Contando atardeceres
PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 31. El verano no está hecho para tener prisa. Será el verano de nuestras vidas o no seremos nada
Página 39 de 56
31
El verano no está hecho para tener prisa
Será el verano de nuestras vidas o no seremos nada.
En Nochevieja, todos desfilamos por turnos para no juntarnos al mismo tiempo en la habitación de Lucía. Aquello parecía el camarote de los hermanos Marx con gente entrando y saliendo, demostrándole todo el cariño que se merecía.
No estaba muy animada. Se notaba que no descansaba y, aunque se esforzaba por esbozar una sonrisa con algunas de nuestras bromas, la realidad que todos percibíamos era que el proceso iba muy lento. Teníamos muchas esperanzas puestas en que los corticoides hiciesen su efecto, pero la cosa iba despacio y temíamos que nuestra amiga perdiera el ánimo.
Nacho volvió a quedarse con ella esa noche, como ya había hecho en Nochebuena y Navidad; preparó las uvas y nos prometió que le pelaría las gambas, que a priori estaban incluidas en el menú. Sin duda, la dejábamos en las mejores manos.
Los padres de Lucía hablaron con ella por teléfono y conseguí que esbozase una sonrisa cuando le dije que, al menos, ese año no tendríamos que hacer colas interminables para entrar al baño en una fiesta con barra libre atestada de gente.
—Eso que nos quitamos, Luci. Eso y limpiar la purpurina que luego arrastramos de año en año. Creo que todavía tengo en la ropa restos de la Nochevieja de 2013.
—Eso es porque te acabas revolcando en cualquier lado —respondió Lucía, en claro tono de broma.
—También es verdad. El suelo es un sitio que conozco todas las Nocheviejas.
Ambas nos reímos y, al marcharme del hospital, me quedé más sosegada, con esa imagen risueña de Lucía en mi cabeza.
Durante esos últimos días del año me trasladé a casa de mis padres para pasar tiempo de calidad con mi madre, hermanos, sobrinos y gatos. Al fin y al cabo, también necesitaba sentirme cerca de mi familia. Fue un agridulce regreso al pasado en el que aproveché para acompañar a mi madre en algunas cosas que no se había atrevido a hacer sola. Sacamos la ropa de mi padre del armario y separamos todo lo servible para donarlo. Me gustaría decir que me quedé con alguna prenda suya, pero no lo hice. Ahora, con el paso de los años, sé algo más sobre la muerte y todo lo que hay detrás: algo que antes no conocía, como que es bueno quedarse con el máximo de recuerdos posible, y no solo intangibles. Y, por supuesto, que no hay que escatimar en cariño con las personas cuando aún están. Como dijo Danns Vega: «Cuida lo que amas, porque los recuerdos no se pueden abrazar».
Cuando mi padre falleció, tenía algunos mensajes suyos en el buzón de voz y no los escuché porque se me quebraba el alma solo de pensar en oírle de nuevo. Con el tiempo, cuando me sentí preparada y quise recuperar ese recuerdo al que abrazarme, habían desaparecido. Fue un tremendo error. Lloré mucho cuando me di cuenta de que ya no podía volver a ellos y sentí una culpabilidad extrema por no haberlos conservado. Por suerte, guardé un CD en el que él se había grabado conmigo, e incluso recuperé algunas cintas de vídeo de cuando éramos pequeños, que ahora conservo con auténtico cuidado, aunque de momento no tenga dónde reproducirlas.
El consejo que siempre les he dado a las personas de mi alrededor que han perdido a un ser querido es que se queden con muchos recuerdos, tangibles y no tangibles, aunque de primeras no se sientan preparadas. Más adelante, tu mente ordenará todos los recuerdos y tocar, oler y escuchar ciertas cosas ayuda, con el tiempo, a que la herida sane.
Mi madre y yo compartimos muchos momentos pasados y conversaciones aquella noche.
—¿Te acuerdas mucho de él? —le pregunté mientras la ayudaba a empaquetar la ropa.
