Ciudad de las nubes
Seis
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SEIS
LA GUARIDA DE LOS BANDIDOS
La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Ζ
… por mis grandes fosas nasales olí las rosas que crecían en los últimos jardines antes de salir de la ciudad. ¡Ay, qué perfume tan dulce, tan melancólico! Pero cada vez que intentaba girarme para investigar, los crueles ladrones me pegaban con sus varas y espadas. La carga se me clavaba en las costillas a través de las alforjas, los cascos sin herrar me dolían y la carretera se volvía cada vez más empinada y abrupta al internarse por montañas pedregosas en el norte de Tesalia, y de nuevo maldije mi suerte. Cada vez que abría la boca para sollozar, me salía un rebuzno sonoro, lastimero, y aquellos granujas me pegaban más fuerte.
Las estrellas se fueron, salió un sol ardiente y blanco y me siguieron llevando sierra arriba, hasta donde apenas crecía nada. Las moscas me acosaban; me ardía el lomo y en el horizonte solo había rocas y peñascos. Cuando hicimos un alto, me dejaron mordisquear unas ortigas espinosas que hirieron mis pobres labios; además llevaba las alforjas cargadas con todo lo que habían robado en la fonda, las pulseras y tocados de joyas de la mujer del posadero, pero también panes blancos tiernos, carnes saladas y quesos de cabra.
Al caer la noche, llegamos por un desfiladero rocoso a la boca de una cueva. Salieron más ladrones para abrazar a los ladrones que me habían llevado hasta allí, luego me obligaron a atravesar gruta tras gruta, todas centelleantes con oro y plata robados, y me dejaron en una caverna miserable y sin iluminar. Por todo alimento, hierba mohosa y, por toda bebida, un poco de agua que se filtraba por la roca, y pasé la noche entera oyendo el eco de las risas y celebraciones de los saqueadores. Lloré mi…