Ciudad de las nubes

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Omeir

Cuando llevan recorridas nueve millas pasan por la aldea donde nació. La caravana se detiene en la carretera mientras heraldos van a caballo por las casas reclutando más hombres y animales. La lluvia cae sin tregua y Omeir tirita en su capa de piel de buey y mira rugir la corriente del río, lleno de desperdicios y espuma, y recuerda como Abuelo siempre decía que los arroyuelos de lo alto de la montaña, lo bastante pequeños para represarlos con una mano, terminaban por unirse al río y que el río, aunque rápido y violento, no era más que una gota en el aire del gran Océano que rodea todas las tierras del mundo y contiene todos los sueños jamás soñados.

La luz del día abandona el valle. ¿Cómo sobrevivirán su madre, Nida y Abuelo al invierno? Casi todas sus provisiones han desaparecido dentro de las bocas de los jinetes que rodean a Omeir ahora mismo y, amontonada en la carreta que arrastran Árbol y Rayo de Luna, están casi toda la leña de la familia y la mitad del centeno. Tienen a Hoja, Aguja y la cabra. Los últimos tarros de miel. Tienen la esperanza de que Omeir regrese con un botín de guerra.

Rayo de Luna y Árbol esperan pacientes en su yugo, con los cuernos chorreando y los lomos despidiendo vapor, y el niño les mira las pezuñas en busca de piedras y los hombros en busca de cortes y envidia el hecho de que solo parecen vivir el momento, sin temer lo que está por llegar.

La primera noche la compañía acampa en un prado. Megalitos de roca kárstica forman filas crestadas encima de ellos igual que centinelas de razas largo tiempo extintas y los cuervos graznan y sobrevuelan el campamento en ruidosas bandadas. Cuando oscurece, las nubes se dispersan y el estandarte deshilachado que es la Vía Láctea se despliega en lo alto. Alrededor del fuego, los boyeros que Omeir más cerca tiene hablan en multitud de acentos sobre la ciudad que se disponen a conquistar. La Reina de las Ciudades, la llaman, puente entre Oriente y Occidente, encrucijada del universo. Según una de las versiones, es un semillero de pecado donde los infieles comen niños recién nacidos y copulan con sus madres; según la siguiente es un lugar de inaudita prosperidad, donde hasta los mendigos llevan pendientes de oro y las rameras se alivian en orinales con incrustaciones de esmeraldas.

Un anciano dice que ha oído que la ciudad está protegida por murallas inmensas e impenetrables y por un instante todos callan, hasta que un joven boyero llamado Maher dice: «Pero ¿y las mujeres? Incluso un muchacho tan feo como él puede mojar la verga en ese lugar». Señala a Omeir y hay risas.

Omeir se escabulle a la oscuridad y encuentra a Rayo de Luna y Árbol pastando al final del prado. Les acaricia los flancos y les dice que no tengan miedo, pero no queda claro si está tratando de tranquilizar a los animales o a sí mismo.

Por la mañana la carretera desciende hacia una garganta de oscura piedra caliza y las carretas forman un cuello de botella en un puente. Los jinetes desmontan y los muleros gritan y azotan a los animales con látigos y varas y tanto Árbol como Rayo de Luna defecan de miedo.

Un pavoroso mugido recorre los animales. Omeir hace avanzar a los bueyes despacio. Cuando llegan al puente, ve que no tiene ni cordón ni pasamanos y que consiste en troncos pelados sujetos por cadenas. Muros de roca, salpicados aquí y allí con píceas que crecen en salientes inverosímilmente altos, descienden casi rectos y, muy abajo, a continuación del puente hecho de troncos, ruge el río rápido, estruendoso y blanco.

Dos carros de mulas logran cruzar al otro lado y Omeir se vuelve a mirar a los bueyes y camina de espaldas al vacío. Los troncos están resbaladizos por los excrementos y en los huecos entre ellos, bajo las botas, ve agua espumosa que destella sobre rocas.