—Lo intento, pero no te voy a engañar, hija: a veces se me olvida recordarle. Y no es porque no le quiera: es que a veces también se me olvida que tengo el caldo en el fuego. Estoy mayor. Tu hermano dice que me va a llevar a pasar la ITV con el médico. A ver si no me caigo en el foso —dijo con una sonrisa.
—¡Claro que pasaremos la ITV! Iremos contigo y, entre todos, encontraremos los limpiaparabrisas.
Sonreí, pero sentí un pesar tremendo al escuchar aquellas palabras. La abracé, intentando reconfortarla todo lo que supe en aquel momento.
—No te preocupes, cariño. Tu padre está en todo lo que hago sin necesidad de que lo recuerde. Está cuando doy de comer a los gatos, porque lo hago como él lo hacía, o cuando ordeno los libros de su biblioteca, que todavía huelen a él. Está, aunque no le tenga presente en ese momento.
Y tenía razón. Mi padre nos había dejado pequeñas rutinas del día a día que habían calado en mi madre, en mí y en mis hermanos, y que reproducíamos casi sin querer, como un pequeño homenaje silencioso, pero constante.
—No se te nota el paso de los años. Estás perfecta —le dije mientras aprecié sus casi inexistentes arrugas y su cuidada manicura.
—¡¡Que no se me nota el paso de los años, dice!! ¡¡Pero si me miro en el espejo y noto hasta los cuartos de hora!!
Y ahí volvía a estar mi padre, detrás de esa frase que siempre nos decía cuando, según él, se sentía mayor. Ambas nos reímos muchísimo. Supongo que madurar no es notar solo el paso de los años, sino también el de los cuartos de hora.
Aquel 31 de diciembre de 2016 ninguna de nosotras salió. No hubo brillibrilli, no hubo vestidos de fiesta, pendientes largos, tacones ni purpurina en el baño. Pero sí decenas de mensajes llenos de cariño.
Dramachat
Laux., Lucía azafata., Sara., Tú
Feliz Año Nuevo, chicasss.
Laux.
Feliz año, perras y princesas.
Lucía azafata.
Feliz año a todas y gracias por todo,
de verdad! No sé qué sería de mí
sin vosotras, en serio. Os amo
Sara.
Feliz Navidad, ¡¡¡hermosa!!!
Yo creo que ya queda poco
para que nos tatuemos esa estrella
conjunta que dijimos.
Sara.
¡Yo lo veooooo!
Lucía azafata.
Ojalá. Significaría que todo
ha salido bien
¿Te está cuidando Nacho?
Lucía azafata.
Mucho! Hemos cenado marisco.
Bueno, él lo ha pelado
y yo me lo he comido...
Me imaginé a Nacho pelando gambas y sonreí.
Laux.
Qué guarros sois...
Chiquissss, ¡mañana
nos vemos en el hospi!
Lucía azafata.
Sí! pero no vengáis a primera hora
que hoy me acostaré tarde con la fiesta
y no quiero madrugar...
Sara.
Pero ¿cómo?
¿Te vas de fiesta?
Lucía azafata.
Hombre... ¿Tengo pinta
de ir a algún lado?
Laux.
Jajajajajaja... Ese higadito
no puede tomar vinito...
Jajajajajaja.
Sara.
Qué bruta eres, Laux.
Lucía azafata.
Jajajaja, amo a Laura.
Por cierto, ¿qué Año Nuevo chino
comienza mañana?
¿El del gato? ¿El del cerdo?
Lucía azafata.
Por favor, rubia!!
El Año Nuevo chino no
comienza hasta finales
de enero!
Y, además, el gato
no existe en el zodiaco chino!
Un poco de rigor, por favor!
Lucía estaba tan indignada que, de repente, se puso a grabar un audio donde nos contó la curiosa historia de por qué el gato no estaba incluido en el zodiaco chino: resulta que, según la leyenda, todos los animales fueron convocados a una carrera para determinar el puesto que ocuparían en el zodiaco; según el orden en el que llegasen a la meta, se fijaría su posición. Durante la carrera, los distintos animales tenían que cruzar un río. En las primeras posiciones llegaron la rata, el buey, el tigre, el dragón, la serpiente, el caballo y el conejo. La cabra, el mono y el gallo se ayudaron entre ellos para cruzar, consiguiendo el octavo, noveno y décimo puesto respectivamente. El perro llego en undécima posición porque se paró a refrescarse, mientras que el cerdo llegó el último porque se detuvo a comer por el camino.
