Contando atardeceres

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PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 30. El futuro empieza hoy. «Ya verás cómo me olvidas»

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30

El futuro empieza hoy

«Ya verás como me olvidas».

Aquella noche, Lucía tuvo que quedarse en observación. Los valores del hígado habían salido muy alterados, así que tenían que seguir haciéndole pruebas. Fue un mazazo para todos, que queríamos pensar que podía haber sido un bajón de tensión o algo puntual, pero no. Todos sabíamos que el hígado es muy delicado, como el corazón.

—¿Qué hacemos? —nos preguntó Sara.

—Me quedo con ella —dijo Nacho, que acababa de entrar, seguido de Javi—. En unas horas comienzo a trabajar y puedo estar pendiente durante el resto del día. No tiene sentido que nos quedemos todos. Si se queda ingresada, os aviso y vemos.

—Sí, es lo mejor —intervino Laux, confirmando las palabras de Nacho.

—A mí no me importa quedarme, de verdad —insistió Sara.

—Ni a mí —dijo Pol.

—Sé que todos queremos estar con ella, pero no tiene sentido —añadió Laura—. De verdad que lo mejor que podemos hacer es ir a descansar para que, cuando se recupere, estemos ahí, con toda la fuerza del mundo.

Al final, a todos nos pareció razonable. Estaba claro que para nosotros estar con ella era una prioridad, pero éramos conscientes de que, dada la situación, no podíamos. Nos despedimos con un abrazo silencioso y añadimos a Nacho al grupo de WhatsApp «Actualización Lucía» para conocer al momento cualquier noticia acerca de su estado. Él se quedó solo en la incómoda y fría sala de espera a las dos de la madrugada, como si se tratase de un soldado que defiende la posición más importante de su vida: Lucía.

Justo cuando salíamos por la puerta de Urgencias, Javi me tocó la mano para llamar mi atención. En ese momento Laura se acercó a nosotros y pude percibir cómo le interrumpía sin querer.

—¿Dónde os estáis quedando Iván y tú? —preguntó de manera directa.

—Estamos en un hotel cerca de casa de mi madre —respondió Javi.

—Genial. Si os parece, Iván y yo nos vamos a casa. Tú te llevas a la rubia al hotel y mañana me la devuelves —dijo Laux con toda la intención del mundo, mirando a Javi a los ojos, lo que dejaba claro mucho más en su mirada que en sus palabras. Nos estaba obligando a hablar cara a cara, sin obstáculos.

Observé a Javi, intentando adivinar si le parecía una buena idea, sin saber si me lo parecía a mí, pero sabiendo que, al fin y al cabo, yo dependía de las decisiones de Laura. Y estaba claro que esa frase era una declaración de intenciones por su parte, no tanto por estar a solas con Iván, sino por tendernos una mano a Javi y a mí.

—Si a Iván le parece bien, por mí no hay problema —contestó Javi.

Iván asintió. Se fueron juntos, dejándonos a Javi y a mí en una parada de taxis.

—La verdad es que nadie te lo ha preguntado a ti —volvió a hablar él, poniéndose en mi situación—. Si no quieres, quédate en el hotel y yo me voy a casa de mi madre, no hay problema...

—¿Hay persianas? —pregunté.

—¿En el hotel?

Asentí.

—No.

—Mejor, así puedo imaginarme que estamos en nuestra habitación de Ibiza.

Javi sonrió. Pero no como lo había hecho en la fiesta ni en las semanas antes de marcharme de la isla: aquella lejana sonrisa forzada nada tenía que ver con la que aparecía ahora en su rostro. La que le hacía ser Javi de nuevo; la que me llevaba a recordarle tal y como le conocí.

 

 

 

Recorrimos las calles de Madrid en un mutismo absoluto, montados en un taxi. Las luces navideñas parecían difusas al mirarlas a través de la ventanilla del coche, quizá porque es complicado enfocar la vista cuando tienes lágrimas en los ojos peleando por salir tras un 28 de diciembre como aquel, convertido en una broma de mal gusto. Cuando una consiguió rodar por mi mejilla, Javi me apretó la mano.

Recordé la ilusión con la que habíamos hecho ese mismo trayecto un año antes para contemplar las luces de Navidad y me entristeció que la situación entre los dos hubiese cambiado tanto. Estábamos distanciados por mucho más de lo que nos separaba el asiento central de aquel taxi en el que cada uno mirábamos por una ventanilla.

