Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 38. Un año de aprendizaje. Para avanzar hay que soltar

Página 47 de 56

38

Un año de aprendizaje

Para avanzar hay que soltar.

Sin duda, había sido el año más intenso de mi vida. Y eso que tenía un claro competidor con el anterior. A pesar de todas las circunstancias que me rodearon, el resumen parecía sencillo: Javi había vuelto a aparecer y, tras unos meses conviviendo, pedí una excedencia para acompañarle unos meses a Ibiza cuando él tuvo que volver, hasta que la enfermedad de Lucía me devolvió a Madrid para estar junto a ella. Me reencontré con Nacho, mi primer amor de la adolescencia, y ahora Lucía y Nacho están juntos. Mi amiga Laura congeló óvulos para ser madre soltera y Sara dio un paso adelante en su relación con Marcelo. Además, pasamos por todo tipo de obstáculos con la enfermedad de Lucía hasta que por fin conseguimos llegar a la meta. La verdad es que, echando la vista atrás, nuestras vidas habían sido de todo menos sencillas. A todo esto había que sumarle mi relación con Javi... ¿Os preguntáis que cómo estábamos? Pues no sabría deciros, la verdad. Estábamos sin estar, lo cual no podía seguir así. Después de toda esta vorágine que me había arrasado el corazón, dejándolo lleno de escombros, y ahora que por fin estaba reconstruyéndolo, Javi era la última espinita clavada, la última pequeña herida que tenía que conseguir curar para volver a intentar ser feliz.

Aquel año de aprendizajes, señales, despedidas y nuevos comienzos había hecho mella en mí y me había cambiado, acercándome a la persona que era en ese momento. Porque ahora soy otra mujer, una versión actualizada de la que era entonces y una versión mejorable de la que seré mañana.

Si algo había aprendido de toda la experiencia acumulada en esos meses fue a no guardarme ningún «te quiero». No dudaba en regalárselo a mis amigas, a mi familia e incluso a Javi a pesar de nuestra distancia, porque, no nos vamos a engañar, seguía queriéndolo y mucho. Había asimilado lo necesario que es saber valorar lo importante y relativizar todo lo que no lo es.

 

 

 

Durante aquel año, me había agarrado muy fuerte a los días buenos para que los malos me pillasen con mucha energía. Y es que la vida va un poco de eso: de atesorar momentos y de contar atardeceres, pensando que serán el preludio de un día mejor.

En el mes de mayo las tardes empezaron a reclamar su espacio frente a la noche; entraba más luz por la ventana y el último atardecer que había apuntado en mi libreta marcaba las 21:13, una hora que ya comenzaba a sonar a verano. Las faldas eran más cortas, sin medias, y las camisetas de tirantes, con una chaquetita a lo sumo, por si refrescaba a última hora. El entusiasmo había vuelto a nuestros armarios y a nuestras vidas, dado que Lucía evolucionaba bien. Se notaba lo recuperada que estaba porque volvía a ser ella en todo su esplendor, con su famoso sincericidio renovado y actualizado.

—¿Tú has visto lo blanca que estás? —me dijo una tarde mientras tomábamos una caña en una terracita—. Me tengo que poner gafas de sol para mirarte.

Lucía. Treinta y dos años. Uno setenta y cinco de estatura; delgada, morena. Buen gusto para vestir. Tauro y, recordemos, sincericida de apellido. Me gustaba que hubiera recuperado su carácter, claro signo de que volvía a ser ella, pero igual hubiese preferido que lo hubiese hecho un poquitín menos.

—Gracias por tu apreciación, pero tengo espejos en casa: ya sé que estoy blanca —respondí contundente.

La verdad era que no tenía ni casa, era la de Laux, por lo que sus palabras me calaron hondo y no precisamente porque me dijera que estaba blanca, algo que obviamente sabía de sobra y me daba igual, sino porque mi respuesta me recordó que seguía llevando una vida de prestado. Aquella era otra espinita que me impedía salir de una situación en la que había entrado el verano anterior con Javi y que había arrastrado durante todo el invierno por la falta de tiempo: no tener mi propia casa.

El sincericidio es lo que tiene: puede hacer daño más allá de las palabras porque no sabes en qué situación se encuentra la otra persona.

Sonreí forzada. Sabía de sobra que no lo decía a malas, pero no pude enmascararlo. Lucía lo notó rápidamente e hizo algo en lo que pocas veces le había visto tomar la iniciativa: recular.

