Ciudad de las nubes

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Cuatro » El Argos » Konstance

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Konstance

Tiene cuatro años. Dentro del Compartimento 17, a un brazo de distancia, Madre camina subida a su Deambulador con la banda dorada de su Vizor cubriéndole los ojos.

—Madre.

Konstance toca la rodilla de Madre. Le tira de la tela del mono de trabajo. No obtiene respuesta.

Una criatura negra diminuta, no mayor que la uña del dedo pequeño del pie de Konstance, sube por la pared. Agita sus antenas; las articulaciones de las piernas se extienden, se doblan, vuelven a extenderse; las puntas irregulares de sus mandíbulas asustarían a Konstance si no fueran tan pequeñas. Coloca un dedo en el camino del animal y este sube a bordo. Atraviesa su palma, se dirige al dorso de la mano; la intricada complejidad de sus movimientos es asombrosa.

—Madre, mira.

El Deambulador gira y pivota. La madre, absorta en otro mundo, hace una pirueta, luego extiende los brazos como si volara.

Konstance apoya la mano en la pared: el animal se baja y sigue su camino, sube por la litera de Padre hasta desaparecer en la unión entre la pared y el techo.

Konstance mira. A su espalda, Madre aletea los brazos.

Una hormiga. En el Argos. Imposible. Todos los adultos están de acuerdo. «No te preocupes —le dice Sybil a Madre—. Los niños tardan años en aprender la diferencia entre fantasía y realidad. Algunos más que otros».

Tiene cinco años. Los de diez y menores de diez se sientan en círculo alrededor del Portal escolar. La señora Chen dice: «Sybil, por favor, enséñanos Beta Oph2» y una esfera negra y verde, de tres metros de diámetro, aparece delante de ellos. «Esas manchas marrones de ahí, niños, son desiertos de sílice en el ecuador, y creemos que eso son franjas de bosque caducifolio de las latitudes más altas. Pensamos que los mares de los polos, aquí y aquí, se congelarán en las estaciones frías…».

Varios niños levantan el brazo para tocar la imagen mientras se aleja rotando, pero Konstance sigue con las manos debajo de los muslos. Las manchas verdes son hermosas, pero las negras, vacías y de bordes serrados, la asustan. La señora Chen ha explicado que son simplemente regiones de Beta Oph2 sin cartografiar, que el planeta está demasiado lejos todavía, que Sybil tomará imágenes más detalladas a medida que se acerquen, pero para Konstance son como abismos en los que una persona podría caer y de los que una persona nunca podría escapar.

Entonces la señora Chen dice:

—¿Masa planetaria?

—Uno coma veintiséis masas terrestres —recitan los niños.

Jessi Ko pincha a Konstance en la rodilla.

—¿Nitrógeno en la atmósfera?

—Setenta y seis por ciento.

Jessi Ko pincha a Konstance en el muslo.

—¿Oxígeno?

—Konstance —susurra Jessi—, ¿qué es redondo, arde y está cubierto de basura?

—Veinte por ciento, señora Chen.

—Muy bien.

Jessi se inclina un poco sobre el regazo de Konstance. Le sisea al oído:

—¡La Tierra!

La señora Chen las mira furiosa y Jessi se pone recta y a Konstance le arden las mejillas. La imagen de Beta Oph2 sigue rotando encima del Portal: negra, verde, negra, verde. Los niños cantan:

Podemos ser uno

o ciento dos,

pero hacemos falta todos

sin excepción

para llegar a Beta Oph2.

El Argos es una nave generacional interestelar con forma de disco. No tiene ventanas ni escaleras ni rampas ni ascensores. Dentro viven ochenta y seis personas. Sesenta de ellas han nacido a bordo. Del resto, veintitrés, incluido el padre de Konstance, tienen edad suficiente para acordarse de la Tierra. Cada dos años de misión se reparten calcetines nuevos, monos de trabajo cada cuatro. El primero de cada mes salen de la cámara de provisiones seis paquetes de dos kilos de harina.

Somos afortunados, dicen los adultos. Tenemos agua limpia; cultivamos alimentos frescos; nunca enfermamos; tenemos a Sybil; tenemos esperanza. Si racionamos con cuidado, tenemos a bordo todo lo que necesitamos. Aquello que no podamos resolver solos, nos lo resolverá Sybil.

