Ciudad de las nubes
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Seymour
De recién nacido chilla, aúlla, berrea. Hasta los tres años come solo cosas redondas: aritos de cereal Cheerios, gofres precocinados y M&M’s sin cacahuete en paquete de 48 gramos. Ni tamaño fiesta ni tamaño familiar, que Dios ayude a Bunny como se le ocurra ofrecerle los que tienen cacahuete. Puede tocarle los brazos y las piernas, pero ni los pies ni las manos. Las orejas jamás. Lavarle la cabeza es una pesadilla. Cortes de pelo = imposible.
Casa es un motel de tarifa semanal en Lewiston llamado Golden Oak; Bunny se paga una habitación limpiando las otras dieciséis. Novios van y vienen igual que tormentas: está Jed, está Mike Gawtry, está un tipo al que Bunny llama Pata de Pavo. Mecheros parpadean; máquinas de hielo rugen; camiones del aserradero hacen temblar los cristales. En las noches especialmente malas duermen en el Pontiac.
A los tres años, Seymour decide que no soporta las etiquetas en la ropa interior, ni tampoco el susurro que hacen ciertos cereales del desayuno al contacto con el interior de sus envoltorios de plástico. A los cuatro, chilla si la pajita de un envase de zumo roza de manera equivocada el aluminio que ha atravesado. Si Bunny estornuda demasiado fuerte, tiembla durante media hora. Los hombres preguntan: «¿Qué le pasa?». Dicen: «¿No puedes hacer que se calle?».
Tiene seis años cuando Bunny se entera de que su tío abuelo Pawpaw, un hombre al que no ha visto desde hace veinte años, se ha muerto y le ha dejado en herencia una casa prefabricada de doble ancho en Lakeport. Cierra su móvil tipo concha, deja caer los guantes de goma en la bañera de la habitación número 14, abandona el carrito de la limpieza en la puerta entornada, mete en el Grand Am el horno con grill, el televisor con DVD incorporado Magnavox, dos bolsas de basura con ropa y conduce con Seymour durante tres horas hacia el sur sin una sola parada.
La casa está en media hectárea de maleza a kilómetro y medio de la ciudad, al final de un camino de grava llamado Arcady Lane. Una ventana está hecha añicos. En el costado está escrito NO LLAMO AL 911 con pintura de espray y el techo tiene un extremo abarquillado, como si un gigante hubiera intentado arrancarlo. En cuanto se marcha el abogado, Bunny se arrodilla en el camino de entrada y solloza con una persistencia que los asusta a los dos.
Un bosque de pinos rodea la media hectárea de terreno por tres lados. En el prado delantero, miles de mariposas blancas revolotean entre las cabezas de los cardos. Seymour se sienta al lado de su madre.
—Ay, bichito. —Bunny se seca los ojos—. Ha sido demasiado tiempo, joder.
Los árboles que se elevan detrás de la propiedad centellean; las mariposas flotan.
—¿Demasiado tiempo de qué, mamá?
—De no tener esperanza.
Una hebra de telaraña que surca el aire atrapa la luz.
—Sí —dice Seymour—. Ha sido demasiado tiempo sin esperanza, joder.
Y se sobresalta cuando su madre se echa a reír.
Bunny clava tablones de aglomerado en la ventana rota, limpia cacas de roedores de los armarios de la cocina, saca el colchón roído por las ardillas de Pawpaw a la carretera y compra a plazos dos nuevos al diecinueve por ciento de interés sin entrada. En la tienda de segunda mano encuentra un sofá tú y yo naranja y lo rocía con media lata de ambientador Glade Hawaiian Breeze antes de meterlo en la casa con ayuda de Seymour. Al atardecer se sientan juntos en el peldaño delantero y se comen dos gofres cada uno. Un águila pescadora pasa volando sobre sus cabezas en dirección al lago. Una cierva y dos cervatillos aparecen junto al cobertizo y mueven las orejas. El cielo se tiñe de morado.
