Ciudad de las nubes
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Anna
Tiene ocho años y vuelve del vinatero con tres jarras del vino oscuro y cabezón de Kalafates cuando se detiene a descansar a la puerta de una fonda. Por una ventana con los postigos echados oye, en griego de marcado acento:
Solo Ulises, avanzó hacia la noble morada de Alcínoo; quedose
frente al porche broncíneo de pie revolviendo mil cosas.
Como un brillo de sol o de luna veíase en la casa
de elevadas techumbres, mansión del magnánimo Alcínoo;
del umbral hasta el fondo extendíanse dos muros de bronce
con un friso de esmalte azulado por todo el recinto.
Defendían el fuerte palacio dos puertas de oro
que cercaban dintel y quiciales de plata, montados
sobre el piso de bronce; la argolla, también de oro puro.
Unos perros en plata y en oro había a las dos partes
que en sus sabios ingenios Hefesto labró, destinados
a guardar por delante el hogar del magnánimo Alcínoo…
Anna se olvida de la carretilla, del vino, de la hora, de todo. El acento es forastero, pero la voz es profunda y líquida y la métrica la atrapa como si fuera un jinete que pasara a galope junto a ella. Entonces llegan las voces de niños repitiendo los versos y, a continuación, la primera voz continúa:
Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas;
unos árboles crecen allá corpulentos, frondosos:
hay perales, granados, manzanos de espléndidas pomas;
hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos.
En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros:
a la poma sucede la poma, la pera a la pera,
el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.
¿Qué palacio es ese cuyas puertas relucen de oro y las columnas son de plata y los árboles no paran de dar fruto? Como hipnotizada, camina hacia el muro de la fonda, trepa por la verja y escudriña por la rendija del postigo. Dentro, cuatro niños con jubón están sentados alrededor de un hombre anciano con bocio que le hincha uno de los lados del cuello. Los niños repiten los versos en una monotonía sin brío y el hombre manipula lo que parecen hojas de pergamino en el regazo y Anna se pega a la ventana todo lo que se atreve.
Ha visto libros solo dos veces antes: una Biblia encuadernada en piel, centelleante de gemas, transportada por presbíteros por el pasillo central de Santa Teófano, y un catálogo de enfermedades en el mercado que el herborista cerró de golpe cuando Anna intentó mirar su contenido. Este parece más viejo y sucio; las letras se apelotonan en el pergamino como el rastro de cien agachadizas.
El preceptor sigue recitando los versos, en los cuales una diosa envuelve al viajero en niebla de modo que pueda asomarse al reluciente palacio, y entonces Anna se golpea contra el postigo y los niños levantan la vista. En un abrir y cerrar de ojos un criado de anchas espaldas está espantando a Anna con la mano como quien ahuyenta a un pájaro de una fruta.
Vuelve a su carretilla y la empuja contra la pared, pero pasan carros y las gotas de lluvia empiezan a golpear los tejados y ya no oye. ¿Quién es Ulises y quién es la diosa que lo envuelve en esa bruma mágica? ¿Será el reino del valeroso Alcínoo el mismo que está pintado en el torreón del arquero? Se abre la puerta y salen los niños corriendo, la miran con el ceño fruncido mientras esquivan charcos. Poco después sale el viejo preceptor apoyado en un bastón y Anna le cierra el paso.
—El canto. ¿Estaba dentro de esas páginas?
El preceptor apenas puede volver la cabeza; es como si le hubieran implantado una calabaza debajo de la barbilla.
—¿Me enseñarás? Ya conozco algunos símbolos; conozco el que es como dos columnas con una barra en medio y también el que es como una horca y el que es como un buey del revés.
En el barro a sus pies dibuja una A con el dedo índice. El hombre levanta los ojos hacia la lluvia. Tiene los globos oculares amarillos donde deberían ser blancos.
—Las niñas no estudian con preceptores. Y no tienes dinero.
Anna coge una jarra de la carretilla.
—Tengo vino.
El hombre se pone alerta. Levanta un brazo hacia la jarra.
—Primero una lección —dice Anna.
—No la vas a aprender.
Anna no cede. El viejo preceptor gime. Con el extremo de su bastón escribe en la tierra húmeda:
Ὠκεανóς
—Okeanos, Océano, hijo mayor del Cielo y la Tierra. —Dibuja un círculo alrededor y pincha el centro—. Aquí lo conocido. —A continuación pincha fuera—. Aquí lo desconocido. Ahora el vino.
Anna se lo da y bebe con las dos manos. Anna se acuclilla. Ὠκεανóς. Siete marcas en el barro. Y no obstante ¿contienen al viajero solitario y el palacio broncíneo con sus perros de oro y la diosa con su niebla?