—Tienes razón, no te tenía que haber dicho eso —se disculpó para mi sorpresa—. Perdóname, te lo he dicho de broma, pero es normal que te haya podido molestar. Tengo que cambiar esta actitud de mierda. Y más todavía después de lo que he pasado con el sol, que no lo voy a volver a ver ni en pintura —dijo con un halo de tristeza.

«Esto sí que no me lo esperaba... ¡Lucía retractándose!», pensé.

—No pasa nada, Lucía, todas te conocemos y te queremos así... Y por supuesto que veremos el sol juntas. Con una sombrilla hortera y protección, como debe ser. —Le coloqué la mano en la rodilla en un gesto de cariño.

—No, rubia, sí que pasa. Conocíais a la Lucía de antes, la de antes del bicho. Ahora la vida me está dando una segunda oportunidad y las cosas tienen que cambiar, empezando por mí.

Se mostró convencida de sus palabras. No como cuando dice que va a desayunar todos los días aguacate y acaba comiéndose unas porras.

—Tampoco te fustigues, que no pasa nada. Sé que no lo dices a malas, que te sale solo. Es... la confianza.

—Dicen que la confianza da asco.

—También dicen que madrugar es de guapas y mírame: hoy me he levantado a las seis y estoy hecha un asco.

Ambas nos reímos como siempre lo hacemos. Libres de miedos y ataduras. La mejor manera.

—¿Y si te aplicas la regla de los cinco segundos? —añadí, aprovechando su nuevo estado de ánimo.

—¿Qué regla es esa?

—Una que dice que nunca debes decirle a nadie nada sobre su persona que no pueda cambiar en cinco segundos.

—¿Como por ejemplo?

—Pues, por ejemplo, puedes decirle a Sara que lleva papel higiénico en el tacón o que tiene lechuga entre los dientes. Incluso a Laux que baje la voz, porque es algo que puede cambiar dentro de esos cinco segundos. Pero si vas a decirle algo que pueda afectarle y que no va a poder modificar en ese tiempo, como que está blanca, que no le queda bien un vestido o que ha engordado o adelgazado... es mejor que te lo calles.

—Joder, rubia, sabes más que el puto horóscopo chino, coño. Me encanta. Me la aplico ya mismo. ¿Me perdonas?

—Eso es algo que podemos hacer en cinco segundos, ¿no?

—¡Y en menos!

Lucía me abrazó con cariño. Estaba blandita, y no me refiero a su cuerpo, sino a su corazón. El bicho, como ella decía, sin duda había cambiado parte de su carácter, aunque seguramente algún ramalazo del antiguo conservaría de cara al futuro.

—¿Cuánto nos queda de tratamiento? —dije, como había hecho desde el principio, implicándome en el proceso.

—Una semana y seré libre —añadió tocándose la cabeza—. Mira la pedazo de calva que tengo aquí... —Se señaló una parte del cuero cabelludo donde no tenía pelito.

—Eso no es nada comparado con mi blanco nuclear. Pero ¿a que me quieres igual?

Lucía sacó del bolso sus gafas de sol sin responder y se las puso delante de mi cara.

—Sí, aunque aléjate, anda, que me deslumbras —dijo mientras las deslizaba por su nariz y me guiñaba el ojo antes de colocárselas, como una auténtica diva, en un ramalazo made in Lucía, cinco segundos después del abrazo. Creo que tenía que entrenar un poco más la regla antes de ponerla en práctica.

—¿Viene a buscarte Nacho? —le pregunté.

—Sí, estará a punto de llegar.

—Bueno, pues yo me voy. He quedado para ir al gimnasio con Laux.

—Hombre, no me mientas. Si quieres irte para no coincidir con Nacho, vale, aunque creía que lo teníamos superado. Pero mentirme a la cara diciendo que vas al gimnasio...

—Ja, ja, ja. Qué imbécil eres. He quedado para apuntarme. Si consigo ir, será todo un logro.

—Eso sin duda.

—Ah, y me alegro mucho de que seas feliz con Nacho, idiota del higo.

—Yo también te quiero —respondió Lucía sonriendo.

Sinceramente, me reconfortaba profundamente que Nacho se hubiese convertido en su escudero y no solo en el hospital. Todo lo que habían pasado juntos les había unido muchísimo y verlos tan enamorados me provocaba una felicidad que estaba por encima de mi pasado con él. Fue un ejercicio difícil, lo reconozco, pero ver a mi amiga, mi hermana, sonreír cuando Nacho entraba en la habitación me lo puso mucho más fácil.

