Ciudad de las nubes

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Dos » Una aldea de leñadores en las montañas Ródope de Bulgaria » Omeir

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Omeir

La hija mayor muere de parásitos, las fiebres se llevan a la mediana, pero el niño crece. A los tres años es capaz de sostenerse erguido en la cama de un arado mientras Hoja y Aguja limpian y a continuación roturan un campo de heno. A los cuatro sabe llenar la olla en el arroyo y acarrearla entre los cantos rodados hasta la casa de piedra de una sola habitación que ha construido Abuelo. En dos ocasiones su madre paga a la mujer del herrador para que recorra nueve millas río arriba desde la aldea y le cosa la hendidura del labio con aguja e hilo de bramante y las dos veces el plan fracasa. La hendidura, que se extiende por la mandíbula superior hasta la nariz, no se cierra. Pero aunque a veces le escuecen los oídos y también la mandíbula, y el caldo se le escapa siempre de la boca y le chorrea hasta mojarle la ropa, es robusto, callado y nunca enferma.

Sus primeros recuerdos son tres:

1. Estar de pie en el río entre Hoja y Aguja mientras beben, observando cómo las gotas que caen de sus enormes y redondos mentones captan la luz.

2. Su hermana Nida haciéndole muecas mientras se prepara para pincharle el labio superior con un palo.

3. Abuelo desprendiendo el cuerpo rosa brillante de un faisán de sus plumas, como si lo desvistiera, y espetándolo sobre la lumbre.

Los pocos niños que consigue conocer lo obligan a hacer de monstruo cuando juegan a las aventuras de Bulukiya y le preguntan si es verdad que su cara puede causar abortos y que los chochines se caigan del cielo en pleno vuelo. Pero también le enseñan a buscar huevos de codorniz y en qué agujeros del río están las mejores truchas y un tejo negro con el tronco medio hueco que crece de un peñasco de roca kárstica en lo alto de la cañada del que dicen que alberga espíritus malvados y es inmortal.

Muchos de los leñadores y sus mujeres evitan acercarse a él. En más de una ocasión, un mercader que viaja siguiendo el río espolea su caballo y se interna entre los árboles para no tener que cruzarse con Omeir en el camino. No recuerda si algún desconocido lo ha mirado alguna vez sin miedo o desconfianza.

Sus días favoritos llegan con el verano, cuando los árboles bailan en la brisa, el musgo brilla verde esmeralda en las rocas y las golondrinas se persiguen unas a otras en el barranco. Nida canta cuando saca las cabras a pastar, la madre se tumba en una roca que da al arroyo con la boca abierta, como si inhalara luz, y Abuelo coge sus redes y potes llenos de liga y se lleva a Omeir a lo alto de la montaña a cazar pájaros.

Aunque tiene la columna encorvada y le faltan dos dedos del pie, Abuelo se mueve con rapidez y Omeir necesita dar dos zancadas por cada una suya. Mientras suben, Abuelo hace proselitismo de la superioridad de los bueyes: que si son más tranquilos y fiables que los caballos, que si no necesitan comer avena, que si su boñiga no calcina el centeno, como hace la de caballo, que si se pueden comer aunque sean viejos, que si guardan luto cada vez que uno pierde a su compañero, que si cuando se tumban sobre el costado izquierdo significa que viene buen tiempo y si lo hacen sobre el derecho es que va a llover. Los bosques de hayas dan paso a los pinos, estos a su vez dan paso a la genciana y la prímula y, para cuando atardece, Abuelo ha cazado doce urogallos con sus trampas.

Oscurecido ya, se detienen a hacer noche en un claro salpicado de rocas y los perros corren en círculos alrededor de ellos husmeando el aire en busca de lobos, Omeir hace fuego y Abuelo sazona y asa dos de los urogallos y las crestas de las montañas abajo retroceden en una cascada de azules cada vez más oscuros. Comen, el fuego se reduce a carbones, Abuelo bebe de una calabaza llena de licor de ciruelas y, con la felicidad más pura, el niño espera, siente cómo traquetea hasta él igual que un carro iluminado por farolas, lleno de tortas y miel, a punto de doblar la esquina.

«¿Te he hablado alguna vez —dirá Abuelo— de cuando me subí a lomos de un escarabajo gigante y visité la luna?».

O: «¿Te he hablado alguna vez de mi viaje a una isla hecha de rubís?».