Por volver tarde, la viuda Teodora pega a Anna en la planta del pie izquierdo con una vara. Por volver con una de las jarras medio vacía, le pega en la derecha. Diez golpes en cada pie. Anna apenas llora. Se pasa media noche inscribiendo letras en las superficies de su mente y durante todo el día siguiente, mientras sube y baja las escaleras cojeando, mientras acarrea agua, mientras va a buscar anguilas para Crisa, la cocinera, imagina el reino insular de Alcínoo envuelto en nubes y bendecido por el viento del oeste, rebosante de manzanas, peras y aceitunas, higos azules y granadas rojas, muchachos de oro en pedestales relucientes sujetando antorchas encendidas.
Dos semanas después está volviendo del mercado, dando un rodeo para evitar la fonda, cuando ve al preceptor con bocio sentado al sol igual que una planta en una maceta. Deja la cesta de cebollas y, con un dedo, escribe en el polvo:
Ὠκεανóς
Alrededor dibuja un círculo.
—Primogénito del Sol y la Tierra. Aquí lo conocido. Aquí lo desconocido.
El hombre alarga el cuello hacia un lado y vuelve la vista hacia Anna como si la viera por primera vez, y la humedad en sus ojos atrapa la luz.
Su nombre es Licinio. Antes de sus desventuras, le cuenta, era preceptor en una familia adinerada en una ciudad al oeste y poseía seis libros y un cofre de hierro donde guardarlos: dos vidas de santos, un libro de oraciones escrito por alguien llamado Horacio, un testimonio de los milagros de santa Isabel, una cartilla de gramática griega y la Odisea, de Homero. Pero entonces los sarracenos capturaron su ciudad y huyó a la capital sin nada y gracias a los ángeles del cielo por las murallas, cuyas piedras fundacionales fueron puestas por la Madre de Dios en persona.
Del interior de su capa Licinio saca tres fajos de pergamino marrones y moteados. Ulises, dice, fue una vez general del mayor ejército jamás reunido, cuyas legiones procedían de Hirmine, de Duliquio, de las ciudades amuralladas de Cnossos y Gortina, de los confines del mar, y cruzaron el océano en mil naves negras para saquear la ciudad de Troya y de cada nave salieron mil guerreros, tan innumerables, dice Licinio, como las hojas de los árboles, o como las moscas que se enjambran sobre cubos de leche caliente en los establos de los pastores. Durante diez años asediaron Troya y, cuando finalmente la capturaron, las legiones exhaustas zarparon rumbo a casa y llegaron todas sanas y salvas a excepción de Ulises. El relato de su viaje de vuelta, explica Licinio, está formado por veinticuatro cantos, uno por cada letra del alfabeto, y recitarlo llevaba varios días, pero lo único que conserva Licinio son estas tres manos de papel, cada una de las cuales contiene media docena de páginas, relativas a las secciones en que Ulises abandona la cueva de Calipso, naufraga en una tormenta y el mar lo arrastra, desnudo, a la isla de Esqueria, patria del valeroso Alcínoo, señor de los feacios.
Hubo un tiempo, continúa, en que cada hijo del imperio conocía cada uno de los personajes de la historia de Ulises. Pero mucho antes de que Anna naciera, cruzados latinos del oeste incendiaron la ciudad, mataron a millares de sus habitantes y la despojaron de gran parte de sus riquezas. Luego diferentes plagas redujeron la población a la mitad, y esa mitad a la mitad, y la que era emperatriz entonces tuvo que vender su corona a Venecia para pagar a sus guarniciones, y el emperador actual lleva una corona hecha de cristal y apenas puede costearse lo que come, y la ciudad languidece en un largo crepúsculo, esperando el segundo advenimiento de Cristo, y nadie tiene tiempo ya para viejas historias.
La atención de Anna permanece fija en las hojas que tiene delante. ¡Cuántas palabras! Aprenderlas todas llevaría siete vidas.
Cada vez que la cocinera Crisa manda a Anna al mercado, la niña encuentra una excusa para visitar a Licinio. Le lleva cortezas de pan, un pescado ahumado, media sarta de peces; en dos ocasiones consigue robar una jarra del vino de Kalafates.
A cambio, él le enseña. Α es ἄλφα es alfa; Β es βῆτα es beta; Ωes ὦ μέγα es omega. Mientras barre el suelo del taller, mientras acarrea un rollo de tela o un cubo de carbón, cuando se sienta en el taller al lado de María con los dedos entumecidos y el aliento humeando sobre la seda, practica las letras en las mil páginas en blanco de su cabeza. Cada signo equivale a un sonido, y unir sonidos es formar palabras, y unir palabras es construir mundos. Ulises, cansado, zarpa en su balsa desde la cueva de Calipso; la espuma del océano le moja la cara; la sombra del dios marino, con melena azul entreverada de algas, asoma bajo la superficie.
