Contando atardeceres
PARTE III. EL REENCUENTRO » 29. Una sorpresa por Navidad. Hay que ser como los gatos, que viven instaurados en la felicidad
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Una sorpresa por Navidad
Hay que ser como los gatos, que viven instaurados en la felicidad.
Casi sin darme cuenta, llegaron de nuevo las Navidades. Al echar la vista atrás me di cuenta de que ese año había experimentado lo que equivaldría a unos cinco de adolescencia, emociones que no dejaron de sucederse y que gestioné como pude, unas veces mejor y otras no tanto.
Iban a ser las segundas sin mi padre y, por lo que arrastraba, solo quería que fueran lo más tranquilas posible. Un periodo de calma que nos permitiera a todos recuperar el aliento y a mí, la ilusión por unas fechas que siempre me habían traído buenos recuerdos.
La conversación con Nacho me dejó abatida, aunque en paz por cerrar ese apartado de mi vida que se había abierto de forma involuntaria. Sin embargo, aún tenía pendiente una conversación con Javi, ya que nuestra relación iba a la deriva. Que conste que yo dejé atrás a mi orgullo y seguí llamándole, sin respuesta alguna por su parte.
De momento iba a centrarme en trabajar, en estar cerca de mi madre —pues también para ella eran fechas complicadas— y en apoyar a Lucía. En definitiva, mantenerme a flote.
—¿Qué haremos estas Navidades? —dijo Laux emocionada.
—No tengo ganas de nada, ni de decorar la casa siquiera.
—Venga ya, amiga, si te flipa el brillibrilli y las luces... Me niego a que estés tan negativa en nuestras primeras Navidades juntas en esta casa.
Laura, tan rebosante de energía como para alumbrar ella sola el árbol de la Puerta del Sol, me obligó —bueno, quizá la palabra exacta sería amenazó— a salir de casa. Me puso un gorro y una bufanda, y nos fuimos a los puestecitos de la plaza Mayor a comprar decoración navideña. Aquella salida me reanimó, ya que me había instaurado en la desgana.
Aprovechamos para ver las luces del centro y nos tomamos unos vinos. Laura llevaba unos cuernos de reno en la cabeza y me obligó a llevar un gorrito de Papá Noel con luces.
—¡Chiquiiii! Unos vinitos por aquí, por favor. Y algo de picoteo, plis —pidió Laux a plena voz, dirigiéndose al camarero.
Luego me miró muy seria y me preguntó:
—Si fueras un animal, ¿cuál te gustaría ser?
Muchas veces Laura me sorprendía con preguntas absurdas de ese tipo. En el tiempo que llevábamos viviendo juntas ya me había preguntado qué color sería, qué prenda de ropa me representa o qué ciudad de todas las del mundo me gustaría ser, como si pudiese levantarme al día siguiente siendo una ciudad en vez de una persona. Lo llamábamos el juego del «¿Y si fueras?». Según mis respuestas, me analizaba y me soltaba una perorata de las suyas. Entre los análisis de Laux y el horóscopo de Lucía me tenían frita, pero lo cierto era que las dos me entretenían mucho, por lo que le espeté:
—Una gata.
—Ohhhh, muy bien. ¿Sabes que los gatos viven en un estado de felicidad continua?
—Anda ya...
—Que sí. Te lo juro. Leí una vez que viven instaurados en la felicidad y que solo salen de ella cuando sienten una amenaza externa, pero vuelven a ese estado cuando el peligro pasa. ¿No te parece una gran manera de ver la vida?
Pues sí, pero quizá era algo más complicado para los humanos, al menos para mí en ese momento. Además, había que diferenciar entre los gatos caseros, que duermen plácidamente, comen, juegan y tienen muy pocas amenazas externas, y un gato callejero, que ha de estar pendiente de sus depredadores, de buscar cobijo, comida... ¿Y si me tocaba ser un gato callejero?
—¿Puedo matizar el animal que me gustaría ser? —añadí después de aquella reflexión.
—Claro. Es un juego inventado, así que también puedo inventarme las reglas.