Llegamos al hotel de madrugada. Javi abrió la puerta con la tarjeta. La habitación estaba bastante desordenada, con ropa y zapatillas por todas partes. Las camas, dos individuales, estaban intactas, ya que habían llegado esa tarde.

—Iván no es muy ordenado... —se excusó Javi, adivinando lo que estaba pensando.

—No pasa nada. Perfecta para descansar.

Javi asintió y comenzó a recoger la habitación.

—Voy a darme una ducha rápida —dije, buscando un refugio para estar tranquila unos minutos.

Entré en el baño y abrí el grifo. La tensión acumulada y la situación requerían de agua muy caliente que despegase de mí toda la mierda acumulada.

Estuve quince minutos dejando que el agua cayera sobre mis hombros. Mirando hacia abajo, viendo cómo se iba por el desa­güe. Intenté convencerme de que la conversación con Javi era necesaria para tomar una decisión, la que fuera, la justa, la necesaria, buena para los dos. Pero, por otra parte, sentía que, en aquel instante, a mi preocupación por Lucía no era capaz de sumarle la de Javi.

Cuando salí del baño, la habitación estaba recogida y él, sentado en la cama. No tumbado. Estaba esperándome.

—Lo siento —susurró, sin mirarme a la cara.

No respondí, esperando que encontrara las palabras para seguir. Le costaba.

—No supe ver lo de Lucía. No me di cuenta de la verdadera situación. Soy un imbécil y un puto egoísta.

Podría haber aprovechado ese momento para el reproche, para un «te lo dije» que no nos hubiese acercado ni un milímetro. Sin embargo, machacar a alguien no es la mejor opción cuando se sincera de esa manera, y tampoco quería. No me gustan las personas que se aprovechan del perdón de los demás para hacer más daño.

—Y siento haberme comportado como un crío contigo en este tiempo. Quizá no hemos hablado lo suficiente durante estos meses...

«Es que no me cogías el teléfono», pensé, pero no lo dije.

—Tenía que haberte escuchado más. Lo siento de verdad. No te lo mereces —dijo para concluir una declaración que sonaba sincera a todas luces, pero que había dejado nuestra relación como mi pulsera, pendiendo de un hilo.

Me acerqué a él y me senté a su lado en la cama. Nos miramos a los ojos y le abracé con fuerza. Con toda la fuerza que puede tener una rubia de metro sesenta rodeando a un hombre de bastante más de uno ochenta, aunque en aquel momento pareciera un niño. De repente, sonó mi teléfono. El nombre de Nacho apareció en pantalla. Ambos nos preocupamos.

Descolgué con todo el miedo que había a mi alrededor, tanto que en aquel momento llenaba la habitación. Las primeras palabras de Nacho intentaron restarle importancia al asunto, pero su tono de voz, que conocía a la perfección, me decía lo contrario: que la situación no estaba bien. No quiso darme detalles. Me pidió que fuera al hospital por la mañana a primera hora, ya que estaban esperando a que la subiesen a planta porque, finalmente, Lucía se quedaría ingresada.

—Nacho, por favor, te voy a hacer una pregunta que quiero que me contestes con sinceridad y de manera clara. ¿Lucía está bien?

Nacho respiró e hizo una pausa.

—Ahora está bien. Duerme tranquila. No te preocupes, de verdad. Por la mañana te lo cuento todo. Solo quería que supieras que nos quedamos ingresados.

Exhalé todo el aire que había estado conteniendo en los pulmones mientras esperaba su respuesta.

—Vale. En unas horas estoy allí. Cuídala mucho, por favor.

—Igual que lo harías tú —me aseguró antes de colgar.

Me dejé caer sobre la cama, mirando al techo, intentando gestionar mis emociones para no explotar. Javi se tumbó a mi lado, sin hacer preguntas. En aquel momento, su presencia era suficiente. No seguimos hablando. Nos acomodamos, uno pegado al otro y Javi aprovechó para rodearme con los brazos. Respirando de nuevo, después de tanto tiempo, de manera acompasada.

