Ciudad de las nubes
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Zeno
Acompaña a cinco alumnos de quinto curso de la escuela elemental a la biblioteca pública por entre cortinas de nieve. Es un octogenario con cazadora de lona; sus botas se cierran con velcro; pingüinos de dibujos animados patinan por su corbata. Durante todo el día y sin interrupción, la felicidad ha crecido dentro de su pecho y ahora, esta tarde, a las 16.30 de un jueves de febrero, mientras mira a los niños correr acera abajo —Alex Hess con su cabeza de asno de papel maché, Rachel Wilson llevando una linterna de plástico, Natalie Hernández tirando de un altavoz portátil—, el sentimiento amenaza con ahogarlo.
Dejan atrás la comisaría, el Departamento de Parques, la agencia inmobiliaria Eden’s Gate. La biblioteca pública de Lakeport ocupa un edificio de dos plantas y empinado tejado a dos aguas de estilo victoriano y color jengibre en la esquina de las calles Lake y Park que fue donado a la ciudad después de la Primera Guerra Mundial. La chimenea está torcida; los canalones combados; hay cinta aislante tapando grietas en tres de las cuatro ventanas de la fachada. En los juníperos que flanquean el camino de entrada y encima del buzón de libros de la esquina, pintado como si fuera un búho, ya se han acumulado varios centímetros de nieve.
Los niños suben corriendo el camino de entrada, saltan al porche y chocan los cinco con Sharif, el bibliotecario de la Sección Infantil, que ha salido a ayudar a Zeno a subir las escaleras. Sharif lleva auriculares verde lima en las orejas y en el vello de sus brazos centellea purpurina de manualidades. Su camiseta dice: «ME GUSTAN LOS LIBROS GRANDES Y NO SÉ MENTIR».
Dentro, Zeno se limpia el vaho de las gafas. En el mostrador de recepción hay pegados corazones de cartulina; un bordado enmarcado en la pared de detrás dice: «Aquí se contestan preguntas».
En la mesa de los ordenadores, en los tres monitores, espirales de salvapantallas se retuercen en sincronía. Entre la estantería de los audiolibros y dos mecedoras viejas, una fuga de un radiador moja las baldosas del techo y gotea encima de un cubo de basura de veintiséis litros.
Plic. Ploc. Plic.
Los niños salpican nieve por doquier mientras suben en estampida a la planta de arriba, hacia la Sección Infantil, y Zeno y Sharif intercambian una sonrisa cuando oyen las pisadas llegar al final de la escalera y detenerse.
—¡Hala! —dice la voz de Olivia Ott.
—Flipas —dice la voz de Christopher Dee.
Sharif coge a Zeno del codo para subir. La entrada a la planta de arriba está bloqueada por una pared de aglomerado pintada con aerosol dorado, y en el centro, sobre una puertecita en arco, Zeno ha escrito:
Ὦ ξένε, ὅστις εἶ, ἄνοιξον, ἴνα μάθῃς ἃ θαυμάζεις
Los niños de quinto curso se arremolinan contra el aglomerado, y la nieve se derrite en sus chaquetas y mochilas, y todos miran a Zeno, y Zeno espera a que su aliento alcance al resto de su cuerpo.
—¿Os acordáis todos de lo que significa?
—Pues claro —dice Rachel.
—Está tirado —dice Christopher.
Natalie se pone de puntillas y pasa un dedo por debajo de cada palabra: «Desconocido, quienquiera que seas, abre esto y maravíllate».
—Qué pasada —dice Alex, que tiene la cabeza de asno debajo del brazo—. Es como si fuéramos a meternos en el libro.
Sharif apaga la luz de la escalera y los niños se apelotonan alrededor de la puertecita, en el resplandor rojo del letrero de SALIDA.
—¿Preparados? —dice Zeno.
—Preparados —responde Marian, la directora de la biblioteca, desde el otro lado del aglomerado.
Uno a uno, los alumnos de quinto curso entran por la puertecita en arco que da a la Sección Infantil. Las estanterías, mesas y pufs que normalmente llenan el espacio están arrinconados contra las paredes y en su lugar hay treinta sillas plegables. Sobre las sillas, docenas de nubes de cartulina revestidas de purpurina cuelgan de las vigas del techo mediante hilos. Delante de las sillas hay un pequeño escenario y, detrás del escenario, en una gran lona que cubre toda la pared trasera, Marian ha pintado una ciudad en las nubes.
Torres doradas, agujereadas por cientos de ventanitas y coronadas por gallardetes, se elevan en haces. Alrededor de sus chapiteles revolotean apretadas bandadas de pájaros: pequeños escribanos pardos y grandes águilas plateadas, pájaros con colas curvas de gran tamaño y otros con picos curvos de gran tamaño, pájaros del mundo y también de la imaginación. Marian ha apagado las luces del techo y, en el haz de un único foco estroboscópico colocado en una peana, las nubes centellean, los pájaros titilan y las torres parecen iluminadas desde dentro.
—Es… —dice Olivia.
—… mejor de lo que me… —añade Christopher.
—Es la ciudad de los cucos y las nubes —susurra Rachel.
Natalie deja el altavoz, y Alex sube de un salto al escenario, y Marian dice:
—Cuidado, la pintura puede estar todavía húmeda en algunas partes.
Zeno se sienta en una silla de la primera fila. Cada vez que pestañea, un recuerdo le atraviesa ondulando el interior de los párpados: su padre cayendo de culo en un banco de nieve; una bibliotecaria abriendo el cajón de un fichero; un hombre en un campo de prisioneros escribiendo caracteres griegos en el polvo.
Sharif enseña a los niños la zona entre bastidores que ha creado detrás de tres estanterías, llena de atrezo y disfraces, y Olivia se pone un gorro de látex en la cabeza para parecer calva, y Christopher arrastra una caja de microondas pintada para que parezca un sarcófago de mármol al centro del escenario, y Alex se estira para tocar una torre de la ciudad pintada, y Natalie saca un portátil de su mochila.
Vibra el teléfono de Marian.
—Ya están las pizzas —dice al oído bueno de Zeno—. Voy a recogerlas. Vuelvo en un periquete.
—Señor Ninis. —Rachel está dando golpecitos en el hombro a Zeno. Lleva la melena pelirroja recogida en coletas trenzadas, la nieve derretida le ha salpicado los hombros de gotitas y tiene los ojos muy abiertos y brillantes—. ¿Ha hecho usted todo esto? ¿Para nosotros?