clínico, con un tratamiento de inmunoterapia. Es menos invasivo que la quimio, pero no deja de ser un ensayo clínico y la finalidad es probar su eficacia.

En la sala se hizo un silencio tan profundo que por momentos parecía como si nos hubiéramos sumergido bajo el agua. Como cuando íbamos a la piscina de los pueblos donde trabajábamos de azafatas. Cerré los ojos y recordé cómo cada domingo, al salir del hotel y antes de volver a casa, solíamos ir a bañarnos y a tomar el sol. Siempre buceábamos el largo de la piscina; durante esos segundos, el mundo dejaba de existir porque dejábamos de escucharlo. Esa misma sensación fue la que tuvimos en aquella sala. Aunque el tiempo fue similar al que tardábamos en cruzar el largo de la piscina, sentí que esos diez segundos se convertían en un océano de tiempo.

Como Lucía no dijo nada, la doctora continuó:

—No tienes que decidirlo ahora. Ve a casa, sopesa las opciones, piénsalo bien y volvemos a hablar.

Al momento, Lucía recuperó la mirada perdida, colocándola sobre la doctora, a quien le preguntó con claridad:

—¿Usted qué haría si estuviese en mi lugar?

La doctora se sorprendió ante una pregunta tan directa. Yo también.

—Es una cuestión complicada que no sé si podría o debería responder, pero te voy a ser sincera: yo probaría con el ensayo clínico. Está teniendo muy buena acogida y nos permite abordar otras vías de tratamiento. Estos ensayos acaban salvando muchas vidas.

Lucía exhaló todo el aire contenido en sus pulmones al escuchar aquellas palabras.

—Vale... Decidido entonces, ¿no? —dijo Lucía mientras buscaba mi aprobación con la mirada.

—Claro, siempre nos ha gustado probar cosas nuevas... —con­testé, intentando hacerla sonreír.

—Igual no es el mejor sitio para hablar de eso, con la doctora delante —respondió Lucía, cómplice, intentado liberarse del peso de unos resultados que nos habían atado a aquellas sillas y que no nos dejaban movernos.

La sonrisa de la doctora hizo juego con nuestra complicidad y la tensión que había en la sala comenzó a desvanecerse. Lucía tenía la capacidad de sonreír e intentar que la gente sonriera incluso en los momentos más duros. La adoraba.

La doctora fue a buscar el contrato de consentimiento del tratamiento para explicárselo y para que Lucía lo leyera, lo entendiera y, si estaba de acuerdo, lo firmara.

Mientras, aproveché para salir de la habitación y escribir en el Dramachat. Lo hice en el grupo donde estábamos las cuatro. Las cartas ya estaban sobre la mesa y no me parecía bien andar comentando a sus espaldas. Había que afrontarlo de frente.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Chicas, tenemos una

buena noticia y otra

menos buena.

Laux.

¡Hay una buena noticia,

chiquis!

 

 

Laura siempre tan positiva.

 

 

Sara.

¡Ve con todo!

La buena es que hay solución,

tenemos un tratamiento.

La menos buena es

que el bicho ha pasado

la frontera y lo tenemos dentro.

 

 

«Tenemos», dije. En plural, por supuesto. Y es que, desde ese instante, todas íbamos a ser parte del proceso y todas íbamos a «recibir» el tratamiento, porque todas éramos Lucía y ella era parte de nosotras. Como piezas soldadas que forman parte de un mismo cuerpo, un puzle completo (lo recordáis, ¿verdad?).

 

 

Laux.

Ese bicho no sabe en

qué cuerpo se ha metido.

Luchi va a poder con eso

y más.

No te quepa duda.

Sara.

Vais a casa ahora, ¿no?

Estoy deseando veros.

¡Sí! Seguimos en el

hospi de papeleo.

Ahora os contamos.

 

 

Y es que, efectivamente, había malas (o menos buenas) noticias, pero también había un tratamiento, algo a lo que agarrarse fuerte, así que decidimos salir de allí reforzadas con esa idea y cogidas de la mano, porque el camino iba a ser largo, pero lo haríamos juntas.

Son incontables las veces que Lucía y yo nos hemos cogido de la mano. Para no perdernos en los conciertos, en las fiestas, para ir al baño y asegurarnos de que ninguna se quedaba atrás, o cuando me caía y la arrastraba conmigo al suelo antes de doblarnos de risa. Y ahora, por supuesto, también al salir del hospital. Para sentirnos más fuertes. Qué importantes son las amigas que te dan la mano cuando estás perdida en la vida.

 

 

 

A partir de ese momento tuvimos un calendario de visitas al hospital. Lucía tuvo que ir de forma regular para recibir la «droja», como ella la llamaba. Además, como parte del proceso, tenía que hacerse análisis de sangre para ir controlando su cuerpo, por lo que todos nos organizamos para que nunca se sintiese sola. Eso sí, establecimos que, si en algún momento ella necesitaba espacio, solo tenía que decírnoslo. Sabíamos que eso, para Lucía, no iba a ser un problema.

Llamé a Javi y, como de costumbre en las últimas semanas, no me cogió el teléfono. Cuando se decidió a devolverme la llamada, fui yo la que no respondió. Estábamos inmersos en una guerra a la que mi corazón deseaba poner paz cuanto antes, pero el orgullo a veces quiere seguir librando batallas.

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