Ciudad de las nubes

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Zeno

En el piso de abajo los adultos caminan por el cuarto de estar de la señora Boydstun con zapatos de suelas gruesas. Cinco soldaditos Playwood Plastic salen de su caja de latón. El soldado 401 repta hacia el cabecero de la cama con su rifle; el 410 arrastra su arma antitanque por un surco en la colcha; el 413 se acerca demasiado al radiador y se le derrite la cara.

El pastor White sube con esfuerzo las escaleras con un plato de jamón y galletas saladas y se sienta sin resuello en la camita de latón. Coge el soldado 404, el que sostiene el rifle sobre la cabeza, y dice que se supone que no le tiene que contar esto a Zeno, pero que ha oído que el día que murió el padre de Zeno mandó a cuatro japos al infierno él solito.

A los pies de la escalera alguien dice: «Guadalcanal. Pero ¿dónde está eso?», y otra persona responde: «Yo ya no distingo», y copos de nieve flotan al otro lado de la ventana del dormitorio. Por espacio de una fracción de segundo, la madre de Zeno baja del cielo en una barca dorada y mientras todos miran, estupefactos, él y Athena suben a bordo y se los lleva navegando a la Ciudad Celestial, donde un mar turquesa rompe contra acantilados negros y de cada árbol cuelgan limones bañados de sol.

Al momento siguiente ha vuelto a la cama de latón, y el pastor White está moviendo el soldado 404 por la colcha apestando a loción capilar, y papá nunca va a volver.

—Un héroe de los que ya no hay —dice el pastor—. Eso era tu padre.

Más tarde, Zeno baja la escalera a hurtadillas con el plato y se escabulle por la puerta de atrás. Athena sale cojeando de los juníperos, rígida de frío, Zeno le da el jamón y las galletas y ella le dirige una mirada de gratitud en estado puro.

La nieve cae en grandes copos conglomerados. Una voz dentro de su cabeza le susurra: si estás solo probablemente es tu culpa, y la luz del día mengua. En algo parecido a un trance, abandona el jardín de la señora Boydstun y recorre Mission Street hasta la intersección con Lake, escala por el arcén y se abre camino entre montones de nieve que se le mete en los zapatos que ha llevado al funeral hasta llegar a la orilla del lago.

Marzo dice adiós y en el centro del lago, a menos de un kilómetro de distancia, han aparecido las primeras manchas oscuras de deshielo. Los pinos ponderosa de la orilla a la izquierda forman una muralla inmensa y trémula.

En el lago, la capa de hielo es más delgada, seca y está aplanada por el viento. Con cada paso que lo aleja de la orilla se agudiza su percepción de la gran cuenca negra de agua bajo sus pies. Treinta pasos, cuarenta. Si se gira no ve ni los aserraderos ni el pueblo, ni siquiera los árboles de la orilla. El viento y la nieve borran sus pisadas; está suspendido en un universo de blancura.

Seis pasos más. Siete ocho para.

Nada en todas las direcciones: un rompecabezas blanco con todas las piezas lanzadas al aire. Tiene la sensación de balancearse, de estar de puntillas en el borde de algo. Atrás queda Lakeport; la escuela llena de corrientes de aire, las calles con nieve sucia, la biblioteca, la señora Boydstun con su aliento a queroseno y sus niños de cerámica. Allí es Aceitunero, Follaovejas, Zero: un huérfano escuchimizado con sangre extranjera y nombre raro. ¿Delante qué hay?

Un chasquido casi subsónico, amortiguado por la nieve, sale del blanco. Zeno parpadea para ver entre los copos de nieve, ¿no es el palacio real de los feacios? ¿Con sus paredes de bronce y columnas de plata, viñedos y perales y manantiales? Intenta que sus ojos le obedezcan, pero la capacidad de estos de ver parece haber sido revertida; es como si miraran hacia dentro, a una cavidad blanca y turbulenta dentro de su cabeza. «No importa lo que se requiera de nosotros —fue lo que dijo la mujer del presidente—, estoy segura de que lo lograremos».

Pero ¿qué es lo que se requiere de él ahora y cómo se supone que lo va a lograr sin papá?

Solo un poco más. Adelanta un pie y luego la mitad del otro y un segundo chasquido grazna a través del hielo del lago, parece originarse en el centro y pasa directamente por entre las piernas de Zeno antes de continuar a toda prisa hacia el pueblo. Entonces nota un tirón en la parte trasera de los pantalones, como si hubiera llegado al final de un ronzal y ahora hubiera una cuerda tirando de él hacia casa y, cuando se vuelve, Athena le sujeta el cinturón con los dientes.