Árbol y Rayo de Luna avanzan despacio. El puente es poco más ancho que el eje del carro. Una rotación completa de las ruedas, dos, tres, cuatro; entonces la rueda del lado de Árbol se sale. La carreta se inclina hacia un lado y los bueyes se detienen y múltiples trozos de leña caen rodando de la parte trasera.

Rayo de Luna separa las patas, soporta casi todo el peso del carro mientras espera a su hermano, pero Árbol está paralizado de miedo. Tiene los ojos en blanco y a su alrededor todos son gritos y aullidos que rebotan en las rocas.

Omeir traga saliva. Si el eje se desplaza más, el peso de la carreta la hará caer al río y arrastrará a los bueyes.

—Tirad, chicos. Tirad.

Los animales no se mueven. De los rápidos sube neblina y pajaritos saltan de roca en roca y Árbol jadea como si quisiera enderezar toda la situación con sus fosas nasales. Omeir le pasa las manos a Árbol por el hocico y le acaricia el largo rostro marrón. Tiene un tic en la oreja y le tiemblan las gruesas patas delanteras por el esfuerzo, el miedo o las dos cosas.

El niño siente cómo la gravedad tira de sus cuerpos, de la carreta, hacia el puente, hacia el agua que corre debajo. Si él no hubiera nacido, su madre seguiría viviendo en la aldea. Podría hablar con otras mujeres, intercambiar miel y chismes, compartir su existencia. Es posible que sus hermanas mayores siguieran vivas.

No mires abajo. Respira. Demuestra a los bueyes que puedes satisfacer todas sus necesidades. Si mantienes la calma también lo harán ellos. Con los talones asomados al abismo, Omeir esquiva los cuernos de Rayo de Luna, se inclina sobre su flanco y le habla directamente al oído. «Vamos, hermano, tira. Tira por mí y tu gemelo te seguirá». El buey ladea los cuernos como si sopesara las ventajas de la petición del niño, con el río y los peñascos y el cielo reproducidos en miniatura en la bóveda de su pupila enorme y húmeda, y entonces, en el preciso instante en que Omeir se convence de que no hay nada que hacer, Rayo de Luna se acerca al arnés con las venas del pecho visiblemente hinchadas y tira de la rueda de la carreta hasta que se encaja de nuevo en el puente.

—Buen chico, ahora despacio. Eso es.

Rayo de Luna avanza y Árbol hace lo mismo: pone una pezuña detrás de otra en los troncos resbaladizos. Omeir sujeta la trasera de la carreta mientras cruzan y, unos pocos latidos del corazón después, ya están en el otro lado.

A partir de allí la garganta se abre y las montañas dan paso a colinas y estas a llanuras verdosas y los caminos de herradura embarrados a carreteras como es debido. Rayo de Luna y Árbol avanzan con facilidad por la ancha superficie, los huesos de sus grandes caderas suben y bajan, felices de pisar de nuevo tierra firme. En cada aldea que pasan, los heraldos reclutan nuevos hombres y animales. El discurso es siempre el mismo: el sultán (que a Dios complazca) os convoca en la capital, donde está reuniendo fuerzas para derrocar a la Reina de las Ciudades. Las calles rebosan de joyas, sedas y muchachas; tendréis vuestra ración.

Trece días después de dejar su casa, Omeir y sus bueyes llegan a Edirne. Por todas partes brillan montañas de leños pelados, el aire huele a serrín húmedo y los niños corretean junto a las carreteras vendiendo pan y odres con leche o simplemente mirando boquiabiertos la caravana cuando pasa rugiendo, y después de oscurecido voceadores a lomos de ponis se unen a los heraldos y proceden a distribuir a los animales a la luz de antorchas.

