Ciudad de las nubes
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Omeir
A doscientas millas al noroeste de Constantinopla, en una aldea de leñadores junto a un río rápido y violento, nace un niño casi sano. Tiene ojos húmedos, mejillas rosadas y mucho brío en las piernas. Pero en el lado izquierdo de la boca una hendidura divide su labio superior desde la encía hasta el arranque de la nariz.
La partera retrocede. La madre del niño le mete un dedo en la boca; la hendidura continúa en el paladar. Como si su hacedor se hubiera impacientado y hubiera abandonado su tarea un instante demasiado pronto. El sudor del cuerpo de la madre se enfría; el temor eclipsa la felicidad. Encinta cuatro veces y aún no ha perdido un hijo; incluso ha llegado a creerse, tal vez, bendecida en ese sentido. ¿Y ahora esto?
La criatura chilla; una lluvia gélida golpetea el tejado. Intenta mantener al niño recto sujetándolo con los muslos mientras se aprieta un pecho con ambas manos, pero no consigue que los labios del niño se agarren. Se atraganta; le tiembla la garganta; pierde más leche de la que consigue succionar.
Amani, la hija mayor, se fue hace horas a buscar a los hombres al bosque; a estas alturas estarán volviendo con los bueyes. Las dos hijas pequeñas miran alternativamente a su madre y al recién nacido como si trataran de entender si un rostro así es aceptable. La partera manda a una de ellas al río a por agua y a la otra a enterrar las secundinas y ya es noche cerrada y el niño sigue aullando cuando oyen a los perros, luego los cencerros de Hoja y Aguja, los bueyes, al llegar a la puerta del establo.
Abuelo y Amani entran centelleantes de hielo y con ojos desorbitados.
—Se ha caído del caballo… —dice Amani, pero cuando ve la cara del recién nacido se interrumpe.
A su espalda, Abuelo añade:
—Tu marido iba el primero, pero el caballo debió de resbalar en la oscuridad, y el río y…
El terror llena la casita. El recién nacido llora. La partera se dirige hacia la puerta; un miedo oscuro y primario le comba las facciones.
La mujer del herrador la advirtió de que los fantasmas llevaban todo el invierno cometiendo maldades en la montaña, colándose por puertas cerradas, haciendo enfermar a mujeres encintas y asfixiando a recién nacidos. La mujer del herrador dijo que debían dejar una cabra atada a un árbol a modo de ofrenda y verter un jarro de miel en un arroyo como precaución añadida, pero su marido dijo que no podían prescindir de la cabra y ella no quería quedarse sin la miel.
Orgullo.
Cada vez que cambia de postura, un pequeño relámpago se le dispara en el abdomen. Con cada latido del corazón le parece sentir a la partera contando lo ocurrido de casa en casa. Ha nacido un demonio. Su padre ha muerto.
Abuelo coge al niño que llora, lo deja desnudo en el suelo, le mete un nudillo entre los labios y el niño deja de llorar. Con la otra mano le levanta el labio superior hendido.
—Hace años, al otro lado de la montaña, había un hombre con una hendidura como esta debajo de la nariz. Era un buen jinete, una vez te olvidabas de lo feo que era.
Devuelve al niño y trae la cabra y la vaca para que estén a cubierto, luego sale a desuncir los bueyes y los ojos de los animales reflejan el resplandor de la lumbre, y las hijas se arremolinan alrededor de su madre.
—¿Es un genio?
—¿Un demonio?
—¿Cómo va a respirar?
—¿Cómo va a comer?
—¿Lo va a dejar morir el abuelo en la montaña?
El niño las mira pestañeando con sus oscuros, retentivos ojos.
El aguanieve se vuelve nieve y la madre envía una plegaria a través del tejado: si su hijo está destinado a cumplir una función en este mundo, por favor, que se le perdone la vida. Pero en las horas previas al amanecer se despierta y ve a Abuelo de pie junto a ella. Envuelto en su capa de piel de buey con nieve en los hombros, tiene aspecto de fantasma salido de la canción de un leñador, un monstruo acostumbrado a hacer cosas terribles, y aunque se dice a sí misma que por la mañana su hijo se reunirá con su padre en los tronos del jardín de la alegría, donde mana leche de las piedras y los ríos son de miel y nunca llega el invierno, la sensación es como si estuviera entregando uno de sus pulmones.
