Ciudad de las nubes
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Seymour
Más allá de las ventanas de la biblioteca, más allá de Lakeport, más allá de la tormenta, el horizonte se come el sol. El hombre herido de las cejas se ha arrastrado hasta el pie de la escalera y se ha hecho un ovillo pegado al primer peldaño. La sangre cubre la esquina superior de su camiseta, borra el «GRAN» de ME GUSTAN LOS LIBROS GRANDES y tiñe su cuello y hombros de intenso carmesí: a Seymour le asusta que el cuerpo humano contenga un color tan peculiar.
Su única intención era arrancar un trozo de las oficinas de la inmobiliaria Eden’s Gate al otro lado de la pared de la biblioteca. Lanzar un mensaje. Despertar conciencias. Ser un guerrero. Pero ¿qué ha hecho?
El hombre herido dobla la mano derecha, y el radiador a la izquierda de Seymour silba, y por fin deja de estar paralizado. Coge la mochila, la lleva corriendo al mismo rincón de No Ficción, la esconde en un estante más alto que el de antes, luego sale por la puerta delantera y mira más allá del letrero pegado al cristal.

A través de la nieve, siguiendo la línea de los juníperos, como atrapado en el interior de un globo de cristal, ve el buzón de los libros, la acera vacía y, más allá, la silueta del Pontiac bajo quince centímetros de nieve. Al otro lado de la intersección, una figura con un anorak color rojo cereza viene hacia la biblioteca con varias cajas de pizza.
Marian.
Echa el cerrojo, apaga las luces, cruza corriendo la sección de Libros de Referencia, esquiva al hombre herido y se dirige a la salida de incendios situada al fondo de la biblioteca. «SALIDA DE EMERGENCIA», dice en la puerta. «ALARMA AUTOMÁTICA».
Vacila. Cuando se levanta los protectores auditivos le llega un torrente de sonidos. La caldera que gime, la gotera que hace plic ploc, un sonido lejano e incongruente parecido al chirrido de los grillos y lo que parecen sirenas de la policía: a manzanas de distancia pero acercándose a gran velocidad.
¿Sirenas?
Se vuelve a poner los protectores y apoya las dos manos en la barra de la puerta. La alarma electrónica aúlla cuando asoma la cabeza a la nieve. Luces azules y rojas entran a toda velocidad en el callejón trasero.
Vuelve a meter la cabeza, y la puerta se cierra, y la alarma se para. Para cuando ha corrido hasta la puerta delantera, un SUV de la policía, con las luces de emergencia puestas, se ha medio subido a la acera y casi choca con el buzón de devoluciones. Se abre la puerta del conductor, sale una figura y Marian suelta las pizzas.
Un foco ilumina la fachada de la biblioteca.
Seymour se deja caer al suelo. Tomarán el edificio por asalto, le pegarán un tiro y todo habrá terminado. Se mete detrás del mostrador de recepción, lo empuja hasta el felpudo de entrada y atranca la puerta principal. A continuación coge la estantería de los audiolibros, con casetes y CD que se caen por todas partes, y la arrastra hasta la ventana de la fachada. Luego se agacha con la espalda contra ella y trata de recobrar el aliento.
¿Cómo han podido llegar tan deprisa? ¿Es posible que el ruido de dos disparos se oiga a cinco manzanas de distancia, en la comisaría?
Ha disparado a un hombre; no ha detonado las bombas; el local de Eden’s Gate está intacto. Menuda chapuza ha hecho. Los ojos del hombre herido al pie de la escalera siguen todos sus movimientos. A pesar de la luz tenue, velada por la nieve, Seymour puede ver que la mancha de sangre en su camiseta se ha agrandado. Han sido los auriculares inalámbricos color verde lima que lleva en las orejas; deben de estar conectados a un teléfono.