—Pues quiero ser una gata, pero casera. Seguro que viven más felices...
—Los gatos no piensan en eso. No son conscientes de que pueda haber otra realidad u otro tipo de gatos. Solo viven con la felicidad que les ha tocado, ya sea en una casa o en la calle.
La miré con cara de sorpresa ante aquella perfecta exposición de un parlamento que no sabía muy bien hacia dónde se dirigía. Entendía el subtexto, pero no terminaba de estar de acuerdo.
—Me gusta eso de «vivir con la felicidad que te ha tocado», Laura, pero no siempre se puede cumplir. ¿O acaso pretendes que vivamos sin preocupaciones?
—De hecho, dicen que el noventa por ciento de las veces nos preocupamos por algo que al final no pasa. Los gatos no hacen eso. No se levantan pensando en que puede pasarles algo malo. Se levantan felices, viven felices, y eso es lo que les diferencia de los humanos.
—Vale... Entonces quiero ser una gata: renuncio a ser persona. ¿Dónde hay que firmar? —respondí mientras levantaba la copa de vino para brindar por ello con cierta ironía.
Laux me miró con ternura.
—¿Qué te preocupa, rubi? —me preguntó, cambiando el tono al verme un tanto irascible.
—¿Te hago una lista?
—A mí no, a ti. Yo a veces lo hago. Por las noches escribo lo que más me ha preocupado ese día y lo leo a la semana siguiente. La mayoría de las veces me doy cuenta de que al final no ha pasado.
—Ya, Laux, pero no siempre podemos estar apuntándolo todo, haciendo listas de deseos y revisando pensamientos a la semana siguiente... Hay veces que te preocupas por algo que puede pasar, aunque luego no pase, porque somos personas, no gatos... Y aunque puede que en el futuro todo vaya viento en popa con Javi, ahora no es así. Así que puedo instaurarme en un estado de felicidad absoluta, mirar hacia otro lado y ver qué pasa en una semana o puedo preocuparme para tomar la mejor decisión posible en este momento.
Laux me miró alucinada.
—Oye, si te presentas a alcaldesa, te voto. Madre mía, qué despliegue. ¡Qué bien hablas! A tomar por culo la felicidad de los gatos, di que sí.
Laux cogió la copa de vino y la levantó. Había conseguido sacarme una sonrisa con su performance.
—Por nuestros dramas —dijo convencida—. Para que nos den temas de conversación. Por los de ahora y por los que vendrán —añadió.
—Qué ambiciosa eres —respondí entre risas mientras apurábamos el vino antes de irnos.
Laura es siempre un soplo de aire fresco, aunque a veces ese aire huela a podrido por sus conocidos pedos.
Aquella conversación derivó en una minifiesta que Laura preparó para celebrar su propio cumpleaños y que ella misma bautizó como «#FiestaDramática», también en honor al Dramachat que nos unía. Era como un monstruo que se devoraba a sí mismo, como hacer una película en la que ella era la guionista, la directora, la protagonista, la que vendía las entradas y la espectadora. Solo Laux era capaz de organizar su propia fiesta de cumpleaños y sorprendernos a todos, incluida a ella misma. Y a mí la que más, sin duda.
Decoró la casa para convertirla en una mezcla entre un restaurante mexicano de los noventa y una fiesta navideña de una clase de primaria. Era una explosión de color extraña, pero solo ella tenía el don de que aquella combinación quedase bien. Laura es la típica mujer capaz de llevar una falda de lunares con una camiseta de rayas e ir preciosa (aunque eso solo ocurriría en mi imaginación: Laux, fruto de su «pequeña» obsesión por el orden y el control, siempre prepara con antelación la ropa que se va a poner al día siguiente, sin dejar hueco a la improvisación ni al desastre).
Compró unas cortinas de arcoíris y flores de papel. Preparó medianoches de jamón y queso, sándwiches cortados en triángulos, patatas y aceitunas. Incluso había Fanta de naranja, como en los viejos tiempos, pero en este caso para acompañar el ron. Era lo más parecido a un cumpleaños de madre de toda la vida. Nada de guacamole con palitos de zanahoria ni canapés de fiesta con forma de estrella. Un cumpleaños de combate, como los de antes.
