Contando atardeceres

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PARTE IV. LOS TIEMPOS DE LA ESPERA » 37. Saudade. Sentimiento, próximo a la melancolía, que implica el deseo de extrañar algo que no sabes si volverá

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Saudade

Sentimiento, próximo a la melancolía, que implica 

el deseo de extrañar algo que no sabes si volverá.

Hubo tres cosas que, durante los meses siguientes, siempre llevaba en la mochila: mi libreta, algo sin gluten para comer y el móvil con el cargador. Pasaba muchas horas en salas de espera mientras Lucía recibía el tratamiento. Esos días, mi vida se dividía en trabajar y estar sentada en una silla de plástico de hospital.

En aquellos tiempos de la espera pasé muchas horas con el móvil, en redes sociales. Seguía escribiendo frases de humor en Twitter, que luego me llevaba a Instagram o viceversa. Compartía memes y la vida de una rubia anónima, pizpireta e irónica, una rubia feliz, a la cual doté de una energía positiva con el fin de trasladar la felicidad a mi vida real. No mentía: siempre que escribía, lo era. Hacía de mis desdichas del día a día una virtud: si me tropezaba por la calle, lo contaba en Twitter y lo achacaba a que era rubia, en vez de a los zapatos de tacón, ya que a su favor hay que decir que también me tropiezo descalza. Busqué la forma de hacer reír a los demás como válvula de escape durante aquellos meses tan duros, entendiéndolo como una manera sana de mantenerme a flote. El humor te hace bloquear el resto de los sentimientos y, durante el tiempo que escribía en redes, me olvidaba de todo: hospitales, salas de espera y tratamientos desaparecían de mi mente por un instante. Conectaba con la gente en redes, igual o más que con las del restaurante. Construí un espacio divertido con una comunidad de personas siempre dispuesta a reír y con un nexo de unión muy claro: unos valores compartidos. Todo ello me hacía muy feliz en tiempos muy duros y me daba energía para transmitir esa misma felicidad a quienes me leían.

—Ya vas con mochila, como las madres —me dijo Laux un día—. En mi curro, todas las mamis llevan mochila en vez de bolso.

—Es que las madres son muy prácticas. En una mochila puedes llevar más cosas y es más cómoda. Por no hablar de lo ideal que es la mía, con tachuelas —le respondí, mostrándosela.

—Ja, ja, ja. Además, con lo que tú eres, te puedes echar a la mochila tus problemas y los de los demás. Incluso tienes hueco para los de algún desconocido —me dijo Laux con sorna.

—Qué perra eres...

—¿Cómo has visto hoy a Lucía? —me preguntó, como era ya costumbre cuando volvía del hospital.

—Pues no muy bien, la verdad. Lo está pasando mal. Entre lo del pelo y el mal cuerpo que tiene... Hoy estaba en la sala de espera, me ha llamado porque se ha puesto a vomitar y nos hemos tenido que ir antes...

—Pobrecita mía...

—Ya no sé cómo animarla, tía. Intento hacerla reír y a veces lo consigo, pero al rato vuelve a estar jodida.

—Es normal que esté así, rubia. Es un palo muy grande y, aunque ella quiera estar bien anímicamente, es imposible porque el cuerpo no la acompaña.

—Ya lo sé, pero es desesperante no poder hacer nada. Y lo peor es que conozco esa sensación porque con mi padre pasaba igual. Te sientes inútil, porque no encuentras la manera de que se sienta mejor, cuando ella solo quiere que estés ahí, sin más.

—Necesita que la acompañemos. Que nos sienta cerca es lo mínimo y lo máximo que podemos hacer ahora. No le exijamos más. No nos exijamos más.

No sabéis lo duro que era. Si hay algo que ahora, con el paso del tiempo y con perspectiva, puedo afirmar con certeza es que conseguimos sobrevivir porque estábamos juntas.

Hay una diferencia entre vivir y sobrevivir. Cuando vives, conjugas todos los verbos: bailas, ríes, amas, lloras... Cuando sobrevives solo estás, vas y vienes.

Uno de los días en los que Sara acompañaba a Lucía, Nacho me llamó al trabajo. Se notaba por su voz que estaba muy abatido y tenía urgencia por hablar. Me dijo que si podía acercarme al hospital cuando saliese de la oficina. Aunque no era lo que más me apetecía, por supuesto que eché una piedra más en mi mochila y fui.

