Contando atardeceres

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PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 33. Resiliencia. La felicidad de la superficialidad

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Resiliencia

La felicidad de la superficialidad.

A finales de enero, la enfermedad nos dio una tregua. El mes comenzó con Lucía ingresada en el hospital, pero acabó con el alta para seguir el tratamiento con corticoides desde casa. La función hepática comenzaba a estabilizarse, y poco a poco había que ir bajando la medicación, pues había comenzado con dosis muy altas. Era algo que ella debería empezar a hacer, tomando las pastillas indicadas con mucho cuidado y, por supuesto, con continuas revisiones en el hospital.

Aunque todavía se fatigaba, se sentía mejor. Sin embargo, la inseguridad que le provocaba verse tan hinchada hizo que no quisiese salir de casa. Decía que era como estar en el cuerpo de otra persona y que, más que las fuerzas, le fallaba el ánimo para salir a la calle. Para ella era muy difícil verse así, no por estar más gordita, sino porque decía que no se reconocía cuando se miraba en el espejo. Fue una confesión muy dura.

Todas queríamos que recuperase ese espíritu que siempre la había caracterizado y que volviese a una rutina, sin importar cómo estuviera físicamente. Lo importante era que se sintiera bien consigo misma y feliz por recuperarse poco a poco.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Lucía azafata.

Joder, hay que hacer un puto

máster para saber cuándo

toca tomarte las pastillas.

Siempre a la misma hora, que si

ahora reduciendo un cuartito...

Que si ahora tómate esta otra

pastilla también...

Laux.

Yo lo que hago con las abuelitas

es decirles que se compren un

pastillero y así se pueden organizar

las tomas de toda la semana.

Lucía azafata.

Has dicho «abuelitas»

o me lo ha parecido?

¡Uf! Aquí huele a movida.

Sara.

Jajajaja, la que te va a caer, Laux.

¿La caja de pino la quieres

de color rosa? Porque Lucía

te va a matar con

sus propias manos.

Laux.

Hostia...

Lucía azafata.

Estáis muy equivocadas.

Yo mandaría a un sicario,

que tengo la

manicura perfecta y paso de

jodérmela. Laux, estarás

en casa esta noche? Es para

una amiga

Jajajajajajajajaja.

Sara.

Jajajajajajajajajaja.

Oye, Lucía, Estaba pensando en

que este finde

podíamos subir todos

a la sierra a dar un paseíto.

¿Cómo lo ves?

Laux.

Planazoooo!! Yo me apunto, que

tengo zapas nuevas de trekking.

Lucía azafata.

Me apetecería mucho, pero

yo no sé si voy a poder...

Sara.

¿Y eso? ¿No te encuentras bien?

Lucía azafata.

Es que los corticoides me cansan

mucho... Además, me han hecho

engordar bastante y estoy

fuera de forma.

No te preocupes por eso;

si no te ape, no pasa nada.

Pero por estar fuera de forma

que no sea.

Laux.

Hombree, pero si además no

hay persona que esté menos en forma

que la rubi, ella encantada de

ir a paso de abuelita.

Jajajajaja, qué perra eres.

Lucía azafata.

No lo sé chicas. No tengo

ropa de deporte, nada me sienta bien.

No lo sé... No me veo muy bien.

Pues yo te veo estupenda.

Sara.

Mientras no vayas con tacones,

la ropa es lo de menos!

Lucía, acuérdate de lo que

te dije. Tienes un cuerpazo.

 

 

El chat se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que Lucía por fin se animó.

 

 

Lucía azafata.

Vamos a parecer una excursión

del Imserso...

Jajajajaja, calla, que seguro que cuando

seamos mayores de verdad

nos apuntaremos a esos viajes e iremos

las cuatro, con nuestros pelos

canosos, a todos los viajes.

Sara.

Podríamos volver

todas juntas a Ibiza con

el Imserso.

Jajajajaja. ¿Te imaginas?

Laux.

Yo me veo con el pelo blanco,

pero con matices violín.

Eso, eso, tendremos que ponernos

de acuerdo con el pelo. Yo me pido

matices rubios.

Sara.

¡Nos ha jodido! No dudábamos de eso.

Lucía azafata.

Gracias, chicas, de verdad.

Pues este finde

hacemos eso, entonces...

Yo lo organizo, que me conozco

la sierra al dedillo.