—Vaya despliegue, Lady Susurros —dijo Pol al ver los sándwiches de jamón y queso con un claro tono de ironía que Laux no percibió.
—Lo que os merecéis, chiquis —respondió feliz mientras aparecía en el salón atravesando su cortina de arcoíris como si del programa Lluvia de estrellas se tratase, con una bandeja de croquetas al estilo de los anuncios de Ferrero Rocher de Isabel Preysler, pero con mucho más glamur y también un pelín más de aceite.
—¡No te putocreo! ¿Has hecho croquetas? ¡Me parece lo más! —Lucía estaba emocionada.
Tras ella entró Nacho, que llevaba el abrigo de Lucía en el antebrazo y Sara con su flequillo habitual yendo por libre.
—¡Feliz cumpleaños, amiga! —dijo Sara abrazándose a Laux.
Al verlas, no pude contenerme.
—¡Abrazo de amigaaaas! —pedí de forma instintiva.
Las cuatro nos fundimos en un sentido abrazo mientras los demás nos miraban.
Fue una fiesta diferente. Con una mezcla extraña de personajes donde a nosotras cuatro se sumaban Pol y su novio Jaume; Marcelo, el novio de Sara, alias el Mandalas; Nacho; y alguna invitada del curro de Laux. Casi estábamos en familia. Un combinado de personalidades tan interesante que podías escuchar en la cocina cómo Pol, Alberto y Marcelo comentaban animadamente lo mucho que les apetecería largarse a un retiro de Bikram Yoga en la casa de Ibiza de Nacho Cano. No sé cómo habían llegado a ese punto en común los tres. De hecho, yo, a pesar de haber vivido en Ibiza cuatro meses y medio, no tenía ni idea de lo que era el Bikram Yoga, pero desde luego se les veía emocionados con el tema. La mezcla de nuestras personalidades era muy marcada, pero todos habíamos encajado a la perfección, como la mezcla de colores de la decoración de Laux.
Lucía se quedó casi toda la noche sentada en el sofá, ya que estaba cansada, y Nacho no se separó de ella. Aproveché para hablar con Jaume, que hacía tiempo que no le veía.
En un momento dado, sonó el timbre y me dirigí a la puerta. Esperaba ver la cara de nuestro vecino con alguna queja tatuada en la frente, aunque la música no estaba especialmente alta ni era muy tarde. Cuando abrí, me quedé helada. Javi e Iván estaban al otro lado. No sé vosotras, pero yo tuve que cerrar y volver a abrir para confirmar que estaban allí (con Javi tan guapo como siempre) y que aquello no era fruto de lo que llevase la Fanta de naranja.
Laura corrió hasta la puerta, pues sabía de su llegada, la muy perra. En sus ojos se veía la ilusión por ver a Iván y viceversa. Diría que se estaba haciendo ilusiones y le estaban quedando preciosas; o como decía Benito Pérez Galdós: «Había en aquellos ojos mil elocuencias de amor y propaganda de ilusiones». Ilusiones, al fin y al cabo, encerradas en sus miradas. ¿Hay algo más bonito que eso? Cuánto lo echaba de menos...
—¡Por fin! —gritó Laux mientras se abalanzaba sobre Iván, dejándonos a Javi y a mí cara a cara, solos, en la puerta, sin saber muy bien qué decir y sin que él se decidiera a entrar.
En nuestras miradas también había ilusión; si ha tenido mucha presencia en tu vida, la ilusión no muere de un día para otro. Aunque en aquel momento, entre nosotros, predominaba el recelo.
—Has venido... —le dije.
—Sí, tenía que ver a mi madre —me contestó cortante.
—Ah, claro... —respondí decepcionada.
—Y como Laura habló con Iván, pues...
—Bueno, y ¿qué tal por Ibiza? —le pregunté, aún sujetando la puerta de la calle.
—Bien, como siempre. Sin novedad en el frente. ¿Y tú?
