Contando atardeceres
PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 34. Volviendo a ser felices. Querer solucionar un problema es más valiente que guardártelo
Página 42 de 56
34
Volviendo a ser felices
Querer solucionar un problema es más valiente que guardártelo.
La conversación con Javi me dejó una sensación extraña. Por un lado, parecía que estábamos recuperando el pulso de nuestras conversaciones, pero, por otro, aquella última frase sobre mi moto rosa, que aún seguía en la isla, me ponía en alerta respecto a que él continuaba sin tomar decisiones. Volvió a decir que me iba a enviar la moto, algo que llevaba meses sin hacer y, además, no hubo ni rastro de iniciativa alguna para encontrar una solución y venirse a Madrid. La famosa permuta de las narices. Me desinflé, como un globo días después de una fiesta. No obstante, no fue lo único de lo que hablamos. De hecho, aquella conversación me había ayudado a abrir los ojos respecto a mí y a la situación límite en la que me encontraba. Necesitaba salir de esa vorágine en la que estaba y, sin duda, organizar un plan lejos de hospitales me vendría más que bien. Abrí un nuevo chat y añadí a Laux, a Pol y a Sara.
Cena y lo que surja
Laux., Pol vecino., Sara., Tú
Aaamigooos. ¿Qué os parece
si hacemos una cenita
este finde con unas copas?
Pol vecino.
¿Perdona? No serás mi examiga
la rubia pidiéndome que salga
con ella de nuevo, ¿no?
Porque de ser así, la respuesta es sí.
Jajajaja, qué tonto eres.
Pol vecino.
Es que es verdad.
¿Hace cuánto que no salimos
en condiciones?
Laux.
Bueno, la última vez que
hicimos una fiesta acabamos
en urgencias.
Qué bien, Laux, ahora
tengo muchas más ganas
de salir con vosotros.
Pol vecino.
Por favor, saca del grupo
a esta señora ahora mismo.
Sara.
Jajajajajajaja.
Me apunto al plan.
Laux.
Solo aportaba información objetiva.
Pol vecino.
Me da igual. Yo creo que me
voy a beber un vino y me voy
a poner como un puto piojo.
¡Qué exagerado!
Pol vecino.
Ya verás, ya...
Laux.
¡Okey, makey! ¡Venga, que nos va a venir
perfect mover esos culitos!
Laura era muy de meter en los chats palabras en inglés y expresiones de hacía veinte años, por lo menos. En su repertorio estaba el consabido «perfect», «very well, fandango», «Okey, makey», «tomorrow, more» y, por supuesto, «efectiviwonder».
Pues hecho. ¿Vamos al centro?
Laux.
Reservo yo todo.
¡No! Que conozco un sitio
muy bonito al que
quiero llevaros.
Sara.
Cuidado, rubia, que no hay que
perder las buenas costumbres
con Laux.
Pol vecino.
Jajajajaja. ¡Ni las malas!
Aquella noche del sábado fue desestresante para todos. Estuvimos relajados, hubo risas, muchas, grandes confesiones y desahogos, pero, sobre todo, volvimos a ser nosotros.
Había reservado en el restaurante que Javi me sugirió, al que habíamos ido cuando nos conocimos para tomar el famoso brunch. Era precioso, muy instagrameable y estaba de moda, así que tenía todos los ingredientes para que Laux aceptara.
—Este sitio es precioso, zorrubia. Con lo que te gusta Instagram, aquí podemos subir mil fotos.
—Ja, ja, ja. Es que Instagram es de las pocas cosas que me distrae... Me encanta lo de «zorrubia», por cierto. Hacía mucho que no te inventabas un insulto personalizado para mí.
—«Zorrubia» es la mezcla perfecta entre «zorra» y «rubia» —añadió mirando a Pol y Sara por si no lo habían pillado.
—Joder, gracias, Laux. Si no lo explicas, no nos enteramos —dijo Pol con sarcasmo mientras aplaudía.
—Ja, ja, ja. Así soy, generosa hasta con las explicaciones, chiqui.
Laura se rio estrepitosamente. Nunca le molestaba cuando Pol le lanzaba uno de sus ataques cariñosos; todo lo contrario: era la que más se reía. Daba gusto sentirnos así de nuevo.
