Ciudad de las nubes
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Omeir
Omeir tiene doce años y está sentado en una rama del tejo medio hueco mirando hacia el recodo del río, cuando el perro más pequeño de Abuelo llega corriendo veloz en dirección a la casa con el rabo entre las piernas. Rayo de Luna y Árbol —dos hermosos becerros de cuello y lomo gruesos, con cordones de músculos cruzándoles el pecho— levantan el mentón al unísono desde donde pastan las últimas matas de dedalera. Olisquean el aire, luego miran a Omeir como si esperaran sus instrucciones.
La luz se vuelve color platino. La tarde es tan queda que Omeir oye al perro correr hacia la casa y a su madre decir: «¿Se puede saber qué le pasa?».
Cuatro respiraciones cinco respiraciones seis. Camino abajo, heraldos con estandartes sucios de barro doblan el recodo en filas de a tres. Los siguen más jinetes, algunos llevando lo que parecen trompetas, otros lanzas, primero una docena, y luego más, asnos que tiran de carros, soldados a pie, más hombres y bestias de los que ha visto nunca Omeir.
Baja del árbol de un salto y corre por el sendero que lleva a la casa, con Rayo de Luna y Árbol trotando detrás, aún rumiando el bolo de comida, avanzando entre la hierba alta como proas de barcos. Para cuando Omeir llega al establo, Abuelo ya ha salido cojeando de la casa con expresión sombría, como si la hora de una verdad que lleva tiempo posponiendo hubiera por fin llegado. Hace callar a los perros, manda a Nida a la despensa del sótano y espera con la espalda rígida y los puños a ambos lados del cuerpo mientras los primeros jinetes suben desde el río.
Montan ponis con borlas y bridas pintadas y llevan gorros rojos y también alabardas o varas de hierro o ballestas sujetas a las sillas. Pequeños cuernos de pólvora cuelgan de sus cuellos; llevan el pelo cortado de forma extraña. Un emisario real con botas hasta la rodilla y las mangas arrugadas en volantes a la altura de las muñecas desmonta, camina entre las rocas y se detiene con la mano derecha en la empuñadura de su daga.
—Que Dios te bendiga —dice Abuelo.
—Y a ti.
Caen las primeras gotas de lluvia. Al final de la procesión Omeir ve más hombres doblar el recodo, algunos con bueyes famélicos uncidos a carros, otros a pie con carcajes a la espalda o empuñando espadas. La mirada de uno de los heraldos se detiene en el rostro de Omeir, su semblante se tuerce en una mueca de asco y el niño tiene un atisbo de lo que él y aquel lugar deben de parecer: una tosca casa excavada en una hondonada y habitada por un niño con la cara cortada, la ermita de los desfigurados.
—Va a anochecer —dice Abuelo— y a llover también. Debéis de estar cansados. Tenemos forraje para vuestros animales y un techo para que descanséis hasta que cambie el tiempo. Pasad, sois bienvenidos.
Hace pasar a media docena de heraldos a la casa con formalidad rígida y es posible que esté siendo sincero, aunque Omeir se fija en que se lleva una y otra vez las manos a la barba y se arranca pelos con el pulgar y el índice, como siempre que está nervioso.
Para cuando se hace de noche, llueve sin parar y hay cuarenta hombres y casi otros tantos animales refugiados bajo el saliente de piedra caliza alrededor de dos hogueras humeantes. Omeir trae leña, luego avena y paja, corre por la oscuridad húmeda entre el establo y el saliente, manteniendo el rostro oculto debajo de la capucha. Cada vez que se detiene, zarcillos de miedo le atenazan la garganta. ¿Por qué están aquí esos hombres, a dónde van y cuándo se irán? Lo que les sirven su madre y su hermana —la miel y las conservas, la col en salmuera, la trucha, el queso de cabra, la cecina de venado— es prácticamente todo lo que tienen para comer durante el invierno.
Muchos de los hombres llevan capas y mantos como las de los leñadores, pero otros visten abrigos de piel de zorro o de camello y al menos uno lleva una piel de armiño con los dientes del animal aún unidos a ella. La mayoría llevan dagas ceñidas a la cintura y todos hablan del botín que van a obtener de una gran ciudad al sur.
Pasa la medianoche cuando Omeir encuentra a Abuelo en su banco del establo trabajando a la luz de una lámpara de aceite, un dispendio que Omeir rara vez le ha visto hacer antes, tallando lo que parece ser un yugo nuevo. El sultán, que Dios lo guarde, dice Abuelo, está reuniendo hombres y animales en su capital, Edirne. Necesita guerreros, pastores, cocineros, herradores, herreros, porteadores. Todo el que vaya será recompensado, en esta vida o en la siguiente.
Pequeños remolinos de serrín suben por la luz de la lámpara y se disipan en las sombras.
—Al ver nuestros bueyes —dice— casi se les separa la cabeza del cuello.
Pero no se ríe ni levanta la vista de su trabajo.
Omeir se sienta pegado a la pared. La peculiar combinación de boñiga, humo, paja y virutas de madera le provoca un picor familiar en la parte posterior de la garganta y se traga las lágrimas. Cada mañana llega y das por hecho que será parecida a la anterior, que estarás a salvo, que tu familia seguirá con vida, que estaréis juntos, que la vida proseguirá más o menos igual. Pero entonces, en un instante, todo cambia.
Imágenes de la ciudad al sur acuden raudas a sus pensamientos, pero nunca ha visto una ciudad ni una representación de una y no sabe qué imaginar, así que sus visiones se mezclan con las historias de Abuelo sobre zorros que hablan y arañas lunares, sobre torres hechas de cristal y puentes entre estrellas.
Un asno rebuzna en la noche. Omeir dice:
—Se van a llevar a Árbol y Rayo de Luna.
—Y a un boyero que los guíe. —Abuelo levanta el yugo, lo estudia, lo vuelve a dejar—. Los animales no obedecerán a nadie más.
Un hacha atraviesa a Omeir. Lleva toda la vida preguntándose qué aventuras lo esperan más allá de la sombra de la montaña, pero ahora solo quiere acurrucarse contra los leños de las paredes del establo hasta que cambien las estaciones y estos visitantes no sean más que un recuerdo y todo vuelva a ser como era antes.
—No pienso ir.
—Una vez —dice Abuelo mirándolo por fin—, todos los habitantes de una ciudad, desde mendigos hasta el rey, pasando por los carniceros, desoyeron la llamada de Dios y se convirtieron en piedra. Una ciudad entera, cada mujer, cada niño, convertidos en piedra. Uno no puede desoír algo así.
En la pared opuesta, Árbol y Rayo de Luna duermen, sus costillas suben y bajan a la vez.
—Conocerás la gloria —añade Abuelo— y luego volverás.