—Bien... Bueno, ahí estamos, esperando a ver cómo responde Lucía al tratamiento, pero de momento...
Javi bajó la mirada y me interrumpió:
—¿Tienes pensado volver o te quedarás aquí con Nacho?
Aquella frase me dejó helada.
—¿Por qué dices eso?
—¿Y por qué no? Imagino que puedo preguntarlo, porque como no me cuentas nada y llevas meses sin hablar conmigo, tengo que ver lo que haces por Facebook y por las fotos que te vas haciendo.
La frase de Javi me sentó muy mal, tanto que consiguió que sacara lo peor de mí. Esa parte en la que me pongo a la defensiva.
—¿Y tú? ¿Has encontrado la manera de volverte o aún sigues «fluyendo»? Te lo digo no vaya a ser que no te des cuenta y te acabes convirtiendo en líquido.
—Vale. Creo que venir ha sido una mala idea.
Javi hizo el ademán de irse, pero Lucía llegó por sorpresa a saludar.
—¡Javi! ¡Qué alegría! Menos mal que has venido, porque la rubia está pesadísima. Todo el día detrás de mí: no me la quito de encima ni con agua caliente.
Vaya, qué buena metáfora había hecho mi amiga hablando precisamente de agua, que fluye a las mil maravillas.
—Hola, Lucía. ¿Cómo estás? —Javi la abrazó con cariño.
—Bien. Tengo días mejores y días «menos mejores», pero estoy bien.
—Me alegro mucho de verte.
—Gracias por venir —dijo con la voz demasiado calmada y sin ningún «joder», ningún «hostias», ningún comentario sincericida que nos hiciese pasar un momento incómodo—. Entra y tómate algo, por favor —añadió, siendo muy educada para lo que ella solía.
Javi respiró y pasó al salón, mientras yo cerraba la puerta con desgana. Laura e Iván aparecieron para hablar con nosotros. Pol le ofreció una croqueta a Javi, pero él la rechazó. (Sí, sí, lo habéis leído bien: la rechazó. ¿Qué clase de persona rechaza una croqueta?). Jaume se acercó a saludar y a preguntarle sobre su trabajo, incluyéndome en la conversación en todo momento.
Todo parecía orquestado para evitar que Javi y yo nos separásemos.
—Toma. —Iván le colocó un Aquarius en la mano.
—¡Puagggg! No sé cómo puedes beber eso, Javi. ¿Es porque eres deportista? —dijo Laux—. ¿No prefieres una copita de vino? Vengaaaa, que no va a interferir con tus entrenos. Mírame: estoy tochísima. —Laura enseñó su bíceps mientras sostenía una copa.
Consiguió sacarnos una sonrisa a los tres.
—¿Sabes el chiste que le cuento últimamente a Javi en Ibiza? —preguntó Iván, dirigiéndose a Laux.
—Pero ¿tú sabes contar chistes? Esa gran faceta tuya no la conocía —le contestó Laura en un claro tono de vacile.
—Pues será porque conoces otras más grandes...
—Sí, claro, los casoplones esos que tienes... No te hagas ilusiones, chiqui.
Nos volvimos a reír, relajando un poquito la tensión que aún se notaba en nuestros cuerpos rígidos; en el mío y en el de Javi, claro, porque los de Laux e Iván fluían de maravilla.
—Le digo: «Ey, Javi, qué fuerte estás; ¿cuánto tiempo llevas en el gimnasio?». Y él me dice: «Cuatro meses». Y entonces le digo: «¿Y tu familia no te echa de menos?».
Se hizo un silencio sepulcral que duró, al menos, cinco segundos. Pareció tan largo que podría haberme doctorado en ese tiempo.
—Iván, ese chiste te lo he contado yo mil veces. Es un chiste de la rubia y mío de toda la vida —afirmó Laux con contundencia.
En ese momento intervino Lucía:
—Sí. Yo también me lo sabía. La rubia lo ha contado como mil veces...
Iván miró a Javi, quien acabó por reconfirmar lo que había sido un desastre total.
