Ciudad de las nubes

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Tres » Lakeport, Idaho » Seymour

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Seymour

Bunny es propietaria de la casa prefabricada libre de deudas, pero Pawpaw todavía estaba pagando un préstamo por la media hectárea: 558 dólares al mes. Luego están Propano V-1 + Compañía eléctrica de Idaho + Tasas municipales de Lakeport + basuras + banco Blue River por los colchones a crédito + seguro del Pontiac + móvil tipo concha + servicio de quitanieves para poder sacar el coche + 2.652,31 dólares de deuda de la Visa + seguro médico, ja, es broma, jamás se podrá permitir un seguro médico.

Encuentra trabajo limpiando habitaciones en el Aspen Leaf Lodge —10,65 dólares la hora— y hace turnos de cena en el Pig N’ Pancake, a 3,45 dólares la hora más propinas. Cuando no va nadie a comer tortitas, el señor Burkett hace limpiar a Bunny el local y nadie te da propina por limpiar un local.

Cada día de entre semana, con seis años, Seymour se baja solo del autobús escolar, recorre solo Arcady Lane, entra en casa solo. Se come un gofre y ve Niñoestelar y no sale de la casa. ¿Me estás escuchando, bichito? ¿Te puedes tocar las orejas? ¿Me lo prometes con la mano en el corazón?

Seymour se toca las orejas. Se lleva la mano al corazón.

Sin embargo, en cuanto llega a casa, da igual el tiempo que haga, da igual la capa de nieve que haya fuera, deja la mochila, sale por la puerta corredera, se agacha para pasar debajo de la alambrada y cruza el bosque hasta el enorme pino ponderosa muerto en el calvero que hay subiendo la ladera de la colina.

Algunos días solo siente una presencia, un cosquilleo en la base de la nuca. Algunos días oye un uuuuh grave y estruendoso que recorre el bosque. Algunos días no hay nada. Pero en los mejores días Amigofiel está ahí, dormitando en la misma intersección de tronco y rama salpicada de guano donde Seymour lo vio por primera vez, a tres metros del suelo.

—Hola.

El búho mira a Seymour; el viento le remueve las plumas de la cara; en el remolino de su mirada gira una sagacidad tan vieja como el tiempo.

Seymour dice:

—No es solo el pupitre, también es el olor de las pegatinas de pepinillos de Mia, cómo huele la clase después del recreo, cuando Duncan y Wesley están todos sudados, y…

Dice:

—Dicen que soy raro. Que doy miedo.

El búho parpadea en la luz declinante. Tiene la cabeza del tamaño de una pelota de voleibol. Es como las almas de diez mil árboles destilados en una única forma.

Una tarde de noviembre Seymour le está preguntando a Amigofiel si también lo sobresaltan los ruidos fuertes, si no tiene a veces la impresión de oír demasiado bien —¿no le gustaría a veces que el mundo entero fuera tan silencioso como este claro ahora mismo, donde un millón de diminutos copos de nieve plateados vuelan en silencio?—, cuando el búho baja de la rama, planea a través del calvero y se posa en un árbol del extremo contrario.

Seymour lo sigue. El búho se desliza en silencio entre los árboles en dirección a la casa prefabricada, ululando de tanto en tanto, como si lo invitara a seguirlo. Cuando Seymour llega al jardín trasero, el búho se ha posado encima de la casa. Lanza un profundo uuuu a la nieve que cae, a continuación vuelve la vista al viejo cobertizo de Pawpaw. Y de nuevo a Seymour. De nuevo al cobertizo.

—¿Quieres que entre ahí?

En la penumbra mal ventilada del cobertizo, el niño encuentra una araña muerta, una máscara antigás soviética, cajas con herramientas oxidadas y, en un gancho sobre el banco de trabajo, un par de protectores auditivos para campo de tiro. Cuando se los pone, el estrépito del mundo desaparece.

Seymour da palmadas, agita una lata de café llena de tornillos, da golpes con un martillo: todo amortiguado, todo mejor. Vuelve a la nieve y mira al búho sobre el gablete del tejado.

—¿Esto? ¿Te referías a esto?

