Ciudad de las nubes

Ciudad de las nubes


Cinco » Biblioteca pública de Lakeport » Zeno

Página 35 de 163

Zeno

Disparos? ¿En la Biblioteca Pública de Lakeport? Es imposible eliminar los signos de interrogación de estas afirmaciones. Quizá a Sharif se le han caído varios libros, o un travesaño del suelo de un siglo de antigüedad por fin ha cedido, o algún bromista ha tirado un petardo en el cuarto de baño. Quizá Marian ha cerrado de golpe la puerta del microondas. Dos veces.

No, Marian ha cruzado a Crusty’s a recoger las pizzas, «vuelvo en un periquete».

¿Había otros usuarios en la planta baja cuando entraron los niños y él? ¿En la mesa de ajedrez o en las butacas? ¿Usando los ordenadores? No se acuerda.

Excepto por el Subaru de Marian, el aparcamiento estaba vacío.

¿O no?

A la derecha de Zeno, Christopher maneja a la perfección la luz de discoteca, enfocando solo a Rachel, que hace de criada de la posada, mientras Alex, que hace de Etón, recita el texto desde la oscuridad con su voz alegre y clara: «¿Qué me está pasando? Me brota vello en las piernas… Pero ¡si esto no son plumas! La boca… ¡no la noto como si fuera un pico! ¡Y esto no son alas, sino cascos! ¡Ay, que no me he convertido en un búho sabio y fuerte, sino en un asno tonto y grande!».

Cuando Christopher vuelve a iluminar todo el escenario, Alex lleva puesta la cabeza de asno de papel maché y Rachel trata de ahogar una risa mientras Alex da tumbos, por el altavoz portátil de Natalie ululan búhos y Olivia, que hace de bandido, está entre bastidores con su pasamontañas y su espada forrada de papel de plata, preparada para salir a escena. Crear esta obra con estos niños es lo mejor que le ha pasado a Zeno en toda su vida, lo mejor que ha hecho nunca, y sin embargo algo no va bien, esos dos signos de interrogación guían los conductos de su cerebro, esquivan las barricadas que intenta colocarles delante.

Eso no han sido libros caídos al suelo. Eso no ha sido la puerta del microondas.

Vuelve la cabeza. La pared que han levantado a la entrada a la Sección Infantil no está pintada por este lado, es aglomerado desnudo clavado en tableros de dos por cuatro y, aquí y allí, gotas de pintura dorada atrapan la luz y destellan. La puertecita del centro está cerrada.

—Oh, cielos —dice Rachel que hace de criada, todavía riendo—. Debo de haberme hecho un lío con los frascos de la hechicera. Pero no te preocupes, Etón, conozco todos los antídotos. Espérame en el establo y te llevaré rosas frescas. En cuanto las comas, el encantamiento se deshará y pasarás de asno a hombre en lo que tardas en menear el rabo.

Del altavoz de Natalie sale el sonido nocturno de grillos frotándose las alas anteriores. Zeno se estremece.

—¡Qué pesadilla! —exclama Alex el asno—. ¡Intento hablar, pero de mi boca solo salen rebuznos y roznidos! ¿Cambiará algún día mi suerte?

En las sombras entre bastidores, Christopher se reúne con Olivia y se baja el pasamontañas. Zeno se frota las manos. ¿Por qué tiene frío? Es una tarde de verano, ¿o no? No, no, es febrero en Lakeport, lleva abrigo y dos pares de calcetines de lana; solo es verano en la obra que están representando los niños, es verano en Tesalia, País de la Magia, y unos bandidos están a punto de asaltar la fonda, de cargar a Etón, convertido en asno, con alforjas llenas de cosas robadas y salir a toda prisa de la ciudad.

Hay una explicación inofensiva a esas dos explosiones; por supuesto que la hay. Pero debería bajar. Solo para asegurarse.

—Ay, no debería haberme andado con hechicerías —dice Alex—. Espero que la criada se dé prisa con esas rosas.

Ir a la siguiente página

Report Page