—Joder, qué ganas tenía de estar copa en mano y brindando. —Elevé mi gin-tonic con la firme intención de buscar un motivo por el que juntar nuestras copas—. ¿Por qué brindamos?
—¿Y por qué no?
Todos nos reímos y chocamos nuestras copas. Pues sí, siempre hay algún motivo por el que brindar.
—Oye, ¿tú no bebes? —le preguntó Pol a Laux, que estaba con una botella de agua.
—Nada de nada. Mañana tengo que estar a primera hora en el curro y quiero llegar fresca como una pera.
—Será como una lechuga —le corrigió Sara.
—Será... —respondió Laux mientras sorbía su botella de agua con una pajita.
Yo sabía que no quería beber por el tratamiento hormonal al que se estaba sometiendo. Laux era muy responsable con todo, y eso no iba a ser una excepción. Entonces, Pol, ese ser doctorado en reconocer las flaquezas de los demás, miró a Laux e hizo una pregunta sin filtro alguno:
—¿Estás embarazada?
—Joder, Pol, dices unas cosas... —respondí, intentando minimizar los daños, pero Laux siguió bebiendo de su pajita y ni se inmutó, lo que dio alas a la imaginación de Pol.
—Vale, eso no, pero casi, por lo que veo... ¿Es porque te estás medicando? ¿Tienes diarrea? ¿Problemas de estómago? ¿Te operas las tetas?
Y Laura explotó:
—Es porque me estoy hormonando para congelar óvulos, cooooooño.
Todo el restaurante nos miró. Si cuando Laura susurra, ya grita, cuando grita puedes denunciarla por alteración del orden público.
—No jodas, ¿y eso? —preguntó Sara ilusionada.
—Es que... Bueno, la rubia ya lo sabe, me ha estado acompañando estas semanas. No he querido contárselo a nadie más porque no quería que nos descentráramos de Lucía. Pero sí, en resumen, voy a congelar mis óvulos para ser madre.
Sara y Pol la miraron mientras masticaban los panchitos del aperitivo a cámara lenta, como si de una película se tratase.
—Pues me parece muy bien —dijo Pol, aportando su granito de arena, o de barro, a la conversación—. No está la cosa como para depender de nadie. Si en un futuro quieres un esperma de calidad, te presto a Jaume. Te van a salir unos hijos guapísimos, pero más secos que un polvorón. No se puede tener todo.
Todas nos tronchamos de la risa y dimos la enhorabuena a la futura madre por su decisión. Ninguno la entendimos como «valiente» o «arriesgada», sino como natural.
—Me parece una decisión muy madura. Alguna vez lo he mirado, pero no me he decidido.
—Pues sí, amiga. Cualquier duda que tengas, aquí me tienes. La rubia y yo nos hemos hecho un máster del universo en vitrificación.
—Vaya, vaya. Lady Susurros y doña Secretitos han estado juntas de excursión sin contárnoslo. Muy bonito. Y yo, mientras, pasando sin pena ni gloria, donde lo máximo que he congelado ha sido mi vida sexual —añadió Pol entre risas.
—¿Qué tal con Jaume? —le pregunté.
—Pues ahí vamos, como dos señores mayores. Llevamos una vida aburrida, vemos series por la noche y sacamos al perro juntos. Follamos una vez por semana a lo sumo. Soy un viejo.
—Ja, ja, ja. Qué exagerado eres.
—Tienes razón: una vez es mucho. A veces ni eso.
Todos nos volvimos a reír.
—Voy a tener que hacer algo para poner sal a mi acomodada vida. Estaba pensando en hacerme un tatuaje de letras chinas que significase algo muy profundo, como un estribillo de Camela o algo así.
—Tatúatelo en las orejas, que es donde más espacio tienes.
Laux iba a saco. Aquello era un «empate a uno» en la batalla dialéctica que estaban manteniendo para nuestro entretenimiento.
—Calla, Lady Susurros, que bastante suplicio es tener las orejas tan grandes y escucharte el doble de alto, con las voces que pegas.
Se acabó el empate. Pol wins. Las risas descongestionan el alma y unen a las personas. Las personas descongestionan las risas y unen las almas.
Cuando nos repusimos, observé que Sara miraba al suelo, como intentando buscar algo que le ofreciera su momento aquella noche. Le tendí una mano, por si quería cogerla. Muy sutil, por si me equivocaba:
—¿Y qué tal tú, cariño? —dije dirigiéndome a ella.
