Con sus ojos
Liu Cixin • TiempoDeLectura19min
Prólogo
Llevaba dos meses trabajando sin parar y me encontraba exhausto, así que le pedí a mi director dos días de fiesta para poder viajar y despejarme. Me los dio, pero con la condición de que me llevase un par de ojos conmigo. Accedí y fuimos a recogerlos al Centro de Control.
Los ojos se guardaban en una pequeña sala al final de un pasillo. Calculé que habría unos doce pares. El director me entregó unos y, señalándome la gran pantalla que teníamos delante, me presentó a su propietaria: una mujer joven. Parecía recién salida de la universidad. Me observaba con la mirada vacía. Enfundada en aquel abultado traje espacial, parecía aún más menuda de lo que probablemente debía de ser. Se la veía abatida. Con toda seguridad, habría estado abandonándose a románticos sueños sobre el espacio desde la seguridad de la biblioteca de su universidad, y ahora se enfrentaba a la infernal realidad del vacío infinito.
—Lamento muchísimo las molestias —dijo, inclinando la cabeza varias veces a modo de disculpa.
En toda mi vida jamás había oído una voz tan delicada. Sus palabras parecían llegarme flotando desde el espacio exterior como una suave brisa que traspasara las toscas estructuras de acero en órbita en que viajaba como si fueran de seda.
—Al contrario. Me alegra tener compañía —respondí con sinceridad—. ¿Adónde te apetece ir?
—¿Qué? ¿De verdad aún no has decidido el sitio?
Parecía muy contenta.
Mientras hablaba, dos detalles llamaron mi atención.
En primer lugar, todas las transmisiones desde el espacio llegan a su destino con cierto grado de retraso. Incluso las que se efectúan desde la luna tienen un desfase de dos segundos. Dicho desfase es aún mayor en las comunicaciones desde el cinturón de asteroides. Sin embargo, sus respuestas parecían llegar sin ningún retraso perceptible, por lo que deduje que debía de estar en órbita terrestre baja. De ser eso cierto, sin necesidad de hacer transbordo a mitad de camino, volver a la superficie desde allí tenía que ser barato y rápido. ¿Por qué querían entonces que me llevase sus ojos de vacaciones?
—¿En qué estación está? —le dije a mi director.
—No pregunte. —Su expresión era triste.
—No hace falta que hablemos de eso, ¿no? —se sumó ella desde la pantalla. Su tono implorante me llegó al alma.
—¿No estarás en la trena? —bromeé.
La sala que podía ver al otro lado del monitor parecía muy angosta. Debía de ser algún tipo de cabina. Una infinidad de complejos sistemas de navegación repiqueteaban y parpadeaban alrededor. Sin embargo, no se veía ninguna ventana, ni tan siquiera un monitor de observación. El lápiz que flotaba girando cerca de su cabeza era la única prueba visible de que en esos momentos se encontraba en el espacio.
Tanto ella como el director se mostraban importunados por mi chascarrillo.
—Está bien —me apresuré a decir—, no preguntaré por lo que no me concierne. ¿Adónde vamos entonces? Elige tú.
Tomar una decisión parecía una tarea titánica para ella. Se llevó las manos al pecho y cerró los ojos. Se diría que estaba decidiendo entre la vida y la muerte, o que pensaba que el planeta iba a explotar después de nuestras breves vacaciones. Se me escapó la risa.
—Para mí es difícil escoger. ¿Has leído «Tres días para ver» de Helen Keller?[4] Es un ensayo precioso. Si lo hubieras leído, comprenderías lo que siento.
—Pero nosotros no tenemos tres días, solo dos. En lo que se refiere al tiempo, los que vivimos en esta época moderna somos más pobres que las ratas. La ventaja que tenemos respecto a las personas del siglo veinte como Keller es que en cuestión de tres horas puedo llevar tus ojos a cualquier lugar de la Tierra.
—¡Vamos al último lugar que visité antes de partir!
Me dijo el nombre. Con sus ojos en la mano, me puse en marcha.
1
La pradera
La pradera se extendía hacia el horizonte. A mi espalda, una verde espesura tapizaba los montes Tian, cuyos picos más altos estaban cubiertos de argéntea nieve. Saqué sus ojos y me los puse.
Aquellos ojos eran en realidad un par de gafas multisensoriales. Al llevarlas, todas las imágenes que veía el portador se transmitían por medio de una señal radioeléctrica de ultraalta frecuencia que llegaba a otra persona con otro juego de gafas multisensoriales idéntico, de manera que podía ver todo lo que tenía la primera persona delante. Era como si el transmisor llevase los ojos del receptor.