Preparo una ruta sencillita.

 

 

Conseguido. Primera fase para levantar la autoestima de nuestra amiga, superada. Esa vez fui yo, bajo la supervisión de Laux, la que se encargó de organizar el día. Aquel sábado, como de costumbre, y a pesar de que había marcado una hora razonable para salir, Laura me hizo madrugar casi como entre semana.

—Aaaaamigaaaaaa, ¡nos vamos de excursión!

—Pero, tía, ¿qué hora es?

—¡Casi las ocho!

—Pero si son las siete y cinco.

—Pues esooo: casi las ocho.

—Pero, Laux, ¿a qué hora hemos quedado?

—A las nueve.

—Jooooder, ¡pero si queda muchísimo tiempo! —me quejé.

—Venga, anda, dúchate y eso, que luego te lías y te falta tiempo.

Y así fue. No sé cómo lo hice, pero me lie. Me duché, tardé en secarme el pelo, desayuné y pasé por todas las fases antes de vestirme. La duda: «No sé qué ponerme». La desesperación: «¿Dónde están mis zapatillas?». La negación: «No tengo nada que ponerme». La aceptación: «Bueno, estas mallas no están tan mal...».

Laura estaba perfectamente vestida desde primera hora, mientras que yo iba hecha un desastre.

—Bueno, estoy lista. ¿Qué hora es ya? —pregunté.

—La hora de irnos: ¡son las nueve!

—Pero ¿¿no habíamos quedado a las nueve?? —me asusté por un momento.

—Amiga, te voy a desvelar un secreto: el truco que tenemos las personas puntuales cuando tratamos con impuntuales es deciros a qué hora hay que salir de casa, no a qué hora hemos quedado.

—¡Qué perra eres! Pero ahora sé tu truco.

—Sí, pero te haré dudar. El próximo día te diré que es sin truco e intentarás estar a la hora correcta. Pero puede que sea verdad... o no. —Laura profirió una risa malvada propia de las villanas de Disney. Estaba claro que jamás podría ser Cenicienta... Viviría toda la noche sugestionada por la hora.

Los demás llegaron un poquito tarde y, tras haber sido bautizados por Laux como «la banda de los impuntuales», llegamos a la sierra. Aunque el día se había levantado algo frío a primera hora de la mañana, la temperatura fue subiendo según avanzaban las horas y conforme ascendíamos. Era algo que pasaba a veces y que se conoce como inversión térmica. Con el sol brillando en lo alto, se nos quedó un precioso día de paseo.

Caminamos por la Pedriza y comimos en Navacerrada. Nacho y yo tuvimos algún momento de complicidad, ya que ambos conocíamos la zona gracias a los veranos que pasamos juntos en la sierra, e incluso reconocimos alguna piscina que nos resultaba más que familiar.

Aquel día transcurrió plácidamente y lo más importante fue que entre todos conseguimos plantar esa primera semilla para reforzar la autoestima de Lucía que, aunque llegó a casa fatigada, se quedó con ganas de repetir. Con nuestra amiga en pleno tratamiento, tocaba adaptarse y ser resilientes. Ya volverían los planes del «total, si aquí no nos conoce nadie» o «mira lo que hago, sujétame la copa».

Si algo habíamos aprendido de todo el proceso era que no había que tener prisa por nada. Solo teníamos que disfrutar de aquellos días, lo más unidos posible. Echaba en falta a Javi, no nos vamos a engañar, pero la relación seguía su curso, de manera pausada. Estaba siendo un gran apoyo cuando me sentía agobiada.

 

 

Javi Ibiza.

¿Cómo está Lucía?

¡Bien! Tenías que

haber visto lo contenta

que estaba. Se nota que se

cansa, pero está mejor.

¿Cuándo va a volver al

ensayo clínico?

Pues no lo sé.

Aún le queda con los corticoides,

pero espero que pronto.

Se nos está haciendo un poco largo

todo este proceso.

Y tú, ¿cómo estás?

 

 

Ese último mensaje me dejó paralizada unos segundos. Dentro de toda la vorágine que estaba suponiendo la enfermedad de Lucía, hacía mucho que nadie me preguntaba eso.

 

 

Pues no me ha dado tiempo

a pensarlo en estos meses,

pero creo que estoy muy cansada.

Pero ¿estás bien?