Siempre he dicho que una persona normal nunca soportaría esa tensión y estrés durante tantos meses. Solo alguien que ama a otra persona por encima de todo sigue a su lado sin condiciones en un momento tan delicado. No olvidemos que se conocieron en una habitación de hospital, al que todavía seguían yendo a menudo y que sin duda no era el mejor lugar para iniciar una relación. Pero Nacho siempre había sido generoso; siempre había puesto por delante las necesidades de los demás a las suyas, como ya hizo conmigo y con su familia en la adolescencia.

 

 

Y es que, por increíble que pareciera, con la vida volviendo a la normalidad, intenté incluir en ella alguna rutina sin sobresaltos. Algo ligero. Ya había tenido bastante en los meses anteriores y tocaba reposar. Cuando Laux me propuso que me apuntara al gimnasio con ella, me pareció una buena idea para empezar con otras actividades lejos de los hospitales, aunque quizá igual de duras para alguien que no tenía contacto con el deporte desde el instituto.

—Rubia, no querría ser yo quien te dijese esto, pero comprar ropa de deporte no te convierte en deportista —dijo Laux al verme aparecer un día con un nuevo conjunto de mallas y top con detalles fluorescentes para bajar al supermercado.

Fruncí el ceño y la miré contrariada.

—¿Y lo bien que me queda? Ojalá hiciese tanto deporte como ropa deportiva tengo...

—¡Naaaaaaaada! Esas mallitas están pidiendo a gritos mover el culo y las bubis —dijo mientras hacía una especie de estiramiento que desconocía por completo—. ¡Anímate y apúntate conmigo! Vengaaaaa... ¡Nos lo pasaríamos genial! Porfa, porfa, porfa, porfaaaaaa.

Laura es muy insistente cuando quiere. Aquella tarde le prometí que me apuntaría, no que fuera a ir, así que en ese momento estaba a punto de cumplir mi promesa.

Al día siguiente de aquella conversación, porque las cosas con Laux no se pueden posponer más de un día, fuimos a su «gimnasio de confianza», como ella decía. Como si fuera un restaurante o una peluquería. Entramos por aquella puerta como dos auténticas divas. Ella, perfectamente conjuntada con unas mallas largas negras y un top deportivo negro con detalles rosas. Las zapatillas a juego y el pelo tras una cinta del mismo color, obviamente. Yo, por supuesto, no me quedaba atrás a la hora de combinar un azul marino con un coral, a juego con una manicura del mismo color.

—Venga, vamos a dar una putivuelta por el gimnasio y te enseño para qué sirve cada máquina.

—No sé si me veo capaz... —respondí, abrumada por una sala llena de gente sudando que me miraba como a una extraña dentro del que era su hábitat.

—¡Vengaaaa, amigaaaaa, vaaaamos! —gritó mientras me arrastraba, enseñándome el funcionamiento de cada uno de los aparatos por los que pasábamos, sin que mis neuronas retuviesen ninguna de las instrucciones que me daba. Me sentía como cuando te presentan a varias personas de un grupo y te dicen sus nombres: al medio segundo no eres capaz de acordarte de ninguno.

Cogí el móvil y la grabé poniendo en marcha la cinta de correr. Así, cuando quisiese subirme a ella, si es que algún día lo hacía, tendría sus instrucciones.

—Eres una alumna muy aplicada, pero no sufras porque si tienes cualquier duda, se la puedes preguntar a Marc. ¡¡¡Chiqui!!! ¡¡¡Chiquiiiii!!! Aquííííííí, ¡¡eeeeoooooooooo!!

Laura comenzó a mover los brazos llamando al tal Marc a pleno pulmón. Cuando pensaba que lo de pasar desapercibida en mi primer día se iría al traste, algo sorprendente ocurrió: nadie nos miraba. «¿Por qué?», os preguntaréis, con las voces que estaba dando. Pues por una sencilla y lógica razón que nunca se me hubiese ocurrido pensar hasta aquel momento: todo el mundo conocía a Laux y a sus amígdalas en ese gimnasio desde hacía años. Estaban con los cascos a tope o habían perdido un porcentaje de audición y habían quedado inmunizados a sus encantos. Les había ganado la batalla a todos en un KO por agotamiento.

No había visto nunca a gente más prevenida y preparada para afrontar una hora y media con ella en unas instalaciones con una sola salida.