Por encima de todo, dicen los adultos, debemos tener cuidado con las paredes. Al otro lado de las paredes hay olvido: radiación cósmica, gravedad cero, 2,73 grados Kelvin. Bastan tres segundos fuera de estas paredes para que manos y pies dupliquen su tamaño. La humedad de la lengua y los globos oculares herviría hasta evaporarse y las moléculas de nitrógeno en sangre se coagularían. Te asfixiarías. Luego te convertirías en un bloque de hielo.

Konstance tiene seis años y medio cuando la señora Chen los lleva a Ramón, a Jessi Ko y ella a conocer a Sybil. Recorren pasillos en forma de arco, dejan atrás los laboratorios de Biología, las puertas a los Compartimentos 24, 23 y 22, tuercen en dirección al centro de la nave y cruzan una puerta en la que dice «Cámara Uno».

—Es muy importante que no traigamos nada que pueda afectarla —dice la señora Chen—, así que el vestíbulo nos va a limpiar. Cerrad los ojos, por favor.

«Puerta exterior cerrada —anuncia Sybil—. Procediendo a la descontaminación».

De algún punto profundo de las paredes llega un sonido como de ventiladores cogiendo velocidad. Un aire frío atraviesa el mono de Konstance, una luz brillante se enciende tres veces al otro lado de sus párpados y una puerta interior se abre con un suspiro.

Entran en una cámara cilíndrica de cuatro metros de ancho por cinco de alto. En el centro, Sybil flota suspendida dentro de su tubo.

—Qué alta —susurra Jessi Ko.

—Como tropecientos cabellos de oro —susurra Ramón.

—Está cámara —dice la señora Chen— cuenta con mecanismos térmicos, mecánicos y de filtración autónomos, independientes del resto del Argos.

«Bienvenidos», dice Sybil mientras puntitos de luz descienden ondeando por sus filamentos.

—Hoy estás preciosa —dice la señora Chen.

«Me encanta tener visita», dice Sybil.

—Ahí dentro, niños, está la sabiduría colectiva de nuestra especie. Cada mapa dibujado, cada censo realizado, cada libro publicado, cada partido de fútbol, cada sinfonía, cada edición de cada periódico, los mapas genómicos de más de un millón de especies…, todo lo que podamos imaginar y todo lo que podemos necesitar alguna vez. Sybil es nuestra guardiana, nuestro piloto, nuestra cuidadora; nos ayuda a mantener el rumbo, nos mantiene sanos y protege el legado de la humanidad del borrado y la destrucción.

Ramón respira en el cristal, lleva el dedo al vaho y dibuja una R.

—Cuando sea lo bastante mayor para ir a la Biblioteca —comenta Jessi Ko—, voy a ir derecha a la sección de Juegos para volar en una Montaña de Mosca de la Fruta.

—Yo voy a jugar a Espadas de Hombre de Plata —replica Ramón—. Dice Zeke que tiene veinte mil niveles.

«Konstance —pregunta Sybil—, ¿tú qué vas a hacer cuando puedas ir a la Biblioteca?».

Konstance vuelve la cabeza. La puerta por la que han entrado se ha sellado por completo y es indistinguible de la pared.

—¿Qué son «borrado» y «destrucción»? —pregunta.

Lo siguiente son los terrores nocturnos. Después de recoger los platos de la Tercera Comida, después de que las otras familias se retiren a sus compartimentos, después de que Padre vuelva a sus plantas de la Granja 4, Madre y Konstance regresan al Compartimento 17 y ordenan los monos de trabajo que esperan su turno en la máquina de coser de Madre: aquí las cremalleras que no suben bien, aquí el bidón de retales, aquí los hilos sueltos, no se desperdicia nada, no se pierde nada. Se espolvorean los dientes y se cepillan el pelo y Madre se toma una SueñoGragea, besa a Konstance en la frente y se acuestan en sus literas, Madre en la de abajo y Konstance en la de arriba.