Millones de personas trabajaban durante todo el año en la luna y en el cinturón de asteroides. El coste que suponía volver a la Tierra para unas vacaciones era, nunca mejor dicho, astronómico; por lo que la oficina espacial, haciendo gala de su tacañería, diseñó aquel dispositivo. Todos los astronautas que vivían en el espacio tenían un par de gafas en la Tierra. Allí, cuando alguien tenía la suerte de poder irse de vacaciones en la vida real, se las ponía, y al trabajador espacial le daba la sensación de disfrutar del mismo viaje y aplacaba así su morriña.
Al principio la gente se había mofado de aquel artilugio, pero en cuanto comenzaron a dar las primeras ayudas económicas a quienes se las llevaran de viaje, su popularidad se disparó. Los ojos artificiales fueron haciéndose cada vez más sofisticados. Los modelos más modernos, haciendo uso de la tecnología más puntera, ya eran capaces incluso de transmitir los sentidos del tacto y el olfato de los portadores al supervisar sus ondas cerebrales. Llevar un par de gafas durante las vacaciones acabó siendo un acto de servicio público entre los trabajadores terrestres en el sector espacial. Había quienes, queriendo preservar su intimidad, no estaban dispuestos a llevarse un par de ojos consigo de vacaciones. Pero a mí eso me daba igual.
El espléndido paisaje que tenía ante mí me hizo suspirar. Desde sus ojos, sin embargo, me llegó un débil sollozo.
—Llevaba soñando con este lugar desde la última vez que lo visité. Ahora me parece que esté soñando —explicó su suave voz desde sus ojos—. Me siento como si emergiese de la profundidad del océano y respirase hondo por primera vez. No soporto estar encerrada.
Podía escucharla respirar largo y despacio.
—No estás encerrada. Comparada con la inmensidad del espacio que te rodea, esta pradera bien podría ser un armario.
No dijo nada. Incluso contuvo la respiración.
Continué hablando, aunque solo fuese para interrumpir aquel silencio.
—Por supuesto, la gente que está en el espacio no deja de estar encerrada. Es como cuando Chuck Yeager describió a los astronautas del Mercury como…
—… carne enlatada —me dijo.
Nos reímos. De pronto, se puso a gritar.
—¡Ay! ¡Flores! ¡Veo flores! ¡La última vez no había!
En efecto, innumerables florecillas adornaban la vasta pradera.
—¿Puedes acercarte para que las vea mejor?
Me agaché y miré hacia abajo.
—¡Qué bonita! ¿Puedes olerla? ¡No, no la cojas!
No tuve otro remedio que estirarme casi panza abajo para captar la ligera fragancia de la flor.
—¡Ay, sí! ¡Puedo olerla también! Es como si nos estuviese enviando una delicada sonata.
Sacudí la cabeza, riendo. En aquellos tiempos frenéticos y cambiantes, las chicas solían ser mucho más volubles y superficiales; costaba encontrar a alguien tan sensible como ella, que aún se emocionaba ante la simple belleza de una flor.
—Vamos a ponerle un nombre, ¿te parece? La llamaremos… eh… Soñadora. ¿Y esa de ahí? ¿Cómo podríamos llamarla? Eh… Lluvia suena bien. Ve para allá, ve para allá. Gracias. Esta tiene los pétalos azul claro… Debería llamarse Rayo de Luna.
Seguimos así, de flor en flor, observándolas, oliéndolas y poniéndoles nombre. Ella, extasiada, insistía en repetir aquel proceso una y otra vez como si se hubiera olvidado del resto del mundo. Yo, en cambio, me harté del jueguecito enseguida. Cuando llevábamos un centenar de flores bautizadas, le pedí que parásemos.
Al levantar la mirada, me di cuenta de que había caminado una distancia considerable, por lo que volví para recuperar mi mochila. Cuando me incliné para recogerla, oí un grito de espanto en la oreja.
—¡Oh, no! ¡Has aplastado a Copo de Nieve!
Partiéndome de risa, enderecé como pude la pálida florecilla. Luego, cubriendo otro par de flores con ambas manos para que ella no las viera, le pregunté:
—¿Cómo se llaman? ¿Qué aspecto tienen?
—La de la izquierda es Cristal. También es blanca, y tiene tres hojas en el tallo. A la derecha tenemos a Llama. Es rosa, con cuatro hojas. Las dos de arriba están separadas, mientras que las dos de abajo están unidas.
Acertó de pleno. Confieso que, en cierto sentido, me conmovió.
—¿Lo ves? Me he hecho amiga de todas. No dejaré de pensar en ellas en mucho tiempo. Será como rememorar un cuento de hadas. ¡Tu mundo es maravilloso!
—¿Mi mundo? ¡También es el tuyo! Y ten cuidado, ya sabes lo rígidos que son los psicólogos espaciales: como te pillen actuando de manera tan inocente, tan sentimental, son capaces de mandarte de vuelta para el resto de tu vida.
