Ciudad de las nubes

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Seymour

Cristales de nieve se le posan en las pestañas y parpadea para quitárselos. La mochila que lleva al hombro es una roca, un continente. Los grandes ojos amarillos del búho pintado en el buzón de devolución de libros parecen seguirlo.

Con la capucha levantada y los protectores auditivos puestos, Seymour sube los cinco escalones de granito hasta el porche de la biblioteca. Pegado al interior del cristal de la puerta de entrada, en caligrafía infantil, un letrero dice:

MAÑANA

FUNCIÓN ÚNICA

LA CIUDAD DE CUCOS Y LAS NUBES

No hay nadie detrás de la recepción, tampoco en la mesa de ajedrez. No hay nadie en la mesa de los ordenadores, ni hojeando revistas. La tormenta ha debido de disuadir a la gente de salir.

Un bordado enmarcado detrás de la recepción dice: «Aquí se contestan preguntas». El reloj marca las cinco y un minuto. En los monitores de los ordenadores, tres espirales salvapantallas retroceden cada vez más.

Seymour va hasta la esquina sureste y se arrodilla en el pasillo entre Lenguas y Lingüística. Saca Inglés fácil, 501 verbos ingleses y Neerlandés para principiantes de un estante inferior y encaja la mochila en el fondo del hueco polvoriento antes de devolver los libros a su sitio.

Cuando se pone de pie, franjas moradas caen en cascada por su campo visual. Le late el corazón en los oídos, le tiemblan las rodillas, le duele la vejiga, no siente los pies y ha llenado todo el pasillo de nieve. Pero lo ha conseguido.

Ahora, sal.

Mientras vuelve por No Ficción le parece que es todo cuesta arriba. Las deportivas le pesan como si fueran de plomo, los músculos están reacios. Ve pasar títulos: Lenguas perdidas, Imperios del mundo y 7 pasos para educar a un hijo en el bilingüismo; consigue dejar atrás Ciencias sociales, Religión, los diccionarios; está llegando a la puerta cuando nota un golpecito en el hombro.

No. No te pares. No te gires.

Pero se gira. Un hombre delgado con auriculares verdes está delante del mostrador de recepción. Sus cejas son espesas matas negras, y sus ojos transmiten curiosidad, y la parte visible de su camiseta dice ME GUSTAN GRANDES, y lleva en los brazos la mochila JanSport de Seymour.

El hombre dice algo, pero los protectores auditivos hacen que suene como si estuviera a trescientos metros y el corazón de Seymour es una hoja de papel que se arruga, se alisa, se arruga de nuevo. La mochila no puede estar ahí. La mochila tiene que seguir escondida en el rincón sureste, lo más cerca posible de la inmobiliaria Eden’s Gate.

El hombre de las cejas baja la vista al interior de la mochila, cuyo compartimento principal tiene la cremallera parcialmente abierta. Cuando levanta la vista muestra el ceño fruncido.

Mil puntitos negros se expanden en el campo visual de Seymour. Un rugido crece en sus oídos. Mete la mano derecha en el bolsillo de su cortavientos y su dedo encuentra el gatillo de la pistola.

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