 

 

Una pregunta clave que no tenía muy claro cómo contestar.

 

No lo sé, la verdad.

Solo sé que estoy agotada.

Deberías descansar. Si no,

petarás seguro. No ahora,

que estás con la adrenalina,

pero, cuando te relajes, puede

venirte todo de golpe.

Ya... Pero no sé qué hacer.

No me puedo permitir fallar

ahora a las chicas...

Si no te cuidas, les fallarás

aunque no quieras.

Será tu cuerpo el que te

obligue a hacerlo.

 

 

Javi tenía razón. Notaba que cada día me costaba un mundo madrugar para ir al trabajo. Cuando me miraba al espejo por las mañanas, me esforzaba por cargarme de energía. Intentaba ocultarlo bajo mi rojo de confianza en los labios y aumentando los centímetros de mis tacones.

El cansancio emocional es más difícil de gestionar que el físico, porque es como tener agujetas en la mente de tanto pensar y en el corazón de tanto sufrir. No es fácil aprender a dejar descansar tu mente, y es que es increíble el daño que podemos hacernos solo con el pensamiento.

Recuerdo los días siguientes a mi conversación con Javi con la sensación de que, al menos, estaba siendo un gran apoyo para mis amigas, igual que ellas lo eran para mí cuando yo lo necesitaba.

 

 

 

Aparte de las visitas con Lucía al hospital para sus revisiones, llegó el momento de apoyar a Laux cuando comenzó su tratamiento para congelar óvulos. El primer paso era la preparación: consistía en una inyección diaria durante casi dos semanas para estimular los ovarios y generar el máximo posible de óvulos para preservar. Ella, al ser enfermera, tenía el conocimiento de sobra para hacerlo en casa, pero no lo pasaba bien con las agujas.

—Con los miles de análisis de sangre que llevo a las espaldas y me da yuyu pincharme a mí misma... ¡Manda cojones! —me dijo en el baño, con su segundo pinchazo, ya que el primero se lo pusieron en la clínica.

—Es normal... Es como una especie de mecanismo de defensa de nuestro cuerpo. Nadie quiere hacerse daño de manera consciente... Así es el amor propio —le dije.

—Si yo sé que no duele nada, pero da impresión.

—Calla, tía, que me mareo. Después de los pinchazos, ¿qué toca?

—Pues en unos días me empiezan a hacer ecografías para controlar cuántos folículos tengo.

—¿Los folículos son las mamás de los óvulos?

—Ja, ja, ja. Algo así. Los folículos son las estructuras que contienen los óvulos en su interior —dijo Laux.

—¿Y van creciendo dentro de ti?

—Así es. En las ecos van viendo cómo crecen y cuándo es el momento adecuado para extraerlos. Lo preparan todo para ese día.

—Pues yo te acompaño ese día y siempre que lo necesites, pero, con tu permiso, ahora me voy, que no quiero ver cómo te rajas con esa aguja.

—Gracias, amiga. Tu comentario es un soplo de confianza en este momento.

Laura no quiso contárselo a nadie más. No entendí muy bien ese hermetismo con un tema que no debería ser tabú, pero no me quedaba otra que respetarlo. Era su decisión.

Durante los días siguientes me encontré, casi sin quererlo, subida en una montaña rusa emocional, propulsada por los cambios de humor que la estimulación hormonal de los pinchazos provocaba a Laux, todo unido a la inestabilidad emocional que sufría Lucía por los corticoides.

También propulsaban aquella subida las buenas noticias, pues Lucía mejoraba de la afección en el hígado, Javi estaba ofreciéndome el espacio que requería (con la delicadeza, además, de que sus mensajes llegaban justo cuando más los necesitaba) y en rebajas encontré unos zapatos preciosos de mi talla. Sí, todas las emociones positivas suman: los zapatos también. Yo lo llamo «la felicidad de la superficialidad». Solo algunas sabemos lo necesaria que es la aparente superficialidad para enfrentarte a la vida en toda su profundidad.

Sara, por su parte, más que en una montaña rusa, iba montada en un tiovivo, pero no en uno de esos caballitos que suben y bajan todo el tiempo; ella iba en uno de los coches que solo dan vueltas, desde donde ves la vida pasar repetidas veces a la misma altura, instaurada en una calma triste, a punto de estallar. Sin hacer ruido, fiel a su estilo.