—Te llenas la cabeza de cosas inútiles —susurra María.
En cambio, punto de cadeneta, punto trenzado, punto de pétalo… Eso Anna no lo aprenderá jamás. Su destreza más tenaz con la aguja parece ser pincharse la yema de un dedo por accidente y manchar la tela de sangre. Su hermana dice que debería imaginar a los hombres santos que administrarán ritos divinos en las vestimentas que ella ayudó a decorar, pero los pensamientos de Anna están siempre volando a islas en los confines del mar donde no dejan de fluir dulces arroyos y de las nubes salen diosas envueltas en un haz de luz.
—Que los santos me ayuden —se lamenta la viuda Teodora—. ¿Aprenderás alguna vez?
Anna tiene edad suficiente para entender lo precario de su situación; María y ella no tienen familia, ni dinero; no pertenecen a nadie y se les permite vivir en la casa de Kalafates solo por el talento de María con una aguja. La mejor vida a la que ninguna de las dos puede aspirar es sentarse de sol a sol a una de esas mesas a bordar cruces y ángeles y follaje en capas pluviales, velos de cubrir cálices y casullas hasta terminar encorvadas y ciegas.
Monito. Mosquito. Caso perdido. Y sin embargo no puede parar.
—Una palabra a la vez.
Estudia una vez más la maraña de marcas en el pergamino.
πολλῶν δ᾽ ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω
—No puedo.
—Sí puedes.
Ἄστεα son «ciudades»; νόον es «pensamiento»; ἔγνω es «conoció».
—Vio las ciudades de muchos hombres y conoció su pensamiento, —dice Anna.
El bulto en el cuello de Licinio tiembla cuando la boca se le tuerce en una sonrisa.
—Eso es. Exacto.
Casi de la noche a la mañana, las calles resplandecen de significados. Lee inscripciones en monedas, en pilares y lápidas, en sellos de plomo y contrafuertes y placas de mármol incrustadas en las murallas defensivas, cada calle serpenteante de la ciudad es un inmenso y maltrecho manuscrito.
Las palabras brillan en el borde descascarillado del plato que Crisa la cocinera tiene junto a la lumbre: «Zoe la más piadosa». Sobre la entrada a una pequeña capilla olvidada: «Que la paz sea con quien entre aquí con buen corazón». Sus favoritas son unas cinceladas en el dintel de la puerta de Santa Teófano y que tarda medio domingo en descifrar:
Deteneos, rateros, ladrones, asesinos, jinetes y soldados
con humildad, pues hemos probado la rosada sangre de Jesús.
La última vez que Anna ve a Licinio, sopla un viento frío y tiene la tez del color de una tormenta. Le lloran los ojos, no toca el pan que le ha llevado y el bulto del cuello parece una criatura más siniestra que nunca, inflamado y florido, como si esta noche fuera por fin a devorarle el rostro.
Hoy, dice, trabajarán con μῦθος, «mythos», que significa una conversación o algo dicho, pero también una fábula o historia, una leyenda de tiempos de los antiguos dioses, y le está explicando a Anna que se trata de una palabra delicada, mutable, que puede sugerir algo falso y cierto a la vez, cuando su atención se quiebra.
El viento se lleva una de las manos de papel que sujeta entre los dedos y Anna va a buscarla, le sacude el polvo y se la pone en el regazo. Licinio está largo rato con los ojos cerrados.
—Repositorio —dice por fin—. ¿Conoces esa palabra? Un lugar de descanso. Un texto, un libro, es el lugar donde reposan los recuerdos de gentes que han vivido en el pasado. Una manera de fijar los recuerdos una vez el alma ha proseguido camino.
Entonces abre mucho los ojos, como si se asomara a una vasta oscuridad.
—Pero los libros, como las personas, también mueren. Mueren en incendios o inundaciones, en boca de gusanos y a capricho de tiranos. Si no se salvaguardan, desaparecen del mundo. Y cuando un libro desaparece del mundo, la memoria del pasado muere otra vez.
Hace una mueca y su respiración se enlentece y se entrecorta. Hojas de árboles arañan el camino y nubes brillantes discurren sobre las azoteas; pasan varios burros de carga con sus jinetes envueltos en gruesas ropas para protegerse del viento y Anna tiene un escalofrío. ¿Debería ir a buscar al criado? ¿Al sangrador?
Licinio levanta un brazo; en el puño tiene tres manos de papel maltrechas.
—No, maestro —dice Anna—. Son tuyas.
Pero la obliga a cogerlas. Anna mira hacia el camino: la fonda, la pared, los árboles agitados por el viento. Dice una plegaria y se guarda las hojas de pergamino dentro del vestido.