Ciudad de las nubes

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Anna

María y ella hacen cola a la puerta de la iglesia de Santa María de la Fuente con una docena de personas más. Bajo las tocas, las caras de las monjas de la orden parecen cardos secos, incoloras y quebradizas; ninguna parece tener menos de un siglo de edad. Una recoge la plata de Anna con un tazón y otra se lo lleva y lo vuelca en un pliegue de su hábito mientras una tercera señala una escalera.

Aquí y allí, en relicarios iluminados por velas, reposan dedos y huesos de pies de santos. Al fondo, a gran profundidad debajo de la iglesia, pasan con dificultad junto a un altar rudimentario con una capa de cera de un pie de grosor y llegan a tientas a una gruta.

Gorgotea un manantial; las suelas de las babuchas de Anna y María resbalan en las piedras mojadas. Una abadesa sumerge una copa de plomo en una pileta, añade una importante cantidad de azogue y le da vueltas.

Anna le sostiene el vaso a su hermana.

—¿A qué sabe?

—Fría.

Plegarias resuenan en la humedad.

—¿Te lo has bebido todo?

—Sí, hermana.

Arriba, al nivel del suelo, el mundo es todo color y viento. En el jardín de la iglesia vuelan hojas por doquier y la piedra caliza de las murallas de la ciudad atrapa la luz oblicua y resplandece.

—¿Ves las nubes?

María vuelve la cara al cielo.

—Creo que sí. Tengo la sensación de que el mundo brilla más.

—¿Ves los pendones ondear sobre la puerta?

—Sí. Los veo.

Anna lanza plegarias de gratitud al viento. Por fin he hecho algo bien, piensa.

María pasa dos días lúcida y serena, enhebrando sus propias agujas, cosiendo de sol a sol. Pero al tercer día de haber bebido la mezcla sagrada vuelve su dolor de cabeza, duendes invisibles roen de nuevo la periferia de su campo visual. Para cuando llega la tarde, le brilla la frente de sudor y no puede levantarse del banco sin ayuda.

—Debo de haber derramado parte —susurra mientras Anna la ayuda a bajar las escaleras—. ¿O quizá no bebí la suficiente?

En la cena, todas tienen la cabeza en otra parte.

—He oído —dice Eudokia— que el sultán ha traído a mil canteros más para que terminen de construir su fortaleza río arriba.

—He oído —añade Irene— que les cortarán la cabeza si trabajan demasiado despacio.

—Como a nosotras, entonces —comenta Helena, pero nadie ríe.

—¿Sabéis cómo llama el sultán a la fortaleza? ¿En lengua infiel? —Crisa vuelve la cabeza. Los ojos le brillan con una mezcla de placer y temor—. «El Degollador».

La viuda Teodora dice que estas conversaciones no mejorarán los bordados de ninguna, que las murallas de la ciudad son inexpugnables, que sus puertas han hecho retroceder a bárbaros a lomos de elefantes y a persas con catapultas de China y a los ejércitos de Krum el Búlgaro, quien bebía vino de cráneos humanos. Quinientos años atrás, dice, una flota bárbara tan grande que se extendía hasta el horizonte asedió la ciudad durante cinco años y sus habitantes tuvieron que comer cuero de bota hasta el día que el emperador cogió el manto de la Virgen de la capilla sagrada de las Blanquernas, la sacó en procesión por las murallas y a continuación la mojó en el mar. Entonces la Madre de Dios envió una tormenta que hizo estrellarse los barcos contra las rocas y hasta el último de los bárbaros impíos se ahogó y aun así las murallas siguieron en pie.

La fe, dice la viuda Teodora, será nuestra coraza, y la convicción, nuestra espada, y las mujeres callan. Las que tienen familia se van a sus casas y las otras vuelven a sus celdas y Anna se queda en el pozo llenando las vasijas del agua. El asno de Kalafates mordisquea un montoncito de paja. Algunas palomas aletean bajo los aleros; la noche se vuelve fría. Quizá María esté en lo cierto; quizá no bebió suficiente mezcla sagrada. Anna piensa en los italianos extraños y ávidos con sus jubones de seda y mantos de terciopelo y las manos sucias de tinta.

