Contando atardeceres
PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 36. Hay que agarrarse a los días buenos. Eres de quien te acuerdas en los atardeceres
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Hay que agarrarse a los días buenos
Eres de quien te acuerdas en los atardeceres.
Aquella semana empezó con fuerza. A la espera de los resultados del PET-TAC de Lucía que nos darían el miércoles, el lunes acompañé a Laux que terminara su tratamiento. El último paso era la extracción de los óvulos. No me quedó más remedio que pedir unos días de vacaciones para afrontarlo todo, pero la ocasión lo merecía. Si ellas lo hicieron por mí cuando vinieron a Ibiza, devolverles el favor era lo mínimo.
Laura estaba cagada porque nunca la habían anestesiado. Estaba claro que el aplomo que tenía como enfermera era muy diferente al que tenía como paciente. Era normal que se sintiese así.
Cuando salió de la extracción, lo hizo demasiado tranquila. Y no por la anestesia (nunca sabré si le hizo efecto, porque dice las mismas cosas cuando va pedo que cuando va serena), sino porque estaba relajada. Tenía la sensación de sentirse feliz porque había cumplido una especie de deseo. Uno muy importante para ella.
—Me alegro mucho de haber hecho esto y de que estés aquí conmigo —dijo, tumbada sobre la camilla mientras me daba la mano.
La doctora entró y nos explicó que no había surgido ninguna complicación y que la extracción había ido muy bien.
—¿Había muchos huevitos? —preguntó Laux de repente.
La doctora me miró, a punto de reírse. En el diccionario Laux-Español, los huevitos son los óvulos.
—Sí, hemos extraído diez. Es un número muy bueno.
—Qué bien... —respondió Laux más relajada. Su mirada se perdió tras la ventana.
Le acaricié el pelo y le dije que había sido muy valiente, que esperaba que alguna de sus hijas llevara el nombre de la tía rubia y que iba a ser una madre estupenda. Cuando y como ella quisiera. Estaba segura de ello.
Volvimos a casa y Laux se fue a descansar. Yo di parte en el grupo que habíamos creado el sábado anterior porque no quería que Lucía se descentrase. Ya tendríamos tiempo de contarle y celebrar las buenas nuevas de Laux.
Después de completar la primera misión de esa semana, llegó el momento de afrontar la segunda. El miércoles a primera hora recogí a Lucía. Estaba nerviosa, y era normal. Si todo iba bien, supondría dejar los corticoides y volver al ensayo clínico.
Alberto nos despidió como otras tantas veces antes de irse a trabajar y, de nuevo, nos encontramos en aquella sala apagada y tenue. Diría que la estancia estaba incluso un poco más oscura que la última vez, o al menos esa era mi impresión.
Era lo más parecido a entrar en el despacho de la jefa de estudios: las dos sentadas, una al lado de la otra, frente a la doctora, con su enorme mesa de madera de por medio. Las dos mirando al suelo, como quien sabe que ha hecho algo por lo que le van a regañar.
La doctora comenzó a hablar:
—Bueno, Lucía, ¿cómo estás?
—Un poco hinchada —contestó nerviosa.
—Sí, es una reacción normal de los corticoides... Vamos a ver.
La doctora miraba la pantalla del ordenador y algunos informes que tenía en una carpeta.
—Tenemos una buena y alguna no tan buena noticia.
La doctora estaba utilizando la misma fórmula que empleé yo cuando les conté a Sara y Laux por el chat los resultados de las biopsias, lo cual, de inicio, nos dejó intranquilas. Lucía tragó saliva e incluso noté cómo bajaba por su garganta. Ninguna dijo nada. Tras un silencio, la doctora continuó hablando:
—El hígado está mejor. Eso es muy bueno, y quiero remarcarlo porque es muy importante, ¿de acuerdo? Ha reaccionado muy bien al tratamiento de corticoides y ya vamos a comenzar con la pauta para retirarlos.
