Contando atardeceres

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PARTE III. EL REENCUENTRO » 28. Nuevas rutinas. Hay personas que son LAS personas, pero no era EL momento

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Nuevas rutinas

Hay personas que son LAS personas, pero no era EL momento.

La vida está llena de cambios que te obligan a adaptarte a nuevas rutinas.

Al dar por finalizada mi excedencia y volver a mi antiguo trabajo, me costó asumir que no trabajaría en un sitio donde pudiese seguir con mi maravillosa rutina de contar atardeceres.

En aquel momento recuperé mis antiguos hábitos, los de antes de irme a Ibiza. Recordar el trabajo en el restaurante trajo de vuelta los meses que estuve allí y, por ende, a Javi, por supuesto. Desde mi oficina no podía ver el atardecer; los edificios tapaban el lugar donde se ocultaba el sol, y aunque el paisaje urbano era bonito, en absoluto era la misma sensación. Aun así, fotografié alguno, pero sin la disciplina que me impuse en la isla. De forma esporádica, añadí a mi colección de cielos teñidos los que veía, en ese caso, desde una pequeña terraza que había en lo alto del edificio. Nada que ver con la idílica localización de aquel restaurante.

Recordé también cuánto le gustaba a Javi sentarse en uno de los pufs de la playa. Muchas veces, cuando venía a buscarme, me esperaba allí, aguardando a que terminara mi turno. La última vez que lo hizo yo estaba a punto de volver a Madrid. Aquella tarde le hice una foto preciosa sin que él lo supiese, sentado, a contraluz, con el atardecer de fondo. En la foto, escribí: «Quedan treinta y cinco domingos para que sea verano». Así cerraba parte de lo que había vivido e iniciaba una nueva cuenta atrás, esa vez con Lucía como protagonista.

Durante las primeras semanas, todos, incluso Pol y Alberto, íbamos a pasar muchas horas en el hospital de día para que Lucía recibiera la inmunoterapia, llevándola y recogiéndola. No quiso que estuviésemos a su lado mientras recibía el tratamiento. Como nos decía: «No quiero que me deis el coñazo todo el rato». Así que, mientras estaba en el hospital, nos iba contando sus avances con el tratamiento en el chat.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Lucía azafata.

Joder, con lo poco que

me gustan a mí las agujas

y ahora me paso el día entre

pinchazos...

No te vi quejarte cuando

nos hicimos aquel tatuaje

de la estrellita...

Lucía azafata.

Ya, bueno, pero sarna con gusto

no pica

Sara.

Oye, me encanta vuestro tatuaje

de la estrellita en la muñeca.

¿Y si nos lo hacemos todas

cuando todo esto acabe?

Ay, qué bonitooooooo,

sería brutaaal.

Laux.

Me encantaaaa la idea,

uno así, con muchos colores.

¡Qué hortera eres, Laux!

Lucía azafata.

Venga! Barra libre de agujas para todas!

Jodidas masocas...

Hablando de agujas...

¿Qué tal el chute hoy?

Lucía azafata.

Bien, me ha traído Sara de

camino al curro y luego

ha venido Nacho

y ha estado conmigo

todo el rato. Es más majo!

 

 

¿Habéis sentido una punzada en el corazón? Yo también. Llevaba tiempo sin hablar ni con él ni con Javi, pero, claro, Nacho trabajaba en el hospital de Lucía y había entrado de lleno en nuestras vidas.

 

 

¿Qué se cuenta?

Lucía azafata.

Me ha estado entreteniendo con

cosas de su curro principalmente

Claro.

 

 

Los días iban pasando y tengo que reconocer que Lucía no perdió el humor durante el proceso ni se vino abajo. Es más, estaba abierta a todo lo que la rodeaba, como si la vida le estuviese aportando valores que ella desconocía o que nunca hubiera tenido en cuenta. Esa actitud me fascinaba, porque lo estaba convirtiendo todo en una experiencia propia de la cual podía aprender algo en un momento tan duro como ese.

Una de las tardes que fui a recogerla, me contó con cariño que, yendo al hospital de día, se sentía un poco como si fuese a nuestro bar de toda la vida.