Empecé a deambular sin rumbo por la llanura. Al poco topé con un pequeño arroyo oculto tras la densa hierba. Quise cruzarlo y seguir, pero su voz volvió a detenerme.
—Me encantaría meter las manos en el agua…
Cuando me agaché y lo hice, el frescor recorrió mi cuerpo. Sabía que ella también lo sentiría, dado que las ondas de ultraalta frecuencia transportarían la sensación hacia el lejano espacio. De nuevo la oí suspirar.
—¿Hace calor allí donde tú estás? —Pensé en aquella cabina estrecha y en el curioso sistema de aislamiento de su traje espacial.
—Sí —respondió—. Es un infierno. —Su tono cambió—: Oye, ¿qué es eso? ¿El viento de la pradera? —Yo había sacado las manos del agua y estaba notando la brisa contra la piel húmeda—. No, no te muevas. ¡Es una sensación maravillosa!
Levanté ambas manos en dirección al viento y las mantuve en alto hasta que se me secaron. A petición de ella, otra vez las sumergí en el agua y luego las alcé contra el viento. Volvió a ser una sensación sublime, y de nuevo compartimos la experiencia. Perdimos el tiempo así un buen rato.
Luego reinicié la marcha. Después de vagar en silencio durante un tiempo, la oí murmurar de nuevo:
—Tu mundo es maravilloso.
—No sé qué decirte. Quizá la gris monotonía de mi vida me impida apreciarlo.
—¿Cómo es posible? ¡Con la de experiencias y sensaciones que ofrece ese mundo! Intentar describirlas todas sería como intentar contar las gotas de lluvia durante una tormenta. Mira esas nubes de ahí, tan imponentes, ese blanco plateado; parecen sólidas, como si fueran montañas de jade pálido. Y el prado que tienen abajo es al revés, como si flotara él, como si la hierba hubiese decidido echar a volar y convertirse en un mar de nubes verdes. ¡Y mira! Ahora, con las nubes pasando delante del sol, ¡fíjate cómo juegan y revolotean las luces y las sombras sobre la hierba! ¿De verdad no sientes nada cuando ves todo eso?
Me pasé el día paseando por aquel prado con sus ojos puestos. Ansiosa, me urgía a mirar cada una de las flores, cada brizna de hierba, cada rayo de luz que acariciaba la pradera; a escuchar cada uno de los sonidos que poblaban la espesura. El descubrimiento de un arroyo o de cualquier pez que nadase en él, por diminuto que fuera, la llenaban de entusiasmo. La más mínima brisa que trajera la dulce fragancia de la hierba fresca era capaz de hacerla llorar. Sus sensaciones eran tan intensas que me pregunté si tendría algún problema emocional.
Antes del atardecer me dirigí a una solitaria cabaña blanca instalada en mitad de la pradera. Era un refugio para los viajeros, aunque parecía que yo era su primer huésped en mucho tiempo. Aparte de mí, el otro único residente de la cabaña era el obsoleto y defectuoso androide que regentaba el establecimiento. A pesar de tener tanto cansancio como hambre, antes de que pudiera terminar mi cena mi compañera de viaje se empeñó en que saliera a observar la puesta de sol.
—Ver cómo el cielo va perdiendo brillo poco a poco a medida que cae la noche sobre el bosque es como escuchar la sinfonía más hermosa del universo —dijo extasiada.
Maldiciendo en silencio mi mala suerte, arrastré mis pesados pies hacia el exterior.
A pesar de que la puesta de sol fue hermosa, su reacción emocional fue desaforada.
—Aprecias mucho la belleza de lo mundano —le dije mientras volvíamos a la cabaña ya de noche, con las estrellas brillando en el cielo.
—¿Por qué tú no? —me preguntó—. Es lo que da sentido a la vida.
—No solo yo, la mayor parte de la gente tampoco. Hoy en día es demasiado fácil conseguir lo que uno quiere. No hablo solo de cosas materiales. Puedes rodearte de cielos azules y aguas cristalinas como si nada. Si quieres la paz y tranquilidad del campo o de una isla remota, no tienes más que chasquear los dedos. Incluso el amor: piensa en lo difícil que era para las generaciones de hace años y con cuánta desesperación lo perseguían. Y ahora se puede experimentar con la realidad virtual, al menos a ratos. Ya no apreciamos nada. Nos ponen una cesta de fruta enfrente y solo le damos un bocado a cada pieza; el resto, a la basura.
—No todo el mundo tiene esas frutas a su alcance —replicó ella en voz baja.
Tuve la sensación de que mis palabras la habían herido, pero no estaba seguro del porqué. El resto del camino de vuelta ya no dijimos nada más.