Ninguna de las dos sabía qué pensar en ese momento. Si el hígado, que era por lo que más temíamos, estaba bien, ¿qué pasaba?
Lucía preguntó.
—Entonces ¿qué está mal?
—A través del TAC hemos detectado unas lesiones en los pulmones.
La doctora puso sobre la mesa unas imágenes en blanco y negro que eran imposibles de entender para cualquier mortal. Señaló algo con la parte del capuchón del boli, intentando hacerse entender.
—Estas manchas de aquí reflejan que el cáncer se ha extendido a los pulmones, sugestivas de metástasis.
Qué palabra más horrible. No creo que haya en el mundo otra que se parezca a esa. Deberían eliminarla para siempre, que dejase ya de existir.
Miré hacia el techo porque pensé que, en ese instante, el cielo se estaba cayendo sobre nuestras cabezas. Creo que incluso cerré los ojos, pensando que todo se iba a derrumbar.
—Vamos, Lucía —dije, aun así—. Siempre hemos encontrado el camino para sortear lo que se nos ha puesto por delante. Encontramos el melanoma; fuimos a por él. Sucedió lo del hígado; fuimos a por ello. Ahora vamos a por los pulmones.
No esperaba que Lucía me contestase. Yo ya había estado sentada en esa silla. En otra sala, en otro hospital, con otra doctora, pero con la misma sensación. Yo ya había escuchado esa horrible palabra, pero el que estaba sentado a mi lado era mi padre. Y ahora era Lucía. Sabía que no se podía reaccionar ante una palabra así de inmediato: sabía que Lucía necesitaría tiempo para digerirla.
—Esta vez no hay ensayo, Lucía. Quiero que sepas que lo que has hecho participando en el ensayo ha sido muy importante y tu ayuda salvará vidas. Lo que te pasó en el hígado es algo que puede suceder con cualquier tratamiento y nos ayudará para seguir investigando. Solo puedo darte las gracias por ello y ahora vamos contigo: esta vez vamos a tener que probar con quimioterapia.
—¿Quimioterapia? ¿Se me caerá el pelo? —Lucía preguntó al instante.
—Cada cuerpo reacciona de una manera distinta, Lucía, pero sí, es muy probable que se te caiga el pelo.
—No te preocupes. Eso es lo de menos —dije intentando apoyarla.
Pero no pudo contenerse:
—¿¡Que no me preocupe!? Mírame. He engordado diez kilos, estoy agotada, a veces me tiemblan las manos cuando como, se me acelera el corazón, tengo infecciones de orina todo el tiempo... ¿Y ahora esto? Joder... No es justo.
Lucía se tapó la cara con las manos y la dejó caer sobre la mesa de la doctora. Con la cabeza metida entre los brazos, las paredes de aquella sala triste, oscura y mohína volvían a escuchar todo el dolor que llevaba dentro.
—Ya lo sé, Lucía. Los efectos secundarios son muy duros —dijo la doctora, siendo comprensiva—. Una vez, una paciente me dijo que le gustaba sentir los efectos secundarios porque quería pensar que aquello significaba que el tratamiento funcionaba —añadió.
Aquella frase hizo que Lucía levantase la cabeza.
—¿Y sigue viva? —preguntó con rabia.
La doctora y yo la miramos. No había dolor en sus ojos, sino resentimiento, creo que con la propia vida.
—Sí —respondió la doctora con contundencia.
—Así que no tendré pelo, pero estaré viva, ¿no? —insistió.
No supimos cómo reaccionar. Ninguna respuesta era adecuada excepto el silencio.
Lucía cerró los ojos y cogió todo el aire que había en aquella habitación.
—¿Cuándo empezamos?
—Lo antes posible —reaccionó la doctora—. Las compañeras te darán una cita para que comiences mañana mismo, si quieres. Ven en ayunas. Te vamos a poner un dispositivo para empezar con el tratamiento.