—Crecen las semillas —canta Bunny—, la pradera florece y el bosque reverdece…
Seymour cierra los ojos. La brisa es suave como las mantas azules del Golden Oak, quizá más, y los cardos desprenden un olor a árboles de Navidad calientes, y al otro lado de la pared que tienen detrás está su propio cuarto, con manchas en el techo que parecen nubes o pumas o quizá esponjas marinas, y su madre parece tan feliz que, cuando llega a la parte de la canción que habla de los corderos que balan y los terneros que brincan y el cabritillo que se tira pedos, no puede evitar reír.
Primer curso en la escuela elemental de Lakeport = veintiséis niños de seis años en un aula prefabricada de siete por doce metros presidida por una vieja maestra de la ironía llamada señora Onegin. El pupitre azul marino que le asigna a Seymour es odioso; su estructura es combada y los pernos están oxidados y el pie hace un chirrido al contacto con el suelo que para Seymour es como si le clavaran agujas en la parte posterior de los globos oculares.
La señora Onegin dice: «Seymour, ¿ves a algún otro niño sentado en el suelo?».
Dice: «Seymour, ¿estás esperando una invitación personalizada?».
Dice: «Seymour, como no te sientes…».
En la mesa del director, una taza dice: ME GUSTA CON UNA SONRISA. Por su cinturón trotan correcaminos de dibujos animados. Bunny lleva su polo nuevo de Servicio de Mantenimiento Wagon Wheel, cuyo precio le descontarán de la primera paga. «Es muy sensible», explica, y el director Jenkins pregunta: «¿Tiene figura paterna?», y le mira por tercera vez los pechos, y más tarde, en el coche, Bunny para en el arcén de Mission Street y se traga tres pastillas de Excedrin para las migrañas.
—Bichito, ¿me estás escuchando? Tócate las orejas si me estás escuchando.
Pasan silbando cuatro camiones: dos azules, dos negros. Seymour se toca las orejas.
—¿Qué somos?
—Un equipo.
—¿Y qué hace un equipo?
—Ayudarse los unos a los otros.
Pasa un coche rojo. Luego un camión blanco.
—¿Me puedes mirar?
Seymour mira. La etiqueta magnética que lleva Bunny en la camiseta dice: EMPLEADA DE LIMPIEZA BUNNY. Su nombre es más pequeño que su cargo. Dos camiones más zarandean el Grand Am al pasar, pero Seymour no oye de qué color son.
—No puedo dejar el trabajo en pleno turno solo porque no te guste tu pupitre. Me pueden despedir. Y no me puedo permitir que me despidan. Necesito que hagas un esfuerzo. ¿Lo vas a hacer?
Hace un esfuerzo. Cuando Carmen Hormaechea le toca con su mano ortigada, intenta no gritar. Cuando el frisbi de Tony Molinari le golpea en el canto de la mano, intenta no llorar. Pero a los nueve días de empezado septiembre, un incendio descontrolado en las montañas Seven Devils ahoga el valle entero en humo, la señora Onegin dice que la calidad del aire es demasiado baja para salir al recreo y que tienen que estar con las ventanas cerradas por el asma de Rodrigo y, a los pocos minutos, el aula prefabricada apesta igual que el microondas de Pawpaw cuando Bunny descongela una fajita.
Seymour consigue sobrevivir a Matemáticas de grupo, a Almuerzo, a Fluidez Lectora. Pero, cuando llega Periodo de Reflexión, su resistencia se resquebraja. La señora Onegin manda a todos a sus pupitres a colorear mapas de América del Norte y Seymour intenta dibujar círculos verdes tenues en el golfo de México, intenta mover solo la mano y la muñeca, no el cuerpo, de manera que el pupitre no empiece a hacer cri cri, no respirar para no oler ningún olor, pero el sudor le baja por las costillas, Wesley Ohman no deja de despegar y pegar el velcro de su zapato izquierdo, los labios de Tony Molinari hacen popopopop, la señora Onegin está escribiendo una A-M-E-R-I-C enorme y horrible en la pizarra con la punta de un rotulador que araña y chirría, el reloj de la clase hace tictoctictoc y todos estos sonidos se le meten en la cabeza igual que avispas en un nido y bullen ahí dentro y crecen hasta convertirse en un rugido.
