El recuerdo de aquella experiencia se desvaneció en cuanto me reincorporé a mi puesto de trabajo y proseguí con mi anodina existencia. Cuando, pasado ya algún tiempo, me acordé de lavar la ropa del viaje, descubrí varias briznas de hierba en el dobladillo del pantalón.
Aquello debió de plantar también algún tipo de semilla en las profundidades de mi inconsciente, pues en el solitario desierto de mi alma sin duda brotó un cambio. Al principio era una sensación apenas perceptible, soterrada. Podía, por ejemplo, al final de otra agotadora jornada de trabajo, apreciar la delicadeza de la brisa nocturna acariciándome el rostro. Empecé a fijarme en el canto de los pájaros. Llegaba incluso a pararme en el paso elevado que había de camino a casa para ver el atardecer dando paso a la noche, que envolvía la ciudad… Seguía viendo un mundo gris, pero salpicado aquí y allá de vívidos detalles, detalles que no cesaban de multiplicarse.
Al percibir este cambio en mí, volví a pensar en ella.
Se colaba en mis pensamientos cuando estaba ocioso, incluso en mis sueños. Una vez tras otra la veía en aquella angosta cabina, con aquel traje espacial de tan peculiar aislamiento… Poco a poco, esos detalles fueron perdiendo importancia y mi mente se concentró en otro objeto: aquel lápiz que había visto flotar en gravedad cero al lado de su cabeza. Por alguna razón, todavía lo veía flotando y girando frente a mí cada vez que cerraba los ojos.
Por fin, un día, estando yo en el gran vestíbulo del centro espacial, al pasar por el lado de un mural gigante que había visto innumerables veces, algo llamó mi atención. El mural era una foto del orbe azul de la Tierra visto desde el espacio. En cuanto la imagen de aquel lápiz que no podía apartar de mi mente se superpuso a la del mural, oí su voz: «No soporto estar encerrada».
Una chispa se encendió de pronto en mi cerebro: ¡Claro! ¡El espacio no era el único lugar con gravedad cero!
Corrí escaleras arriba como un loco y aporreé la puerta del director, pero no estaba. Guiado por lo que parecía una premonición, fui volando hacia la habitación donde se guardaban los ojos y allí lo encontré: estaba mirando a la chica por la pantalla. Seguía encerrada en la misma cabina sellada, con el mismo traje «espacial». La imagen estaba congelada. Casi con toda seguridad, se trataba de una grabación.
—Está aquí por ella, supongo —me dijo el director, sin apartar la vista del monitor.
—¿Dónde demonios está? —pregunté exasperado. Mi voz resonó en las paredes de la sala.
—Me parece que ya lo ha adivinado. Es la tripulante de la Ocaso VI.
De pronto todo tenía sentido. Abrumado, me desplomé sobre la alfombra.
El proyecto Ocaso tenía previsto lanzar diez naves, desde la Ocaso I hasta la Ocaso X. Sin embargo, después del desastre de la Ocaso VI, el proyecto se había cancelado. Sus misiones exploratorias eran como tantas otras que las precedieron; seguían los mismos procedimientos básicos que cualquier misión de un centro espacial, pero con una particularidad: las naves del proyecto Ocaso no se dirigían al espacio exterior, habían sido diseñadas para internarse en las profundidades de la tierra.
Siglo y medio después del primer vuelo espacial, la humanidad comenzó a plantearse la posibilidad de explorar en dirección opuesta. Las terranaves de la línea Ocaso eran su primer intento.
Cuatro años atrás, yo había visto el lanzamiento de la Ocaso I por televisión. Fue a altas horas de la noche. Una cegadora bola de fuego iluminó el corazón de la cuenca de Turfán; su luz fue tan poderosa que las nubes del cielo nocturno de Xinjiang brillaron con los colores del amanecer. Para cuando la bola de fuego se desvaneció, la Ocaso I ya estaba bajo tierra.
En el centro del boquete abierto había ahora un lago de magma fundido. Blanca de cómo ardía, la lava borboteaba lanzando brillantes columnas al aire. A lo largo de toda la noche, mientras la terranave atravesaba las capas internas del planeta, se sintieron temblores hasta en la lejana Urumqi.
Todas y cada una de las cinco misiones iniciales del proyecto Ocaso completaron con éxito sus viajes subterráneos y regresaron a salvo a la superficie de la Tierra. La Ocaso V estableció un récord al llegar más lejos de lo que cualquier humano había viajado jamás por debajo de la superficie del planeta: tres mil cien kilómetros. La geofísica moderna había llegado a la conclusión de que la frontera entre el manto y el núcleo de la Tierra se encontraba a una profundidad aproximada de tres mil quinientos kilómetros, una zona conocida entre los expertos como «discontinuidad de Gutenberg». La Ocaso VI no iba a traspasar aquel límite, pues hacerlo significaba penetrar en el núcleo de hierro y níquel, donde la densidad de la materia circundante aumentaría de forma abrupta y exponencial a niveles que iban más allá de lo que el diseño de la Ocaso VI era capaz de soportar.