Omeir, Árbol y Rayo de Luna son enviados junto con el ganado de mayor tamaño y fuerza a un prado vasto y talado a las afueras de la capital. En uno de los extremos hay una tienda más grande de lo que Omeir ha imaginado nunca: un bosque entero podría crecer debajo de ella. En su interior trabajan hombres a la luz de las antorchas, descargando carretas, excavando trincheras y construyendo un pozo de colada que parece la tumba de un gigante. Dentro del pozo hay moldes cilíndricos idénticos hechos de barro, uno dentro de otro, cada uno de treinta pies de largo.

Cuando clarea el día, Omeir y los bueyes recorren una milla hasta un pozo de carbón y después transportan el carro lleno de carbón a la gran tienda. A medida que llega más carbón, el espacio dentro de la carpa se calienta más y más y los animales empiezan a rehuir el calor a medida que se acercan y los boyeros descargan mientras los fundidores meten el carbón en hornos y grupos de mulás rezan y otros hombres accionan los enormes fuelles empapados en sudor, atizando las llamas de los hornos. En los intervalos entre cánticos, Omeir oye arder los fuegos: suenan como si hubiera algo enorme dentro de la carpa masticando sin parar.

De noche aborda a los boyeros que toleran verle la cara y pregunta qué están ayudando a crear allí. Uno dice que ha oído que el sultán está forjando un propulsor de hierro, pero que no sabe lo que es un propulsor. Otro lo llama catapulta del trueno; otro, tormento; otro más, Destructor de Ciudades.

—Dentro de esa tienda —explica un hombre de barba gris con aros de oro en los lóbulos de las orejas—, el sultán está construyendo un artefacto que cambiará la historia para siempre.

—¿Qué es lo que hace?

—Ese artefacto —dice el hombre— permite que una cosa pequeña destruya una mucho mayor.

Llegan más yuntas tirando de carretas con cargamentos de latón, bloques de hierro e incluso campanas de iglesia que, susurran los boyeros, proceden de ciudades cristianas saqueadas a cientos de millas de allí. Da la impresión de que el mundo entero envía tributos: monedas de cobre, tapas de ataúdes de hombres nobles hechas de bronce y largos siglos olvidadas; el sultán, oye Omeir, ha traído incluso la riqueza entera de una nación que conquistó en el este y que bastaría para hacer ricos a cinco mil hombres durante cinco mil vidas, y esto también se usará: el oro y la plata van a formar parte del artefacto.

Con la espalda fría, la frente ardiendo, la tela de la tienda ondeando detrás de borrones de calor, Omeir mira hipnotizado. Los fundidores, con los brazos y las manos protegidos por guantes de piel de vaca, se acercan al infierno borroso y trémulo, trepan por andamios, arrojan trozos de latón a un caldero gigantesco y retiran la escoria. Otros comprueban constantemente el metal fundido en busca de signos de humedad, mientras que otros más estudian el cielo y otros aún rezan plegarias dirigidas a los elementos. La mínima gota de agua, susurra un hombre junto a Omeir, podría hacer silbar y chisporrotear el caldero con todo el fuego de los infiernos.

Cuando llega el momento de añadir estaño al latón fundido, soldados con turbantes echan a todos de allí. Durante este delicado momento, dicen, no se puede mirar el metal con ojos impuros, y solo los bienaventurados pueden entrar. Las lonas de la tienda están echadas y atadas y cuando Omeir se despierta durante la noche ve un resplandor subir del final del prado y el suelo bajo la tienda también parece brillar, como si extrajera un poder formidable del centro de la tierra.

Rayo de Luna está tumbado de costado y pega la oreja al hombro de Omeir y el niño se hace un ovillo en la tierra húmeda. Árbol está algo apartado, de espaldas a la tienda, todavía pastando, como si el ridículo fanatismo de los hombres lo aburriera.

Abuelo, piensa Omeir, ya he visto cosas que ni se me habría ocurrido soñar.