Los gallos cantan, los aros de las ruedas crujen en la nieve, la casita se ilumina y el horror la golpea de nuevo. Su marido ahogado, su caballo con él. Las niñas friegan y rezan y ordeñan a Bella, la vaca, dan de comer a Hoja y Aguja y cortan ramitas de pino para que mastique la cabra; la mañana da paso a la tarde, pero ella sigue sin reunir la energía suficiente para levantarse. Escarcha en la sangre, escarcha en los pensamientos. Su hijo está ahora cruzando el río de los muertos. O ahora. O ahora.
Antes del anochecer, los perros gruñen. La madre se levanta y cojea hasta la puerta. Una ráfaga de viento en algún punto alto de la montaña levanta una nube de destellos en los árboles. La presión en los pechos es casi insoportable.
Durante un largo instante no ocurre nada más. Entonces aparece Abuelo por el camino del río a lomos de la yegua, con un fardo envuelto en la silla. Los perros rompen a ladrar; Abuelo desmonta; la madre extiende los brazos para coger lo que lleva a pesar de que su cerebro le dice que no lo haga.
El niño está vivo. Tiene los labios grises y las mejillas cenicientas, pero ni siquiera los dedos diminutos de la mano están ennegrecidos por la escarcha.
—Lo llevé al bosque alto. —Abuelo echa leña al fuego, atiza las brasas hasta que son llamas; le tiemblan las manos—. Lo dejé en el suelo.
La madre se sienta lo más cerca de la lumbre que se atreve y esta vez sujeta el mentón y la mandíbula del niño con la mano derecha y con la izquierda propulsa chorritos de leche hacia su garganta. Al niño le baja leche por la nariz y por la brecha del paladar, pero traga. Las niñas salen por la puerta, agitadas por lo misterioso de la situación, y las llamas se elevan, y el abuelo se estremece.
Me subí de nuevo al caballo. Estaba muy callado. Solo miraba los árboles. Una pequeña forma en la nieve.
El niño se atraganta, traga una vez más. Los perros gimen al otro lado de la puerta. El abuelo se mira las manos trémulas. ¿Cuánto falta para que el resto de la aldea tenga noticia de esto?
—No podía dejarlo allí.
Antes de la medianoche los sacan de la casa con horcas y antorchas. El niño ha causado la muerte a su padre, hechizado a su abuelo para que lo lleve de vuelta a casa desde el bosque. Alberga un demonio dentro y el defecto que tiene en la cara es la prueba de ello.
Dejan atrás el establo, el campo de heno, la despensa, siete colmenas de mimbre y la casa que el padre de Abuelo construyó seis décadas atrás. El amanecer los encuentra ateridos y asustados, varias millas río arriba. Abuelo camina despacio junto a los bueyes por la nieve y los bueyes tiran del carretón, sobre el que las niñas sujetan gallinas y loza. La vaca Bella los sigue, espantada de cada sombra, y cierra la comitiva la madre, a lomos de la yegua, con el niño que pestañea envuelto en mantas mirando fijamente el cielo.
Por la noche llegan a un barranco sin caminos a nueve millas de la aldea. Un río serpentea entre rocas coronadas de nieve, y nubes caprichosas, grandes como dioses, discurren despacio entre las copas de los árboles, silbando extrañamente y espantando al ganado. Acampan bajo un saliente de piedra caliza en cuyo interior, eones atrás, algunos homínidos pintaron osos cavernarios, uros y aves que no podían volar. Las niñas se apiñan alrededor de la madre, Abuelo hace una hoguera, la cabra gimotea, los perros tiemblan y los ojos del recién nacido atrapan la luz del fuego.
—Omeir —dice la madre—. Lo llamaremos Omeir. El de larga vida.