Ciudad de las nubes
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Zeno
Christopher reparte lápidas de poliestireno por el escenario y orienta la caja de microondas convertida en sarcófago de manera que el público pueda leer el epitafio: «Etón: vivió 80 años como hombre, 1 año como asno, 1 año como lubina, 1 año como cuervo». Rachel coge su linterna de plástico, Olivia sale de detrás de las estanterías con una corona de laurel encajada sobre la calva de látex y Alex ríe.
Zeno da una palmada.
—Un ensayo general es una práctica que fingimos que es de verdad, acordaos. Mañana por la noche puede estornudar la abuela de alguien, o llorar un bebé, o a uno de vosotros se le puede olvidar el texto, pero, pase lo que pase, seguiremos con la historia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, señor Ninis.
—A vuestros puestos, por favor. Natalie, música.
Natalie teclea en su portátil y de su altavoz sale una fuga inquietante de órgano. Detrás del órgano chirrían verjas, graznan cuervos, ululan lechuzas. Christopher desenrolla unos metros de satén blanco a lo largo del proscenio, Natalie se arrodilla en el extremo contrario y ambos hacen ondear la tela.
Rachel camina hasta el centro del escenario con sus botas de goma.
—Es una noche de niebla en el reino de la isla de Tiro —mira su guion y vuelve a levantar la vista— y el escritor Antonio Diógenes sale de los archivos. Aquí llega, cansado e inquieto, preocupado por su sobrina moribunda, pero esperad a que le enseñe el objeto tan extraño que he descubierto entre las tumbas.
El satén ondea, suena el órgano, la linterna de Rachel se enciende con un parpadeo y en la luz aparece Olivia.