Aquella noche la vi en sueños. Llevaba su traje espacial puesto, seguía confinada en su minúscula cabina. Tenía lágrimas en los ojos. Alargaba los brazos hacia mí, gritando: «¡Sácame de aquí! ¡No soporto estar encerrada!». Entonces, de un sobresalto, me desperté y me di cuenta de que me estaba llamando de verdad. Estaba acostado mirando al techo con sus ojos puestos.
—Por favor, ¿puedes llevarme afuera? Vamos a ver la luna, ¡ya debe de haber salido!
La cabeza me pesaba como si estuviese llena de arena mientras salía de la cama de mala gana. Una vez en el exterior descubrí que, en efecto, la luna había salido; la bruma de la noche la teñía de un tono rojizo. A sus pies, la vasta llanura dormitaba mientras una miríada de luciérnagas flotaba entre el neblinoso océano de la hierba. Me sentí como si estuviera presenciando una manifestación de los sueños de la pradera.
Desperezándome, miré al cielo y dije:
—Oye, ¿puedes ver la luna brillar desde tu posición en órbita? ¿Dónde está tu nave ahora? Dímelo, anda; quizá pueda verla. Si no me equivoco, viajas en órbita terrestre baja, ¿no?
Ella, haciendo caso omiso a mi pregunta, se puso a tararear una melodía. A los pocos compases se detuvo y dijo:
—Es el Claro de luna de Debussy.
Luego, embelesada, siguió tarareando como si yo no existiera. Su voz, junto a la luz de la luna, descendía desde las alturas y lo cubría todo. Me la imaginé a ella, tan delicada, viajando por el espacio exterior con el brillo de la luna arriba y la Tierra azul abajo, un minúsculo puntito flotando entre ambos, con su canción fundiéndose con la luz de la luna…
Al cabo de una hora, cuando volví a la cama, ella seguía tarareando. No sabía si aún era Debussy, pero me dio igual. Su melodía me acompañó en mis sueños.
Pasado cierto tiempo, no estoy seguro de cuánto, su tarareo se convirtió en gritos. Sus llantos me despertaron de golpe. Quería volver a salir.
—Pero ¿no habíamos visto la luna ya? —protesté enfadado.
—Ahora es distinto, ¿te acuerdas de aquellas nubes que vimos en el oeste? A esta hora ya habrán llegado y la luna estará asaeteándolas; quiero ver cómo danzan la luz y las sombras sobre la hierba. Debe de ser muy hermoso, ¡es una música distinta! Anda, por favor, ¡llévate mis ojos afuera!
Aunque estaba a punto de estallar de la rabia, salí. Las nubes habían llegado, en efecto, y la luna filtraba su luz entre ellas iluminando tenuemente la pradera. Parecía que la Tierra estuviese sopesando antiguos y profundos recuerdos.
—Tienes la sensibilidad de un poeta dieciochesco. No va para nada con los tiempos que corren, y menos aún con una astronauta —dije, escudriñando el cielo nocturno. Me quité sus ojos y los colgué de una rama de un pino cercano—. Venga, hártate de mirar la luna; yo necesito dormir, que mañana me vuelvo al centro espacial a seguir con mi vida gris.
Desde sus ojos, su voz susurró algo. Pero yo ya no pude oírlo y me volví a la cabaña sin decir nada más.
Cuando me desperté ya era de día. El cielo estaba cubierto por oscuros nubarrones que descargaban una fina llovizna sobre todo Taklamakán. Los ojos seguían colgados del árbol, con las lentes cubiertas de vaho. Los limpié con cuidado y me los coloqué. Había supuesto que, después de pasarse la noche contemplando la luna, para entonces ella estaría dormida. Sin embargo, para mi sorpresa, oí sus sollozos atenuados. Me dio mucha lástima.
—Siento mucho lo de anoche —dije—. Estaba cansadísimo.
—Pero ¡¿es que no has dormido en toda la noche?! —exclamé.
—… y con la lluvia… no pude ver salir el sol —masculló entre sollozos—. ¡Tenía tantas ganas de ver amanecer sobre las llanuras! Lo deseaba más que nada en el mundo…
—Bueno, siempre habrá otro amanecer. Te prometo que volveré a ponerme tus ojos para que lo veas. O quizá te apetece que lo veamos juntos, en persona. ¿Qué te parece?
Sus sollozos se detuvieron. De pronto, me susurró:
—Escucha…
No oí nada, pero me puse tenso.
—Es el primer pájaro de la mañana. Hay pájaros ahí fuera, incluso bajo la lluvia.
Su tono era sombrío. Como si estuviese escuchando un repique de campanas que marcase el final de una era.
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