—Marcelo, con el tema del yoga, tiene que ser un chico muy flexible —respondió Pol, fiel a su estilo.
—He empezado a ir al psicólogo.
Aquella frase cortó la broma de Pol e hizo que Laura dejara de reírse. Al instante, le prestaron toda la atención del mundo y se centraron en escucharla. Pol y Laura eran «unos cabras locas», como diría mi madre, pero tenían muchísima sensibilidad para tratar a las personas, y mucho más a alguien como Sara.
—No estoy llevando nada bien la enfermedad de Lucía... No duermo bien, tengo pesadillas en las que aparece llamándome y la busco, pero no la encuentro. Alguna vez me han dado taquicardias de repente, y estoy muy nerviosa. Así que Marcelo me animó a ir a un psicólogo, amigo de su hermana, y he empezado la terapia.
Sara, una persona emocionalmente más frágil que Laux y Pol, desvió la mirada de nuevo hacia el suelo.
—Me ha dicho que tengo ansiedad. De momento, estamos trabajando en identificar síntomas para afrontar las crisis. Poco a poco. Dice que, con tiempo y ayuda, volveré a recuperar mi estado de ánimo.
Laux levantó la cabeza de Sara con sus dedos.
—¿Podemos ayudarte?
—De momento escucharme, que ya es mucho... —respondió.
—Contárnoslo es lo mejor que has podido hacer, cariño —dijo Pol cambiando el tono—. Estuve yendo una temporada y me fue genial.
—¿Tú? ¿Al psicólogo? ¿Cuándo? —le preguntó Laux.
—En el instituto. Recuerdo que me sentía apagado, triste, y mi madre me decía que cómo iba a estar mal si me pasaba el día riéndome... La pobre no entendía nada. Por suerte, se lo conté a una profesora del instituto que me derivó a un especialista. Mi madre no hacía más que minimizarlo todo el tiempo. Le dijo a la psicóloga que no era para tanto, que su hijo era un niño feliz... Eran otros tiempos. Sé que mi madre no lo hizo con maldad, sino por ignorancia.
—No sabes cómo te entiendo —respondió Sara—. Y qué poco han cambiado los tiempos para algunas cosas y para algunas personas, por desgracia...
—¿Y qué pasó? —le pregunté a Pol, preocupada.
—Pues que la psicóloga tuvo que explicarles a mis padres que no había que restarle importancia a mi estado de ánimo ni minimizarlo. Les enseñó a empatizar. Tuvo que hacerles entender que la depresión no tiene que ver con sonreír más o menos. Puedes mostrarte de una manera por fuera y estar hecho una mierda por dentro. Eso pasa cuando ocultas tu estado de ánimo real. Es lo que se conoce como «depresión sonriente».
Sara respiró profundamente al escuchar las palabras de Pol, que la abrazó con fuerza en ese momento.
—Siempre digo que ir al psicólogo es como ir al traumatólogo: vas cuando lo necesitas y punto. Igual que vas al médico si te rompes un hueso y nadie lo cuestiona. No entiendo por qué no está más normalizado ir al psicólogo, si es igual de necesario —dije para remarcar lo importante que era.
—A mí me da apuro decirlo por si alguien piensa que soy una cobarde —dijo Sara.
—Todo lo contrario. Pedir ayuda es justo lo que te hace ser valiente —le dije a Sara mientras ponía la mano sobre su hombro—. Es más, si no te hubiese animado Marcelo, lo hubiera hecho yo, porque últimamente te veía muy triste, y estoy segura de que te ayudará. Querer solucionar un problema es más valiente que guardártelo.
Yo hablaba con Sara, pero a la vez me lo repetía a mí, que en otras ocasiones ya había experimentado los beneficios de ir a terapia y no descartaba volver a hacerlo.
Se hizo un silencio en la mesa. Todos respiramos después de aquel momento intenso donde Sara se había desahogado con nosotros. Creo que se quitó una mochila de veinte kilos de encima.
—Pues menuda noche de sorpresas... Si alguna tiene que contarnos algo más, como que en realidad es una extraterrestre, le ha tocado la lotería o se ha liado con Brad Pitt, que lo diga ahora o calle para siempre...