Las paredes se atenúan de morado a gris y de ahí a negro. Konstance intenta respirar, intenta mantener los ojos abiertos.

Aun así, vienen. Bestias con dientes brillantes como cuchillas. Demonios cornudos y babeantes. Larvas sin ojos que se multiplican dentro del colchón. Lo peor son los ogros con extremidades esqueléticas que llegan correteando por el pasillo; arrancan la puerta del compartimento, trepan por las paredes, se abren paso por el techo a mordiscos. Konstance se aferra a su litera y Madre ha sido succionada por el vacío; intenta pestañear, pero le arden los ojos; intenta gritar, pero se le ha congelado la lengua.

—¿De dónde —le pregunta Madre a Sybil— le viene? Creía que nos habían seleccionado por nuestra capacidad superior de razonamiento cognitivo. Que teníamos las facultades imaginativas suprimidas.

Sybil dice: «A veces la genética nos sorprende».

Padre dice: «Afortunadamente».

Sybil dice: «Se le pasará».

Tiene siete años y tres cuartos. LuzDiurna se atenúa, y Madre se toma su SueñoGragea, y Konstance sube a su litera. Con las yemas de los dedos mantiene los ojos abiertos. Cuenta de cero a cien. De vuelta al cero.

—¿Madre?

No hay respuesta.

Baja por la escalerilla de mano, deja a su madre durmiendo y sale arrastrando la manta. En Intendencia, dos adultos pasan subidos en Deambuladores, con Vizors en los ojos y el horario de mañana parpadeando en el aire detrás de ellos: «LuzDiurna 110 taichí en el Atrio de la Biblioteca, LuzDiurna 130 reunión de Bioingeniería». Recorre silenciosa el pasillo en calcetines, deja atrás los Aseos 2 y 3, las puertas de media docena de compartimentos y se detiene en la puerta de bordes iluminados donde dice «Granja 4».

Dentro huele a hierbas y a clorofila. Hay luces de cultivo encendidas en treinta niveles distintos de cien estantes diferentes y las plantas llenan la habitación hasta el techo: aquí arroz, ahí kale, col china junto a la rúcula, perejil sobre los berros que están sobre las patatas. Konstance espera a que sus ojos se acostumbren a la luz cegadora, luego ve a su padre en la escalera de mano, a cuatro metros y medio de distancia, enredado en tubos de goteo, con la cabeza en las lechugas.

Konstance tiene edad suficiente para comprender que la granja de Padre es diferente de las otras tres: los otros espacios son ordenados y sistemáticos, mientras que la Granja 4 es un caos de cables y sensores, con estantes verticales torcidos en todos los ángulos posibles, bandejas individuales llenas de especies variopintas, tomillo trepador al lado de rábanos al lado de zanahorias. De las orejas de Padre salen largos pelos blancos; es al menos dos décadas mayor que los padres de los otros niños; siempre está cultivando flores no comestibles solo para ver cómo son y murmurando con su acento raro sobre té de compost. Afirma ser capaz de notar si una lechuga ha tenido una vida feliz por cómo sabe, dice que oler un garbanzo cultivado apropiadamente lo puede transportar a tropecientos mil kilómetros, hasta los campos que cultivaba en Esqueria.

Konstance va hasta él y le toca en el pie. El padre se levanta el Vizor y sonríe.

—Hola, peque.

Tiene trocitos de tierra en la barba plateada; hojas en el pelo. Baja de la escalera, le pone a Konstance la manta sobre los hombros y la guía hasta donde las manillas de acero de treinta cajones refrigerados sobresalen de la pared del fondo.

—A ver —dice—, ¿qué es una semilla?

—Una semilla es una plantita dormida, un contenedor para proteger la plantita dormida y alimento para la plantita cuando se despierte.

—Muy bien, Konstance. ¿A quién te gustaría despertar esta noche?

Mira, piensa, se toma su tiempo. Al fin elige la cuarta asa por la izquierda y tira. Del cajón sale vapor; dentro esperan cientos de sobres de aluminio fríos como el hielo. Escoge uno de la tercera hilera.

—Ah —dice Padre y lee el sobre—. Pinus heldreichii. Pino de los Balcanes. Buena elección. Ahora, no respires.