La señora Onegin le da permiso para llevar los protectores puestos durante el Recreo, durante el Tentempié y en Periodo de Reflexión. Después de cinco días de escuela seguidos sin reprimendas, le deja cambiarse de pupitre.

La orientadora, la señorita Slattery, le premia con un dónut. Bunny le compra un DVD nuevo de Niñoestelar.

Mejor.

Cada vez que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado clamoroso, de bordes demasiado afilados, cada vez que siente que el rugido se acerca demasiado, cierra los ojos, se pone los protectores y sueña que está en el claro del bosque. Quinientos abetos de Douglas se balancean; Hombresaguja atraviesan el aire en paracaídas; el pino ponderosa muerto parece blanco como un hueso bajo las estrellas.

«Hay magia en este lugar».

«Solo tienes que sentarte y respirar y esperar».

Seymour sobrevive al desfile de Acción de Gracias, al concierto de música navideña, al pandemonio que es San Valentín. Acepta incorporar a su dieta pastel de manzana para tostadora, cereales Cinammon Toast Crunch y picatostes. Consiente en dejarse lavar la cabeza un jueves sí y otro no sin necesidad de sobornos. Se esfuerza por no encogerse de miedo cada vez que Bunny hace tac tac tac con las uñas en el volante.

Una mañana clara de primavera la señora Onegin guía a los alumnos de primer curso a través de charcos de nieve derretida hasta una casa azul claro con un porche combado en la esquina de las calles Lake y Park. Los otros niños corren al piso de arriba; una bibliotecaria con la cara llena de pecas encuentra a Seymour solo en la sección de No Ficción Adultos. Tiene que levantarse uno de los protectores auditivos para oírla.

—¿Cómo de grande dijiste que era? ¿Tiene aspecto como de llevar pajarita?

La bibliotecaria baja un manual de campo de un estante alto. En la primera página que le enseña, Amigofiel vuela con un ratón sujeto en la garra izquierda. En la siguiente fotografía aparece de nuevo: posado en un saliente desde el que se divisa una pradera nevada.

El corazón de Seymour se dispara.

—Gran búho gris —lee la bibliotecaria—. Con mucho, la especie de búho más grande del mundo. También llamado búho barbado, lechuza espectral, fantasma del Norte.

Sonríe a Seymour desde dentro de su tormenta de pecas.

—Aquí dice que la envergadura de sus alas puede superar el metro y medio. Que oyen latir el corazón de un topillo bajo dos metros de nieve. Su disco facial de gran tamaño los ayuda a recopilar sonidos, que es como ponerse las manos detrás de las orejas.

Se lleva las palmas de las manos detrás de las orejas. Seymour se quita los protectores y hace lo mismo.

Cada día de ese verano, en cuanto Bunny se marcha al Aspen Leaf, Seymour mete Cheerios en una bolsa, sale por la puerta corredera, deja atrás la roca con forma de huevo y pasa por debajo del alambre de espino.

Hace frisbis con trozos de corteza, salta con pértiga sobre charcos, hace rodar rocas por pendientes, se hace amigo de un pájaro carpintero crestado. Hay un pino ponderosa vivo en el bosque tan grande como un autobús escolar puesto en vertical, con un nido de águila pescadora en la copa, y también un bosquecillo de álamos temblones cuyas hojas suenan igual que lluvia en el agua. Y cada dos o tres días Amigofiel está en su rama del árbol muerto, contemplando parpadeante sus dominios igual que un dios benévolo, escuchando con mayor atención de lo que ha escuchado nunca criatura alguna.

Dentro de las bolas que regurgita el búho en las agujas del suelo, el niño descubre mandíbulas de ardillas, vértebras de ratón y cantidades asombrosas de cráneos de topillos. Un trozo de cordel plástico. Fragmentos verdosos de cáscara de huevo. En una ocasión, el pie de un pato. En el banco de trabajo del cobertizo de Pawpaw forma esqueletos quiméricos: topillos zombi de tres cabezas, ardillas con ocho patas de araña.