—Vale —contestó, y no dijo nada más.
Lucía y yo salimos de la sala y caminamos por inercia hasta administración para solicitar el calendario de citas. No vimos a nadie y nadie nos vio a nosotras, a pesar de que el hospital estaba atestado de gente. El mundo se había detenido por segunda vez en aquella sala.
Bajamos al parking en silencio. Hice cola frente a la máquina dispuesta a pagar, cuando Lucía abrió la boca por primera vez. Sin mirarme, dijo que tenía que ir al baño y que la esperase en el coche. Creo que necesitábamos unos minutos a solas para asimilarlo.
Con la mirada perdida, caminé sola hasta el coche en un trayecto de apenas cien metros que se me hizo eterno. Escuchaba el eco de mis propios pasos retumbar en aquellos techos agobiantes y veía mi propia sombra bajo los fluorescentes, cabizbaja y amenazante.
Cuando llegué, abrí la puerta, dejé los informes y las citas en el asiento trasero, coloqué las manos en el volante y... exploté.
Sentada en el asiento del conductor, no pude soportarlo más y comencé a gritar, a llorar lo más fuerte que pude, mientras golpeaba el volante con toda la rabia que tenía acumulada. Lo hice tantas veces y con tanta fuerza que me disloqué la muñeca. No aguantaba más. Meses y meses conteniendo emociones hicieron que explotara en el parking de un hospital en mitad de la nada. Supe que Lucía estaba haciendo lo mismo tras la puerta del baño público. Las dos por separado, para que ninguna viese el sufrimiento de la otra.
Cuando llegó, abrió la puerta del copiloto y se sentó sin más. Apretaba la mandíbula con fuerza. Se podía notar la tensión en su boca y, aun así, no dijo nada. Yo tampoco. No había mucho que decir, solo contenernos para afrontar lo que se nos venía.
No pude evitar recordar el camino que recorrí con mi padre en el coche cuando nos dieron la misma noticia. También fue en silencio y yo conducía. Recuerdo aquel día porque, cuando llegamos a casa, mi padre me dijo que iba a seguir haciendo todo lo que le gustaba, pero con más ganas, pues sabía que quizá le quedaba menos tiempo.
Las enfermedades suelen ofrecernos una enseñanza, y es que no hay que esperar a que la vida te dé un susto para que te des cuenta de lo importante que es disfrutar del tiempo y no perderlo.
Me puse muy triste. No pude evitar pensar que en ese instante mi amiga podría estar sintiendo aquella desoladora sensación.
Cuando llegamos a casa de Alberto, Lucía recogió los informes y se bajó del coche. Quise decir algo que la consolase, que pudiera demostrarle mi apoyo, pero no encontré las palabras. Me miré la muñeca: estaba bastante hinchada.
—Anda que cómo tienes la muñeca... Igual tienes que ir al médico —me dijo con cara de preocupación. Era increíble lo buena persona y amiga que podía llegar a ser. Acababa de recibir una noticia desastrosa y se preocupaba por mi muñeca.
—Nada, no te preocupes. No es nada.
—No, tú también tienes que cuidarte. Aquí nos tenemos que cuidar todas. Gracias por haber estado ahí conmigo. Ahora... quiero estar sola y pensar. O no pensar; quizá sea mejor no pensar. Pero prefiero hacerlo sola. ¿Lo entiendes?
—Claro que lo entiendo, cariño. Luego te llamo. Y, por supuesto, mañana te acompaño —le dije con contundencia.
—Gracias, amiga...
—Habrá días buenos y días menos buenos, Lucía, pero estaremos en todos.
—Te quiero, amiga.
Lucía caminó hacia el portal. Cuando estaba a punto de entrar, se dio la vuelta.
—Jooooder, he pisado una caca de perro. ¿Es que este día de mierda no se va a acabar nunca?
