Ciudad de las nubes
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Anna
Fuera de las murallas de la ciudad rebullen viejos rencores. El sultán de los sarracenos ha muerto, dicen las mujeres del taller, y el nuevo, un muchacho apenas, se pasa los días planeando cómo capturar la ciudad. Estudia la guerra, dicen, igual que estudian los monjes las escrituras. Sus maestros canteros ya están construyendo hornos para cocer ladrillos a media jornada por el estrecho del Bósforo, donde, en el tramo más angosto del canal, tiene intención de construir una fortaleza monstruosa que podrá capturar cualquier nave que intente llevar pertrechos, trigo o vino a la ciudad desde puestos fronterizos del mar Negro.
A medida que se acerca el invierno, el maestro Kalafates ve augurios en cada sombra. Se agrieta una jarra, gotea un cubo, se apaga una llama: la culpa es del nuevo sultán. Kalafates se queja de que han dejado de llegar pedidos de las provincias; las bordadoras no trabajan suficientemente duro o han usado demasiado hilo de oro, o no han usado lo bastante, o su fe es impura. Ágata es demasiado lenta, Tekla es demasiado vieja, los dibujos de Elyse son demasiado sosos. Una simple mosca de la fruta en su copa de vino puede desatar un hilo negro que le enmaraña el ánimo durante días.
La viuda Teodora dice que Kalafates necesita compasión, que el remedio a todos los males es la oración, así que, después de oscurecido, María se arrodilla en la celda delante del icono de santa Koralia y mueve los labios en silencio, lanzando plegarias hacia el cielo, al otro lado de las vigas del techo. Hasta muy tarde, mucho después de que toquen a completas, Anna no se arriesga a salir del lecho que comparte con su hermana, coger una vela de sebo del armario de la trascocina y sacar los fajos de Licinio de su escondite debajo del jergón.
Si María se entera, no dice nada, y Anna está demasiado absorta para que le preocupe. La luz de la vela parpadea sobre las hojas: las palabras se convierten en versos, los versos se transforman en color y luz y el solitario Ulises naufraga en la tormenta. Su balsa vuelca; traga agua salada; el dios del océano pasa rugiendo en sus corceles verde mar. Pero allí, en la lontananza color turquesa, más allá de las olas furiosas, centellea el reino mágico de Esqueria.
Es como construir un pequeño paraíso, broncíneo y brillante, que resplandece de fruta y vino, dentro de la celda. Enciendes una candela, lees un verso y el viento del oeste empieza a soplar: una criada trae un aguamanil y, a continuación, vino. Ulises se sienta a la mesa real a comer y el bardo favorito del rey empieza a recitar.
Una noche de invierno Anna vuelve por el pasillo de la trascocina cuando oye, por la puerta entornada de la celda, la voz de Kalafates.
—¿Qué hechicería es esta?
Le baja hielo por todos los canales del cuerpo. Camina de puntillas hasta el umbral: María está arrodillada en el suelo y le sangra la boca, y Kalafates está encorvado debajo de las vigas bajas, con las cuencas de los ojos sumidas en sombra. En los largos dedos de la mano izquierda tiene las hojas de pergamino de Licinio.
—¿Eres tú la culpable? ¿De todo? ¿La que roba velas? ¿La que nos causa infortunios?
Anna quiere abrir la boca, confesar, borrarlo todo, pero su miedo es tal que la ha despojado de la capacidad de hablar. María reza sin mover los labios, reza detrás de sus ojos, refugiada en un sanctasanctórum particular en el centro mismo de su mente, y su silencio solo sirve para enfurecer más a Kalafates.
—Me decían: solo un santo metería a unas niñas que no son suyas en casa de su padre. ¿Quién sabe qué maldades pueden traer? ¿Y acaso los escuché? Lo que dije fue: «No son más que velas. Quien las esté robando lo hace solo para iluminar sus plegarias nocturnas». ¡Y ahora me encuentro esto! ¡Este veneno! ¡Esta hechicería!
Coge a María del pelo y algo dentro de Anna grita. Díselo. La ladrona eres tú; la desgracia eres tú. Habla. Pero Kalafates arrastra a María del pelo hasta el pasillo haciendo caso omiso de Anna y María intenta ponerse de pie, pero Kalafates la dobla en tamaño y el valor de Anna brilla por su ausencia.
Se lleva a María pasadas las celdas donde otras bordadoras están agachadas detrás de las puertas. Por un momento, María consigue apoyar un pie en el suelo, pero tropieza y Kalafates se queda con un gran mechón de pelo en el puño, y uno de los lados de la cabeza de María choca con el peldaño de piedra que lleva a la trascocina.
El sonido es como el de un ladrillo traspasando una calabaza. Crisa, la cocinera, levanta la vista de la vasija de fregar; Anna sigue en el pasillo; María sangra en el suelo. Nadie habla cuando Kalafates la agarra del vestido y arrastra su cuerpecillo flácido hasta la lumbre y tira al fuego los trozos de pergamino y obliga a María a mirar las llamas mientras los fajos se reducen a cenizas uno detrás de otro.