—Llegas allí y todos saben tu nombre y lo que bebes. ¿Sabes, rubi? Como en el bar donde trabajamos de relaciones públicas tanto tiempo.

Su voz sonaba dulce, con algún ramalazo de sincericidio de vez en cuando, pero contenido para ser ella. Era como si ese bicho pequeñito hubiese conseguido domesticar a una pantera.

—¿La gente allí es maja?

—Increíbles. Ya no solo el personal sanitario, sino los compañeros de tratamiento. Al final, a todos nos une lo mismo.

—Estás siendo muy fuerte, Lucía —le dije de corazón, porque así lo pensaba.

—Ves tantas historias que hay que serlo, porque, si no, sería insoportable. Es lo que toca —se desahogó—. Me gusta pensar que ir allí es como ir al bar. Cuando llego, la enfermera me saluda y sabe cómo me voy a tomar «el café»...

—Con lo que te gusta a ti el café...

—¡Mmmmm...! —Lucía respiró, saboreando en su mente un buen capuchino—. Pues estoy deseando que pase todo esto y volver al café, pero solo al de verdad. ¿Tú sabes cuántas veces en mi vida le he dicho al camarero del bar de debajo de mi casa «el café me lo pones en vena, por favor» cuando me preguntaba cómo lo iba a querer? Fíjate, ahora no es un capuchino en vena, pero es otro tipo de droga, ¿no? —dijo con un cierto tono melancólico.

—Bueno, cada día es uno menos —afirmé.

—Y uno más —me contestó.

 

 

 

En una ocasión, Lucía me insistió para que subiera al «bar de los tratamientos», como habíamos bautizado a la sala donde pasaba horas y horas cada semana. Cuando llegué, estaba sentada en uno de aquellos sillones de polipiel azul y Nacho le estaba colocando el reposapiés.

—Si ya le estás poniendo los pies en alto, lo próximo será sujetarle el pelo cuando vomite —le dije con humor a Nacho.

—Ja, ja, ja. Qué perra. La culpa es tuya, que pides siempre un último chupito, el que todas sabemos que es una malísima idea...

¿Estaba Lucía intentando quedar bien delante de Nacho o eran alucinaciones mías? Me dije que, sin duda, me lo estaba imaginando y no le di importancia. Al menos por mi parte tenía claro que flirtear con él o con otra persona no entraba en mis planes en ese momento, aunque empecé a pensar que el roce continuo entre Lucía y Nacho podría llegar a convertirse en cariño.

Ciertamente, Nacho no solo había comenzado a estar pendiente de ella y de subirle los pies, sino también a integrarse en el grupo. Empezaba a pasar más tiempo con todos, dado que siempre estaba cuando cualquiera la llevaba o la recogía. Incluso alguna tarde se tomaba algo con nosotros cuando salíamos del hospital o dábamos paseos por el centro de Madrid. Se convirtió en una parte activa de la ecuación de nuestra amistad.

Laux, que suele tener muy buen ojo para todo, también empezó a notar la creciente amistad entre Nacho y Lucía. Una noche llegó a casa tras recogerla y dejarla en la casa de Alberto y me comentó:

—Qué bien se llevan ahora Ignatius y Luli, ¿no?

Con Laura hay que hacer un máster para saber de quién te habla en cada momento.

—¿Por? —contesté a la gallega, con otra pregunta.

—No, por nada. Es que cuando he llegado a la sala de la «droja», estaba sentado allí con ella. Es un gran apoyo. Está mazo de entretenida con él, ¿no crees?

Pues sí, yo también lo había notado, pero intenté que no me lo notase; no me apetecía hablar de ello.

—Puede ser, sí.

—Por cierto, hablando de Nachetis: ¿qué tal con él?

—Pues normal. Tampoco hemos hablado mucho; de los viejos tiempos y poco más.

—¿Y...? —añadió Laux con intención.

No respondí.

—¿Y con Javi? —insistió de manera explícita.

La miré y me encogí de hombros, un gesto que fue clarificador.