Estoy segura de que a los dos nos hubiera apetecido que la situación fuese distinta; que Lucía estuviese bien y que solo hubiésemos reservado una habitación de hotel para una escapada. Ojalá hubiese sido así, pero no. Javi estaba en aquella habitación y escuchaba su respiración cerca y lejos a la vez. Me moría por saber qué estaba pensando. ¿De qué habría hablado con Nacho? ¿Y si de verdad había venido solo a ver a su madre? ¿Y si nunca volvíamos a estar juntos?

Distraída por aquellos pensamientos y agotada por la tensión de aquel 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes y, a la vez, el cumpleaños de Laux, me quedé dormida, exhausta por el cansancio físico y emocional que llevaba arrastrando desde hacía tanto tiempo.

 

 

 

Un par de horas más tarde me desperté sobresaltada. Javi gritaba con uno de sus sueños. Llevábamos tantas noches separados que me pilló por sorpresa.

—¡Corre! ¡Allí, allí! ¡Fuego!

—Javi, Javi, es un sueño —dije, mientras intentaba despertarlo.

Javi se incorporó sobresaltado, y le tranquilicé como acostumbraba a hacer cuando le pasaba. Era bonito recuperar, aunque fuese por un instante, la complicidad que siempre habíamos tenido, cuidándonos el uno al otro de nuestras pesadillas.

Él se recompuso y miró la hora.

—Vamos al hospital, niña. Todo va a salir bien.

Se duchó y aproveché para mandar un mensaje a Nacho, diciéndole que estaríamos allí en una hora. Me había escrito indicándome el número de habitación de Lucía. No me contestó, pero intenté mantener la calma sin pensar en qué es lo que podría estar pasando. No hay más daño que el que uno puede hacerse a sí mismo con la imaginación.

Javi me acompañó primero a casa de Laura, donde pude cambiarme de ropa, mientras él esperaba abajo tomándose un café. Cuando llegamos al hospital, nos despedimos con un beso cariñoso en la mejilla, pero con los ojos tan cerrados que fue como volver a sentir sus labios en mi boca.

—Javi... —dije antes de que se marchara.

—Dime.

—¿De qué hablaste ayer con Nacho? —le pregunté de manera directa.

Javi me miró, sorprendido por la pregunta.

—Ahora no tiene importancia. Todo está bien y todo va a estar bien. Tú estate tranquila y ve con Lucía —afirmó, con la misma sonrisa sencilla y preciosa que siempre había tenido; esa que tiempo atrás había desaparecido de su rostro.

Creo que esas palabras eran todo lo que necesitaba escuchar en aquel momento. Javi se subió al mismo taxi que nos había llevado al hospital y se marchó.

 

 

 

Cuando llegué a la habitación de Lucía, ella no estaba. Ver la habitación vacía hizo que me diese un vuelco al corazón. Por suerte, una enfermera entró en ese instante para recoger uno de los sueros y me dijo que le estaban haciendo una prueba y que volvería enseguida.

Me sentí aliviada. Últimamente no ganaba para sobresaltos. Rápidamente escribí a Nacho para decirle que ya estaba en el hospital. También llamé a Laura para decírselo y comentar lo que había pasado con Javi y Nacho.

—Pero ¿¿de qué coño hablaron los dos??

—No tengo ni idea. Pero fue algo bueno, eso seguro —di­je convencida tras las palabras de Javi antes de marcharse en el taxi.

—Joderrrrrrr, necesito saberloooooooo. Cómo odio a la gente que sabe algo y no te lo cuenta...

—Bueno, ya nos enteraremos. O no... Ahora no es importante.

—¿Y Lucía? ¿Sabes algo ya?

—No, estoy esperando a que vuelva a la habitación... ¡Mira! Por ahí viene. Te cuelgo.

Nacho empujaba la camilla y ella estaba despierta, aunque un poco amodorrada. Su piel estaba un tanto amarillenta.

—Está cansada. Le han puesto un poco de medicación porque tenía algo de dolor —me explicó Nacho—. Le acaban de hacer un TAC.

—Estoy piripi, como tú dices, rubia —acertó a decir Lucía, levantando el dedo índice con un pulsioxímetro.

—¿Qué le pasa? —pregunté un poco asustada.

—Le duele un poco el costado, pero se le pasará pronto.

Lucía se quedó dormida al momento, fruto de la medicación y el cansancio. Nacho y yo aprovechamos para salir fuera y que pudiera contarme lo que ocurría.