El viaje de la Ocaso VI comenzó sin contratiempos. La terranave tardó dos horas en cruzar la zona de transición entre la corteza y el manto de la tierra, también conocida por el nombre de Moho. Después de descansar sobre la placa tectónica euroasiática durante cinco horas, inició su lento viaje de más de tres mil kilómetros a través del manto.
Los viajes espaciales son quizá solitarios, pero al menos los astronautas pueden contemplar la infinitud del universo y la majestuosidad de las estrellas. En cambio, lo único que tenían los terranautas que viajaban por el interior del planeta para guiarse era una creciente sensación de densidad.
Lo único que podían deducir al mirar los monitores holográficos de la terranave era el deslumbrante resplandor del magma hirviente que seguía su estela. A medida que la nave se hundía, el magma volvía a solidificarse, sellando instantáneamente el camino que había forjado.
Uno de los terranautas describió así la experiencia: cada vez que cerraban los ojos, sentían cerrarse el magma detrás de ellos, aprisionándolos. Aquella sensación los perseguía como un fantasma y los hacía conscientes de la cantidad cada vez mayor de materia que presionaba su nave. Era una sensación claustrofóbica difícil de comprender para quienes estaban en la superficie, pero que torturaba a todos y cada uno de los terranautas.
La Ocaso VI seguía completando con éxito todas sus investigaciones. Con la nave viajando a unos quince kilómetros por hora, alcanzaría la siguiente profundidad prevista en veinte horas. Sin embargo, al cabo de quince horas y cuarenta minutos de viaje, recibieron una alerta del radar del subsuelo: había detectado un aumento repentino de densidad en sus proximidades, que pasaba de 6,3 gramos por centímetro cúbico a 9,5. La materia circundante ya no estaba formada por silicatos, sino compuesta por una aleación de hierro y níquel. Tampoco era sólida, sino líquida.
A pesar de que solo habían alcanzado una profundidad de dos mil quinientos kilómetros, todas las señales parecían indicar que la Ocaso VI y su tripulación habían entrado en el núcleo del planeta.
Más tarde sabrían que habían encontrado una fisura en el manto terrestre que conducía a su núcleo. La fisura se había llenado de aleación líquida a alta presión de hierro y níquel procedente del núcleo. Por eso, la discontinuidad de Gutenberg había llegado hasta mil kilómetros más cerca de la trayectoria de la Ocaso V.
De inmediato tomaron medidas de emergencia para cambiar de rumbo. Y justo durante ese intento se produjo el verdadero desastre.
El casco de la nave era lo suficientemente fuerte como para soportar el repentino aumento de presión de mil seiscientas toneladas por centímetro cuadrado. Sin embargo, la terranave estaba compuesta por tres partes: un motor de fusión en la proa, una cabina central y un motor de tracción montado en la parte trasera. Cuando intentaron cambiar de dirección, la parte que unía el motor de fusión con la cabina principal se fracturó por culpa del aumento de densidad y de la presión de la aleación líquida de hierro y níquel, mucho mayor de lo que establecían los parámetros operativos de la nave. Las imágenes transmitidas desde el comunicador de neutrinos de la Ocaso VI mostraban cómo el motor delantero se separaba del casco para ser engullido al instante por el brillo carmesí del metal líquido. El motor de fusión de la Ocaso expulsaba el chorro que deshacía el material por el que debía abrirse paso la nave; sin él, apenas iban a avanzar una pulgada a través de las sólidas capas internas del planeta.
La densidad del núcleo de la Tierra era sorprendentemente alta, pero los neutrones del casco de la nave resistieron. Como la flotabilidad creada por la aleación líquida de hierro y níquel no excedía el peso muerto de la nave, la Ocaso VI comenzó a hundirse hacia el núcleo de la Tierra.
La humanidad no había estado en disposición de plantearse viajar a Marte hasta siglo y medio después de haber pisado la luna. Del mismo modo, las previsiones decían que no sería capaz de viajar al siguiente manto hasta pasado un margen de tiempo similar. Sin embargo, ahora una terranave había accedido al núcleo de forma accidental. Igual que ocurrió con aquellas misiones fallidas del programa Apolo en el siglo XX, las posibilidades de rescate eran inexistentes.
Por suerte, el casco de la cabina principal de la nave era robusto y el sistema de comunicaciones de neutrinos mantenía una sólida conexión con el centro de control en la superficie. Durante el año que siguió, la tripulación de la Ocaso VI continuó trabajando y enviando valiosos datos a la superficie.