«¿Y hay más manuscritos como este?».

«¿Cómo están dispuestos?».

«¿En horizontal o verticales unos junto a los otros?».

Como si lo hubiera conjurado con sus pensamientos, un zarcillo de niebla asoma por la línea del tejado.

De nuevo esquiva al guarda y baja por las calles serpenteantes que llevan al puerto. Encuentra a Himerio dormido junto a su esquife y, cuando lo despierta, él frunce el ceño como si estuviera intentando identificar a una niña entre muchas. Por fin se pasa la mano por la cara, asiente con la cabeza y orina largo rato en las rocas antes de meter el bote en el agua.

Anna guarda el saco y la cuerda en la proa. Cuatro gaviotas los sobrevuelan graznando con suavidad e Himerio las mira, a continuación rema hacia el priorato encaramado en las rocas. Esta vez Anna está más resuelta. Con cada gesto ascendente su miedo decrece y pronto es todo movimiento y memoria de los puntos de apoyo, sus dedos la mantienen pegada a la fría piedra, sus piernas la impulsan. Llega al imbornal, repta por la boca del león y aterriza de un salto en la gran sala. Espíritus, dejadme entrar.

Una luna creciente envía luz que se filtra por entre la niebla. Anna encuentra las escaleras, sube, recorre el lago pasillo y cruza el umbral de la habitación circular.

Es un lugar fantasmal, rebosante de polvo, con pequeños helechos que crecen aquí y allí de terrones de papel húmedo, el moho lo ha reducido todo a jirones. Dentro de algunos de los armarios hay registros monásticos tan grandes que Anna apenas puede levantarlos; en otros encuentra tomos cuyas páginas están pegadas por efecto de la humedad y el moho y forman una masa compacta. Llena el saco todo lo que puede y lo arrastra escaleras abajo, lo lleva al esquife y camina un paso por detrás de Himerio mientras este lo acarrea por senderos neblinosos hasta la casa de los italianos.

El criado de pie varo abre la boca en un inmenso bostezo mientras los invita a entrar en el patio con un gesto de la mano. Dentro del taller, los dos escribas más menudos están desplomados en las sillas del rincón profundamente dormidos, pero el alto se frota las manos como si llevara toda la noche esperándolos.

—Pasad, pasad. Veamos lo que traéis.

Vuelca el saco en la mesa entre un despliegue de candelas encendidas.

Himerio se calienta las manos delante del fuego mientras Anna mira al extranjero examinar los manuscritos. Cartas de navegación, testamentos, transcripciones de rezos; peticiones de requisas; lo que parece ser la lista de personalidades que asistieron a una reunión monástica celebrada hace tiempo: el Gran Doméstico, Su Excelencia el Vicetesorero, el Estudioso Visitante de Tesalónica; el Gran Canciller del Guardarropa Imperial.

Pasa hoja tras hoja de los códices mohosos mientras inclina el candelabro a uno y otro lado, y Anna repara en cosas que le pasaron desapercibidas la primera vez: tiene las calzas rotas a la altura de una rodilla y el jubón manchado en los codos y salpicaduras de tinta en las dos mangas. «Esto no —dice—. Esto tampoco»; a continuación murmura en su propia lengua. La habitación huele a tinta de agallas de roble, a pergamino, a humo de leña y a vino tinto. Un espejo en un rincón refleja las llamas de las velas; alguien ha fijado una serie de pequeñas mariposas a un tablero; otra persona copia lo que parece ser una carta de navegación en la mesa del rincón. La habitación rezuma curiosidad y posibilidad.

—Todos inservibles —concluye el italiano con tono bastante alegre y pone cuatro monedas de plata en la mesa, unas encima de las otras. Mira a Anna—. ¿Conoces la historia de Noé y sus hijos, pequeña? ¿Cómo llenaron su barco de todas las criaturas para poder empezar el mundo de nuevo? Durante mil años tu ciudad, esta capital que se desmorona —señala la ventana con un gesto de la mano— era igual que esa arca. Solo que, en lugar de dos ejemplares de cada criatura, ¿sabes lo que guardó en ella el buen Señor?