No pude evitar reírme, fruto de la tensión acumulada.
—¿Con qué pie ha sido? —pregunté asomada por la ventanilla del coche.
—Tía, ¿qué más da?
—A ver, Lucía, hay una superstición que dice que, si la pisas con un pie da buena suerte, pero si es con el otro, es mala.
—Pues ha sido con el derecho...
—¡¡Bien!! Buena suerte entonces.
—Pues menos mal, porque si la llego a pisar con el izquierdo, igual me cae un piano encima.
Lucía se alejó mascullando, con restos de caca de perro en la suela derecha. No sabía si la buena suerte consistía en haberla pisado con el derecho o el izquierdo, pero en ese momento creí conveniente inventármelo... ¿Acaso importaba? La suerte a veces tienes que buscártela: no creo que esté escrita en una caca de perro.
Durante la tarde recibí llamadas de Nacho, Laux, Sara, Pol y, por supuesto, de Javi. Y tuve que mantenerme fuerte para escuchar cómo todos y cada uno de ellos explotaban por teléfono al conocer la noticia. Cada uno a su manera, en silencio, gritando o buscando culpables. Y a todos me tocó darles ánimos, cuando ni siquiera podía encontrarlos para mí. Lloré al colgar a cada uno, pero me mantuve fuerte durante las llamadas. Y es que creía que así debía ser, puesto que derrumbarnos juntos no nos llevaría a ningún sitio más que a una demolición colectiva.
Todos necesitamos al lado a alguien más fuerte en los momentos duros. En mi caso, ese alguien fue Javi.
Cuando le conté lo ocurrido, no dudó en cogerse el primer vuelo de Ibiza a Madrid. Apareció sin avisar en la puerta de casa de Laux esa misma noche.
—¡Javi! ¿Qué haces aquí?
No respondió. Solo me abrazó tan fuerte que parecía que quería llevarse mi tristeza a su cuerpo. Tan fuerte como me tocaba ser a mí.
—Lo siento mucho, niña, de verdad. Venir es lo mínimo que podía hacer. No sabes lo mucho que me pesa todo esto. La forma en la que he actuado, no sé, creo que no estoy haciendo bien las cosas ni contigo ni con Lucía ni con nadie. Perdóname... —Javi hablaba de manera atropellada.
Le interrumpí.
—Tranquilo... Estás aquí, ya está. Eso es lo importante. —Le pasé la mano por el pelo y se calmó.
Dentro de mí, una parte muy grande, enorme, se alegró muchísimo de verle. Le necesitaba y ahí estaba. Solo podía pensar en Lucía, pero tener el apoyo de Javi me ayudaría a afrontar los días siguientes.
—¿Y esa muñeca? —preguntó al verla hinchada.
—No es nada.
Javi me miró y respiré profundamente.
—Esta noche querría quedarme aquí, si quieres, claro, y mañana acompañaros al hospital. Quiero estar a vuestro lado. A tu lado, ¿lo sabes?
Asentí, reconfortada por sus palabras y su presencia.
Esa noche, cuando Javi se quedó dormido en mi habitación, me fui sigilosamente a la de Laux, que estaba de guardia. Como cuando vivíamos en mi piso y salía de casa con los tacones en la mano para ir a trabajar y no despertarle. No dormí con él: no porque no me apeteciera, sino porque directamente no dormí. Estuve en vela sin poder calmarme y no quería que sintiese la angustia que arrastraba.
A la mañana siguiente, nos fuimos juntos al hospital. Alberto llevaría a Lucía y nos encontraríamos allí. Javi se fue a la cafetería mientras Lucía y yo, a solas, nos despedíamos antes de que un celador se la llevara a quirófano, ya que tenían que ponerle un catéter Port-a-Cath. La doctora nos había explicado que era un dispositivo que se coloca bajo la piel del pecho para minimizar las molestias y complicaciones cuando te ponen un tratamiento intravenoso continuo. Por desgracia, yo ya lo conocía. Se estaba reproduciendo el mismo proceso que seguí con mi padre. Sabía cómo era el tacto de la piel abultada tras aquel aparatito por donde le entraría la «droja».