La tienda resplandece durante dos días más, sus chimeneas arrojan chispas, sigue sin llover y al tercer día los fundidores sacan la aleación del caldero y la van dirigiendo mediante canales hasta que desaparece en los moldes bajo tierra. Algunos hombres vigilan los conductos de bronce líquido, revientan burbujas con ayuda de varas de hierro, y otros echan paletadas de arena húmeda en el pozo de colada; se desmonta la tienda y los mulás se turnan para rezar junto a los montículos de arena mientras se enfrían.

Al amanecer retiran la arena, separan los moldes y envían a tuneladores a deslizar cadenas alrededor del artefacto. Sujetan estas cadenas a cuerdas y los boyeros mayores distribuyen a los bueyes en cinco grupos de diez para intentar sacar al Destructor de Ciudades de la tierra.

Árbol y Rayo de Luna están en el segundo grupo. Se da la orden y los boyeros espolean a los animales. Gimen cuerdas, chirrían yugos y los bueyes avanzan despacio convirtiendo el suelo en un mar de barro.

—Tirad, chicos, con todas vuestras fuerzas —grita Omeir.

La ristra de bueyes hunde más las pezuñas en el barro. Los boyeros añaden una sexta cadena, una sexta cuerda, un sexto grupo de diez. Omeir comprueba tres veces los arneses y las colleras. A estas alturas casi ha anochecido y los cabestros jadean entre las varas. El aire se llena de gritos agudos de «¡Arre!» y «¡Ya!» y los sesenta bueyes empiezan a tirar.

Los animales inclinan la cabeza, el increíble peso tira de ellos hacia atrás, vuelven a bajar la cabeza y consiguen dar un paso, otro, los boyeros gritan, azuzan a los animales, que mugen de miedo y desconcierto.

La carga inmensa es una ballena que nada tierra adentro. La arrastran unos ciento cincuenta pies antes de que den órdenes de parar. Las fosas nasales de los bueyes despiden vapor y Omeir comprueba el yugo y las pezuñas de Árbol y Rayo de Luna y ya hay bruñidores y raspadores que trepan por el artefacto que humea en el frío crepúsculo, con el bronce aún caliente.

Maher cruza sus delgados brazos. Dice, a nadie en particular:

—Van a tener que inventar un carro muy distinto.

Son necesarios tres días para transportar el artefacto la milla que falta hasta el campo de prácticas del sultán. En tres ocasiones los radios de las ruedas de la carreta se astillan y las llantas se salen del eje; los ruederos trabajan día y noche; la carga es tan pesada que cada hora que pasa montada sobre el carro, las ruedas de este se hunden una pulgada más en la tierra.

En una explanada a la vista del nuevo palacio del sultán se monta una polea para subir el gran tubo hueco del artefacto hasta una plataforma de madera. Nace un bazar improvisado: comerciantes venden bulgur y mantequilla, tordos asados y patos ahumados, bolsas de dátiles y collares de plata y gorros de lana. Por todas partes hay pieles de zorro, como si todos los zorros del mundo hubieran sido cazados y convertidos en prendas de abrigo, y algunos hombres visten túnicas de armiño blanco como la nieve y otros, mantos de fino fieltro en los que las gotas de lluvia forman perlas y a continuación resbalan, y Omeir no puede apartar la vista de ninguno de ellos.

A mediodía el gentío se reparte a ambos lados de la explanada. Omeir y Maher se suben a un árbol en el borde del campo de prácticas para poder ver por encima de las cabezas. Una procesión de ovejas esquiladas y pintadas de blanco y adornadas con anillas es conducida a la plataforma, las siguen cien jinetes montando a pelo caballos negros y cierran la comitiva esclavos que representan episodios sobresalientes de la vida del sultán. Maher susurra que en algún lugar, al final de la procesión, debe de ir el soberano en persona, que Dios lo bendiga y salude, pero Omeir solo ve séquito y estandartes y músicos con címbalos y un tambor tan grande que precisa dos muchachos a cada lado para tocarlo.