La rata llegó la primera, subida al lomo del buey, a quien burló saltando justo antes de que él cruzara la meta. «¿Y el gato?», te preguntarás, igual que nosotras le preguntamos a Lucía.
Pues el gato, fiel compañero de la rata hasta aquella prueba, se echó una siesta antes de que la carrera comenzase, confiando en que su amiga le despertaría. Pero la rata, ávida por ser la primera, no lo hizo. A partir de entonces surgió su conocida enemistad.
Todas nos alegramos de escuchar a Lucía tan entregada al relato e incluso a Nacho reírse de fondo, aunque se notaba que a veces le costaba mantener la respiración, lo que nos devolvía esa sensación de preocupación que en los mensajes no podíamos mostrar.
Joder, Luci, cuánto sabes.
Sara.
¿No hay un
audiorresumen?
Jajajaja, mañana te lo hago.
Laux.
Yo no sé qué animal
del zodiaco chino soy,
pero me pega ser la cerda.
Y de esa forma, a las doce de la noche, tras los cuartos (no los de hora que mi madre veía en el espejo, sino los del reloj de la Puerta del Sol), 2017 llamó a nuestras puertas.
Diez horas más tarde, estaba llamando a la de Lucía en el hospital.
—Toc, toc. ¿Se puede? —Hice la típica broma y entré.
—Se puede —dijo Nacho, que estaba en la habitación con ella.
—¿Se ha acabado esta mierda de año ya? —preguntó Lucía al verme llegar. Sin duda, estaba mejor que los días anteriores.
—Venga, si tampoco ha sido para tanto —repuso Nacho, vacilándole, ahora que estaba con algo más de fuerzas.
—Nada, de momento un melanoma y poco más —intervine, siguiendo la broma.
—¡Uhhh, qué humor! ¿Os habéis desayunado un payaso?
—Pues seguro que estaba mejor que tu desayuno —dije, mirando de reojo la bandeja de Lucía, apenas sin tocar.
—Menuda mierda de café ponen aquí.
Justo en ese momento aparecieron Sara y Laux con un vasito de cartón en la mano: café para llevar.
—No sé si se puede traer café de fuera, pero... —dijo Sara.
—¡Seguro que sí! Son conscientes de sus carencias... ¡Trae para acá!
Sin duda, esa mañana Lucía había vuelto con la energía y la lengua que le caracterizaba. Se incorporó para coger el café de las manos de Sara y se quedó con el culo al aire.
—Joder, qué asco de vida. Cada vez que me muevo, se me ve la raja del culo.
Nacho y yo intercambiamos miradas cómplices, recordando aquella vez que él tuvo el accidente de moto y mi amiga Lauri y yo le vimos el culo cuando fuimos a visitarle al hospital. Qué tiempos aquellos. Y qué buen culo tenía, no nos vamos a engañar. Pero volviendo al culo de Lucía...
—A ver, Lucía, tampoco es la primera vez que te vemos el culo. Todas te hemos visto mear entre dos coches —dijo Laux con vehemencia.
Nacho se rio desde una esquina de la habitación e hizo como que tosía para disimular.
—Cómo me jode cuando tiene razón... —respondió Lucía a Laux, que sonreía victoriosa.
—Te he traído unos mandalas que ha preparado Marcelo para que te entretengas —anunció Sara mientras sacaba del bolso una carpeta con folios llenos de figuritas para colorear.
Se hizo un silencio en la sala. Todas miramos a Lucía, esperando una bordería que se escucharía en el resto del hospital.
—Gracias, Sara. No es mi estilo, pero seguro que me viene bien.
Increíble la reacción.
—¡¡¡Llamad a un médico!!! ¡¡Lucía está grave!! ¡Le ha dado las gracias a Sara por los mandalas en vez de tirárselos al suelo! —dije, dramatizando la situación.