El rugido: lleva toda la vida de Seymour bramando en la distancia. Ahora crece. Borra las montañas, el lago, el centro de Lakeport; recorre con un estruendo el aparcamiento de la escuela, zarandeando los coches; gruñe junto al aula prefabricada y hace temblar la puerta. El campo visual de Seymour se llena de agujeritos negros. Se tapa los oídos con las manos, pero el rugido se come la luz.
La señorita Slattery, la orientadora de la escuela, dice que puede ser trastorno de procesamiento sensorial o trastorno de déficit de atención o trastorno de hiperactividad o alguna combinación de todos ellos. No puede decirlo con seguridad, el niño es demasiado pequeño. Y ella no es diagnosticadora. Pero sus gritos han asustado a los otros niños y el director Jenkins ha mandado a casa a Seymour para el resto del viernes y Bunny debería concertar una cita con un terapeuta ocupacional lo antes posible.
Bunny se pellizca el puente de la nariz.
—¿Y eso está incluido?
Steve, el gerente de Wagon Wheel, dice, pues claro, Bunny, tráete a tu hijo al trabajo si lo que quieres es que te despida, así que el viernes por la mañana Bunny quita los mandos de los quemadores de la cocina, deja una caja de Cheerios en la encimera y pone el DVD de Niñoestelar en reproducción sin fin.
—Bichito.
En el Magnavox, Niñoestelar baja de la noche con su traje reluciente.
—Tócate las orejas si me estás escuchando.
Niñoestelar encuentra una familia de armadillos atrapada en una red. Seymour se toca las orejas.
—Cuando el reloj del microondas se ponga en cero cero cero, vendré a ver cómo estás, ¿vale?
Niñoestelar necesita ayuda. Es hora de llamar a Amigofiel.
—¿Te vas a portar bien?
Asiente con la cabeza; el Pontiac traquetea Arcady Lane abajo. Amigofiel el Búho aparece volando en la noche de dibujos animados. Los armadillos salen de la trampa; Amigofiel anuncia que los amigos que se ayudan entre sí son los mejores amigos de todos. Entonces algo que suena igual que un escorpión gigante empieza a arañar el techo de la casa prefabricada de doble ancho.
Seymour escucha en su habitación. Escucha en la puerta principal. En la puerta corredera de la cocina. El sonido hace toc cri cri.
En el Magnavox está saliendo un gran sol amarillo. Es hora de que Amigofiel vuelva volando a su nido. Es hora de que Niñoestelar vuelva volando al Firmamento. Mejores amigos mejores amigos, canta Niñoestelar:
Nunca nos separamos.
Estoy en el cielo,
y te llevo en el corazón.
Cuando Seymour abre la puerta corredera, una urraca echa a volar desde el tejado y aterriza en una roca con forma de huevo en el jardín trasero. Baja la cola y canta croc croc.
De escorpión nada. Es un pájaro.
Una tormenta nocturna ha despejado el humo y la mañana es clara. Los cardos mecen sus coronas moradas e insectos diminutos vuelan por doquier. Los miles de pinos que se amontonan detrás de la parcela, que crecen hacia la cadena montañosa, parecen respirar cada vez que la brisa los mece. Inspirar espirar. Hay diecinueve pasos por maleza que le llega por la cintura hasta la roca en forma de huevo y para cuando Seymour se sube, la urraca ha volado a una rama en la linde del bosque. Manchas de liquen —rosa, aceituna, naranja fuego— decoran la roca. Es asombroso lo que hay aquí fuera. Grande. Vivo. Sin fin.
