Ciudad de las nubes
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Zeno
Rachel simula hacer un esfuerzo al levantar la tapa del sarcófago. Olivia mete la mano en la tumba de cartón y saca una caja más pequeña atada con lana.
—¡Un cofre! —exclama Rachel.
—Hay una inscripción en la parte de arriba.
—¿Qué dice?
—Dice: «Desconocido, quienquiera que seas, abre esto y maravíllate».
—Maestro Diógenes —señala Rachel—, piensa en todos los años que ha sobrevivido este cofre dentro de esta tumba. ¡La de siglos que ha resistido! ¡Terremotos, inundaciones, incendios, generaciones que han vivido y muerto! ¡Y ahora lo tienes en tus manos!
Christopher y Natalie, con brazos algo cansados ya, siguen agitando la bruma de satén, y la música de órgano suena, y la nieve golpea las ventanas, y la caldera del sótano gime como una ballena varada, y Rachel mira a Olivia, y Olivia desata la lana. Del interior de la caja saca una enciclopedia anticuada que Sharif encontró en el sótano y pintó con aerosol dorado.
—Es un libro.
Sopla polvo imaginario de la cubierta y, en la primera fila, Zeno sonríe.
—¿Y explica este libro —dice Rachel— cómo puede alguien ser hombre durante ochenta años, asno durante uno, lubina durante otro y cuervo un tercero?
—Averigüémoslo. —Olivia abre la enciclopedia y la deja en un atril contra el telón de fondo, mientras Natalie y Christopher sueltan el satén, y Rachel se lleva las lápidas, y Olivia el sarcófago, y Alex Hess, de uno treinta y cinco de estatura, con melena dorada de león, cayado de pastor y una túnica beis encima de sus pantalones cortos de gimnasia, ocupa el centro del escenario.
Zeno se inclina hacia delante. El dolor de cadera, los acúfenos del oído izquierdo, los ochenta y seis años que lleva en el mundo, la casi infinitud de elecciones que lo han conducido a este momento desaparecen. Alex está solo en la luz estroboscópica y mira hacia las sillas vacías como si mirara, no la segunda planta de una destartalada biblioteca pública de una pequeña ciudad de Idaho central, sino las verdes colinas que circundan el antiguo reino de Tiro.
—Yo —dice con su voz aguda y suave— soy Etón, un sencillo pastor de Arcadia, y la historia que os voy a contar es tan disparatada, tan increíble, que no creeréis una sola palabra… y sin embargo, es verdadera. Porque yo, al que llaman cabeza de chorlito y bobo (sí, el torpe, el zoquete, el pánfilo de Etón) viajé una vez hasta los confines de la tierra y más allá, hasta las centelleantes puertas de La ciudad de los cucos y las nubes, donde a nadie le falta de nada y un libro que contiene todo el saber…
Del piso de abajo llega un ruido que a Zeno le resulta muy similar a un disparo. A Rachel se le cae una lápida; Olivia da un respingo; Christopher se agacha.
La música sigue sonando, las nubes giran colgadas de sus hilos, la mano de Natalie se detiene sobre el portátil, una segunda explosión reverbera hasta ellos a través del suelo, y el miedo, igual que un dedo largo y oscuro, cruza la habitación y toca a Zeno en su silla.
En la luz de los focos, Alex se muerde el labio inferior y mira a Zeno. Un latido cardiaco. Dos. Puede estornudar la abuela de alguien, o llorar un bebé, o a uno de vosotros se le puede olvidar el texto, pero, pase lo que pase, seguiremos con la historia.
—Pero antes —continúa Alex volviendo a fijar la vista en el espacio sobre las sillas vacías— debo empezar por el principio.
Entonces Natalie cambia la música y Christopher cambia la luz de blanco a verde y aparece Rachel en el escenario con tres ovejas de cartón.