—Pensaba que iba a escupirle en la cara —añadió Laux mientras todas nos descojonábamos.
—Bueno, es que además los mandalas son de los signos del zodiaco... —dijo Sara—. Como ayer le conté a Marcelo lo del audio, los ha preparado con mucho cariño.
—Me cae bien tu Marcelo. Es raro, porque es raro, pero me cae bien —comentó Lucía en medio de las risas.
Mientras nos acomodábamos en la habitación y Nacho se liberaba para volver a casa, me llegó un mensaje de Javi. Salí para leerlo con calma. Habían pasado tres días desde que se había ido y era nuestro primer mensaje. He de reconocer que me hizo ilusión.
Javi Ibiza.
Feliz 2017. Me hubiera gustado
mucho recibir el año nuevo
contigo. Ya te echo de menos.
Te ano.
—¿Te ano? —dijo Laura apareciendo por detrás de mi cabeza, de repente, en el pasillo.
—Tía, deja de leerme los mensajes, que es personal —respondí ofendida.
—Pero qué personal ni no personal, tía. ¡Que pone «Te ano»!
—Pues se habrá equivocado...
—O no... Igual lo del ano viene de que os gusta...
—¡Que no hombre, que no!
Laura me miró con condescendencia.
—¡Qué sucios sois! Cómo os gusta el guarreo...
Laux tiene una manera de hablar que es imposible no reírse con ella.
—Respóndele ahora. No se te ocurra dejarle en visto. Se nota que lo está intentando —añadió Laux, mientras entraba de nuevo en la habitación.
Y así lo hice. Le respondí al momento y también, por supuesto, añadí un «Te ano».
Esa mañana la pasamos junto a Lucía, y por la tarde se unieron Pol y Alberto, quien volvió quedarse con ella por la noche para que Nacho pudiese ir a casa a descansar. Llevaba una tralla importante, incluso había sacrificado la Navidad con su familia por estar con ella.
Aquella primera noche del año, Laux y yo volvimos a casa con la firme intención de celebrar nuestro particular Año Nuevo bajo el ritual de pijama y cena que habíamos perdido las últimas semanas.
—¿Pedimos algo de comer? Últimamente solo nos vemos en el hospital y me apetece cotillear un poco —dijo Laux.
—Te has quedado con la intriga de qué le he respondido, ¿eh?
—Pues claro, chiqui, después de lo del ano me he quedado loca...
Me pareció una gran idea. Necesitábamos un tiempo de amistad y esparcimiento para nosotras.
Nos pusimos cómodas, recuperamos nuestro asiento en el sofá, Friends apareció por sorpresa en la tele y, por supuesto, me tocó ir a la cocina, al cajón de folletos de comida a domicilio. Cuando iba a preguntarle a Laux qué le apetecía cenar, volví a ver aquel folleto sobre vitrificación de óvulos. En ese momento apareció por detrás, como ya lo había hecho esa mañana en el pasillo del hospital. Se estaba acostumbrando a aparecer por sorpresa como un fantasma, detrás de mi cabeza. Intuí que iba a hacerme una pregunta.
—Queso —dije yo, esperando que se tratase del juego «¿Qué comida serías?». Obviamente sería queso, que le gusta a todo el mundo.
—¿Y eso? ¿Quieres que comamos queso otra vez?
—Pensaba que me ibas a preguntar qué sería si fuese una comida.
—Qué dices, tía, estás loca. Te iba a proponer jugar a echarnos las cartas del tarot, pero con los folletos de comida.
Esa idea era mucho más razonable, dónde iba a parar.
—Venga, escoge uno y te leo el futuro.
Cogí un folleto al azar: era el del restaurante Kebab El Príncipe.
—Buaaah. Te ha tocado el príncipe.
—¿Qué pasa con el príncipe? —pregunté asustada.
—El príncipe te va a proporcionar fritanga en sus nuggets y croquetas, todo con gluten, por supuesto, un futuro en el que irás rodando del sofá al baño a hacer popis. Hinchada como una pelota. El príncipe es un maestro de la salsa rosa con un poquito de ensalada y del aceite contra el estreñimiento. Veo caca, mucha caca y todo por doce con noventa y cinco el menú con patatas.