Me encontré con un Nacho desbordado por la situación. Es un chico fuerte, pero todos tenemos un límite emocional. Estaba empezando a sentir un desgaste que nos tenía a todos sobrecogidos.

Cuando llegué aquella tarde, lo encontré en la cafetería, dando repetidas vueltas con la cucharilla a un café que ni siquiera había probado. Le saludé con una leve sonrisa y me senté frente a él. Se le veía cansado. Antes de que pudiera preguntarle cómo estaba, se adelantó:

—No sé qué hacer. Está mal y no tiene ganas de nada...

Tomé aire. Una vez más de las cientos de veces que lo había hecho en estos interminables meses.

—Ya lo sé, Nacho. No es fácil para ella —dije, ofreciéndole toda la comprensión del mundo.

—Ya sabes que soy una persona que busca soluciones para todo y me agobia muchísimo no poder ofrecerle ninguna.

Siempre he pensado que las buenas personas son las que, ante un problema, buscan la solución y no al culpable. Así había sido Nacho desde que le conocí.

—Últimamente solo pienso en pasar el mejor tiempo posible con ella. No se me ocurre otra manera.

—Lo sé. Soy celador y debería estar acostumbrado a esto, pero no puedo.

—Es que es Lucía, Nacho: nuestra Lucía —dije consolándole mientras le acariciaba la cara—. No podemos venirnos abajo, nos necesita. Así que tienes que encontrar la manera de cuidarte para poder cuidarla.

Nacho levantó la cabeza y cambió el semblante por un segundo.

—Me han llamado de otro hospital para dibujar otros murales...

—¡Eso es maravilloso, Nacho! Ojalá algún día todas las plantas infantiles de los hospitales estuviesen decoradas así.

—Ojalá no existiesen esas plantas. Pero sí, ojalá —dijo sonriendo con un tono melancólico—. Por cierto, he añadido algo nuevo al mural. ¿Quieres verlo?

—¡Claro!

Nacho me llevó hasta la planta donde nos encontramos por primera vez después de tantos años. Nos volvimos a situar en el centro de la habitación y señaló una pequeña zona donde aparecían dos chicas, una morena y otra rubia, tumbadas en el césped junto a una piscina... Como hacíamos Lucía y yo los domingos en aquellos pueblos a los que íbamos a trabajar.

—Estoy seguro de que volveréis a tomar el sol juntas.

—Es precioso, Nacho —respondí.

—Lucía me contó cómo os conocisteis y todas vuestras andanzas. Eres como una hermana para ella.

No pude contenerme. Nacho me abrazó y nos consolamos mutuamente.

—Gracias por haber venido.

—Gracias por estar siempre a su lado.

Nos despedimos, despertando de nuevo en mí sentimientos como la melancolía o la nostalgia por todo lo que en mi adolescencia había vivido junto a él, pero ya sin tristeza ni rencor. Solo un cariño inmenso. Recordando que, meses atrás, me había impactado verle de nuevo frente a mí, reviviendo las marcas de felicidad que nos dejamos en el pasado.

Era inevitable asociar a Nacho con buenos tiempos, aquellos del instituto donde un problema se solucionaba leyendo el test de la Super Pop y donde en la mochila lo único que llevaba eran libros y un billete de veinte euros para emergencias.

En aquellos últimos seis meses habíamos madurado a la fuerza. De la noche a la mañana nos convertimos en señoras que llevan mochila en vez de bolso, olvidando apreciar los momentos sencillos de la vida y que tanto echaba de menos. Esos que se pueden dibujar en un mural para niños: dos chicos sonriendo en una moto, unos amigos comiendo un bocadillo de tortilla o dos amigas tumbadas al sol... Esos momentos que pasan desapercibidos en nuestras vidas hasta que los recuerdas con nostalgia.

Hay una palabra, proveniente del portugués, que expresa a la perfección esa sensación: saudade. Es el sentimiento, próximo a la melancolía, que implica el deseo de extrañar algo que no sabes si volverá.

A veces, por ejemplo, no echas de menos a un ex, ni siquiera te plantearías volver con él, pero recuerdas con nostalgia el tiempo que compartisteis en el pasado.