Creo que estaba agotada, como yo, pero mientras estás en pleno parque de atracciones emocional no eres consciente de ello. Tu cuerpo no deja de liberar adrenalina para hacer frente a cada reto diario, y se acostumbra a ese ritmo frenético.

A diferencia de Laux o Lucía, en cierto modo, Sara dejó de expresar sus sentimientos. Respondía en el chat, se mostraba muy positiva y predispuesta en todo momento, pero la conocía bien y no podía obviar que se estaba conteniendo por dentro.

Aprovechando que una tarde coincidimos visitando a Lucía en casa de Alberto, decidí abordarla para hablar con ella a solas. Siempre habíamos mantenido una relación muy cercana desde que nos fuimos de viaje a Ibiza, al poco de presentarnos Lucía, como dos perfectas desconocidas que se embarcan en una aventura que dio como resultado una preciosa amistad llena de confianza que, por las circunstancias en las que nos encontrábamos, parecía estar en stand by.

—Bueno, churris, os dejo, que voy a ver si llego pronto a casa y, con suerte, Marcelo me tiene preparada la cena —dijo Sara mientras se levantaba del sofá.

—¿Cocina bien? —preguntó Lucía sorprendida.

—En absoluto, pero se esfuerza.

—¿Eso hace que sepa mejor? —dudé yo, con ironía.

—La verdad es que no —respondió, y las tres nos reímos de las dotes culinarias del pobre Marcelo. Sara se volvió hacia Lucía para despedirse—: Te veo pasado mañana, ¿vale?

—Espera, que te acompaño. Yo también me voy —dije con toda la intención de marcharme con ella.

—Ah, vale, guay.

Bajamos en el ascensor charlando sobre el tiempo, el trabajo y sus perras. De todo eso y en profundidad en apenas cuatro pisos. Cuando salimos del portal, me ofrecí a llevarla a casa en coche. Me costó. Sara siempre ha sido muy fan de viajar en metro leyendo, pero al final aceptó. Era el momento. Las dos solas, sin más distracción que tenernos presentes la una a la otra.

—¿Qué tal con Marcelo? —pregunté, iniciando la conversación.

—Muy bien —respondió con una sonrisa.

—¿Te acuerdas de cuando hablamos, hace ya tiempo, de la importancia de definir en qué punto se está en una relación? —le dije, haciendo referencia a la conversación que tuvimos hacía más de un año, justo cuando ambas comenzábamos a conocer a Marcelo y a Javi.

—Claro que me acuerdo... Nos dimos cuenta de que estábamos tan cómodos que las cosas se definieron por su propio peso. No hizo falta darle nombre. Ahora sabemos que estamos de acuerdo en compartir el presente y el futuro.

Irremediablemente, escucharle hablar así de su vida con Marcelo me trajo a la cabeza a Javi.

—Me alegro mucho.

—¿Y Javi? ¿Has vuelto a hablar con él? —preguntó Sara interesada, a quien, sin duda, le había pasado lo mismo que a mí.

—Sí, estamos retomando el contacto, despacio, pero no sé dónde nos llevará. Vamos a esperar unos meses y luego, pues...

—Seguro que lo arregláis. Estaréis bien. Os lo merecéis —con­testó con tono melancólico, mientras perdía la mirada tras la ventanilla del coche.

—¿Y tú? ¿Estás bien? —aproveché para ir directa al grano.

—Sí, sí. Un poco agotada, pero bien. Como todos, supongo.

Estábamos cerca de su casa y vi un hueco justo en la calle paralela a su edificio. Aparqué de repente, ante su sorpresa, que no entendía muy bien el motivo.

—No es aquí. Es la calle siguiente, la que gira a la derecha.

—Sí, ya lo sé.

Sara me miró desconcertada. Tiré del freno de mano, detuve el motor y me giré hacia ella.

—La verdad es que podría estar intentando introducir la conversación media hora más, pero creo que tenemos la confianza suficiente para saber a dónde queremos llegar.

—¿Y a dónde queremos llegar? —dijo desafiante.