Al otro de lado de los postigos cantan los primeros gallos. Anna se da cuenta de que Himerio se ha puesto tenso, que tiene toda la atención puesta en la plata.

—Libros. —El escriba sonríe—. Y en nuestra historia de Noé y el arca de libros, ¿sabes qué era la inundación?

Anna dice que no con la cabeza.

—El paso del tiempo. Día tras día, año tras año, el tiempo borra los viejos libros del mundo. Ese manuscrito que nos trajiste la otra vez lo escribió Eliano, un hombre instruido que vivió en tiempos de los césares. Para llegar a los que estamos ahora en esta habitación, sus líneas tuvieron que sobrevivir doce siglos. Un escriba tuvo que copiarlo y un segundo escriba, décadas después, tuvo que recopiar aquella copia, transformarla de rollo en códice, y, mucho después de que los huesos del escriba estuvieran bajo tierra, llegó un tercero y volvió a copiarlo y durante todo este tiempo el libro corrió peligro. Un abad de mal carácter, un fraile torpe, un bárbaro invasor, una vela volcada, un gusano hambriento… y el trabajo de siglos se habría echado a perder.

Las llamas de las candelas parpadean; los ojos del hombre parecen atrapar toda la luz de la habitación.

—Todo aquello que parece inmutable en el mundo, niña, las montañas, la riqueza, los imperios…, su permanencia es pura ilusión. Creemos que perdurarán, pero eso es solo por la brevedad de nuestras vidas. Desde la perspectiva de Dios, ciudades como esta van y vienen igual que hormigueros. El joven sultán está reuniendo un nuevo ejército y tiene nuevas máquinas de guerra capaces de derribar murallas como si fueran aire.

A Anna se le encoge el estómago. Himerio se inclina sobre las monedas en la mesa.

—El arca se ha estrellado contras las rocas, niña. Y la marea sube.

Su vida se parte en dos. Están las horas en la casa de Kalafates, una monotonía de fatiga y miedo: escoba y sartén, hilo y cuerda, acarrear agua acarrear carbón acarrear vino acarrear otra bala de ropa de cama. Da la impresión de que cada día llega al taller una nueva historia sobre el sultán. Se ha adiestrado para no tener que dormir nunca; dirige equipos de agrimensores al otro lado de las murallas de la ciudad; los soldados que accionan el Degollador han lanzado una bala que hizo astillas un galeón veneciano que traía comida y armaduras a la ciudad desde el mar Negro.

Por segunda vez Anna lleva a María al santuario de la Virgen de la Fuente, donde compran una bendición de las monjas encorvadas y marchitas por once stavrata y María se traga la mezcla de agua y mercurio y se siente mejor durante un día antes de sentirse peor. Le duelen las manos, tiene calambres; algunas noches dice que es como si las garras de un demonio le hubieran asido las extremidades y estuviera intentando arrancárselas.

Y luego está la otra vida de Anna, cuando la niebla envuelve la ciudad igual que un sudario y corre por las calles con eco e Himerio la lleva en barca rodeando la escollera para que escale una vez más el muro del priorato. Si alguien le preguntara, diría que lo hace para ganar dinero con que aliviar el sufrimiento de su hermana, pero ¿no hay una parte de ella que también desea escalar ese muro? ¿Llevar otro saco de libros mohosos a los copistas en su taller lleno de tinta? En dos ocasiones más llena el saco de libros y las dos resulta contener solo inventarios enmohecidos. Pero los italianos les piden a ella y a Himerio que sigan llevándoles lo que encuentren, que pronto desenterrarán algo tan valioso como el Eliano o mejor, una tragedia perdida de Atenas o la colección de alocuciones de un estadista griego o un seismobrontologion que revele los secretos del clima y el viento.