—Pintan bastos, rubia —dijo Laux para cerrar la conversación, mientras iba a la cocina a preparar algo para la cena y yo me quedaba aún más rayada con la situación.

 

 

 

Al día siguiente le tocaba a Pol llevar a Lucía al hospital y a mí recogerla. Cuando llegué, Nacho estaba sentado junto a ella, como Laura los había descrito la noche anterior. Noté otra vez ese pellizquito en el corazón, como una especie de arritmia emocional entre latido y latido. Me quedé mirándolos hasta que Lucía se dio cuenta de que estaba en la puerta.

—¡Rubia, ya has llegado!

Nacho me miró y bajó un poco la cabeza. Como sintiéndose culpable.

—¿Cómo estás? —le pregunté a Lucía.

—Un poquito cansada, pero animada. ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—He vuelto a retomar la novela y le he dado un giro total a la trama.

—¿Sí? ¡Qué bien!

—Bueno, el mérito es de Nacho.

—Ah, ¿sí?

—Bueno, yo solo le he dado un pequeño impulso. El mérito es suyo —dijo Nacho sin mirarme a los ojos.

—Qué chico más jodidamente modesto. Me ha animado todos estos días a seguir con ella y, mira, hasta me ha traído un boli y una libreta. Ahora escribo a la antigua usanza.

—Es muy importante que se relaje con tareas manuales —aña­dió él.

—Uy, qué mal ha sonado eso... —dije mientras me relajaba por momentos y nos reíamos los tres.

—¿Has visto los dibujos que ha hecho en la planta de oncología infantil? —me preguntó Lucía.

Asentí, sorprendida de que Nacho, a quien se le veía muy incómodo, hubiese llevado a Lucía a verlos.

—Son increíbles.

—¿Te queda todavía? —le pregunté a Lucía, interrumpiendo la conversación—. Os espero fuera, si queréis.

—No, no, ya está. Ya me han dado la «droja». Recojo y nos vamos.

Lucía cogió su bolso, se despidió de las auxiliares y, cuando estábamos saliendo, se dirigió a Nacho.

—Bueno, nos vemos el martes, ¿no? Creo que me toca análisis. Y ya te contaré cómo resuelvo el capítulo cuatro. —Se giró hacía mí y continuó hablando—: Me ha dado ideas para la novela y voy a darles una vuelta.

Nacho asintió con la cabeza, sonriendo. Se notaba que Lucía estaba muy emocionada.

Nos montamos en el coche y nos pusimos en camino a casa de Alberto. Lucía siguió hablando animadamente; parecía que le hubiesen dado cuerda.

—¿Sabías que Nacho es aries, pero con ascendencia géminis según el zodiaco sideral?

—¿Según el quéééé? —le pregunté.

—Según el zodiaco sideral, tía. Y sería un aries medio acuario según el astronómico, y eso es muy bueno.

—Joder, Lucía, es que esto del zodiaco sideral y el astronómico me sobrepasa un poco.

—Eso es porque eres una libra de toda la vida.

—Sí, claro, desde que nací.

—No jodas, no tiene por qué. Hay gente que piensa que nuestros signos fluyen hacia otros conforme pasan los años.

«Fluir» era la última palabra que me quedaba por escuchar esa tarde.

Lucía se bajó del coche y me preguntó si me apetecía quedar con ella y con Sara al día siguiente, a lo que le contesté, un poco cortante, que no podía, aunque no era cierto. Creo que percibió mi extraño estado de ánimo un tanto incómodo, así que dejó de insistir.

—¿Me acompañarás el jueves que viene? —me preguntó desde la ventanilla.

—Por supuesto. Y el martes siguiente —respondí rápidamente.

Se quedó unos segundos mirándome en silencio, sonriéndome con ternura.

—Tú sabes lo importante que eres para mí, ¿no? —añadió.

—¿Por qué me dices eso? —le pregunté sorprendida.

—Porque no quiero que se te olvide ni por un segundo —sen­tenció.