Miré sus hombros y estaban tensos. No se había quitado el cinturón de seguridad y se dio la vuelta para responderme. Cara a cara. Continuó hablando:

—Dime. Porque parece que siempre todas las conversaciones tienen que acabar en algún sitio. Parece que no podemos estar calladas, sin más, y dejar que pase el tiempo. No: tenemos que hablar del tema de Lucía, tenemos que incidir en cómo estamos y darle vueltas todo el tiempo, como si estuviéramos en un charco de barro y nos gustase estar dentro... Todo el día con el «¿Estás bien hoy?», «¡Vamos, seamos positivas!». Pues estoy harta. No puedo más.

Y explotó:

—No puedo más... No quiero hablar de lo de Lucía. Tengo miedo de hablar del tema y no voy a hacerlo —incidió mientras rompía a llorar.

—No quiero que te sientas así...

—Tengo derecho a tener miedo —dijo Sara de manera directa.

Tenía razón. Todas tenemos derecho a dejar de hacernos las fuertes y a derrumbarnos por un momento. Y todos los momentos que hagan falta. Porque podemos con todo, pero no con todo a la vez.

—Durante estos meses —continuó— he tenido que esconderlo para que ni por un segundo Lucía lo note. Y eso me está afectando.

Me mantuve en silencio. Ni muchísimo menos iba a darle ningún consejo ni a decirle que yo también estaba cansada. Era su momento. Dejé que intentara recomponerse. Ella, que siempre había sido la escuchadora oficial del grupo, necesitaba expresarse a corazón abierto. Sabía que debía desahogarse y solo quería darle pie para ello.

—Me dijo Marcelo que no podía guardar dentro todo lo que estoy sintiendo. Que debería hablarlo con alguien, sacarlo y que me ayudara.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites.

—Ya lo sé, y tú conmigo, pero necesito herramientas para afrontarlo. —Sara hizo una pausa, como dudando en continuar con la frase. Finalmente, lo hizo—: Estoy yendo a un psicólogo..., un amigo de la hermana de Marcelo, que me está ayudando a gestionarlo todo. No os lo he dicho porque me daba vergüenza y no quería preocuparos.

La miré con toda la ternura que me quedaba y ambas rompimos a llorar.

—Estoy muy orgullosa de ti. Es lo mejor que has podido hacer. Ven aquí... No hay nada de lo que avergonzarse... Todo lo contrario...

Abrí los brazos para abrazarla. Sara abrió los suyos y, cuando estábamos a punto de hacerlo, los cinturones de seguridad nos retuvieron a las dos, quedándonos a escasos centímetros la una de la otra, moviendo las manos en el aire como dos marionetas. Haciendo cada vez más fuerza por acercarnos, mientras el cinturón hacía su trabajo a la perfección. Del llanto pasamos a la risa descontrolada. Durante más de cinco minutos no pudimos dejar de reírnos ante un final ridículo que consiguió que, por un momento, todo aquel desahogo tuviera un final mucho más liviano.

Sara bajó del coche aliviada. A raíz de aquella situación entendí las palabras de Javi y la necesidad de desconectar en algún momento para no llegar al límite.

 

 

 

Durante los siguientes fines de semana continuamos con la rutina de las escapadas a la sierra que tan bien nos estaban viniendo a todos, no solo a Lucía, para expandirnos en plena naturaleza. Además, en esas excursiones nos mostrábamos menos contenidos al ver que ella se encontraba bastante mejor.

 

 

 

A mediados de febrero, mientras esperábamos los resultados de unos análisis y un TAC que serían definitivos, Nacho le propuso a Lucía ir a ver a sus padres a Asturias. Consultó con la doctora la posibilidad de hacer un viaje que, a todas luces, podría venirle muy bien.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Lucía azafata.

Chicas, me ha dicho Nacho que si

vamos a Asturias, que él

me acompaña. Se ha pedido

unos días en el curro para

escaparnos esta semana

Te va a venir

genial, amiga.

Sara.

¡Sí, que hace mucho que no

ves a tus papis!

Les hará

muchísima ilusión.

Laux.

Oye, oye, no hagas nada

que yo no hiciera, eh, perra.

¿Presentación oficial

de Nacho?

Lucía azafata.

A ver cómo les explico

quién es este maromo

que me acompaña

Diles que la doctora

te ha obligado a viajar

con un celador.

Laux.

Con un celador buenorro para

alegrarte la vista en el viaje.

Sara.

Jajajajajaja

Jajajajajaja.

Lucía azafata.

Iros a la mierda!

