Ciudad de las nubes
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Zeno
Christopher y Olivia, con los pasamontañas puestos, meten el botín en las alforjas a lomos de Etón, el asno que tan oportunamente han encontrado. Alex dice: «Au, pesa mucho, au, au, parad, por favor, esto es un malentendido. No soy un animal, soy un hombre, un sencillo pastor de Arcadia», y Christopher, que es el bandido número uno, pregunta: «¿Por qué hace tanto ruido este condenado asno?», y Olivia, que hace de bandido número dos, contesta: «Como no se calle nos van a descubrir», y pega a Alex con la espada forrada de papel de plata, y en el piso de abajo la alarma de incendios ulula y se para.
Los cinco niños miran a Zeno sentado en la primera fila, parecen decidir que también esto debe de ser un ensayo y los bandidos enmascarados continúan desvalijando la fonda.
Zeno nota la punzada de un viejo dolor en la cadera al ponerse de pie. Hace un gesto de pulgares hacia arriba a los actores, cojea hasta el fondo de la habitación y abre la puertecita en arco. La luz de la escalera está apagada.
De la planta de abajo llega el ruido amortiguado de lo que parece una estantería empujada. Luego vuelve el silencio.
Solo están el resplandor rojo del letrero de SALIDA al final de la escalera transformando la pintura dorada de la pared de aglomerado en un verde temible y venenoso, el gemido lejano de una sirena y una luz roja-azul-roja-azul lamiendo los bordes de los peldaños.
Los recuerdos llenan la oscuridad: Corea, un parabrisas hecho añicos, las siluetas de soldados bajando en tropel una ladera nevada. Zeno encuentra la barandilla, baja los peldaños y entonces cae en la cuenta de que al pie de la escalera hay una figura acurrucada.
Sharif levanta la vista con cara demacrada. En el hombro izquierdo de su camiseta hay una sombra o una mancha o algo peor. Se lleva el dedo índice de la mano izquierda a los labios.
Zeno vacila.
Vuelve arriba, le dice Sharif con un gesto de la mano.
Zeno se gira, intenta que sus botas no hagan ruido en la escalera; la pared dorada lo mira amenazadora desde arriba…
Ὦ ξένε, ὅστις εἶ, ἄνοιξον, ἴνα μάθῃς ἃ θαυμάζεις
… de pronto la severidad del griego antiguo le resulta ajena y escalofriante. Por un instante Zeno tiene la sensación, igual que Antonio Diógenes al estudiar la inscripción de un cofre de siglos de antigüedad, de ser un desconocido llegado del futuro a punto de entrar en un pasado impenetrable y profundamente extranjero. «Desconocido, quienquiera que seas…». Pretender saber lo más mínimo acerca de lo que significan esas palabras es absurdo.
Se agacha para pasar por la puerta en arco y la cierra. En el escenario, los bandidos conducen a Etón el asno por la carretera pedregosa que sale de Tesalia. Christopher exclama: «¡Este tiene que ser el asno más inútil que he visto en mi vida! No deja de quejarse», y Olivia dice: «En cuanto estemos de vuelta en nuestra guarida y hayamos descargado el botín, le cortaremos el pescuezo y lo tiraremos por un barranco», y Alex se sube la cabeza de asno y se rasca la frente.
—Señor Ninis.
La luz estroboscópica es cegadora. Zeno se inclina sobre una silla plegable para conservar el equilibrio.
A través del pasamontañas Christopher continúa:
—Siento haber dicho mal el texto antes.
—No, no —contesta Zeno tratando de hablar en voz baja—. Lo estáis haciendo de maravilla. Todos. Es muy divertido. Es genial. A todo el mundo le va a encantar.
Las chicharras y los grillos zumban desde el altavoz. Las nubes de cartulina giran en los hilos que las sujetan. Los cinco niños miran a Zeno. ¿Qué se supone que debe hacer?
—Entonces ¿qué? —dice Olivia el bandido y gira su espada de plástico—, ¿seguimos?