Le habla a Omeir de una ciudad de cristal, muy al norte, donde todos hablan en susurros para no romper nada; cuenta que en una ocasión se convirtió en lombriz y cavó un túnel hasta el inframundo. Sus historias siempre terminan con Abuelo que vuelve sano y salvo a la montaña, después de sobrevivir a alguna aventura terrorífica y asombrosa, y los carbones se hacen ceniza, y Abuelo empieza a roncar, y Omeir mira al cielo nocturno y se pregunta qué mundos flotarán entre la luz lejanísima de las estrellas.

Cuando le pregunta a su madre si los escarabajos pueden volar hasta la luna o si Abuelo vivió alguna vez un año entero dentro de un monstruo marino, esta sonríe y dice que, por lo que ella sabe, Abuelo nunca ha salido de la montaña, y ahora, por favor, ¿quiere Omeir concentrarse en ayudarla a derretir la cera de abeja?

Con todo, a menudo el niño sube solo por el sendero que conduce al tejo medio hueco que crece de un peñasco, trepa a sus ramas, observa desde arriba el punto donde el río desaparece tras un recodo e imagina las posibles aventuras que aguardan más allá: bosques donde los árboles pueden andar; desiertos donde hombres con cuerpo de caballo corren tan rápido como vuelan los vencejos; un reino en lo más alto de la tierra donde acaban las estaciones, y dragones marinos nadan entre montañas de hielo, y vive para siempre una raza de gigantes azules.

Tiene diez años cuando Bella, la vieja vaca de lomo hundido de la familia, pare por última vez. Durante gran parte de la tarde, dos pezuñas pequeñas que chorrean moco y despiden vapor en el aire frío asoman de debajo del arco alto de su cola y Bella pasta como si nada en el mundo hubiera cambiado; al cabo tiene un espasmo y un ternero color de barro termina de salir de ella.

Omeir hace ademán de acercarse, pero Abuelo lo detiene con una pregunta en su rostro. Bella lame su ternero, cuyo cuerpecito se mece bajo el peso de la lengua, y Abuelo murmura una plegaria, y cae una lluvia suave, y el ternero no se pone de pie.

Entonces Omeir ve lo que había visto Abuelo. Un segundo par de cascos ha aparecido debajo del rabo de Bella. Un hocico con una lengüecita rosa atrapada entre las mandíbulas pronto acompaña las pezuñas, seguida de un único ojo y, por fin, nace un segundo ternero, gris en esta ocasión.

Gemelos. Dos machos.

El ternero gris se pone de pie casi nada más tocar el suelo. El marrón sigue con el mentón pegado al suelo. «Algo le pasa», susurra el Abuelo, y se pone a maldecir al criador que le cobró por los servicios de su toro, pero Omeir decide que el ternero solo necesita tiempo. Que necesita acostumbrarse a esta mezcla extraña y nueva de gravedad y huesos.

El ternero gris mama sobre sus patas torcidas y delgadas; el primogénito sigue húmedo y doblado sobre los helechos. Abuelo suspira, pero entonces el primer ternero se levanta y da un paso hacia ellos como diciendo: «¿Quién de vosotros dudaba de mí?», y Abuelo y Omeir ríen y la riqueza de la familia se ha duplicado.

Abuelo advierte de que será difícil que Bella tenga leche para dos, pero resulta que lo consigue a base de pastar sin descanso durante los días cada vez más largos, y los terneros crecen deprisa y sin parar. A uno lo llaman Árbol; al gris, Rayo de Luna.

A Árbol le gusta mantener las pezuñas limpias, muge si pierde de vista a su madre y puede estarse media mañana pacientemente quieto mientras Omeir le quita abrojos del pelo. Rayo de Luna, en cambio, trota de acá para allá investigando polillas, setas o tocones de árbol; mordisquea cuerdas y cadenas, come serrín, se mete en el agua hasta las rodillas, se le engancha un cuerno en un árbol muerto y muge pidiendo ayuda. Lo que sí comparten ambos terneros desde el principio es una adoración por el niño, quien les da de comer de su mano, les acaricia el hocico, se despierta a menudo en el establo junto a la casa con sus cuerpos grandes y calientes rodeándolo. Juegan con él al escondite y a hacer carreras contra Bella; chapotean juntos en charcos de primavera entre nubes brillantes de moscas; parecen considerar a Omeir un hermano.