 

 

Me quedé un tiempo observando el Dramachat y pensé en que todavía tenía guardada en el móvil a mi amiga como «Lucía azafata.». Con punto, porque siempre pongo punto a los teléfonos móviles guardados en mi agenda. Hubo un tiempo (algunas lo recordaréis) en el que guardábamos primero los teléfonos fijos de las personas y, más adelante, añadíamos el del móvil. En aquel proceso, decidí diferenciarlos añadiendo un punto a los móviles, y es una manía que conservo cuando agrego a alguien a mis contactos. Es mi forma de recordar que hubo una época en la que no estábamos veinticuatro horas localizadas, que nos llamábamos a los teléfonos de casa y punto. Pienso que es bonito mantener el nombre de algunas personas agendadas tal y como las conocimos, para que nunca olvidemos las raíces de nuestra amistad. Por el contrario, hay otros nombres susceptibles de cambios con el paso del tiempo para dejar constancia de la evolución de la relación. En ese caso, prefería dejarlo así para siempre. Para mí, las raíces con Lucía eran importantes.

Y aunque ella siguiera siendo «Lucía azafata.» en la agenda de mi móvil, era imposible no ver el cambio que había sufrido como persona. Seguía teniendo ese puntito sarcástico, la sinceridad exagerada a flor de piel y seguía siendo malhablada, pero se mostraba más agradecida y dulce. Dicen que la enfermedad a veces cambia la personalidad. ¿Se habría dulcificado su carácter? ¿O tenía que ver con Nacho? En cualquier caso, si tenerla como amiga siempre había sido una bendición, ahora era una necesidad.

Lucía se marchó muy emocionada a su «tierrina», feliz por ver de nuevo a su familia. La despedimos en el portal de casa de Alberto, donde Nacho vino a recogerla en un coche antiguo, un Megane cascado que llegué a preguntarme si soportaría el viaje. Recordé a aquel Nacho del instituto, tan en su línea de ser práctico, como cuando iba en aquella moto tan poco cuidada, pero que cumplía su función.

—Una pregunta, Nacho: ¿vais a sacar los pies por debajo para arrancarlo, como los Picapiedra? —dijo Pol sin poder contener la broma.

—No, hombre. Estaba pensando en que nos empujarais —respondió Nacho, bastante hábil.

—Vale, vale, ya me quedo más tranquilo.

Todos nos reímos, nos abrazamos para despedirnos y se marcharon.

Aquella tarde, sabiendo que Lucía estaría en buenas manos durante una semana, que Laux tenía guardia hasta la noche, que Sara estaba con Marcelo en clases de yoga y que mi madre estaba entretenida iniciándose en el mundo de los sudokus, pensé que era el momento perfecto para dedicarme tiempo a mí misma.

Me tumbé en la cama y miré al techo, sin pensar en nada. Y entonces, en ese momento de paz, en ese oasis que se me presentaba después de tanta idas y venidas a hospitales, conversaciones y alboroto de gente, en mi mente apareció la imagen de Javi. Sin buscarla. Sin que hiciese nada en concreto por recordarle. No pude evitar escribirle. No quise evitarlo.

 

 

Javi Ibiza.

Te echo de menos.

 

 

Al instante solté el móvil, como con vergüenza por haber escrito eso. Qué absurdo me pareció andar con tontunas así: estábamos dándonos un tiempo para volver a hablar con calma, a sentirnos cerca, despacio..., y voy yo, y le suelto eso. La vergüenza no me duró ni diez segundos: los que él tardó en contestar.

 

 

Javi Ibiza.

Yo también te echo de menos, mi niña.

 

 

Una respuesta a la altura de lo que Javi representaba en mi vida. Mi cuerpo, lejos de estar relajado otra vez, me pedía llamarle por teléfono. Fue lo que hice, sin medias tintas, sin pensármelo dos veces.

—Hola —le saludé, tímida, cuando descolgó—. ¿Cómo estás?

—Bien... No me esperaba tu llamada —contestó.

Intuí una sonrisa de emoción al otro lado del teléfono.

—Ni yo que me fueses a contestar al momento.

—Pues ha sido coincidencia. Estaba pensando en ti y justo has llamado.

La providencia de la casualidad.

—Cuéntame: ¿cómo está todo? —me preguntó.