Lucía se despidió y me quedé pensativa. Ni siquiera yo entendía esa especie de malestar que me recorría, pero lo cierto es que estaba incómoda. Justo cuando iba a arrancar para marcharme, recibí un mensaje.

 

 

Nacho.

Enana, ¿podemos quedar mañana?

 

 

Seguía llamándome «enana» en privado, lo cual no sabía si me irritaba o me gustaba. No le contesté. Decidí esperar a que Laux volviese de trabajar para desahogarme con ella. Cuando apareció por la puerta lo hizo con su habitual energía y con la capacidad de saber que algo pasaba solo con un escaneo rápido de la situación y de mi persona.

—¿Qué pasa, chiqui?

—No pasa nada. ¿Por qué tiene que pasar algo?

—Perdona, pero es que estás sentada mirando la tele y está apagada. Algo te pasa.

Pillada de manual.

Laux se sentó a mi lado y me vacié contándole lo que estaba sintiendo, que no era más que una extraña sensación molesta por ver a Nacho y Lucía tan unidos, porque era evidente que lo estaban cada vez más. Algo que en principio poco debía importarme, la verdad, pero que, siendo sincera, había crecido dentro de mí.

—No tienes razón alguna para estar rayada —dijo Laura con voz de niña responsable—. Yo también he notado que han conectado, pero no tienes motivos para sentirte así.

—Hombre, Laux, motivos sí. Mi novio y yo tenemos una comunicación nula desde hace meses y, de repente, me encuentro con que mi primer novio tiene una conexión especial con mi amiga Lucía que, por si fuera poco, está en tratamiento por un cáncer... Creo que, si agitas todo eso en una batidora emocional, algún motivo sí que sale —dije, defendiéndome.

Laura lo percibió y cambió el tono.

—Mira, chiqui, entiendo tu punto de vista, pero te voy a dar mi opinión porque me la has pedido. Luego, si quieres, puedes pensar en lo que te he dicho o pasar olímpicamente de ello, pero te la voy a dar.

Resoplé y giré la cabeza como una niña enfada que no quiere escuchar.

—Dime...

—Mira, Lucía es tu amiga y Nacho no es tu novio. Tu novio es Javi, y sea lo que sea lo que os está pasando, es algo que tendrás que solucionar con él. Ojo: eso si quieres; si no es así, no pasa nada, cada uno por su lado y aquí paz y después gloria, pero que estéis huyendo de tener una conversación sin cogeros el teléfono no ayuda, desde luego. Sé que los fantasmas del pasado reaparecen siempre en el peor momento, pero por encima de todo, y esto es muy importante, está Lucía. No pierdas la perspectiva. Si es como pensamos, que entre ellos hay algo, e insisto, si es como pensamos, alégrate por ellos.

 

 

 

Nada más que añadir. Aquella noche mi almohada volvió a estar dura como una piedra, rellena de problemas en vez de espuma.

Me levanté con la firme convicción de que era el momento de enfrentarme a las cosas antes de que fueran a más, tal y como había dicho Laura. Comencé por contestar a Nacho. Quedamos aquella misma tarde en el hospital, en la sala de oncología infantil donde nos vimos por primera vez. Me lo encontré de espaldas a la pared, ya sin cubos de pintura ni pinceles alrededor. El mural estaba terminado y era precioso. Esta vez no llevaba los auriculares, como en nuestro primer encuentro fortuito, por eso oyó el sonido de mis tacones al llegar y se dio la vuelta.

—Gracias por venir —me dijo.

—Tranquilo. No pasa nada —respondí, restándole importancia.

Se hizo un pequeño silencio. Nacho no terminaba de arrancar la conversación. Parecía que elegir las palabras correctas le costaba más de la cuenta, así que decidí dar un primer paso directo, algo que siempre me ha caracterizado en ese tipo de situaciones.

—Bueno, tú dirás... ¿Algo que contarme?

—Todavía no, pero querría estar seguro de poder hacerlo, llegado el caso —respondió.

La conversación estaba clara antes de tenerla y no quería que alguien me diese explicaciones de algo que no tenía por qué.

—No tienes que pedirme permiso para hacer nada.