«Ojalá mañana pudiese despertarme en mi cuarto de adolescente, con dieciséis años y un día de instituto por delante», pensé.

Mediría lo mismo y tendría las mismas tetas, pero no sentiría tanta presión en el pecho.

Como al día siguiente me desperté en el cuerpo de una mujer de treinta y un años, me dispuse a enfrentar el día como una adulta: desayuné cereales mientras veía dibujos animados.

Tenía el móvil en silencio y hasta pasados unos quince minutos no me percaté de que tenía una perdida de Sara. Rápidamente le devolví la llamada, pero no lo cogió. Sabía que esa mañana era ella quien acompañaba al tratamiento a Lucía, y Sara no es muy fan de las llamadas, así que debía de ser algo importante.

Después de veinte minutos de tensión, con llamadas y wasaps constantes, por fin conseguimos contactar.

—¿Qué pasa? —dije un tanto alterada.

Sara identificó mi preocupación y se apresuró a tranquilizarme.

—Perdona, es que estaba con Lucía y la doctora. No podía coger la llamada.

Aquello me pilló por sorpresa, ya que ese día no tenía programada una cita con la oncóloga.

—Era para decirte que hemos entrado en la consulta de la doctora porque la han llamado para evaluar cómo está funcionando la quimio. Quieren hacer pruebas para ver cómo está la mancha del pulmón: otro PET-TAC y analíticas muy concretas.

—Joder, por fin. Esperemos, por favor, que los resultados salgan bien. Tiene que funcionar.

—Sí, por favor. Crucemos los dedos. Le harán las pruebas y dice que en unos días lo sabremos.

Los tiempos de la espera, otra vez. Siempre ahí, consiguiendo joderte la mañana, el día, el mes y ya casi medio año. Sentía que había perdido un lustro de mi vida a la espera de resultados y citas médicas.

 

 

 

El tiempo es caprichoso. Hay veces que tenemos la sensación de que todo avanza más deprisa de lo que quisiéramos: las vacaciones, la cola del supermercado en la que no estás, el amor... Y luego están los tiempos horribles en que todo se detiene y va a cámara lenta.

De todos esos tiempos, los más duros a los que me he tenido que enfrentar son los intervalos que transcurren hasta recibir los resultados de pruebas médicas. Ese lapso supone una barra libre para preocuparse por cosas que quizá no sucedan. En nuestro caso, tras la racha de malas noticias que llevábamos, no sabía a qué escenario enfrentarme.

Tiempos de espera que eran tiempos para la desesperación.

Aguardamos con prudencia durante los siguientes días. Nadie escribió en el chat y no hicimos por vernos las cuatro juntas. Por supuesto, mantuve el contacto con Lucía e incluso conseguí que saliéramos a dar un paseo.

—¿Nos vamos a dar un paseíto? Acompáñame, que necesito despejarme, por favor.

Lucía se quedó en silencio al otro lado del teléfono. Suspiró.

—Está bien. Sacaré mi mejor turbante del armario y cenaremos en un indio para no desentonar.

Por fin, un poquito de Lucía en estado puro. Aunque no se le había caído el pelo por completo, su preciosa melena estaba sufriendo las consecuencias de la quimio, así que mi querida amiga salía con algunos pañuelos preciosos que le compramos a juego con unos pendientes brillantes que resaltaban las orejas y su preciosa cara morena. Ella decía que solo le faltaba una joya en la frente para participar en una de esas películas de Bollywood.

—¿Vamos al templo de Debod?

—¿Por qué quieres ir allí?

—Porque tengo la intuición de que hoy habrá un lindo atardecer y me gustaría verlo contigo.

—Tú lo que quieres es una foto para Instagram y para tu libreta de atardeceres, perra, que nos conocemos.

—Sí, pero esta vez será contigo.

Madrid nos regaló uno de los atardeceres más difíciles que haya contemplado. Difícil porque las fotos no hacían justicia a lo precioso que era. Esa tarde, junto a Lucía, no solo conseguí que nos tumbáramos en el césped descalzas a admirarlo, sino que me propuse comenzar de nuevo con mi rutina de dejar constancia del paso del tiempo. Aquel día a las 19:21, en concreto. Nos hicimos una foto juntas con el atardecer y su paleta de colores anaranjados como testigo.

