Contando atardeceres

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PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 32. Melancolía. La felicidad de estar triste

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Melancolía

La felicidad de estar triste.

El colofón de aquellas Navidades llegó con el día de Reyes. Llevaba más de dos semanas de casa de mis padres a casa de Laux y de casa de Laux al hospital. Estaba un poco cansada de ir de un sitio a otro, arrastrando mi diminuta maleta y escuchando el sonido horrible y constante de sus ruedas rodando sobre el asfalto.

Habían sido unos días muy bonitos en familia, además disfrutando de mis sobris. Es verdad que todos lo pasamos bien en Navidad, pero cuando hay niños en casa se vive con más color.

Mientras tomábamos el café de la tarde con su correspondiente roscón, fui a mi habitación para recoger mis cosas y volver a instalarme en casa de Laux. Pese a haber estado unos días durmiendo allí, me seguía emocionando entrar y ver mi infancia encima de mi cama en forma de dos grandes peluches, Armu y Dino, sobre los que me recostaba para hablar durante horas con mi amiga de la niñez, Lauri... Y quien dice horas, dice minutos, dependiendo de si mis hermanos querían conectarse a internet con el módem de 56 Kbps de máxima velocidad que teníamos en aquella época. Observé el móvil con pantalla táctil y me di cuenta de lo mucho que habían cambiado las cosas desde aquellos tiempos en los que, si entraba una llamada, te quedabas sin internet. Cuántas veces escuché a mis hermanos blasfemar en una lengua no reconocida por los libros ni por países miembros de la UE cuando se les cortaba la conexión y se les quedaban a medias las descargas.

Uno de mis hermanos se apoyó en el quicio de la puerta, junto al cartel que había dibujado con dieciséis años, donde con letra clara se leía un «No pasar sin llamar» acompañado de aquellos gatos que bien podrían haber sido conejos, o al revés, porque nadie más que yo podía diferenciarlos.

—Papá estaría orgulloso de ti —dijo.

Era una de las últimas cosas que esperaba escuchar en ese momento. Mis hermanos no eran muy dados a las demostraciones de cariño.

—¿Tú crees?

—Claro, te has convertido en toda una señorita, como él decía.

Le miré con ternura. Pese a la buena relación que siempre habíamos mantenido como hermanos, con nuestros altibajos en la infancia, nunca me había dicho algo tan bonito.

—Bueno, ya está, no me tires de la lengua, que lo mío no son los halagos. Me has pillado con la guardia baja.

—Estás mayor, hermano.

—Tú sí que estás mayor, ¡fea!

Ambos nos reímos.

—¿Volverás a Ibiza cuando Lucía se recupere? —me preguntó por sorpresa.

—No lo sé. Ahora creo que mi sitio está aquí —le dije con contundencia.

Mi hermano sonrió y asintió, apoyando mi decisión, y se marchó, dejándome a solas en mi cuarto. Cerré la puerta y volví a sentirme como aquella niña de dieciséis años en su pequeño refugio.

En un corcho colgado en la pared tras la puerta se agolpaban, sujetas por chinchetas de colores, fotos de recuerdos de todo tipo: con mis padres y mis hermanos en el chalet de la sierra, con Lauri en las fiestas de su pueblo, con Nacho, tumbados en el templo de Debod, con Lucía en nuestro primer evento con la agencia... No pude evitarlo. Mis ojos se detuvieron en la foto de aquel primer fin de semana en el que ella y yo nos conocimos trabajando de azafatas. ¡Qué pintas teníamos! Vestidas con los uniformes de la agencia y toda la parafernalia que montábamos en las fiestas. Tomé aire mientras la sostenía entre los dedos. Hacía tanto tiempo que nos conocíamos, hacía tanto que ella formaba parte de mí, que esa situación de inseguridad me estaba desesperando. Era como un pesadilla en la que corres hacia alguien para ayudarle y, por rápido que lo hagas, cada vez se aleja más de ti. Estoy segura de que la propia Lucía tendría una interpretación que lo explicara.