Descubre que los italianos no son de Venecia, a la que llaman guarida de mercenarios y avarientos, ni tampoco de Roma, que dicen que es un nido de parásitos y rameras. Son de una ciudad llamada Urbino, de la que se dice que los graneros están siempre llenos, que sus prensas de aceite rebosan y sus calles relucen de virtud. Dentro del recinto amurallado de Urbino, dicen, incluso el niño o la niña más pobres estudian los números y literatura y no hay temporada de malaria como hay en Roma ni tampoco de nieblas gélidas, como en esta ciudad. El escriba más menudo de todos le enseña a Anna una colección de ocho cajas de rapé, en las tapas de las cuales hay pintadas miniaturas: una gran iglesia abovedada; una fuente en la plaza de un pueblo; Justicia sosteniendo su balanza; Coraje sosteniendo una columna de mármol; Moderación diluyendo vino con agua.

«Nuestro maestro, el virtuoso conde y señor de Urbino, nunca pierde —cuenta— ni en el campo de batalla ni en ningún otro lugar»; y el escriba de tamaño mediano añade: «Es magnánimo en todos los sentidos, y escuchará a cualquiera que desee hablar con él a cualquier hora del día»; y el alto señala: «Cuando su Excelencia come, incluso cuando está en el campo de batalla, pide que le lean los textos clásicos».

«Sueña —dice el primero— con erigir una biblioteca que exceda a la del Papa, una biblioteca que contenga todos los textos jamás escritos, que dure hasta el fin de los tiempos, y sus libros serán gratis para quien quiera leerlos». Les brillan los ojos como carbones encendidos; tienen los labios manchados de vino; le enseñan a Anna los tesoros que han procurado al maestro en el curso de sus viajes: un centauro de terracota hecho en tiempos de Isaac, un tintero que dice usó un césar y un libro de China que al parecer fue escrito, no por un escriba con pluma y tintero, sino por un carpintero accionando una rueda de bloques de bambú movibles, y dicen que esta máquina puede hacer diez copias de un texto en el tiempo que le lleva a un escriba hacer una.

Todo ello deja a Anna sin respiración. Durante toda su vida le han hecho creer que es una niña nacida al final de las cosas: el imperio, una era, el reino de los hombres en la tierra. Pero en el fulgor del entusiasmo de los escribas presiente que en una ciudad como Urbino, más allá del horizonte, tal vez existan otras posibilidades y sueña despierta que cruza volando el Egeo, que ve naves y tormentas pasar debajo, muy lejos, y el viento le sopla entre los dedos desplegados hasta que aterriza en un palacio límpido, lleno de Justicia y de Moderación, con habitaciones forradas de libros gratis para quien quiera leerlos.

«Frente al porche broncíneo de pie revolviendo mil cosas. Como un brillo de sol o de luna veíase en la casa».

«El arca se ha estrellado contra las rocas, niña».

«Te llenas la cabeza de cosas inútiles».

Una noche los escribas hojean otro saco de manuscritos hinchados y mohosos y niegan con la cabeza.

—Lo que buscamos —dice el más menudo arrastrando las palabras en griego— no tiene nada que ver con esto. —Repartidos por entre el pergamino y los cortaplumas hay platos con rodaballos a medio comer y uvas secas—. Nuestro maestro se ve a sí mismo como un redentor, un explorador del pasado, y lo que busca en concreto son compendios de maravillas.

—Sabemos que los antiguos viajaron a lugares remotos…

—… los cuatro confines del mundo…

—… tierras conocidas para ellos pero ignotas para nosotros.

Anna los escucha de espaldas al fuego y piensa en Licinio escribiendo Ὠκεανός en el polvo. Aquí lo conocido. Aquí lo desconocido. Por el rabillo del ojo ve a Himerio robar pasas.

—Nuestro maestro —dice el escriba alto— cree que en algún lugar, quizá en esta vieja ciudad, dormitando debajo de unas ruinas, hay un relato que contiene el mundo entero.

El de mediana estatura asiente con ojos brillantes.

—Y los misterios del más allá.

Himerio levanta la vista con la boca llena.

—Y si lo encontráramos…

—… nuestro maestro se sentiría muy complacido.

Anna pestañea. ¿Un libro que contenga el mundo entero y los misterios del más allá? Un libro así sería enorme. No podría transportarlo sola.

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