Es entonces cuando el miedo lo invade, cuando mil serpientes le reptan bajo la piel. Se tambalea, contiene la respiración, intenta volverse de la manera más ligera posible mientras la collie lo guía, paso a paso, de vuelta por el hielo hasta el pueblo. Llega a la orilla, esquiva tambaleándose los montículos de nieve y cruza Lake Street. El corazón le late desbocado en los oídos. Al final del camino se pone a tiritar, y Athena le lame la mano, y al otro lado de las ventanas iluminadas de la casa de la señora Boydstun hay adultos de pie en el cuarto de estar y sus bocas se mueven igual que las bocas de los muñecos cascanueces.

Adolescentes de la parroquia despejan de nieve la acera. El carnicero les regala cuartos traseros y huesos. Las hermanas Cunningham le hacen cambiar a las comedias griegas en busca de un repertorio más ligero, un dramaturgo llamado Aristófanes, quien, dicen, inventó algunos de los mejores mundos. Leen Las nubes, luego Las asambleístas, luego Los pájaros, sobre dos hombres mayores hartos de la corrupción terrena que se van a vivir con los pájaros en una ciudad en el cielo y comprueban que sus problemas los siguen hasta allí, y Athena dormita delante del atril del diccionario. Por las noches, la señora Boydstun bebe Old Forester, fuma un cigarrillo Camel detrás de otro y juegan al cribbage, cambiando clavijas de sitio en el tablero. Zeno se sienta recto, con las cartas pulcramente desplegadas en una mano, pensando: sigo en este mundo, pero hay otro ahí fuera.

Cuarto curso, quinto curso, termina la guerra. Los veraneantes bajan de zonas más altas para navegar en el lago en barcos que a Zeno le dan la impresión de estar llenos de familias felices: madres, padres, hijos. La ciudad pone el nombre de papá en un monumento conmemorativo del centro y alguien le da a Zeno una bandera, alguien más dice que si los héroes esto y aquello, y, más tarde, durante la cena, el pastor White se sienta a la cabeza de la mesa de la señora Boydstun y blande un muslo de pavo.

—Alma, Alma, ¿cómo se le llama a un boxeador afeminado?

La señora Boydstun deja de masticar, tiene hebras de perejil en los dientes.

—¡Puré de trucha!

Ella suelta una carcajada. El pastor sonríe con la boca metida en el vaso. En los estantes que los rodean, doscientos niños de porcelana regordetes miran a Zeno con los ojos abiertos de par en par.

Tiene doce años cuando las gemelas Cunningham lo llaman al mostrador de préstamos y le dan un libro: Los tritones de Atlantis, ochenta y ocho páginas en cuatricromía.

—Lo pedimos pensando en ti —dice la hermana mayor, y se le arruga la piel alrededor de los ojos, y la segunda hermana pone un sello con la fecha de devolución en la parte de atrás, y Zeno se lleva el libro a casa y se sienta en la camita de latón. En la primera página una princesa es raptada de una playa por hombres extraños con armaduras de bronce. Cuando se despierta está prisionera en una ciudad submarina bajo una gran bóveda de cristal. Debajo de sus armaduras de bronce, los hombres de la ciudad son criaturas palmípedas con brazaletes dorados, orejas puntiagudas y hendiduras branquiales en la garganta; tienen gruesos tríceps y piernas poderosas y unos bultos en la parte superior de los muslos que le provocan a Zeno un cosquilleo en el estómago.

Estos hombres extraños y hermosos respiran debajo del agua; son profundamente industriosos; su ciudad tiene delicadas torres hechas de cristal y altos puentes en arco y submarinos alargados y lustrosos. Burbujas flotan en halos de luz dorada, acuosa. Para cuando Zeno llega a la página diez, ha estallado una guerra entre los hombres submarinos y los torpes hombres terrestres, que han venido a reclamar a su princesa. Los hombres terrestres luchan con arpones y mosquetes, mientras que los hombres submarinos lo hacen con tridentes y tienen músculos largos y bellos, y Zeno, mientras un calor le recorre el cuerpo, no puede apartar los ojos de las pequeñas hendiduras branquiales rojas de sus gargantas y de sus extremidades largas y musculosas. En las últimas páginas la batalla se recrudece y en el preciso instante en que aparecen grietas en la bóveda de la ciudad, poniendo a todos en peligro, el libro dice: «Continuará».