Ambas nos morimos de la risa ante aquella salida de Laux.
—Sabes que Lucía estaría orgullosa de ti con estas nuevas habilidades tuyas del tarot, ¿verdad?
—Ja, ja, ja. Un poco sugestionada sí que estoy con esto del futuro, no te lo voy a negar. Desde que supe lo de Luchi, cada día leo mi horóscopo y a veces incluso me lo creo.
—Ja, ja, ja. Creo que voy a tener que ponerme las pilas para estar a vuestro nivel.
—Ah, por cierto, el príncipe en las cartas del tarot es un hombre joven, gracioso y poético. Un soñador indolente de placeres sensuales. Puede ser un mensaje, una proposición o una invitación.
—Esto te lo has inventado, ¿verdad?
En ese momento me llegó un mensaje de Javi. Laura se emocionó.
—¿Ves? ¿VES? Es muy heavy, pero el tarot de los folletos ha hablado.
—Ja, ja, ja. Laura, de verdad, estás fatal.
—¡No lo leas, no lo leas! Cuéntame primero qué tal con él estos días. Quiero tener toda la info antes.
Respiré y me dispuse a contarle todo lo que llevaba dentro.
—Pues no te sabría decir cómo estamos. Me gustaría decirte que mejor, pero ni yo lo sé.
Laura puso los ojos en blanco y me interrumpió.
—Vaya con el príncipe indolente de placeres sexuales...
—Eran sensuales, Laux.
—Bueno, cada una interpreta el tarot como quiere. Cuenta.
—Estuvimos hablando y le dije que esto no podía seguir así. Así que nos hemos dado un tiempo, hasta el verano. Si no conseguimos solucionarlo antes, no tendrá sentido seguir.
—Fiu, amiga... —Laura se puso a silbar y a agitar las manos.
—Es que ya era hora de hablar claro. Si este no es el verano de nuestras vidas, no habrá más.
—Joder con la rubia. Así se habla, amiga.
—¿Sabes qué? Creo que, conversando con él, en el fondo no le descubrí nada nuevo. Me dio la impresión de que Javi ya sabía todo lo que estaba mal, pero había mirado para otro lado y eso es algo que no conocía de él. No quiero a otro Álex en mi vida.
—Álex y Javi no se parecen en nada. Álex era un mentiroso y Javi se está autoconvenciendo a sí mismo. Es muy diferente.
—Ya... —Cerré los ojos y respiré hondo—. Bueno, ahora voy a elegir tu tarot de los folletos —dije, cambiando el tema y el tono de la conversación.
—¡Venga! —respondió Laura emocionada.
Aproveché el momento para sacar el folleto de la clínica de congelación de óvulos que llevaba meses en aquel cajón y se lo mostré de frente, como una árbitra de fútbol sacando tarjeta roja.
—¿Y esto? —le dije mirándola a los ojos.
Laux se quedó sorprendida, en silencio. No se lo esperaba. Su gesto cambió, alejándose de las risas que veníamos arrastrando desde que habíamos llegado a casa.
—Lleva meses en el cajón y no lo has tirado. Te conozco como para saber que, si lo estás guardando, es por algo.
Laura desvió la mirada un momento. Apretó las manos con fuerza. Estaba incómoda.
—¿Quieres contarme algo? —insistí.
Estaba claro que era un tema delicado para ella. Acostumbrada a la broma rápida, no parecía serle fácil hablar sobre un asunto tan serio.
—Venga, amiga, desahógate —insistí una vez más.
Para mi sorpresa, Laura no me habló de la congelación de óvulos, sino de Iván.
—Pues es que... A ver por dónde empiezo...
—Por donde tú quieras —la tranquilicé.
Laux me miró más calmada y, tras inspirar, asintió.
—Este verano pasaron cosas con Iván en Ibiza.
Era la primera vez que la escuchaba llamarle por su nombre real.
—Sabes que me he liado con cada cazurro este año que no veas, ¿no?