—¿Y tú cómo estás, rubia? —me preguntó Sara.
—Pues... cansada, como todos, porque a mí también me está pasando factura. Pero de momento creo que con esta terapia de amigas estaré mucho mejor. Ya me ayudasteis una vez con mi padre...
Una lagrimilla quiso asomarse por mi ojo, sin ganas de que lo hiciera en aquel momento.
—A ver, ¡las plañideras! —dijo Pol mientras golpeaba sin parar una botella con una cucharilla—. ¿Otro brindis?
—¡Venga! ¡Por nosotras! —dijo Laux.
—¡Por nosotras! —respondió Pol.
—¿Vamos a un karaoke? —preguntó Sara de repente.
Los tres la miramos desconcertados durante un segundo. Al instante, estábamos en la calle camino de un karaoke que Sara conocía en pleno centro de Madrid. Si la terapia de cantar a pleno pulmón con Lucía por aquella ventana del hospital fue maravillosa, hacerlo en ese karaoke aquella noche fue sanador para todos. Cantamos Camela, Raphael, Rocío Jurado, Abba, Gloria Gaynor, Camilo Sesto... Todos los clásicos de la época de nuestros padres.
Por un momento fuimos felices, olvidando todo cuanto nos rodeaba y que estuviera fuera de aquellas cuatro paredes y del micrófono que teníamos delante. Ya sabéis lo que dicen: cuanto más feliz eres, más te inventas las canciones. Así que nos las inventamos casi todas, no solo las que eran en inglés, sino también las que nos sabíamos.
Al día siguiente me desperté afónica por tanto karaoke, pero relajada a la vez. Me sentí feliz. A Laura le tocaba trabajar en el hospital, así que me dediqué el domingo a mí misma. Me di un baño, ordené el armario, leí, me puse una mascarilla y me pasé horas en Instagram compartiendo memes y subiendo stories. Por fin me estaba reconciliando conmigo y con la vida, tal y como me había sugerido Javi.
Por la tarde, Lucía me llamó desde el coche. Ya estaba de vuelta con Nacho y se la escuchaba muy animada.
—¿Qué tal lo habéis pasado?
—Buaaah, fenomenal. Casi me da un pampurrio cuando vi a mis padres y a mis abuelos.
—¿Un pampurrio? —pregunté extrañada.
—Claro, tía. Un pampurrio, un patatús, un soponcio, un jari, un apechusque, un tabardillo, un telele, un chungo, un pallá, un jamacuco, un yuyu...
—Joder, nunca me había parado a pensar en la cantidad de sinónimos que hay para decir parraque.
—Ja, ja, ja. ¡Así de rico es el lenguaje!
—Ja, ja, ja. Oye, ¿y Nacho, qué tal?
—Bueno, bueno, Nacho un diez. Y no lo digo porque me esté escuchando ahora mismo, que va conduciendo y vamos con el manos libres.
—Ja, ja, ja. Vale, vale. Me hago a la idea. ¿Y cómo te encuentras?
—¡Muy bien! Creo que los corticoides están haciendo su función, pero, no te voy a mentir, estoy deseando quitármelos de encima...
—La consulta era el miércoles a las diez, ¿verdad?
—Eso es. Pero si no puedes venir, de verdad, no pasa nada...
—¡Claro que voy a ir! Y no solo eso: prometo llegar puntual.
Se hizo un silencio en el coche. Estaba claro que los dos conocían ese agujero negro de mi personalidad.
—Bueno, bueno, soy puntual solo para las cosas importantes. En cuanto te pongas bien, volveré a llegar un mínimo de media hora tarde.
—¡Gracias, amiga! Echo de menos que llegues tarde a todas partes.
—Yo también te echo de menos.
Dicen que «echar de menos» es una expresión de origen portugués que proviene del verbo achar, que significa ‘hallar’. «Achar menos», «hallar menos», «encontrar menos». Sentir la ausencia de algo o de alguien.
Creo que es una expresión preciosa y, siempre que puedo, se lo digo a las personas que quiero. De nada sirve echar de menos a alguien si esa persona no lo sabe. De nada serviría sentirlo sin compartirlo con ella, igual que lo compartí con Javi en nuestra última conversación. No hay que guardarse nada.