Pasa tres días con Los tritones de Atlantis dentro de un cajón, donde brilla como algo peligroso, latiendo en sus pensamientos incluso cuando está en la escuela: radiactivo, ilegal. Hasta que no está seguro de que la señora Boydstun duerme y la casa está en completo silencio, no se arriesga a mirarlo con detenimiento: los marineros furiosos que golpean la bóveda protectora con sus arpones; los elegantes guerreros submarinos que nadan cubiertos de túnicas color vino, con sus tridentes y muslos fibrosos. En sueños llaman a la ventana de su dormitorio, pero, cuando Zeno abre la boca para hablar, entra el agua a borbotones y se despierta con la sensación de haberse hundido en un lago helado.

«Lo pedimos pensando en ti».

A la cuarta noche, con manos temblorosas, Zeno baja las escaleras que rechinan, pasa junto a las cortinas color mora, los tapetes de encaje y la fuente de popurrí con su perfume nauseabundo, aparta la pantalla de la chimenea y tira Los tritones de Atlantis al fuego.

Vergüenza, fragilidad, miedo…, es lo contrario de su padre. Casi nunca se atreve a ir al centro, da rodeos para evitar pasar delante de la biblioteca. Si atisba a una de las hermanas Cunningham junto al lago o en una tienda, da media vuelta, se agacha, se esconde. Saben que no ha devuelto el libro, que ha destruido algo que es propiedad pública; adivinarán por qué.

En el espejo tiene las piernas demasiado cortas, el mentón demasiado débil; sus pies lo avergüenzan. Tal vez en una ciudad lejana, brillante, no se sentiría fuera de lugar. Quizá en uno de esos lugares podría emerger, radiante y nuevo, como el hombre en que desearía convertirse.

Algunos días, camino de la escuela o al levantarse de la cama, una sensación repentina y vertiginosa de estar rodeado de espectadores con camisas empapadas en sangre y caras acusadoras le hace tambalearse. Sarasa, le dicen, y lo señalan con el dedo extendido. Mariquita. ¡Puré de trucha!

Zeno tiene dieciséis años y trabaja de aprendiz a tiempo parcial en el taller mecánico del aserradero Ansley Tie and Lumber cuando setenta y cinco mil soldados del Ejército Popular de Corea del Norte cruzan el paralelo 38 y desencadenan la guerra de Corea. Para agosto, los feligreses que se congregan a la mesa de la señora Boydstun los domingos por la tarde se quejan de las limitaciones de la nueva generación de soldados americanos, de cómo se los ha mimado, debilitado con una cultura de sobreindulgencia, infectado de apatía, y las brasas de sus cigarrillos dibujan círculos anaranjados encima del pollo.

—No son valientes como tu papá —dice el pastor White y le da una palmada a Zeno en el hombro con ostentación y, en algún lugar lejano, Zeno oye abrirse una puerta.

Corea: un puntito verde en el globo terráqueo de la escuela. Parece lo más lejos que puede estar alguien de Idaho.

Cada noche, después de su turno en el aserradero, hace corriendo la mitad de la circunferencia del lago. Cinco kilómetros hasta el desvío de West Side Road, cinco de vuelta, chapoteando en la lluvia, con Athena —ahora de hocico blanco, corazón de león— cojeando detrás. Algunas noches los guerreros ágiles y relucientes de Atlantis caminan a su lado como impulsados por cables eléctricos y entonces Zeno aprieta el paso en un intento por dejarlos atrás.

El día que cumple diecisiete años le pide a la señora Boydstun que le deje llevarse el viejo Buick hasta Boise. La señora Boydstun se enciende un cigarrillo con la colilla del otro. El reloj de cuco hace tictac; la muchedumbre de niños está en sus estanterías; tres jesucristos distintos miran desde tres cruces. Detrás de su hombro, al otro lado de la ventana de la cocina, Athena está hecha un ovillo bajo los setos. A un kilómetro y medio de allí, ratones dormitan en la cabaña donde papá y él pasaron su primer invierno en Lakeport. El corazón sana, pero nunca del todo.

En las curvas cerradas del cañón se marea dos veces. En la oficina de reclutamiento, un médico militar le apoya la campana fría de un estetoscopio en el esternón, chupa la punta de un lapicero y pone un tic en todas las casillas del formulario. Quince minutos después es el soldado E-1 Zeno Ninis.

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