Sonreí por cómo se refería a sus rollos de una noche.
—Y está bien —continuó—. Al final, es lo que he elegido. Muchos eran guapos, algunos tenían algo, a otros los miré con buenos ojos... No pasa nada, ha estado bien. Me he divertido... Pero con Iván fue diferente. Me di cuenta de lo buen tío que es. Pero buen tío de verdad. Muy sano.
—Claro, es que Iván es una gran persona. Conmigo se portó genial en Ibiza... Pero me has dicho que pasaron cosas en verano. ¿Qué cosas?
Ya no sabía a qué atenerme. La veía tan intranquila que me contagiaba los nervios de forma inconsciente y estos empezaban a sincronizarse en las dos como nuestras reglas.
Laura tragó saliva y continuó:
—¿Te acuerdas de que te conté que follamos en el jacuzzi? En aquella villa a la que me llevó...
—Sí, me acuerdo.
—Pues... con el rollo del jacuzzi y el agua... no se puso condón. Y a la vuelta de Ibiza no me bajaba la regla.
No hacía falta ser muy inteligente para formular la siguiente pregunta y, en función de la respuesta, la siguiente.
—¿Te quedaste embarazada? —pregunté entre sorprendida, emocionada y preocupada. Una sensación que aunaba tres opuestas e incompatibles.
—No..., pero tardó mazo en venirme. Tuve un desajuste hormonal de la hostia. Lo pasé fatal.
—Ya sé que es lo de menos, pero ¿por qué no me lo contaste?
—Joder, amiga, pues por lo mismo que no te conté lo de Lucía al momento. Sabía que no estabas bien en Ibiza y no quería cargarte con un problema más.
—Algo así nunca sería un «problema más» para mí, Laux. Estoy aquí para todo.
—No, rubia. No puedes salvar a todo el mundo.
Aquella frase fue desoladora. Exactamente la misma que Javi me había dicho antes de que me fuera de la isla. Nos abrazamos y seguí hablando:
—Sé que esto es lo último de lo que quieres hablar ahora, y no quiero ser doña charlas, pero ya sabes que hay que hacerlo con condón, no solo por el tema del embarazo...
—Qué me vas a contar a mí, que soy enfermera. Entre unas cosas y otras, todos estos meses he vivido acojonada. Me hice citología, exudado, pruebas de todo tipo de ETS. ¡Todas! Tengo los bajos más limpios que los tuyos tras meses sin follar con Javitxu.
Aticé a Laura con lo primero que tuve a mano. En concreto, con el folleto de comida rápida del Kebab El Príncipe.
—Ja, ja, ja. Ahora me río, pero estuve muy rayada. Al final, cuando me vino la regla, respiré...
—No es para menos... Menuda angustia.
—Sí, por un lado, sí: me agobié. Pero cuando supe que había sido un desajuste, tuve una sensación horrible de decepción, ¿sabes?
—¿Cómo que de decepción?
Laux sonrió y su rostro dejó la angustia a un lado para cargarse de una ilusión que se transmitía a través del brillo de sus ojos.
—Pues que pensé que no me hubiese importado ser madre; incluso me hubiese gustado. Es más, pensé que Iván sería un buen padre.
—Sabes que le has llamado Iván dos veces, ¿no? Estás pilladísima.
En ese momento, Laura me atizó con el folleto de la congelación de óvulos.
—No te voy a engañar, durante un tiempo me hice ilusiones...
—Y te quedaron preciosas.
—Pues sí.
—¿Llegaste a contárselo? —pregunté curiosa.
—Qué va, estuve a punto, pero...
—Pero ¿qué?
—Pero pensé que no tendría sentido. Siempre hemos sido muy claros el uno con el otro. Cada uno tiene su vida en un sitio diferente y ninguno de los dos vamos a abandonarla. Habérselo contado hubiese sido ponerle en un compromiso. Ya tuvimos una conversación parecida, como vosotros...
—¿Cómo que «como nosotros»?
—Bueno, parecida. En nuestro caso, no basta solo con quererse para que uno abandone parte de su vida por el otro. Además, sabes que tampoco soy de comprometerme con ningún tío, solo con vosotras.