—El tratamiento de inmunoterapia le ha afectado al hígado. Tiene un daño severo. Nos lo tendrá que confirmar la oncóloga, pero he hablado con algunos compañeros y, previsiblemente, habrá que suspender el tratamiento.

—Pero ¿cómo es posible? —indagué.

—Son ensayos. Entra dentro del proceso... Puede pasar.

—Joder, Nacho. ¿Y ahora, qué?

—Bueno, de momento hay que esperar. Como la medicación se procesa en el hígado y ha trabajado mucho, ahora toca darle un descanso y recuperarlo cuanto antes. Ella también debe descansar mucho.

—Estoy asustada.

—Hay que estarlo, no te quiero mentir. Pero ahora toca esperar y descansar. Aquí estará bien.

—Vaya final de año... No puede ser más horrible.

—Bueno... Si te sirve de consuelo, aquí dan cenas especiales en Fin de Año —dijo Nacho, intentando animarme.

—Lo sé, pasé algunas Navidades con mi padre en el hospital. Incluso le pelé las gambas... —le dije con una media sonrisa.

—¿Tú pelando gambas? Pero si siempre decías que te morías de pena al verlas con esos ojitos redonditos y los bigotes...

Los dos sonreímos un instante, recordando aquella anécdota de un pasado que compartimos, preferible a todas luces a la realidad del presente. Como refugiándonos del dolor del momento en una felicidad anterior para respirar por unos segundos y continuar.

—Va para largo entonces, ¿no? —le pregunté preocupada.

—Creemos que sí —respondió contundente.

Aquella frase sonó demoledora. Ver a Lucía de nuevo en aquella habitación trajo a mi mente el recuerdo de los ingresos de mi padre. No estaba preparada para que la historia de Lucía tuviese el mismo final, y eso me paralizaba, pero tenía que mantener una aparente tranquilidad. Aquello, quizá, era lo más duro.

Nacho me abrazó, entendiendo que el símil de pelar gambas, en mi caso, significaba que hice todo lo que estuvo en mi mano para ayudar a mi padre.

—Tranquila, que este año estoy yo aquí para pelárselas —bro­meó Nacho.

—Eres consciente de lo mal que ha sonado eso, ¿verdad? —di­je al momento.

—Sí, ha sonado raro lo de pelárselas...

—Habrá que preguntarle a la implicada qué opina de que se la peles tú... Digo yo.

Ambos nos reímos para descargarnos del peso de la situación. Era nuestra forma de enfrentarnos a los peores miedos: con bromas absurdas.

Después de la conversación con Nacho, escribí en el chat de grupo de Lucía, donde todos convenimos en que ella debía descansar. Por eso, lo mejor era que no estuviésemos todos en la habitación a la vez, sino que hiciéramos turnos para que en ningún momento se sintiese sola, pero que, a la vez, tuviese su espacio y descansara.

 

 

Actualización Lucía

Alberto amigo Lucía., Laux., Nacho., Pol vecino., Sara., Tú

Nos quedamos ingresadas,

pero tranquilos, que está bien.

Solo tenemos que organizarnos.

Sara.

¿Qué le han dicho?

Aún no ha pasado la oncóloga,

pero tiene el hígado afectado.

Es un problema grave,

pero está estable.

Laux.

Joder...

Alberto amigo Lucía.

Me quedo esta noche con ella.

Vale, perfecto.

Sara.

Yo voy ahora para allá.

Hay que llamar a los padres, rubia...

Sí, vente y los llamamos.

Laux.

Yo voy mañana.

 

 

Mientras todos nos organizábamos en el grupo, me llegó un mensaje de Javi.

 

 

Javi Ibiza.

¿Cómo va todo?

¿Sabes ya algo?

 

 

Me pareció un detallazo que estuviese tan pendiente.

 

 

Bueno... Se queda ingresada.

¿Es grave?

El hígado es delicado,

pero está bien, dentro de lo malo.

¿Quieres que me acerque

al hospital esta tarde?

El mensaje me pilló por sorpresa. No tenía pensado ver a Javi tan pronto, pero mi respuesta fue...

 

 

Sí.

Vale, pues luego hablamos.

Vale, cuando venga Alberto

por la tarde, te aviso.