—¿Sabes a partir de qué momento del año el sol empieza a ponerse más tarde cada día? —le pregunté mientras disfrutábamos de la puesta.

—Pues supongo que a partir de primavera, ¿no? Dentro ya de muy poquito —respondió.

—¡Qué va! A partir de diciembre: justo ahí los días empiezan a ser más largos.

—¡No jodas!

—Sí, mira. Tengo algunas anotaciones que he tomado en Madrid. Son solo días sueltos. No he tenido tiempo... —dije, excusándome, mientras le mostraba mi libreta con notas de los últimos meses—. A principios de diciembre el sol se ponía sobre las cinco y cuarenta y ocho. Durante diez días seguidos se puso a esa hora. En cambio, a partir de la segunda semana, el sol se ocultó un minuto más tarde.

—Te has vuelto una loca de los atardeceres desde Ibiza; lo sabes, ¿verdad?

—Ja, ja, ja. Y tú del horóscopo desde que tienes uso de razón, pero hay que querernos así.

—Pues también es verdad.

—¿Sabes lo que más me gusta? Creo que, cuando los apunto en mi libreta, los ordeno y los observo con el tiempo, los hago un poco míos.

—Pues guarda bien esa foto juntas, porque hoy, aquí, soy tuya, amiga.

Hice el intento de mostrársela, pero no quiso verla.

—Este recuerdo nuestro, ahora es solo tuyo. Te pertenece —di­jo Lucía sonriéndome—. La veré cuando todo esto pase y entonces, solo entonces, sabremos que todo ha quedado atrás.

Lucía se volvió hacia el ocaso sobre la zona sur de Madrid mientras me quedé admirándola, no por la valentía con la que se enfrentaba a la situación, que no la lucha; ya que aquello no era una batalla, sino la vida. Desprendía fuerza y fe en sí misma. Volvimos a casa un poco más llenas de luz.

 

 

 

Dos tardes después, no pude acompañar a Lucía a recoger los resultados, aquellos tan importantes y definitivos, ya que un tema de trabajo urgente me retuvo fuera de Madrid.

Fue Sara quien la acompañó, mientras yo esperaba aquella llamada, ansiosa en mi hotel. Cuando apareció su nombre en la pantalla del móvil, salté como un muelle de la cama y lo cogí al primer tono. Al otro lado de mi teléfono, Sara estaba llorando como nunca la había oído. No podía hablar. Lloraba con una intensidad que le impedía casi respirar, tan fuerte que temí incluso por ella y por unas noticias que me harían recordar aquella tarde de por vida.

—¡Rubia! ¡Rubia! —consiguió pronunciar, a duras penas.

—Sara, por favor, dime qué pasa —le grité, perdiendo los nervios.

—¡No es metástasis! ¡No hay metástasis!

Y el mundo se detuvo. Por completo. Y mis pulmones también, que no quisieron respirar durante unos segundos.

Sentí un escalofrío tan profundo sobre mi cuerpo al escuchar aquellas palabras que estuve a punto de desmayarme. Me dejé caer sobre la cama de aquel hotel como si mi cuerpo pesara doscientos kilos, con el teléfono pegado a la oreja escuchando, ahora sí, las risas de Sara mezcladas con su llanto... de felicidad.

—Resulta que, al mirar el PET-TAC, se han dado cuenta de que la mancha en el pulmón tenía el mismo tamaño.

—¿Qué tiene eso de bueno? —pregunté contrariada.

—Pues que, si fuese metástasis, tendría que haber disminuido o crecido, pero el hecho de que siga tal cual los ha llevado a pensar que no es metástasis. Además, no sé qué han dicho de que no hay captaciones... Y eso es bueno. Muy bueno.

—Pero ¿es posible? —pregunté, más contrariada aún.

—No lo sé, rubia, pero no creo que los médicos se atrevan a decirte algo tan positivo si no están seguros... Dicen que tienen la certeza de que son lesiones... Ay, joder, no me acuerdo del nombre... Lesiones de «sarconosequé» o algo que empieza por «sarco» o «sacro», creo que era. Luego te lo lees en el informe. Pero, vaya, que es que además de verlo así en las imágenes, habían medido no sé qué en la analítica y ha salido muy alterado, con lo cual, no es metástasis, es lo otro, aunque hay que seguir haciendo pruebas. Me explico fatal, ya lo sé.