—Encantado, soy Marc. —Se presentó educadamente un chico de unos veintipocos años, rubio, de ojos azul turquesa, vestido con una camiseta de tirantes y pantalón corto negro. Mazadísimo, por supuesto.

—Es Marc, «musculitossssss» para los amigos —dijo Laux, marcando mucho la ese, riéndose con la boca muy abierta y tocándole el bíceps.

Sinceramente, creo que no estaba preparada para aquello.

—Tu amiga es la reina del gimnasio.

—Sí, sí, y de la discreción.

—Nada, nos tiene acostumbrados, a la fuerza... —respondió mientras los tres nos reíamos.

Aquella tarde Marc fue muy amable conmigo en todo momento, mostrándose comprensivo ante mi notable falta de experiencia con aquellas máquinas.

—Venga, no tengas vergüenza. Todos hemos tenido una primera vez en el gimnasio y no pasa nada. Estamos aquí para que tengas ganas de volver —dijo mientras me sonreía cómplice, consiguiendo que me relajase por primera vez desde que había cruzado aquella puerta—. Si te apuntas y no vuelves, el que habrá fracasado seré yo —sentenció.

Buen punto de vista. Siempre había pensado que el hecho de apuntarme al gimnasio y no ir era culpa mía, pero visto así... ¡era culpa suya!

—Gracias. La verdad es que la idea esta vez es venir de verdad. Aunque sea una vez a la semana.

—Claro que sí, poco a poco. Tu amiga, ahí donde la ves, también empezó viniendo poco —dijo refiriéndose a Laux, la cual, obviamente se sintió ofendida.

—Bueno, bueno, Marc, no inventes, que para ti ir «poco» al gimnasio es venir cinco días a la semana —respondió defendiéndose como gato panza arriba.

—¡No me asustes a la muchacha, joder, que estoy siendo amable!

—Ya os digo que cinco días a la semana no voy a venir. No hay nada que yo haga cinco veces a la semana que no sea respirar, comer o aparcar mal.

—Ja, ja, ja. Lo bueno de las bicicletas estáticas es que no hay que aparcarlas.

—Y lo bueno de hacer pesas es que no hay que esforzarse porque están todas hechas ya, ¿no? —dije sonriendo, haciendo un pequeño guiño a su comentario con uno de mis mejores chistes.

Creo que este, junto con el chiste que contó Iván en la fiesta que ya le había contado a Javi en Ibiza, eran mis mejores bromas con temática gym. Noté que Marc no terminó de pillarlo porque sonrió levemente, haciendo como que saludaba a alguien al fondo, dejándonos a solas frente a la cinta de andar.

—Al lío —dijo Laux mientras arrancaba aquel invento del demonio.

«No puede ser tan difícil», pensé.

Al fin y al cabo, consistía en caminar, y eso sí sabía hacerlo, al menos cuando no me había tomado un par de copas de vino y obviamente no iba con tacones.

Laux comenzó a tocar tres o cuatro botones con una combinación imposible de memorizar para mí, dejándome la máquina programada flojito para que me fuese acostumbrando. Ella se puso en la de al lado con un nivel bastante más rápido, lo cual era sorprendente porque no le impedía hablar. Era como ver a una atleta caminar junto a su abuela. No hace falta que diga quién de las dos era la abuela.

Hay cien cosas que hubiese querido probar antes en mi vida que montarme en una cinta de andar en un gimnasio, pero la verdad es que fue una experiencia muy gratificante porque era una forma maravillosa de poder hablar y hacer ejercicio a la vez. Empezaba a gustarme la idea.

—Bueno, tía, ahora en serio: qué bien que estés aquí. Ya era hora de que te dedicases tiempo sin estar con el móvil delante todo el día.

—Toda la razón, amiga. La verdad es que al principio me ha dado un poco de vergüenza, pero ahora, fíjate, ¡estoy sudando!

—Ja, ja, ja. Es que sudar mola. Te quita todo el estrés.

—Ojalá, porque menudo año... —contesté respirando profundamente como si intentase deshacerme de todo lo vivido en los últimos meses.

—¿Y con Javi cómo va todo?

—No sé, Laux... Creo que bien... o no. O sí... La verdad es que no paro de darle vueltas.

—Pero ¿cuál es el problema? ¿Ya no hay eso que os unía tanto?

—Nos queremos muchísimo, eso está claro, y encajábamos a la perfección en la convivencia, que ya de por sí es complicadísimo, pero...