Abrí el armario, lleno de ropa de hacía cuatro años por lo menos, incluyendo los uniformes de azafata. No me los probé, pero estoy segura de que aún me sentaban bien. Era lo que tenía no haber crecido ni un centímetro en quince años, que podías volver a poner de moda ropa que llevabas cuando tenías veinte. Aunque, pensándolo bien, por mucho que la moda sea cíclica, hay cosas que no deberían volver, como los calentadores de colores por encima de las medias (aunque mucho me temo que volverán). Y quién sabe: puede que, incluso, llegado el caso, me los pusiera. Nunca digas «de esta agua no beberé» o «eso no me lo voy a poner».

Dentro del armario había también cajas con recuerdos, entre ellos, material de merchandising que regalábamos en los eventos, las identificaciones que llevábamos colgadas y alguno de los CD de música que escuchábamos en el coche durante los viajes. Me invadió una agradable sensación de melancolía que, como dijo Victor Hugo, es «la felicidad de estar triste», y yo, en ese momento, me sentía con esa extraña mezcla de emociones.

Existe la certeza de que, en un estado de melancolía, tendemos a pensar que estamos tristes, pero no tiene por qué ser así. La melancolía te permite traer de vuelta a personas, recuerdos, situaciones u objetos que ya no están contigo, aunque sea por un instante, y eso no siempre está relacionado con el quebranto. Tiene todo el sentido que la palabra «recordar» implique algo tan positivo y maravilloso como es «volver a pasar por el corazón», dado que cordis significa «corazón» en latín.

Así que, justo eso, volver a pasar por el corazón, es lo que hice a través de todos los recuerdos con Lucía, Nacho, mi padre y mis amigas del instituto en lugares tan dispares como un festival, un paseo de camino a casa, un parque o un partido de vóley. Y a todos esos momentos los acompañaba una banda sonora perfecta que no solo estaba grabada a fuego en una parte de mi memoria, sino que aguardaba en silencio entre aquellas cajas.

No me lo pensé dos veces. Rescaté un radiocasete antiguo con reproductor que tenía en la estantería junto a una pila de CD ordenados en un pequeño mueble de madera y me marché.

Me despedí de mi madre, sobrinos y hermanos y fui al hospital en vez de reinstalarme en casa de Laux. Cuando llegué a la habitación, Nacho estaba con ella, leyendo en una libreta parte de la historia que había escrito Lucía para su libro.

Aunque llevaba solo unos días con el tratamiento de corticoides, estaba bastante hinchada. Pero se encontraba bien de ánimo y eso era lo importante.

—Estoy como un jodido globo, lo sé —me dijo nada más verme—. Pero no un globo de esos de los críos: un globo en el que viaja gente.

—Dicen que para empezar a hacer bromas sobre algo tienes que haberlo superado primero. Deberías tomarte un tiempo —le dije en broma, poniéndome a su altura.

—Lo que me faltaba, tenerme que ajustar a un calendario para mofarme de mí misma.

—Yo te veo preciosa.

—Ya, bueno, pero yo te he visto beber gazpacho con vodka, así que permíteme que ponga en duda tus gustos.

No voy a negar que en eso tenía toda la razón.

—Podrías haber tirado de tópico y decir que la belleza está en el interior —añadió.

—Ya, bueno, pero es que yo también he visto gente guapa en la costa —respondí, ya que me lo había puesto a huevo.

Ambas nos reímos ante aquella conversación absurda a la que Nacho no daba crédito, pero en la que quiso intervenir:

—Ya sabéis que los corticoides tienen ese efecto secundario, pero cuando deje el tratamiento perderá los kilos retenidos. Si no, dejamos todos de hablar con ella y ya está.

Ambas nos quedamos ojipláticas, mirándole ante una broma de dudosa calidad.

—¿Qué pasa? ¿Solo vosotras podéis hacer bromas o qué?

—No ha sido muy buena, Nacho —dijo Lucía.

—Muy floja, pero vamos, que tampoco esperábamos mucho de una persona que no conocía el chiste del gimnasio —añadí.

—Joder, tampoco ha sido tan mala.

—Muy mala. Yo que tú reflexionaba sobre ello y me lo hacía mirar —sentenció Lucía.

Nacho nos observó con una ligera sonrisa. Nos preparaba para su obra maestra.

—Cuando dices reflexionar, no hablas de hacer dos flexiones, ¿no?

¡Booooom! Nacho se había convertido en una de las tres personas menos graciosas del hospital.