—No, cariño, te explicas de maravilla —le dije, sin poder contener las lágrimas, contagiándome de su felicidad.

Llamé a Laux en cuanto colgué para ver si podía arrojarme un poco de luz sobre lo que me había contado Sara. Estaba exultante y, aunque era una profesional de bandera, su voz se quebraba al explicármelo, fruto de la alegría.

—Lo que aparentemente tiene Lucía son lesiones sarcoideas. Pero tendrán que confirmarlo con una biopsia. He preguntado a un especialista neumólogo compañero del hospi y me ha dicho que son un tipo de lesiones que nada tienen que ver con el cáncer. Es una noticia increíble.

Bienvenidas sean las alarmas que trajeron una segunda oportunidad para todas nosotras.

Después de una ronda completa de llamadas en las que fui eliminando todas las piedras que llevaba en mi mochila con nombres y apellidos, solo me quedaba por hablar con Lucía, mi Lucía, Luchi.

—Rubia...

—Dime, cariño.

—Que no es... —No le salía la palabra y, en el fondo, tampoco quería pronunciarla.

—Ya lo sé... Me lo ha dicho Sara. No sé cómo describirte lo feliz que estoy por ti. No puedo.

—Gracias por estar ahí, amiga. Gracias —dijo mientras nos emocionábamos de nuevo.

—Y ahora, ¿qué pasa? —pregunté, recuperando el aliento.

—Una prueba en el quirófano... Quieren estar al cien por cien seguros y van a analizar lo de los pulmones.

—¿Otro pedo de anestesia? —dije con el risanto por bandera.

—Ja, ja, ja. Mira, esa es la mejor parte, pero por otro lado te digo que estoy hasta el mismísimo coño de entrar en el quirófano, hablando mal y pronto. Estoy por empadronarme allí —bromeó Lucía, recuperando su carácter.

Aquello suponía un tiempo más de espera. Otro más, pero lo afrontamos con una energía diferente. Con una fuerza de la que ya no teníamos intención de apearnos hasta saber que se cumplían todas las buenas noticias de aquel día.

 

 

 

Cuando llegó el momento, todos quisimos estar presentes en aquella cita con la vida. Podrían habernos despedido de nuestros trabajos, que no nos la hubiésemos perdido por nada del mundo. Lucía y yo volvimos a entrar en aquel despacho, mientras los demás esperaban en la cafetería. El día definitivo que empezaría a marcar un antes y un después en aquel camino áspero y abrupto que habíamos comenzado meses antes.

Aquel día, el sol debería haber entrado rabioso por la ventana, pero la habitación seguía estando tenue, como de costumbre. Las dos estábamos sentadas, esperando a la oncóloga, como en otras ocasiones, cuando Lucía se levantó de aquella silla de madera vieja, con fuerza, y abrió las cortinas de par en par. La luz inundó aquella sala vieja y la llenó de vida. Incluso abrimos las ventanas para escuchar el ruido exterior, la vida que caminaba tres plantas más abajo. Ya no parecía oscura y fría, como otras veces. La primavera estaba llegando también al interior de aquella estancia como lo hacía en nuestros cuerpos. Cuando la doctora entró, se sorprendió, sonrió y no dijo nada. No hacía falta. Lo había entendido.

—¿Tuviste molestias con la broncoscopia, Lucía?

—Un poco al día siguiente, pero no pasa nada...

Lucía había estado muy molesta tras la prueba. Durante varios días no pudo casi ni tragar por las molestias que le causaron los tubos que insertaron en su garganta para llegar a sus pulmones. Pero yo supe que en ese momento no quería hablar de ello. Iba al grano. Estábamos tan intranquilas por lo que la doctora pudiera decirnos que ninguna molestia o dolor estaba por encima de los resultados.

—Es lo que pensábamos. La mancha en el pulmón, sugestiva en un principio de metástasis, no era tal, sino que es una lesión sarcoidea.

Sonreímos con emoción, pero contenidas. Aunque Laux nos había avanzado los posibles escenarios, teníamos muchas preguntas para terminar de entender lo que estaba pasando.

—¿Y esas lesiones son graves? —dijo Lucía.

—¿Por qué le ha salido eso en el pulmón? —añadí.