—Pues Lucía se ha ido con Nacho a Asturias para ver a sus padres y las demás están liadas con sus cosas.

—¿Y tú?

—Estoy tumbada en la cama, hecha purpurina.

—Ja, ja, ja. Una comparación brillante.

Los dos nos reímos a través del teléfono, recordando nuestra complicidad para algunas conversaciones.

—¿Y tú? ¿Qué tal? —le pregunté.

—Cansado también. Hoy he hecho casi cien kilómetros en bici.

—¿Con mucho desnivel?

En el tiempo que llevaba con Javi, había intentado saber más de lo que a él le interesaba: la bici, el deporte en general, su trabajo... En ese caso, sabía que la clave no estaba solo en los kilómetros, sino también en la altura.

—Ja, ja, ja. Bastante. Jodido para ir con tacones —bromeó otra vez—. Oye, quería hacerte una pregunta. Siempre se me olvida...

—Espero que no sea muy difícil.

—¿Sigues contando atardeceres?

Javi también se había interesado siempre por todo lo que me gustaba. Supongo que por eso nos teníamos tanto respeto y cariño.

—La verdad es que no me ha dado tiempo... —dije apenada—. A veces, ya muy pocas, lo apunto, pero hace tiempo que no hago fotos.

Cogí la libreta y me di cuenta de lo vacía que estaba, casi tanto como me sentía yo. Con aquella pregunta me percaté de la cantidad de tiempo que hacía que no me cuidaba. Había dedicado tiempo al «nosotras», pero siempre en plural, nada en singular.

—Tienes que retomarlo, niña. Era muy bonito.

—Ya... Últimamente no me ha dado tiempo de vivir mi vida...

—De verdad, deberías dedicarte espacio para ti y retomar rutinas. Salir a cenar con tus amigas, ir de compras... Eso siempre viene muy bien para reiniciarse.

Aquella tarde había sido la primera en que tuve intención de coger un libro en mucho tiempo... Y ni siquiera había tenido ánimos. Me desahogué.

—No tengo ganas de nada, Javi... Estoy a punto de petar, no tengo fuerzas.

—¿Ha pasado algo con Lucía?

—No, nada nuevo... Estamos a la espera de resultados... Pero no es solo por eso. Son muchas cosas... Al final llevo en mi mochila mi propio peso y el de los demás, ya sabes cómo soy...

—Lo sé, cariño, te conozco, pero si no te cuidas, poco podrás hacer por los demás.

Aquella frase me dejó algo tocada, sobre todo porque, en el fondo, siempre viajamos sobre la delgada línea de no descuidar a los demás sin descuidarnos a nosotras mismas. Es muy difícil navegar por ese fino hilo que nos separa del egoísmo y del altruismo sin medida.

—¿Por qué no os juntáis este finde, aprovechando que Lucía no está? Una cena como siempre habéis hecho. Sin expectativas, sin hora. Podéis ir a aquel restaurante al que fuimos tú y yo en el centro. El que estaba decorado con muchas flores por todas partes. Aquel día nos tomamos un brunch, pero creo que también daban cenas.

—Ja, ja, ja. Ya sabes, el brunch es un eufemismo para desayunar dos veces.

—Ja, ja, ja. Recuerdo esa frase. Se me ha quedado grabada a fuego y ahora se la suelto a los modernos de la isla...

—Me acuerdo de que nos sorprendió porque el sitio era muy bonito. Como decoración había una moto rosa vintage parecida a la mía que, por cierto, sigue contigo en Ibiza...

Él se quedó en silencio.

—Javi, no era un reproche, yo...

—No, si tienes razón. Al final nunca termino de cerrar nada y ni siquiera te he enviado tu moto. Lo siento...

Se quedó un silencio extraño después de aquella frase. Sentí que era el momento de colgar.

—Javi, gracias por el consejo. La verdad es que necesitaba hablar contigo. Y tienes toda la razón: sin duda, me vendrá genial un momento de distracción con las chicas.

—Ya verás como sí.

—Te quiero siempre.

—Te quiero siempre.

Colgamos y me quedé con una sensación amarga. Miré mi muñeca. Justo en ese momento, la pulsera que Javi me había regalado, la que le compró a aquella chica en la playa, se rompió del todo y cayó al suelo, como un último aliento, como una metáfora de que el último hilo que nos unía a Javi y a mí se acababa de romper.

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