Konstance coge aire profundo y lo retiene en los pulmones y Padre abre el sobre y le pone en la palma de la mano una semilla de seis milímetros sujeta por un ala marrón pálido.

—Pino de los Balcanes maduro —susurra—. Puede alcanzar los treinta metros de altura y producir decenas de miles de piñas al año. Soportan las heladas y la nieve, vientos fuertes, contaminación. Encerrada en esa semilla hay toda una naturaleza.

Le acerca la semilla a los labios y sonríe.

—Todavía no.

La semilla casi parece temblar de emoción.

—Ahora.

Konstance suelta el aire; la semilla echa a volar. Padre e hija la miran planear entre los estantes atestados. Konstance la pierde de vista cuando aletea hacia el centro de la habitación, luego vuelve a verla cuando se posa entre los pepinos.

La coge con dos dedos y libera la semilla del ala. Padre la ayuda a perforar la membrana de gel de una bandeja vacía; Konstance pone la semilla dentro.

—Es como si la metiéramos en la cama —dice—, pero en realidad la estamos despertando.

Los ojos de Padre relucen bajo sus pobladas cejas blancas. Mete a Konstance debajo de una mesa aeropónica, se mete él también y le pide a Sybil que atenúe las luces (las plantas se alimentan de luz, dice Padre, pero no se libran de tener indigestión). Konstance se sube la manta hasta la barbilla y apoya la cabeza en el pecho de su padre mientras la habitación queda en sombras y escucha su corazón palpitar dentro del mono y también el zumbido de conductos dentro de las paredes y el agua que gotea de las largas hebras blancas de miles de raicillas, baja por las hileras de plantas hasta canales debajo del suelo donde se recoge para que sirva para regar otra vez y el Argos recorre otros diez mil kilómetros de espacio vacío.

—¿Me cuentas un poco más de la historia, Padre?

—Es tarde, calabacilla.

—Solo la parte de cuando la bruja se transforma en búho. Por favor.

—De acuerdo, pero solo esa.

—También la parte en que Etón se convierte en burro.

—Muy bien. Pero luego a dormir.

—Luego a dormir, sí.

—Y no se lo contarás a Madre.

—Y no se lo contaré a Madre, lo prometo.

Padre e hija sonríen con vieja complicidad y Konstance se revuelve dentro de la manta llena de expectación y las raíces gotean y es como si se adormilaran juntos dentro del aparato digestivo de una criatura enorme y amable.

—Etón acababa de llegar a Tesalia, País de la Magia —dice Konstance.

—Sí.

—Pero no vio estatuas que cobraban vida ni brujas sobrevolando tejados.

—Pero la criada de la posada en la que se alojó —continúa Padre— le dijo a Etón que aquella misma noche, si se arrodillaba delante de la puerta de la habitación del último piso de la casa y espiaba por el ojo de la cerradura, tal vez viera magia. De manera que, cuando anocheció, Etón fue con sigilo hasta la puerta y vio a la dueña de la casa encender una lámpara, inclinarse sobre cientos de frascos de cristal diminutos y elegir uno. A continuación se desnudó y se embadurnó todo el cuerpo, de pies a cabeza, con el contenido del frasco. Cogió tres terrones de incienso, los dejó caer en la lámpara, dijo las palabras mágicas…

—¿Cuáles eran?

—Dijo: «gluglutí», «dinacrac» y «plisplús».

Konstance ríe.

—La última vez dijiste que eran «chicabum» y «racatrac».

—Ah, bueno. Esas también. Entonces la lámpara emitió un gran resplandor y, ¡puf!, se apagó. Y aunque estaba muy oscuro, en la luz de luna que entraba por la ventana Etón vio plumas brotar de la espalda, del cuello y de las puntas de los dedos de la mujer. La nariz se le puso dura y se curvó hacia abajo, los pies se combaron en garras amarillas, los brazos se convirtieron en grandes y hermosas alas marrones y los ojos…

—… se le hicieron tres veces más grandes y del color de la miel líquida.

—Eso es. ¿Y después?

—Después —dice Konstance— abrió las alas y salió volando por la ventana, atravesó el jardín y se perdió en la noche.

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