Veinte pasos después de pasar la roca Seymour llega a un trozo de alambre de espino caído entre dos postes. A su espalda están la puerta corredera, la cocina, el microondas de Pawpaw; delante hay mil doscientas hectáreas de bosque propiedad de una familia de Texas que nadie en Lakeport conoce.
Croc croc croc, llama la urraca.
Es fácil pasar por debajo de la alambrada.
Debajo de los árboles, la luz cambia por completo: es otro mundo. De las ramas penden gallardetes de liquen; arriba brillan retazos de cielo. Hay un hormiguero la mitad de alto que Seymour; hay un saliente de granito del tamaño de una minicaravana; hay una lámina de corteza de árbol que le ajusta el torso igual que el peto de la armadura de Niñoestelar.
Subiendo por la ladera de la colina que está detrás de la casa, Seymour encuentra un calvero cercado de abetos de Douglas con un enorme pino ponderosa muerto en el centro igual que el brazo de muchos dedos de un esqueleto gigante salido del inframundo. Cayendo en cascada a su alrededor, despedidas de los abetos, bajan volando cientos de agujas de pino de dos en dos. Coge una, imagina que es un hombrecillo con el torso cortado y piernas largas y esbeltas. El Hombreaguja se adentra en el calvero con sus pies puntiagudos.
A los pies del árbol muerto, Seymour construye una casa para Hombreaguja con corteza y ramitas. Está instalando un colchón de liquen dentro, cuando a tres metros sobre su cabeza chilla un fantasma.
¿Iii-iii? ¿Ii-iii?
Cada pelo de los brazos de Seymour se eriza. El búho está tan bien camuflado que vocaliza tres veces más antes de que el niño lo vea, y, cuando por fin lo hace, da un respingo.
El animal parpadea tres veces, cuatro. En la sombra junto a la corteza del árbol, con los párpados cerrados, el búho se esfuma. Entonces los ojos se abren y la criatura está de nuevo allí.
Es del tamaño de Tony Molinari. Sus ojos son del color de las pelotas de tenis. Está mirando a Seymour.
Desde su sitio a los pies del árbol muerto, Seymour levanta la vista, el búho la baja y el bosque respira y algo sucede: ese susurro nervioso en los márgenes de cada hora que pasa despierto —el rugido— se acalla.
«Hay magia en este lugar —parece decir el búho—. Solo tienes que sentarte y respirar y esperar y te encontrará».
Seymour se sienta y respira y espera y la Tierra recorre otros mil kilómetros de su órbita. Nudos que el niño ha llevado dentro toda su vida se aflojan.
Cuando Bunny lo encuentra, tiene corteza en el pelo y moco en el polo de Wagon Wheel. Tira de él con brusquedad para ponerlo de pie y Seymour no es capaz de decir si ha pasado un minuto o un mes o una década. El búho desaparece como si fuera humo. Se gira para ver adónde puede haber ido, pero no lo ve por ninguna parte, el bosque lo ha engullido, y Bunny le está tocando el pelo, está sollozando: «… a punto de llamar a la policía, ¿por qué no te has quedado dentro?», está maldiciendo, lo arrastra hacia casa entre los árboles, se desgarra los vaqueros en el alambre de espino; el reloj del microondas en la cocina hace piiipiiipiiipiiii, Bunny está hablando por el móvil, Steve el gerente la está despidiendo, está tirando el móvil al tú y yo, está sujetando a Seymour por los hombros para que no pueda escaparse, está diciendo: «Pensaba que estábamos juntos en esto», está diciendo: «Pensaba que éramos un equipo».
Cuando es hora de irse a la cama trepa hasta la ventana de su cuarto, la abre, asoma la cabeza a la oscuridad. La noche exuda un olor salvaje, a cebolla. Algo ladra, algo hace chi chi chi. El bosque está ahí mismo, nada más pasar el alambre de espino.
—Amigofiel —dice—. Te nombro Amigofiel.