 

 

Regresé a la habitación de Lucía, donde Nacho estaba sentado a su lado, absorto, mirando hacia la pared del baño.

—Son ochenta y dos.

—¿Qué? —respondió sin entenderme.

—Los azulejos que van desde el suelo hasta el techo del baño. Ochenta y dos. Los he contado.

Acompañar en las estancias hospitalarias es muy duro. Tienes que dar lo mejor de ti para que la persona a quien acompañas se sienta apoyada. Se pasan muchas horas allí y la incertidumbre te come. Yo también había contado muchas veces las baldosas del suelo, así como los pasos que separaban la cama de Lucía de la puerta o los que tenía todo el pasillo del ala de oncología. En los momentos de incertidumbre, tener la mente ocupada es fundamental y, sobre todo, hacerlo en cosas que te distraigan de manera positiva. Las redes sociales también me hicieron compañía en aquellos tiempos de la espera, donde solo se trataba de eso, de esperar. Aprovechaba para evadirme subiendo fotos de cosas absurdas, compartía memes, reflexiones e incluso textos en clave de humor, pero siempre con un toque personal y muchas risas que contrastaban con la situación que estaba viviendo en ese momento, que me ayudaban a no perderme por el miedo. Era mi vía de escape. Durante el verano había cogido la costumbre, por mi trabajo, de revisar cada día las redes sociales del restaurante y ahora había trasladado ese hábito a mi vida. Me gustaba, me desahogaba, en cierto modo.

 

 

 

Una hora más tarde apareció la doctora por la puerta y Nacho se levantó de la silla como un resorte.

La oncóloga confirmó lo que Nacho ya acababa de adelantarnos: debían suspender el tratamiento. Había toxicidad e inflamación en el hígado, por lo que Lucía empezaría un tratamiento con corticoides a dosis altas.

—No quiero que te preocupes de más. Lo que ha pasado es normal. Es delicado, pero vamos a probar con esto e iremos viendo cómo respondes al tratamiento, ¿de acuerdo, Lucía?

Ella asintió, sin decir nada más.

—¿Cuándo podrá volver al ensayo? —pregunté yo.

—No lo sabemos. Vayamos por partes. Ahora lo único importante es que el hígado se recupere cuanto antes.

Después de unos meses de relativa calma era un revés para todos, encima en unas fechas tan señaladas.

Sara llegó en ese momento. Llamó tímidamente a la puerta y entró con una flor de Pascua en la mano. Lucía intentó incorporarse para verla, pero estaba exhausta.

—¡Qué bonita! —le dije a Sara, intentando levantar los ánimos que las fuerzas de Lucía no le habían ofrecido.

—Habrá que crear un poco de ambiente navideño aquí.

—Verás cuando se entere Laux de que toca pasar la Nochevieja aquí. Te va a conseguir un pijama de brillibrilli.

Lucía sonrió, pero no estaba para bromas, así que decidimos dejar que descansara. Nacho se quedó mientras Sara y yo fuimos a la cafetería para llamar a los padres de Lucía y contarles lo que había ocurrido. Durante esos meses, habían venido varias veces desde Asturias, con la confianza plena de que ella estaba arropada por todos nosotros. Eran una pareja encantadora, algo mayor en comparación con los padres de Sara o mi madre, pero dedicados en cuerpo y alma al cuidado de sus padres, los abuelos de Lucía, en el campo. Ellos sí que eran mayores. Cuando les contamos lo sucedido, quisieron venir a Madrid ese mismo día, pero intentamos tranquilizarlos, convenciéndoles de que, con el frío y las fechas navideñas, no era lo más conveniente. Nosotros estábamos al cien por cien cuidando de Lucía como si fuéramos una extensión de ellos. Éramos parte de su familia y, en cuanto Lucía estuviera descansada, haríamos una llamada para que pudiera hablar con ellos.

Después de colgar, Sara y yo aprovechamos para comer algo, aunque apenas teníamos apetito. Los hospitales tienen el efecto de cerrarte el estómago cuando lo que se abren son las preocupaciones.

Una hora más tarde, al subir, Nacho seguía allí, sosteniendo la mano de Lucía con delicadeza. Ella estaba bastante más despierta y risueña. Pasamos la tarde con ella, con pausa, con conversaciones muy ligeras y sin necesidad de estar imprimiéndole fuerza a todo para levantarle el ánimo. Solo estábamos allí, haciéndonos compañía unos a otros.