—¡Damos por inaugurado el festival del humor! —dije mientras él se levantaba resoplando y salía de la habitación, murmurando.

Era la primera vez que los tres solos aguantábamos más de dos minutos bajo el mismo techo. Nacho siempre solía marcharse cuando yo llegaba. Parecía que prefería que no los viese juntos de manera tan clara, pero a mí, a esas alturas de la película, me parecía entrañable que tuviesen esa relación. Como dijo Laux, era el momento de alegrarme por ellos y, sobre todo, de dejarles el tiempo y el espacio para que, si decidían contárnoslo, fuese cuando se sintieran cómodos.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunté, fuera ya de toda broma.

—A ver, estoy jodida. No por el peso: eso es lo de menos ahora. Me ha dicho la doctora que la toxicidad hepática es complicada. Intento mantenerme animada, pero no estoy bien, rubia.

La realidad siempre supera a la ficción. Y la ficción era ver a Lucía sonreír y haciendo chistes cuando entrábamos en su habitación para hacernos sentir bien y liberarnos de parte del peso emocional que arrastrábamos, pero la realidad era que, más allá de la capa superficial, seguíamos en la casilla de salida, con el esfuerzo acumulado de intentar avanzar sin conseguirlo. Como en mi sueño, en el que cuanto más corría para ayudarla, más se alejaba.

—¿Me acompañas al baño? A veces me mareo al levantarme —me pidió.

—Claro. Además, así te veo el culo a través de la bata.

Lucía sonrió, aunque le costaba incorporarse.

Nos colocamos frente al espejo del baño. Lucía, el gotero con la medicación que viajaba con ella y yo.

—Eres la amiga de baño más guapa que he tenido en mucho tiempo —le dije.

—Pues tienes que salir más, porque mírame...

Lucía tocaba su cuerpo e intentaba taparse con la bata.

—No te avergüences de tus cicatrices —le dije con todo el cariño del mundo.

Lucía dudó un segundo, me miró y, con cuidado, comenzó a desabrocharse la bata, dejando a la vista las marcas que tenía por el cuerpo.

—Estás hermosa, amiga.

—¿Tú crees?

—Un cuerpo que está cicatrizando así de bien solo puede ser un cuerpazo.

Intuí una sonrisa más que reconfortante para las dos en la cara de Lucía. Fue el momento idóneo para cambiar de tema y no quedarnos ancladas en esa sensación frente al espejo.

—¿Quieres que te ayude a mear o puedes hacerlo agarrada a la farola esa que llevas?

—No es la primera farola a la que me agarro para mear —di­jo, irónica, como era ella.

—Ni será la última —respondí con contundencia.

Salí del baño, me apoyé en la puerta y suspiré, intentando deshacer con rapidez todos los nudos que se me habían acumulado en el pecho. Ni por un segundo quería transmitirle una pequeña parte de lo mucho que me afectaba verla así.

La cisterna del baño sonó y entré de nuevo para acompañarla a la cama.

—¿Sabes qué he pensado mientras meaba?

—¿Se pueden hacer las dos cosas a la vez? —respondí de broma.

—Que eres una gran amiga. Y yo soy la peor del mundo, que ni siquiera he querido sacar el tema de Nacho en este tiempo...

La frase me pilló por sorpresa. No pude reaccionar, así que me quedé en silencio.

—Si te molesta que Nacho pase tiempo conmigo, lo entiendo. Yo...

La interrumpí.

—Lucía, solo te lo voy a decir una vez: no puedo ser más feliz que sabiendo que Nacho está a tu lado.

Lucía sonrió aliviada.

—No sabes el peso que me quitas de encima, pero de los de verdad, no estos de los corticoides...

—Ja, ja, ja. Qué cachonda eres.

—Por cierto... ¿Y Javi?

—Bueno, nos hemos dado un tiempo para ponerlo todo en orden, hasta el verano. A ver qué pasa.

—Pues si es que sí, será genial; y si es que no, también. Siempre que sea lo mejor para los dos y tú estés bien...

Esa frase última me llego muy dentro.

—Me gusta eso que has dicho.

—¿El qué?

—Lo mejor para los dos. En plural.