Salió de quirófano en una camilla empujada por Nacho. Javi y yo estábamos esperando en la habitación, juntos, de la mano.
—¡Javi! ¿Qué haces aquí? —se sorprendió Lucía, que aún llegaba algo anestesiada.
Al instante me di cuenta de que Lucía se podría alarmar al verlo allí. Podría pensar que yo estaba mal, que ella estaba muy grave... Por un momento pensé que no había sido buena idea, pero Javi contestó enseguida:
—Pues me han llamado para decirme que había una emergencia... Un gato en un árbol. Y que necesitaban un bombero...
Nacho sonrió y Lucía se extrañó. Aún no estaba consciente del todo, y no terminó de entenderlo.
—¿Por un gato has venido desde Ibiza? —preguntó, con la miniborrachera de la sedación aún en el cuerpo.
—Es que es un gato muy famoso —dijo Nacho tranquilizándola mientras le acariciaba el pelo para que se relajase.
—Joder con el gato. ¿Quién es? ¿Garfield...? —concluyó Lucía ante la sonrisa cómplice de todos.
Javi siempre le quitó importancia a su trabajo. Como si salvar vidas fuese algo que tenía que hacer, algo inherente a su persona. Se quitó importancia con lo del gato, como siempre hacía, con el tacto que siempre había demostrado. No pude evitar mirarle de nuevo, con aquella admiración platónica que en su día sentí al conocerle, ante esa respuesta que tanto ayudó a mi amiga en aquel momento.
Aquella misma tarde la mandaron para casa, con el aparatito a través del cual empezaría a recibir la quimio colocado, lista para comenzar el camino de nuevo.
Puesto que aún quedaban unas horas para que Javi se marchara, decidí llevarle al aeropuerto y pasar el tiempo con él hasta que saliera su vuelo. Nos sentamos en una de esas cafeterías que hay antes de la entrada hacia la zona de embarque, donde el café se sirve en vaso de cartón y los menús son con patatas fritas de bolsa.
—Siento tener que irme tan pronto. Salí corriendo ayer y no he podido avisar ni cambiar turnos ni nada... —se excusó Javi.
—No te preocupes. De verdad, que hayas venido significa mucho para mí.
—Me gusta escuchar que aún significo algo para ti.
—Por supuesto, pero no «algo»: significas muchísimo.
Javi no pudo controlar el bosquejo de una sonrisa de felicidad en su cara y yo continué hablando:
—Nuestro problema no es que no nos queramos, Javi, nuestro problema es que no conseguimos enfocarlo bien —dije intentando no abordar el tema otra vez. Ya lo habíamos hablado muchas veces.
Javi asintió y yo resoplé, algo agotada de nuevo. La muñeca me palpitaba, así que me llevé la otra mano hasta ella y Javi lo notó.
—No tenías que haberme traído. No deberías conducir con la mano así. Dime que vas a ir al médico.
—Pero yo quería traerte.
Javi me miró a los ojos; me llamó por mi nombre, lo que no solía hacer, y me preguntó:
—¿Estás bien?
Le devolví la mirada y respondí con una frase que en su día aprendí de mi amiga Lucía:
—Qué quieres: ¿la verdad o una mentira?
Después de aquella pregunta que no nos llevaba a nada, me vine abajo. No lloré, porque no me quedaban lágrimas. Estaba seca, pero el agotamiento hacía tanta mella en mí que mi cinturón emocional había dado varias vueltas a mi cintura. Javi dejó que continuara hablando.
—Pues no estoy bien, Javi. Estoy muy lejos de estar normal, así que imagínate la distancia a la que estoy de estar bien —me sinceré—. Estoy acojonada. Tengo tanto miedo que a veces me paralizo sin querer, porque todo esto me recuerda a mi padre. Es como si estuviese viendo la misma película y ya conozco el final.