Enterrados a miles de kilómetros de profundidad, el aire y los víveres eran la menor de sus preocupaciones: lo que más les angustiaba era la falta de espacio. Acosados por temperaturas exteriores de más de cinco mil grados centígrados. Rodeados por presiones capaces de crear diamantes en cuestión de segundos. Solo los neutrinos eran capaces de escapar de la increíble densidad del material en el que estaban enterrados. La Ocaso VI estaba atrapada en aquella suerte de fundición gigante; el mismísimo infierno de Dante parecía un paraíso en comparación.
¿Cómo debía de ser vivir en un entorno así? ¿Existiría otro adjetivo para describir su existencia que no fuera «frágil»?
La inmensa presión psicológica destrozó los nervios de la tripulación. Un día, el ingeniero geólogo de la nave se despertó, saltó de su catre y abrió la compuerta de aislamiento térmico que protegía su cabina. A pesar de que era solo la primera de cuatro, la ola de calor incandescente que se extendió por las tres capas restantes lo carbonizó al instante.
Para evitar la inminente destrucción de la nave, el comandante se apresuró a sellar la compuerta. A pesar de lograrlo, sufrió graves quemaduras en el proceso y murió después de añadir una última entrada en el cuaderno de bitácora.
A partir de ese momento, la Ocaso VI continuó su viaje a través de las profundidades más oscuras del planeta con una única tripulante.
Para entonces, el interior de la terranave era ingrávido. Se hallaba a una profundidad de seis mil ochocientos kilómetros, el punto más profundo del planeta. La última terranauta a bordo de la Ocaso VI se convirtió también en la primera persona en alcanzar el núcleo de la Tierra.
Allí, su mundo quedó reducido a los confines de su abarrotada y congestionada cabina. Tenía menos de diez metros cuadrados para moverse. Gracias a las gafas de neutrinos que había a bordo pudo mantener el contacto sensorial con la superficie. Sin embargo, esa vía estaba condenada a no durar mucho más, pues el sistema se estaba quedando sin energía: primero, cuando los niveles de potencia bajaron de determinado nivel, la comunicación sensorial dejó de ser fluida; luego cesó por completo. Había ocurrido hacía tres meses, justo cuando yo regresaba en avión de mi viaje a las llanuras con sus ojos guardados dentro de mi bolsa de viaje.
Aquella mañana brumosa y sin sol en las praderas había sido también la última vez que vio la superficie.
A partir de aquel momento, la Ocaso VI solo pudo intercambiar audios y datos con la superficie. Sin embargo, una noche, esa conexión cesó también, aislándola para siempre en el solitario núcleo del planeta.
La estructura de la Ocaso VI era fuerte como para resistir la presión del núcleo y los sistemas de soporte vital de la nave eran capaces de seguir funcionando entre cincuenta y ochenta años más. Hasta el fin de sus días viviría encerrada en el centro de la Tierra, en una habitación de menos de diez metros cuadrados.
Yo no osaba imaginar cuál podía haber sido su mensaje de despedida al mundo de la superficie. Sin embargo, cuando el director me dejó escucharlo, me llevé una sorpresa. El haz de neutrinos que llegaba a la superficie era ya muy débil cuando envió el mensaje y el sonido se cortaba de vez en cuando, pero aun así la serenidad de su voz era indudable:
«… recibido sus indicaciones finales. Seguiré con el plan de investigación al pie de la letra durante el máximo de tiempo posible. Algún día, quizá dentro de varias generaciones, otra nave dará con la Ocaso VI y se acoplará a ella. Mi deseo es que quienes entonces entren aquí encuentren datos que les sean de utilidad. No se preocupen por mí, llevaré una vida plácida hasta el fin de mis días. Me he adaptado a este entorno y ya no siento claustrofobia. Al contrario, me siento acompañada con el mundo entero rodeándome. Cada vez que cierro los ojos puedo ver las praderas de la superficie y todas las flores a las que puse nombre. Adiós».
Epílogo
Un mundo transparente
Han pasado muchos años y he visitado muchos lugares. Adondequiera que voy, siempre me tumbo boca abajo en el suelo. Lo he hecho en las playas de Hainan, sobre la nieve de Alaska. Rodeado de abedules rusos. Encima de las ardientes dunas del Sáhara.
Y cada una de esas veces, en mi mente es como si la Tierra se volviera de cristal. En su interior, a seis mil kilómetros de profundidad, puedo ver la Ocaso VI, desde la que siento que me llega el latido de un corazón. Entonces imagino que, de algún modo, la dorada luz del sol y los argénteos rayos de la luna consiguen llegarle y me parece escuchar una dulce voz: «Debe de ser muy hermoso, ¡es una música distinta!».
Una idea me reconforta: adondequiera que vaya, por kilómetros que recorra, jamás me estaré alejando de ella.