La mordedura de la sierra de Abuelo, el omnipresente masticar del ganado, los balidos de la cabra, los jadeos de los perros y el borboteo del arroyo, los graznidos de los cuervos y el correteo de los ratones… Un mes atrás Omeir habría dicho que la cañada rebosaba de sonidos. Pero ahora todo aquello es silencio comparado con esto: martillos, campanas, gritos, trompetas, gemidos de cuerdas, relinchos de caballos. El ruido es una embestida.

Por la tarde los cornetines tocan seis notas alegres y todos miran hacia el gran instrumento bruñido que reluce sobre su plataforma. Un hombre con un gorro rojo repta debajo de él y desaparece por completo; un segundo lo sigue con una piel de oveja y Omeir apenas oye a los dos hombres que martillean ahí dentro y alguien a los pies del árbol dice que deben de estar cargando la pólvora aunque no sabe qué significa eso. Salen los hombres y a continuación llega una enorme bola de granito cincelada y pulida hasta formar una esfera; nueve hombres la hacen rodar hasta la boca del tubo y la colocan dentro.

El chirrido fuerte y escalofriante que hace la bola al bajar lentamente por el cañón inclinado llega hasta Omeir por encima de las cabezas de la gente. Un imán dirige una oración, los címbalos entrechocan, suenan trompetas y, junto al artilugio, el primer hombre, el del gorro rojo, apisona lo que parece ser hierba seca en el agujero de la parte de atrás, acerca una mecha encendida y baja de la plataforma de un salto.

Los espectadores callan. El sol baja de forma imperceptible y un escalofrío recorre la explanada. Una vez, dice Maher, en su aldea natal apareció un desconocido en lo alto de una colina y afirmó poder volar. Durante todo el día acudió gente a verlo, dice, y de tanto en tanto el hombre decía: «Pronto volaré», antes de señalar varios puntos en la distancia a los que volaría y de caminar alargando y agitando los brazos. Cuando hubo una multitud tal que no todos podían ver y el sol casi se había puesto, el hombre, sin saber ya qué hacer, se bajó los pantalones y enseñó a todos el culo.

Omeir sonríe. En la tarima, unos hombres rodean de nuevo el artilugio, del cielo bajan unos pocos cristales de nieve y la gente se rebulle, inquieta ya, los címbalos suenan por tercera vez y, al principio de la explanada, donde es posible que esté o no el sultán, la brisa levanta las cientos de colas de caballos sujetas a pendones. Omeir se pega al tronco del árbol para protegerse del frío, los dos hombres se suben al cilindro de bronce y el del gorro rojo se asoma a su boca y en ese momento el cañón dispara.

Es como si el dedo de Dios bajara por entre las nubes y sacara al planeta de su órbita. La bola de piedra de mil libras de peso se mueve demasiado deprisa para verla: solo se oye el rugido de su paso lacerando el aire mientras silba sobre la explanada, pero antes de que Omeir sea siquiera consciente del ruido, un árbol al final del prado se hace astillas.

Un segundo árbol a un cuarto de milla también se evapora, aparentemente a la vez y, durante un instante, Omeir se pregunta si la bola seguirá viajando para siempre, más allá del horizonte, destrozando un árbol detrás de otro, muralla tras muralla, hasta llegar al confín del mundo.

A lo lejos, a cerca de una milla de distancia, roca y barro salen disparados en todas las direcciones, como si un arado invisible abriera un inmenso surco en la tierra y el estruendo de la detonación le reverbera a Omeir en el tuétano. Los vítores que suben del gentío no son tanto de triunfo como de estupefacción.

La boca del artilugio echa humo. De los dos artilleros, uno se tapa los oídos con ambas manos y mira lo que queda del otro, el hombre del gorro rojo.

El viento trae el humo de la plataforma.

—El miedo a esa cosa —murmura Maher más para sí que para Omeir— será más poderoso que la cosa misma.

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