Antes de su primera luna llena, Abuelo los unce a un yugo. Omeir llena el carretón de piedras, coge una aguijada y empieza a enseñarles. Primero un paso y luego otro. Pasallá significa derecha, uesque, izquierda, so significa parar. Al principio los terneros no obedecen al chico. Árbol se niega a recular y a dejarse uncir al carretón; Rayo de Luna intenta desembarazarse del yugo en cada árbol. El carretón se inclina, las piedras se caen, los becerros se arrodillan entre mugidos y los viejos Hoja y Aguja levantan sus canosas cabezas de la hierba y la menean como si se divirtieran.

—¿Qué criatura —pregunta Nida riendo— confiaría en alguien con esa cara?

—Enséñales que eres capaz de satisfacer todas sus necesidades —dice Abuelo.

Omeir empieza desde el principio. Les da golpecitos en las rodillas con la aguijada; cloquea y silba; les susurra al oído. Ese verano la montaña está más verde de lo que recuerda nadie, las hierbas crecen altas, las colmenas de la madre rebosan miel y, por primera vez desde que tuvieron que dejar la aldea, la familia tiene comida en abundancia.

Los cuernos de Árbol y Rayo de Luna crecen, sus flancos engordan, se les ensancha el pecho; para cuando los castran, son más grandes que su madre y hacen que Hoja y Aguja parezcan menudos. Abuelo dice que, si escuchas con atención, puedes oírlos crecer y, aunque Omeir está bastante seguro de que Abuelo bromea, cuando nadie lo ve pega la oreja a la enorme costilla de Rayo de Luna y cierra los ojos.

En otoño corre por el valle el rumor de que el sultán gazi Murad II, Guardián del Mundo, ha muerto y que su hijo de dieciocho años (bendito sea por siempre) ha ascendido al poder. Los comerciantes que compran la miel de la familia afirman que el joven sultán trae consigo una nueva edad dorada y en la pequeña cañada esa impresión da. El camino está seco y despejado, Abuelo y Omeir trillan la mayor cosecha de cebada que recuerdan y Nida y su madre echan las semillas en cestos y un viento claro y limpio se lleva la cascarilla.

Una tarde justo antes de las primeras nieves, un viajero en una lustrosa yegua sube por el camino del río seguido de su criado, a lomos de un rocín. Abuelo manda a Omeir y Nida al establo y una vez allí espían por las grietas entre los troncos. El viajero lleva un turbante verde hierba y una casaca de montar forrada de lana de borrego, y su barba es tan pulcra que Nida se pregunta si no se la recortarán unos duendes cada noche. Abuelo les enseña los pictogramas antiguos que hay en la caverna y después el viajero pasea por la pequeña granja admirando las terrazas y los cultivos, y cuando ve los dos novillos abre la boca de par en par.

—¿Los alimentáis con sangre de gigantes?

—Es una rara bendición —dice Abuelo— tener gemelos que puedan compartir yugo.

Al anochecer Madre, con la cara tapada, da de comer a los viajeros mantequilla y habichuelas, luego los últimos melones del año, regados con miel, y Nida y Omeir van de puntillas a la parte de atrás de la casa a escuchar, y Omeir oye historias de ciudades que ha visto el visitante en los territorios que quedan del otro lado de la montaña. El viajero pregunta cómo es que se han instalado solos en una cañada a millas de la aldea más cercana y Abuelo dice que viven allí por elección, que el sultán, la paz sea siempre con él, les ha proporcionado todo lo que la familia necesita. El viajero murmura algo que no consiguen oír y entonces su criado se pone de pie, carraspea y declara:

—Amo, esconden un demonio en el establo.

Silencio. Abuelo echa un leño al fuego.

—Un espíritu maligno o un mago que se hace pasar por niño.

—Mis disculpas —dice el viajero—. A mi sirviente se le ha olvidado cuál es su sitio.

—Tiene cara de liebre y cuando habla a las bestias estas le obedecen. Por eso viven aquí solos, a millas del pueblo más cercano. Por eso tienen unos novillos tan grandes.

El viajero se pone de pie.

—¿Es eso cierto?

—No es más que un niño —responde Abuelo, aunque Omeir percibe el filo en su voz.

El criado se dirige hacia la puerta.

—Eso pensáis ahora —replica—, pero con el tiempo mostrará su verdadera naturaleza.

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