—Claro, es que Javi es muy buena persona y no puedo desearos a los dos otra cosa que no sea que os vaya bien. Es genial eso de quererse a una misma, mirar por una lo primero y saber que todo empieza y acaba en ti, pero es que Javi también se merece que, juntos o separados, os vaya lo mejor posible a los dos.

—Anda que no has cambiado de opinión con Javi... ¿Te acuerdas de aquella vez que me dijiste que no podía fiarme de él, que no sabíamos ni siquiera su horóscopo?

—¿Eso dije?

—Sí, y te respondí que nunca te iba a gustar ninguno de los tíos con los que me lío.

—Ups...

—Pues eso, que no me refería a que te enamorases de mi primer novio, tía —le dije con un claro tono de sorna que Lucía pilló al instante.

—Ja, ja, ja. Qué maldita zorra eres.

—¡Y tú más! Ja, ja, ja.

—Ven aquí...

Me abracé a Lucía y a la farola que llevaba enganchada, sintiendo cada una de las cicatrices que conformaban su cuerpo como mías, sintiendo a mi amiga más dentro de mí que nunca.

—Oye, ¿qué has traído? Venías cargada.

—¡Es verdad! —Cogí el reproductor con altavoces integrados que había rescatado de mi casa.

—¿Dónde vas con eso? ¿Te has hecho rapera? —dijo Lucía con sarcasmo.

—Es tu regalo de Reyes.

—Vamos, que ibas a tirarlo y has dicho: «Se lo regalo a Lucía».

—Escucha, anda.

Conecté el radiocasete a un enchufe que había en una pared cercana al sofá cama de la habitación y ambas nos sentamos. El sonido característico del CD cargando las canciones la puso en alerta. Las primeras notas que sonaron llenaron de energía a Lucía, que empezó a soltar las primeras lágrimas. Tuve la sensación de que la música entraba por su cuerpo igual que el suero lo hacía por sus venas. Aquel CD contenía las canciones que escuchamos el día que nos conocimos en aquel trayecto a Talavera de la Reina y que nos unieron para siempre. Canciones que, a partir de ese momento, nos acompañarían toda la vida.

La fuerza que le imprimió a Lucía aquel aparato desfasado y de dudosa calidad sonora nos permitió cantar a grito pelado el estribillo que decía «De princesas que buscan tipos que coleccionar» de Pereza, encadenado con «Que nunca volverá, que nunca he estado allí», de El Sueño de Morfeo.

Era cuestión de tiempo que una enfermera, alertada por nuestras voces, y con cara de preocupación, irrumpiera en la habitación. Nos miró alucinada, sin saber cómo enfrentarse a la situación. No estaba preparada para gestionar tanta felicidad repentina y le desbordó, así que nos sonrió cómplice y nos hizo un gesto para que bajásemos un poquito la voz. Un gesto que me devolvió a la adolescencia; cuando te entraba la risa floja en clase con una compañera y no solo no eras capaz de aguantártela, sino todo lo contrario: cuanto más querías aguantártela, más se te escapaba, sin poder parar.

Con Laux, dado el volumen de sus susurros, nos habían mandado callar en más de una ocasión. Incluso habíamos sido «invitadas amablemente a irnos» de algún restaurante; pero con Lucía no me había ocurrido hasta ese momento, pese a su carácter arrollador. Aquella sensación de libertad, de desahogo, de gritar hasta que te quedas sin respirar, como cuando te montas en la montaña rusa, nos dio años de vida.

—Tía, ahora entiendo por qué Laux está siempre tan feliz. Gritar es terapéutico.

—Ya ves... He soltado todo lo que llevaba dentro —le respondí.

—¿Todo? ¿Estás segura?

Las dos intercambiamos una mirada que lo decía todo y, acto seguido, volvimos la vista a la ventana. Sacamos la cabeza y lo que pudimos de nuestros cuerpos por ella. La habitación de Lucía daba a un descampado y nos sentimos libres.

—Una, dos y... —dije yo.

A la de tres, las dos gritamos: «¡No quiero volver a hablar de princesas que buscan...!». El mundo se detuvo unos segundos, los que estuvimos sacando fuera todo lo que llevábamos dentro.

Entre lágrimas, no sabemos si más de risa, de tristeza o de desahogo, volvimos a meter nuestros cuerpos dentro de la habitación, justo cuando Nacho volvía.