Le sonreí con cariño. Me encantaba escucharla hablar con tranquilidad, siendo consciente de sí misma y de lo que la rodeaba. Quise que se sintiese arropada y se desahogase, porque estaba claro que lo llevaba dentro desde hacía muchos meses y se lo había tragado completamente sola, por no molestar. Me sentí un poco mal por no haber entendido las señales, por estar imbuida en otros dramas y no reconocer que, a veces, a tu alrededor, las personas que más quieres también sufren entre chiste y chiste, como le pasaba a Laux.
—Lo siento, amiga. Siento no haber estado apoyándote.
—No pasa nada. Bastante tienes encima... Sé que con una llamada hubieses aparecido en casa al día siguiente.
—No lo dudes —le dije mientras la abrazaba.
Comprendía por lo que había pasado. A pesar de ser una mujer de los pies a la cabeza, independiente y fuerte, en algún momento todas podemos sentirnos inseguras y frágiles. Y no es malo. Ella tenía la capacidad de abstraerse y analizarlo todo de manera racional; yo quizá era algo más pasional y me dejaba llevar por el corazón.
—Hay algo que no termino de entender. ¿Qué tiene que ver lo que pasó con Iván con el folleto de la congelación de óvulos? —pregunté, introduciéndonos de lleno en la segunda parte de la conversación.
Laux me miró, resoplando.
—Joder, qué tía. Estás en todo...
—Solo en lo importante.
—Pues que cuando me vino la regla me dio un bajón de la hostia. No sé si fue el instinto maternal o la decepción de saber que no estaba embarazada, pero, vamos, que me di cuenta de que, pase lo que pase en mi vida, quiero ser madre. Y te digo que me hubiese encantado haberlo sido en ese momento y que, de hecho, fantaseé con que Iván hubiese sido el padre. Pero después de pensarlo mucho me di cuenta de que no voy a esperar a nadie. Me da igual hacerlo sola o soltera, porque sé que sería una madre acojonante.
«Acojonante» era una palabra que no le llegaba ni a la suela de los tacones. Estaba claro.
Abrí el folleto con toda la curiosidad del mundo. Hasta ese momento solo me había fijado en la portada. Laura continuó hablando con el mismo aplomo:
—La congelación es porque quiero tener la posibilidad de decidir. Quiero elegir cuándo.
La miré convencida del relato. La veía poderosa como madre, y eso me encantaba.
—¿Te acuerdas de que antes te decía que solo quería que en mi vida hubiese un «yo» y nada de un «nosotros»?
—Sí, recuerdo aquella perorata de la pre-Nochevieja...
—Pues ahora creo que estoy preparada para un «nosotros», pero con mi pioja o mi piojo, cuando lo tenga. Me he dado cuenta de que quiero elegir los plurales de mi vida. Estoy harta del singular.
Laux se quedó en silencio, mirando el folleto.
—Pero ¿estás decidida a hacerlo o ya lo has hecho? —le pregunté.
—No, aún no. De momento me estoy informando en distintos sitios. Es algo que hay que pensarse bien, porque te hormonan a niveles heavies y tienes que estar preparada. Estaba por decirte que si querías acompañarme. Si vienes, me sentiré más segura. —Laura me cogió la mano, mostrándose vulnerable.
—Pues claro que te acompaño. Y, por favor, lo que te preocupe, por pequeño que sea, cuéntamelo. Lo que sea.
—Pues, tía, ahora que lo dices, me preocupa la facilidad que tengo para tirarme pedos. —Laura se tiró un sonoro pedo, algo tremendo sobre el sofá—. ¿Ves? Es horrible.
—Eres una cerda.
—¿No querías que te contase lo que me preocupa?
—Sí, pero me refería a las pequeñas cosas. ¡Ese pedo tenía el tamaño de Alabama, perra!
—Ja, ja, ja. Sí, soy un poco perra. Y si no encuentro a la persona perfecta, seré una perra madre soltera. Pero quiero tener la opción de tener a mi hijo.