—No digas eso, porque no es así.
—¿No es así?
—No, no es así —insistió—. Sé que lo estás pasando mal, pero tienes que pensar que, gracias a tu padre, tienes la experiencia necesaria para ayudar a Lucía. No sabes lo importante que es eso.
Bajé la mirada y lo vi. Los últimos rayos de sol entraban por uno de los grandes ventanales de la terminal e incidían sobre unos paneles de vidrio, dejando caer sobre nuestra mesa un pequeño y tenue arcoíris. No podía ser más que una señal de mi padre. Javi tenía razón: gracias a él sabía que en el camino de la quimioterapia había días buenos y días no tan buenos, y de esa forma pude darle ese consejo a Lucía. Gracias a mi padre, sabía valorar los días buenos como nadie. ¿Y si era una señal de que todo iba a salir bien?
—Creo que tienes razón. No lo había visto así, pero siento que mi padre está conmigo.
Javi se mantuvo en silencio, respetando mi momento. Tenía una educación exquisita para identificar cuándo una persona necesitaba hablar sin interrupciones. Hay muy pocas personas con esa sensibilidad.
—No te lo había contado hasta ahora, pero... Cuando mi padre se fue, llovía... mucho. Aquella tarde hubo una tormenta tremenda y yo no dejaba de llorar. Cuando pude parar, más por cansancio que por falta de ganas, vi un arcoíris precioso. Era enorme, y parecía que nacía bajo mis pies. Lo tenía encima. Como ahora. —Señalé el pequeño arcoíris que manchaba la mesa y llegaba hasta mi maltrecha muñeca—. Siempre aparece un arcoíris cuando más lo necesito. Incluso tú me enviaste uno en una de tus fotos la primera Navidad que estuviste aquí. Y yo vi uno la noche que llegamos a Ibiza, reflejado en mi copa, en tu casa.
—Ya sabes que yo también creo en las señales. —Javi puso la mano sobre mi muñeca, quedando suavemente manchada por el reflejo del arcoíris sobre sus nudillos—. Así que aprovecharé cada arcoíris y cada atardecer para pensarte. Y estoy seguro de que esto es una señal de que todo va a salir bien. Te lo prometo.
Miramos la hora y vimos que estaba en el límite para pasar el control y llegar hasta la puerta de embarque.
—¿Cómo era tu frase? La de los nudos de la garganta que se desenredan cepillándotelos...
Javi me arrancó una sonrisa con aquella mezcla de palabras.
—Los nudos del pelo se deshacen peinándotelos y los de la garganta, llorando —respondí.
—Pues gracias por desenredar mis nudos —dijo mientras varias lágrimas se escapaban por sus mejillas en una carrera hacia su boca, llorando como nunca le había visto hacerlo. Quizá ni él mismo lo había hecho.
Nos abrazamos y nos despedimos con los mismos sentimientos encontrados que la última vez. Con la sensación de querer estar juntos, pero sin poder. Javi se dio la vuelta antes de entrar en el control de acceso.
—Tenía una frase en quechua para este momento, pero... no recuerdo cómo se decía —dijo, cabizbajo.
Sonreí con ternura.
—Si esto fuese una película romántica, te habría salido la frase en el momento.
—Pero tú y yo somos de verdad, mi niña.
Javi me sonrió por última vez mientras avanzaba en la cola. Por un instante deseé que la luz del aeropuerto se viniese abajo, como nos pasó la vez que nos conocimos en Ibiza, y tuviera que quedarse unas horas más en Madrid. Pero no pasó.
Cuando estaba en el coche a punto de arrancar, me llegó un mensaje.
Javi Ibiza.
Sunquypim apakuyki.
Busqué el significado de aquella frase: «Te llevo en mi corazón».