—¿Qué os pasa? ¿Se os ha caído algo?

Las dos nos echamos a reír.

—No quiero saber lo que estabais haciendo —dijo antes de que pudiésemos responder con alguna absurdez.

Pasamos lo que quedaba de tarde los tres juntos, más relajados que nunca, como si desde ese momento nos hubiésemos quitado un peso de encima y todo fluyera de manera natural entre nosotros. Quién me iba a decir a mí que acabaría empleando ese verbo en concreto, fluir, y que lo pronunciaría con la boca llena de roscón de Reyes. Quién me iba a decir que Nacho, el primer amor de mi vida, años después sería el sustento de mi gran amiga Lucía y que me sentiría feliz por ello.

 

 

 

Aquella noche, al llegar a casa de Laux, me senté en el sofá, satisfecha. No era porque hubiese hecho nada especial: no había conseguido ningún hito personal ni superado un reto vital; estaba en paz conmigo misma, que ya era bastante.

Cuando llegó Laura, nos encontramos con el mismo dilema de cada noche.

—¿Qué pedimos hoy para cenar? —dijo mientras se ponía un pijama calentito.

—¿Y si cocinamos nosotras? Año nuevo... —respondí sintiendo que era el momento de cambiar.

—Me parece perfecto.

Nos situamos frente al frigorífico con la ilusión de quienes se proponen, como dijo Laura, «dar un giro de trescientos sesenta grados» a sus hábitos nocturnos.

—Laura, es de ciento ochenta grados. Si lo das de trescientos sesenta, te quedas igual...

—¿Igual de qué?

—Déjalo, a ver qué tenemos...

Las expectativas superaron a la realidad. Medio limón, más verde que amarillo, nos saludó desde la puerta, junto a un tetrabrik de leche y una botella de vino abierta. También había yogures, un aguacate, tomates, algo de lechuga y poco más.

—¿Cómo es que tenemos un aguacate en la nevera? ¿Desayuno de influencer?

—Qué dices, tía. Si la mayoría de esas fotos que suben a Instagram de desayunos perfectos son falsas. A mí por la mañana me apetecen más los churros. Fijo que hacen la foto y luego se comen una torrija.

—Ja, ja, ja. ¿Tú crees?

—¡Amiga mía! De la apariencia también se vive.

Apuntad esa última frase. Son solo seis palabras, pero qué seis palabras, ¿verdad?

—Bueno, entonces, ¿qué cenamos?

—¿Una sopita como dos niñas buenas? Hay caldo en el armario y tengo letras sin gluten.

—¡Perfecto!

Laux sacó un cazo e hizo un silencio muy propio que, después de pasar tanto tiempo juntas, reconocía en ella como si la hubiese parido. Se aclaraba la voz, bajaba el tono y te miraba varias veces de reojo, como buscando el momento adecuado para pedirte algo que para ella era importante. Laux lo hacía muy pocas veces, porque siempre lo daba todo por los demás y requería muy poco para ella. Y por eso se sentía incomoda al hacerlo.

—Oye, amiga, sé que estarás hasta el mismísimo toto de ir a hospitales, pero mañana quería ir a informarme a la clínica...

—Laux... —le interrumpí—. Por supuesto que te acompañaré.

No hizo falta decir más.

—Gracias, amiga. —Me abrazó con fuerza.

Por fin se había decidido a informarse sobre el tratamiento para congelar sus óvulos y yo iba a estar con ella durante todo el proceso. Era lo mínimo que podía hacer por la persona más generosa que conocía.

—Venga, que ya está la sopita de letras. A ver qué palabra es la primera que nos sale —dijo, recuperando su personalidad habitual.

Y así, mientras cenábamos, descubrí que la primera palabra flotante que visualicé en la sopa fue «amor», mientras que la suya fue «chuchi». Nos reímos mucho, ya que era habitual verla utilizar aquel vocablo cada vez que llamaba al camarero en una terraza. Nos preguntamos si, por casualidad, estaría en el diccionario. Ella estaba segurísima de que sería un sinónimo de chiqui, pero no: chuchi no estaba en el diccionario... y no quise quitarle la ilusión diciéndole que chiqui tampoco. Al fin y al cabo, en el diccionario Laux-español, español-Laux, seguro que aparecía.

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