Contando atardeceres
PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 35. Javi. Ella ya caminó descalza por la isla
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Javi
Ella ya caminó descalza por la isla.
Abrí la puerta del garaje y allí estaba su moto, tapada con una funda, aunque podía intuirse la aleta rosa por uno de los laterales. Le había prometido que se la enviaría al poco de marcharse, y ya habían pasado cinco meses. Los mismos desde que inicié el proceso de búsqueda de la permuta, el cual no terminé.
La última conversación con la niña dejó entrever que, a pesar de los esfuerzos y de lo que sentíamos el uno por el otro, quizá esa especie de prórroga no llegaría a buen puerto. No siempre las cosas acaban como uno espera. No siempre la realidad supera las expectativas.
—Esa moto es de la niña, ¿no? —dijo la yaya Catalina, apareciendo por sorpresa.
—Qué susto, yaya. No te había oído.
—Te asustas porque no estás tranquilo.
Estaba claro que no venía en son de paz.
—Me ha dicho tu padre que fuiste a Madrid a ver a tu madre —me preguntó con intención.
Era raro que mi abuela me preguntase por mi viaje de Navidades en pleno febrero. Algo quería. Era una experta en introducir las conversaciones. Siempre sabía cómo llegar al grano después de acolchar la situación de manera asombrosa. Dicen que la edad y la experiencia son un grado; en el caso de mi yaya, por lo menos eran tres o cuatro.
—Sí, estuve allí en diciembre.
—¿Y cómo está?
—¿Mi madre? Divinamente, feliz en su casa, tomando vinos con las amigas...
—Me refiero a la niña —dijo Catalina—. Porque la verías, ¿no?
Estaba claro que para mi abuela la rubia era una persona importante en nuestra familia; creo que, a veces, incluso más que su nieto. La yaya sabía que mi viaje a Madrid fue una excusa para verla a ella.
—Sí, allí estuvimos. Una de sus amigas está enferma y...
—Sí, sí, ya lo sé. Me lo contó todo —me interrumpió—. ¿Y qué piensas hacer con la moto?
—Pues ya tendría que habérsela enviado. A ver si este fin de semana saco tiempo de una vez...
—No creo que puedas —respondió con vehemencia, mientras cogía una de las mangueras para regar el huerto.
—¿Y eso por qué? ¿Ahora eres tú quien organiza mis turnos? —le dije sonriendo.
—No: es que, si no lo has hecho ya, es porque no quieres hacerlo.
La frase me cayó como una losa. Estaba acostumbrado a sus refranes y expresiones sentenciosas para casi todo, pero eso era nuevo. A sus consejos sobre cómo llevar el huerto, mantener una alimentación saludable y la paciencia que me decía que debía tener con mi padre, ahora se le unía todo lo relacionado con la rubia.
—Yaya, de verdad que no es eso —le dije, intuyendo hacia dónde quería llevar la conversación.
Catalina se quedó en silencio mientras regaba unas espinacas que ella misma se había encargado de plantar. A los pocos segundos, se giró y me apuntó con la manguera y me caló.
—¡Pero yaya!
—¿Te he mojado?
—Hombre, me has puesto perdido.
—Perdona, niño, es que con la edad se me va la cabeza.
—Anda que...
—Se me va tanto la cabeza que pensaba que estaba hablando con una planta sin cerebro y tenía que regarla.
—¡Yaya! —dije, viendo que lo había hecho a propósito.
—Ni yaya ni Catalina ni nada... No le has enviado la moto porque crees que va a volver a por ella y que la convencerás para que se quede. Y eso no va a pasar.
Por un momento, mi abuela Catalina sacó el carácter, unido a un enfado que nunca le había visto.
—Así que espabila y deixà de cercar na María per sa cuina!, que pareces tonto y no recuerdo haberte criado así.
Aquella expresión la había escuchado cientos de veces de su boca. Venía a significar que dejara de complicarme la vida y definía de forma muy clara cuál era su postura y cuál era la mía.
Era verdad que podría haberle enviado la moto en cualquier momento durante esos cinco meses, pero había buscado miles de excusas para no hacerlo. Supongo que, en el fondo, mi yaya tenía razón y aún conservaba la esperanza de que volviera. Yo había regresado de Madrid, pero seguía sin cambiar nada. Como dejando que el tiempo pasase y fuera a solucionarlo todo por combustión espontánea. Como si la permuta fuera a caerme del cielo o como si la rubia fuese a cambiar de opinión y fuese a volver a la isla como si nada hubiese pasado.
—Niño, eres tú quien debe dar el siguiente paso. Ella ya caminó descalza por la isla mucho tiempo.
La yaya Catalina soltó la manguera de repente, dejando que el agua anegase el huerto. Me acerqué a cerrar el grifo mientras ella se marchaba hacia su casa.
—¿Ves? Eres de esas personas que hasta que el problema no tiene solución, no toma decisiones ¿Y para qué sirve entonces? —dijo sin mirarme, mascullando palabras sueltas en ibicenco que mostraban su enfado conmigo como nunca antes. Me dejó con la manguera en la mano, haciendo referencia al charco que inundaba sin remedio aquellas espinacas.
—¡Arréglalo! —dijo antes de perderse en el camino.
Nunca había visto a mi abuela tan enfadada; nunca me había hablado así. Estaba claro que, a pesar de todos mis esfuerzos, algo debía de estar haciendo mal. En el fondo, no quería llegar a esa situación en la que cerrar el grifo ya no fuese la solución.