Bunny encuentra barro en la alfombra, garrapatas en las camisetas de Seymour, abrojos en su pelo. Llena la bañera y dice: «El día menos pensado me van a detener», y Seymour vierte agua de dentro de una botella de Pepsi-Cola a otra y Bunny canta una canción de Woody Guthrie antes de quedarse dormida sentada en la alfombrilla del baño con la camiseta de Pig N’ Pancake y grandes Reebok negras.

Segundo curso. De la escuela va derecho a la biblioteca, se coloca los protectores auditivos alrededor del cuello y se sienta en la mesita que hay junto a Audiolibros. Puzles de búhos, libros de colorear búhos, juegos de búhos en el ordenador. Cuando la bibliotecaria pecosa, cuyo nombre es Marian, tiene un minuto libre, le lee en voz alta y de paso le explica cosas.

No ficción 598.27:

 

Los hábitats idóneos para el gran búho gris son bosques bordeados de áreas abiertas con atalayas y grandes poblaciones de topillos.

 

Revista de ornitología contemporánea:

 

El gran búho gris es tan esquivo y se espanta con tal facilidad que seguimos sabiendo muy poco de él. Estamos aprendiendo, no obstante, que es el hilo conductor en una maraña de relaciones entre roedores, árboles, hierbas e incluso esporas fúngicas tan intricada y multidimensional que, a día de hoy, los investigadores solo comprenden una fracción de la misma.

 

No ficción 598.95:

 

Solo alrededor de uno de cada quince huevos de gran búho gris eclosiona y el polluelo logra llegar a la edad adulta. Se los comen cuervos, martas, osos negros y grandes búhos cornudos; las crías a menudo mueren de hambre. Puesto que necesita grandes extensiones de caza, el gran búho gris es especialmente vulnerable a la pérdida de hábitat: praderas pisoteadas por ganado, presas diezmadas; zonas de anidación calcinadas en incendios; hay búhos que comen roedores que a su vez han comido veneno, mueren en accidentes de tráfico y se electrocutan en cables de tensión.

—Veamos, en esta página calculan que la población actual de búhos grises en Estados Unidos es de once mil cien. —Marian saca su calculadora grande de mesa—. Hay trescientos millones de americanos más o menos. Das al tres, añadimos ocho ceros; eso es, Seymour. ¿Te acuerdas del símbolo de división? Uno, uno, uno. Ahí lo tienes.

27.027.

Se quedan los dos mirando el número, asimilándolo. Por cada 27.027 americanos, un gran búho gris. Por cada 27.027 Seymours, un Amigofiel.

Sentado a la mesa junto a Audiolibros, intenta dibujarlo. Un óvalo con dos ojos en el centro, ese es Amigofiel. Ahora tiene que hacer 27.027 puntitos en anillos rodeándolo, son las personas. Consigue llegar hasta casi setecientos antes de que empiece a dolerle la mano, el lápiz no responda y sea la hora de irse a casa.

Tercer curso. Saca un noventa y tres sobre cien en un trabajo de decimales. Incorpora palitos de carne ahumada Slim Jims, galletas saladas y macarrones con queso a su dieta. Marian le da una de sus Coca-Colas light. Bunny le dice: «Qué bien vas, bichito», y en la humedad en sus ojos se reflejan las luces del Magnavox.

De camino a casa una tarde de octubre, con los protectores auditivos puestos, Seymour tuerce por Arcady Lane. Donde por la mañana no había nada, ahora hay una señal ovalada de un metro por uno y medio de doble poste. «EDEN’S GATE», dice:

PRÓXIMAMENTE A LA VENTA

CASAS Y CHALÉS A MEDIDA

PARCELAS SUPERIORES DISPONIBLES

En la ilustración, un ciervo con asta de diez puntas bebe de un estanque neblinoso. Detrás del cartel, la carretera hasta casa de Seymour parece la misma: una franja polvorienta de socavones flanqueados a ambos lados por arbustos de arándanos con las hojas llameando, rojas.

Un pájaro carpintero cruza la carretera trazando una parábola chata y desaparece. En algún lugar parlotea una marta. Los alerces se mecen en la brisa. Mira el cartel. Luego la carretera. Dentro de su pecho nace el primer brote negro de pánico.

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