Cuando llegó Alberto, me despedí de Lucía con un sonoro beso de abuela en la mejilla. Ella se lo limpió al momento, como prueba irrefutable de que le daban asco los besos con baba y de que, sin duda, se encontraba un pelín mejor.

 

 

 

Avisé a Javi al salir del hospital y le esperé sentada en un parquecito que había frente al edificio. Sobre las seis de la tarde, apareció con una maleta. De nuevo éramos como dos desconocidos quedando en una especie de cita, sin saber adónde ir. La situación se planteaba cuanto menos curiosa, así que decidimos caminar por la calle, sin rumbo.

—¿Y esa maleta?

—Tiene las cosas que me pediste que te trajera hace... ¿cuánto? ¿Dos meses? Quería dártela antes de marcharme.

Ya no me importaba lo que le pedí que me trajese hacía tiempo (bueno, la plancha del pelo sí...). Así que continué con lo que consideraba que era importante.

—¿Te vas tan pronto? ¿No pasarás la Nochevieja aquí?

—Ha habido un problema en la estación... Tengo que volver.

—Entiendo —dije, aunque, sinceramente, no lo entendía.

Javi se detuvo en mitad de la calle con la maleta en la mano.

—Perdóname. No puedo decirte más. Solo quería que supieras que sé que me he equivocado, pero ahora tengo que irme y no hay nada que pueda hacer para remediarlo.

Fui comprensiva. Al fin y al cabo, era su trabajo y, en cierto modo, empecé a pensar que quizá lo mío con Javi era más parecido a la relación que Iván y Laux tenían de lo que nosotros queríamos. Ellos compartían un espacio para los dos cuando estaban juntos, cuando coincidían, cuando las circunstancias les ponían de nuevo en el camino por el tiempo que fuera, sin amoldarse el uno al otro y sin expectativas. Siempre había respetado las decisiones de Javi y él las mías, conscientes de que eran las que nos hacía felices de forma individual. Pero pensaba que nuestro caso era diferente, que había un espacio para amoldarnos, que teníamos expectativas conjuntas e ilusión por construir algo juntos. Nada que fuera ni mejor ni peor que aquello que Laux e Iván habían decidido para ellos. Solo diferente.

No quise dejar pasar la ocasión para preguntarle de manera sutil e indirecta si tenía pensado volver a Madrid o cómo quería afrontar lo nuestro, si es que quedaba algo de lo que fuimos. Quizá prefiriera hacerlo así, sin la valentía que requería el momento, por miedo a su respuesta. Así que decidí abordar el tema con una ligera insinuación:

—¿Me sigues queriendo? —solté de repente.

A tomar por culo. Toda mi estrategia de sutileza se fue a la mierda porque mi corazón quería hablar con él.

—Siempre —me dijo.

—Yo también te quiero siempre —le dije igual de contundente, porque era lo que sentía. Sin más.

Nos fundimos en un bonito beso, de los que cierras los ojos tan fuerte que puedes teletransportarte adonde quieras. Eso sí, mientras lo hacíamos, moví el pie sobre la maleta para tenerla controlada, no tuviese la mala suerte de que, mientras estábamos en pleno beso, alguien quisiera llevarse mi plancha.

—¿Recuerdas el día en que nos conocimos, en Ibiza? ¿Que me dijiste que estabas un poco intoxicada de las comedias románticas donde las parejas siempre se besan cuando toca?

—Me acuerdo, me acuerdo. Pero es que ahora tocaba.

—Estoy de acuerdo.

Nos reímos como siempre, intentando recuperar con cada gesto algunas trazas de la complicidad que pudiera quedar entre nosotros.

—Mi abuela te ha tejido una bufanda y quería que te la diese. También te hizo un bañador de croché, aunque no es época ahora...

—¿Ha aprendido a hacer bañadores?

—Bueno... Creo que no le ha quedado muy bien... Parece más una bolsa de la compra que un bañador —confesó mientras nos reíamos con todo el cariño del mundo—. Se nota que lo suyo son las bufandas y los gorros —añadió, señalando el que llevaba.