—Ya te hice daño una vez y nunca más quiero volver a hacértelo.

—¿Y por qué ibas a hacerme daño?

—No lo sé. No sé qué sientes. No sé si estás enfadada conmigo. No sé si te molesta mi relación con Lucía...

La noche anterior había descubierto que no estaba enfadada con él ni, por supuesto, con Lucía, por quien estaba claro que él sentía algo. No estaba molesta con el Nacho de ahora: estaba enfadada con el de antes, el que desapareció de mi vida sin dejar rastro por una decisión unilateral que, según él, era lo mejor para mí. Le odiaba porque no me dejó ayudarle, porque se separó de mí y no me dejó opción, puesto que eligió por los dos. Advertí que no había superado ese resentimiento que aún conservaba y que había aparecido de nuevo al verle conectar con Lucía, mientras mi relación con Javi se disolvía por momentos.

—Si me pides que no vuelva a hablar con Lucía, lo haré. No quiero cambiar tu vida quince años después. Ya lo hice una vez y no puede volver a pasar. No podría soportar que me odiases otra vez —añadió.

Respiré hondo. Me sentía como la mala de una película... de la que solo era espectadora, no la protagonista.

—¿Por qué nunca me llamaste? Han sido años de silencio. ¿Acaso nunca te acordaste de mí?

Nacho me miró fijamente y sonrió. Dio un paso y se puso a mi lado, en el centro de la habitación, frente al mural que había terminado de ilustrar. Dirigí la mirada hacia él.

—¿No ves nada? —me preguntó.

—Sí, un mural precioso.

—Pero ¿no ves nada especial en él? —insistió.

Negué con la cabeza.

Nacho dio otro paso y se colocó detrás de mí. Me cogió la mano y señaló con el índice a una parte concreta de la pared. En ella se veía la ilustración de dos niños, una chica rubia y un chico moreno, al fondo de un precioso parque, camuflados entre otros dibujos, sentados en un banco mientras se comían unos bocadillos. Nacho movió mi cuerpo de nuevo, señalando otra zona del mural donde volvían a aparecer aquellos dos niños en una moto por una carretera que les llevaba a una montaña. Giró mi cuerpo una tercera vez y señaló una última parte del mural donde la misma niña rubia aparecía con un balón de voleibol en las manos, en la puerta de un instituto, sonriendo.

Me quedé en silencio, asimilando lo que acaba de ver, en shock.

—Nos he dibujado en cada pared con recuerdos de lo que vivimos juntos de niños, porque si algo quería recordar es que contigo fui inmensamente feliz a esa edad.

No pude pronunciar ni una palabra. Nacho había dibujado pasajes de nuestra adolescencia en todos los murales de la planta. Todo lo que habíamos vivido juntos estaba en esas paredes. Respiré hondo, visiblemente emocionada.

—¿Por qué me alejaste de ti? —le pregunté, conmovida, lanzándole una duda que llevaba quince años oprimiéndome el pecho.

—Lo siento. No supe hacerlo mejor.

Nacho comenzó a emocionarse y eso hizo que yo, que necesitaba muy poco para desenredar nudos de la garganta en aquel momento de mi vida, tomase el mismo camino.

—Creo que nos merecemos ser igual de felices que de niños.

Nacho me abrazó con fuerza.

—Por favor, no la dejes. No quiero que ella también acabe siendo un recuerdo en una pared.

Nacho asintió con la cabeza mientras se limpiaba las lágrimas de la cara. Estaba segura de que no había nadie mejor para Lucía en ese mundo que él. Tampoco había nadie que se pudiese alegrar más por los dos que yo.

 

 

 

Hay personas que son las apropiadas, pero no aparecen en el instante adecuado. No fue mi momento con Nacho a los dieciséis años ni lo era en aquella ocasión, con treinta y uno. Son cosas que pasan: solo hay que ser consciente de ellas y darse cuenta a tiempo para que esas personas formen parte de tu mundo de una forma distinta a como habías imaginado. Esa vez, Nacho se quedaría en mi vida, pero como amigo.

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