Ciudad de las nubes
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Seymour
A una manzana de distancia, en el interior de un Pontiac Grand Am con una capa de nieve de ocho centímetros, un muchacho de diecisiete años y ojos grises llamado Seymour Stuhlman dormita con una mochila en el regazo. La mochila es una descomunal JanSport verde oscuro y contiene dos ollas a presión Presto, cada una de las cuales está llena de clavos de techar, rodamientos, un detonador y medio kilo de un explosivo de alto grado llamado Composición B. Cables gemelos van del cuerpo de cada olla a presión hasta la tapa, donde se conectan a la placa base de un teléfono móvil.
En sueños, Seymour camina bajo las copas de unos árboles en dirección a un conjunto de tiendas de campaña blancas, pero cada vez que da un paso el camino se encoge, las tiendas retroceden y una terrible confusión se apodera de él. Se despierta sobresaltado.
El reloj del salpicadero marca las 16.42. ¿Cuánto ha dormido? Quince minutos. Veinte como mucho. Estúpido. Descuidado. Lleva más de cuatro horas dentro del coche y tiene los dedos de los pies dormidos y ganas de hacer pis.
Con una manga, limpia el vaho del interior del parabrisas. Se arriesga a accionar los limpiaparabrisas una vez y estos quitan un trozo de nieve del cristal. No hay coches aparcados a la puerta. No hay nadie en la acera. El único vehículo en el aparcamiento de grava en el lado oeste es el Subaru de Marian, la bibliotecaria, con una montaña de nieve encima.
16.43.
«Quince centímetros antes de que anochezca —dice la radio—, de treinta a treinta y cinco durante la noche».
Inhala en cuatro, contén la respiración en cuatro, exhala en cuatro. Piensa en cosas que sabes. Los búhos tienen tres párpados. Sus globos oculares no son esféricos, sino tubulares y alargados. Varios búhos juntos forman un parlamento.
Todo lo que tiene que hacer es entrar, esconder la mochila en la esquina sureste de la biblioteca, lo más cerca posible de la agencia inmobiliaria Eden’s Gate, y salir. Conducir hacia el norte, esperar a que cierre la biblioteca a las seis, marcar los números. Esperar cinco tonos de llamada.
Bum.
Fácil.
A las 16.51 una figura con anorak rojo cereza sale de la biblioteca, se sube la capucha y empieza a despejar nieve de la acera con una pala. Marian.
Seymour apaga la radio y se hunde más en su asiento. En un recuerdo tiene siete u ocho años, está en No Ficción para adultos, a la altura de la materia 598, y Marian coge un manual de campo sobre búhos de un estante alto. Sus mejillas son una tormenta de pecas; huele a chicle de canela; se sienta a su lado en un taburete con ruedas. En las páginas que le enseña hay búhos a la entrada de madrigueras, en ramas de árbol, sobrevolando prados.
Ahuyenta el recuerdo. ¿Qué es lo que dice Bishop? «Un guerrero comprometido de verdad no siente ni miedo ni culpa ni remordimientos. Un guerrero comprometido de verdad se transforma en algo que es más que humano».
Marian despeja la rampa para sillas de ruedas, echa un poco de sal, baja por Park Street y la nieve la engulle.
16.54.
Seymour lleva toda la tarde esperando a que la biblioteca se quede vacía y ahora lo está. Abre la cremallera de la mochila, enciende los teléfonos móviles sujetos con cinta adhesiva a las tapas de las ollas a presión, saca unos protectores auditivos de campo de tiro y cierra la cremallera. En el bolsillo derecho de su cortavientos hay una pistola Beretta 92 semiautomática que encontró en el cobertizo de las herramientas de su tío abuelo. En el izquierdo, un móvil con tres números de teléfono escritos en la parte de atrás.
Entra, esconde la mochila, sal. Conduce hacia el norte, espera a que cierre la biblioteca, marca los dos primeros números de teléfono. Espera cinco tonos. Bum.
16.55.
Una quitanieves cruza despacio la intersección con luces intermitentes. Pasa una camioneta gris con «King Construction» escrito en la puerta. El letrero luminoso de ABIERTO brilla en la ventana de la planta baja de la biblioteca. Marian debe de haber ido a hacer un recado; no tardará en volver.
Ve. Sal del coche.
16.56.
Cada cristal de nieve que golpea el parabrisas produce un golpeteo apenas audible, y sin embargo el sonido parece penetrarle hasta las raíces de las muelas. Toc toc toc toc toc toc toc toc toc. Los búhos tienen tres párpados. Sus globos oculares no son esféricos, sino tubulares y alargados. Varios búhos juntos forman un parlamento.
Se ajusta los protectores en los oídos. Se sube la capucha. Apoya una mano en la manilla de la puerta.
16.57.
«Un guerrero comprometido de verdad se transforma en algo que es más que humano».
Sale del coche.