—Pero ¿qué? —respondió rápidamente.

—Pufff, tía, si te digo que lo único que me molestaba... —Me detuve un momento al darme cuenta del tiempo verbal que había empleado—. Joder, qué jodido es hablar en pasado de todo esto.

Hice otra pausa para coger aire de nuevo, en parte por el ejercicio y en parte por la tristeza que me había invadido al darme cuenta de cuánto tiempo había pasado.

—Coge aire, hija, que te va a dar un chungo.

—Pues eso. Que lo único que me molestaba o me molesta de él es que, cuando se ducha, lo deja todo empapado...

—¿Solo eso? —preguntó Laux entre risas.

—Eso y su incapacidad para tomar decisiones, lo cual le llevó a romper la promesa que me había hecho. Yo puedo entender que no encuentre una permuta, pero lo que no puedo perdonarle es que ni siquiera hiciera el intento de buscarla.

—Bueno... Lo primero se arregla con una fregona. Lo segundo... —Laura dejó la frase en el aire.

—Lo segundo tiene poca solución, Laura, porque ya no sé si está en su mano... —dije con cierta tristeza, sabiendo que no había nada que yo pudiese hacer para revertir aquella situación—. Por lo demás, y es lo que más me jode, da gusto estar a su lado. Es generoso, dulce, cariñoso, inteligente, gracioso... Pero da igual lo que sea: lo que importa es dónde está. Y ahora mismo está en Ibiza.

—Tía, ¿sabes qué? Creo que sois unos valientes.

—Déjate de coñas, anda.

—Te lo digo totalmente en serio. Sois unos valientes porque al menos lo habéis intentado. Iván y yo ni siquiera hicimos eso... —dijo Laura afligida.

—Bueno, lo nuestro fue la casualidad de encontrarnos en Madrid...

—Mira, no te engañes: no fue una casualidad. Él lo tenía muy pensado. Además, acuérdate de que te llamó y no se lo cogiste... ¿Que fue potra lo del restaurante? Sí, pero que él quisiera verte en todo momento es lo que hizo que las cosas pasaran.

La verdad es que nunca me había parado a pensar en aquello de esa manera. Siempre lo había visto como una señal, una casualidad del destino, pero empecé a pensar que había mucho más detrás en lo que quizá yo no había reparado. De todas formas, era innegable que en aquel momento la situación estaba muy lejos de ser la misma que hacía un año, básicamente porque había un mar, literalmente, entre nosotros. Y eso era insalvable.

—Bueno, fuera como fuese... Creo que ya es tarde. —Empecé a jadear, ya que me costaba hablar mientras caminaba por la cinta, mientras Laux apenas había empezado a sudar.

—Yo, amiga, perdona que te diga, pero creo que deberías darle una vuelta a todo esto de Javi. Mira que lo último que quiero es que te vuelvas a Ibiza, pero...

Segunda frase abierta de Laura. La cosa se ponía seria.

—Creo que no, amiga. Mi vida está aquí —dije de manera contundente, intentando cerrar la conversación, cosa que Laura no estaba dispuesta a dejar que pasara.

—¿Y se lo has dicho?

—A ver, en Navidad nos marcamos el verano como fecha «tope» para que él volviese. Ya estamos casi en junio y no hay noticias de que tenga pensado volver...

—Bueno, tía, pero habla con él, déjaselo claro. Yo creo que ninguno de los dos os merecéis perderos cuando ya os habéis encontrado.

—Me fascina cómo eres capaz de soltar estas frases lapidarias así, a catorce kilómetros por hora, si yo voy a nueve y llevo la lengua fuera.

 

 

 

Así es Laux, capaz de hacerte reflexionar con un juego de preguntas como el «¿Y si fueras?» o con frases sentenciosas en la cinta de andar de un gimnasio mientras sudas la gota gorda. Siempre lo he dicho y no me cansaré de repetirlo: Laux puede parecer superficial, pero con ella he tenido las conversaciones más trascendentales de mi vida. Y sé que eso solo ocurre cuando estamos ella y yo a solas, porque delante de los demás, como ella dice, tiene una «reputación que mantener».

Aquella conversación me había dejado un poco tocada porque decir las cosas en voz alta no es lo mismo que soportarlas a solas en tu mente. Pronunciar las palabras hace reales las preocupaciones. Y, más temprano que tarde, tendría que enfrentarme a ello.

Ir a la siguiente página

Report Page