—Sí, no he querido decirte nada por no herir tus sentimientos, pero ya me lo sabía —apuntó con el semblante aún de cabreo, pero pretendiendo que nadie más que yo lo notase.
—¡Ese chiste lo inventé yo! —gritó Pol desde la cocina.
—¡Vaya panda de cabrones! Ya me podríais haber parado antes y no dejar que lo terminara —dijo Iván mientras todos nos descojonábamos de la risa.
—Si te sirve de consuelo, a mí me ha hecho gracia. Yo no lo conocía —dijo Nacho acercándose al grupo.
En ese momento, Laux hizo las presentaciones, fiel a su estilo, sabiendo de la tensión del momento e intentando rebajarla a su manera:
—Ivanoski, Javitxu, este es Ignatius. Un amigo de la infancia.
Javi saludó a Nacho, distante pero educado, y aprovechó el momento para intentar poner punto final a todo el teatro que se había generado a nuestro alrededor, despidiéndose de todos. Ni siquiera había soltado el abrigo, que colgaba de su brazo junto a una bufanda que, sin duda, le habría tejido la yaya Catalina.
—Bueno, tengo que irme. Solo he venido a saludar. No he parado en casa desde que he llegado y estaría bien ver a mi madre.
Javi se apartó del grupo y se dirigió a la puerta.
—Te acompaño —le dije.
Javi se puso el abrigo mientras yo intentaba rebajar la distancia que había entre nosotros.
—No tienes por qué irte —le dije con amabilidad, sujetando una de sus manos. La tenía helada.
—Ya, pero es que no sé qué hago aquí, la verdad.
—¿No has venido a verme? —respondí de manera directa.
Javi se quedó en silencio.
—Vale... Pues no sé qué más decir... —añadí, abatida.
En ese momento, el sonido de unas copas cayendo contra el suelo hizo un ruido estrepitoso, poniéndonos a todos en alerta. Los dos dirigimos la mirada hacia el salón y vimos que Lucía estaba en el suelo, boca abajo, convulsionando. Laux y Nacho la atendieron con rapidez. No entendíamos nada, pero Lucía yacía inerte en el salón. Sara no pudo gestionar la tensión del momento y comenzó a gritar, mientras Laux le tomaba el pulso a Lucía y Nacho la colocaba de lado, le giraba la cabeza con suavidad y le levantaba las piernas. Todos comenzamos a ponernos muy nerviosos.
—Tranquilas, no pasa nada —afirmó Laura—. Es un desmayo.
—¿El pulso? —preguntó Nacho susurrando.
—Bien. Sara, tráeme un vaso de agua para cuando despierte. Corre.
Laura y Nacho lideraron la situación y todos lo agradecimos porque estábamos muy asustados. Tanto que me encontré de repente abrazada a Javi, temblando.
—Es el tratamiento, a veces pasa —explicó Laux, aunque no sonó convincente.
Al momento, Lucía volvió en sí y todos respiramos. Nos miró y sonrió, pero se veía que estaba muy cansada y con un color de piel extraño. Nadie dijo nada. Ni una palabra. Era un silencio tan profundo que dolía en el pecho.
—Voy a por el coche —dijo Nacho, apresurándose a salir por la puerta.
Veinte minutos más tarde estábamos en Urgencias. En una sala de espera. Abrazados algunos, en silencio otros. La angustia no dejaba hueco para nada más. Nadie podía creer que aquello estuviese pasando.
Javi salió fuera, aunque hacía mucho frío. Yo le miraba desde dentro, intentando averiguar qué estaba pasando por su cabeza. Paseaba de un lado a otro con los brazos cruzados; a veces miraba hacia arriba y otras se llevaba las manos a la cabeza para calmarse.
En ese momento, Nacho salió por la puerta y se acercó a él. Desde el interior, a través de la ventana, observé con nerviosismo cómo Nacho hablaba con Javi. No discutían, al contrario. No esperaba menos. Solo charlaron e incluso sonrieron, algo más relajados.
Nunca supe la conversación que tuvieron, pero imagino que fue importante para lo que pasaría después. Tampoco me importaba en aquel momento... Lucía era mi prioridad.