Respiré, llenando de aire y melancolía mis pulmones. Cuando me despedí de la yaya Catalina, me dijo que lo que nos había ocurrido a Javi y a mí era que cada uno habíamos decidido tomar un camino distinto en nuestras vidas, pero que en nuestra mano estaba volver a encontrarnos o no. Y no veía la manera en la que nuestros caminos pudiesen volver a juntarse de nuevo.

—¿Qué vamos a hacer, Javi? —le pregunté.

—¿Ahora? Tengo que ir al hotel para recoger y marcharme...

—No —le interrumpí—. ¿Qué vamos a hacer nosotros de aquí en adelante?

—No lo sé...

Le miré a los ojos porque reencontrarnos, dormir juntos, besarnos y sentirnos había estado muy bien; escucharle expresar sus sentimientos después de tanto tiempo había sido muy reconfortante, pero distaba de haber encontrado una solución. Él continuó hablando:

—Lo único que puedo decirte es que te quiero. No sé si con eso basta.

—Yo también te quiero, Javi, pero creo que con eso solo no nos alcanza. Es más complicado de lo que pasa en el final de las películas románticas, ¿verdad?

Javi sonrió un momento y respiró de nuevo.

—Lo siento mucho —dijo con sinceridad.

—Yo también, pero tú y yo sabemos que esto no puede seguir así, por mucho que nos queramos.

—¿Y qué propones?

—Ahora tienes que volver: lo que has conseguido en tu trabajo es muy importante. Y yo voy a estar centrada en Lucía. Tengo mi vida aquí, donde siempre ha estado.

—Bueno, creo que eso deja bastante claro que no vas a volver...

—De momento no puedo. Lo siento. Nunca fue el plan, Javi, y tú y yo lo sabemos.

Él se quedó en silencio, mirando al suelo.

—Sabías que aquello era temporal —recalqué—. No fui yo la que salió huyendo de la isla el año pasado. Fuiste tú: yo solo te acompañé de vuelta porque quería estar contigo mientras encontrabas una solución.

—Tienes razón...

No sé si estaba siendo demasiado dura, pero quería ser sincera, tanto conmigo como con él.

—Hagamos una cosa. Dejemos que llegue el verano, mantengamos el contacto y veamos cómo nos sentimos, sin reproches. A ver si nos apetece llamarnos de nuevo. Está claro que lo que sentimos está ahí, pero debemos saber si es tan fuerte como antes.

Javi me miró y sonrió. Yo también. En el fondo, tenerle cerca me hacía feliz. Así de simple, con las palabras más parcas y sencillas del mundo. Tenerle cerca me hacía bien, pero en aquel momento ser claros era lo justo para los dos.

Nos besamos como en la mejor película romántica que recuerdes ahora mismo; nos abrazamos, y esa fue nuestra despedida. Pedí un taxi, metí la maleta en el maletero y me despedí por última vez de Javi mientras le indicaba al taxista la dirección de casa de Laura y le decía adiós por la ventanilla.

En la radio sonaba «Ya verás», una versión de Funambulista con Andrés Suárez:

Ya verás como me olvidas

y te encuentro en cualquier bar

pegando saltos de alegría.

Y me dices que lo nuestro

no era lo que merecías.

Seré cosas que se cuentan,

vueltas de la vida.

Se me escaparon unas lágrimas que me sequé al instante para que el taxista no lo notara. No quería que lo nuestro acabase así. No quería que esa canción me removiese tanto por dentro al pensar que podía representarnos.

 

 

 

El 30 de diciembre de 2016 hacía justo un año que Lucía, Laux, Sara y yo entrábamos en aquel bar brindando por la vida y mofándonos de mi recién estrenada relación con Javi, del flequillo de Sara, del sincericidio de Lucía y de los rolletes de Laux.

Un año después, Sara seguía con el mismo flequillo y Laux con sus historias, pero lo demás había cambiado bastante. Cerré los ojos y deseé que pronto volviésemos a brindar las cuatro juntas.

Siempre se ha dicho que la vida gira en torno a las ilusiones que depositamos en el futuro: el próximo viaje, tu próxima meta, un nuevo cambio, una nueva rutina... Sin duda, las ilusiones que tejí en mi cabeza aquel 2015 distaban bastante de la realidad en la que me encontraba.

Cómo cambia el futuro cuando se convierte en presente, ¿verdad?

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