—¿Es porque fumaba? —insistió.

—A ver, vamos por partes. El ensayo clínico, como sabéis, era un tratamiento de inmunoterapia que potenciaba el sistema inmunológico para que fuera este el que desarrollase la actividad antitumoral. Por eso, en ocasiones hay reacciones inmunológicas contra el tejido propio. En el caso de Lucía, su sistema inmune atacó el pulmón, provocando unas lesiones que seguramente sean reversibles o, al menos, estables. Vamos a tener que observarlas de cerca. A partir de ahora empezaremos a llevar tu caso desde distintas áreas para tenerlo todo muy controlado.

—Entonces... ¿No hay metástasis? —preguntó Lucía, intentando buscar la frase definitiva que desterrara para siempre esa palabra de su vida.

—No... —dijo la doctora sonriendo.

Las dos tomamos aire, pero volvimos a la carga:

—¿Y el resto?

—¿El hígado?

—¿Y el melanoma?

Con tanta pregunta me di cuenta de que aún teníamos demasiados frentes abiertos, pero al menos habíamos eliminado uno de los más peligrosos de nuestra hoja de ruta.

—El hígado sigue en valores normales: no tenemos por qué preocuparnos. De hecho, vamos a seguir bajando la pauta de corticoides hasta quedarnos en lo mínimo para, después, retirarlos del todo. Pronto empezarás a perder líquidos y a encontrarte mejor.

—¡Hostias! —dijo Lucía, sin poder controlarse.

—¡Tachamos también lo del hígado! —añadí, abrazándola con fuerza.

—Tengo una noticia más —dijo la doctora.

Las dos nos volvimos hacia ella, cambiando el gesto. Por probabilidad, no estábamos acostumbradas a que todo saliera bien.

Pero la doctora continuó sin rodeos:

—El melanoma está localizado y ha reaccionado tanto a la inmunoterapia como a la quimioterapia. Hay que volver al ensayo, esta vez controlando especialmente el hígado para que no nos vuelva a pasar lo mismo. Y esperando que sea el último intento.

Lucía se quedó en shock. Estuve a punto de pellizcarme para ver si estaba en un sueño. Lucía comenzó a llorar.

—¿No me voy a morir? —preguntó.

—Pues en algún momento de tu vida sí, como todos, pero no va a ser ahora —dijo la doctora, sonriendo.

Una respuesta comedida que daba a entender lo justo para que Lucía fuera feliz con ella.

—Gracias, doctora. Gracias.

—Gracias a ti, Lucía. Estás haciéndolo muy bien, y vamos por el buen camino. De hecho, estamos llegando al final. Enhorabuena —dijo tendiéndole la mano.

Salimos de aquella sala como la primera vez. Sin decir una palabra, sin ver a nadie y sin que nadie nos viera, a pesar de que el hospital estaba lleno, pero con una emoción en nuestro pecho muy diferente.

Llegamos a la cafetería y no hizo falta decir nada. Todos se levantaron y lloraron de alegría a nuestro alrededor. Todos. Nacho, Sara, Laux, Pol, Jaume y Alberto. Y Javi e Iván en videollamada desde Ibiza. Todos. El tiempo de la espera nos había dejado un trago tan amargo durante tantos meses que el buen sabor de boca final fue compartido justo cuando, por fin, se acercaba la cuenta atrás para el verano.

Recorrimos juntas el camino al parking con una sonrisa que nos ocupaba el noventa y nueve por ciento de la cara. Volví a detenerme en la cola para pagar, pero esa vez Lucía no fue al baño. Cuando inserté el ticket, eran las 11:11.

—¡Son las once y once! —le dije a Lucía emocionada—. Dicen que hay que pedir un deseo.

—Yo ya los he cumplido todos esta mañana y tú estabas a mi lado —dijo ella con una gran sonrisa—. No puedo pedir más que tenerte siempre a mi lado.

Cerré los ojos con fuerza y pedí otro deseo, aferrándome al ticket. Nunca olvidaríamos aquella hora: guardé aquel cartoncito con ella impresa para siempre.

Porque, desde aquel momento, supimos que los deseos podían hacerse realidad, que siempre son mejores si son compartidos, y que quizá, solo quizá, aquella señal del arcoíris en el aeropuerto realmente significaba que todo iba a salir bien.

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