Ciudad de las nubes
Siete
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SIETE
EL MOLINERO Y EL BARRANCO
La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Η
… los bandidos me llevaron hasta el borde mismo del barranco y me llamaron asno inútil. Uno arguyó que deberían tirarme para que me despanzurrara contra las rocas y los gavilanes se me comieran a picotazos, un segundo sugirió clavarme una espada en el costado y un tercero, el peor de todos, dijo: «¿Por qué no hacer las dos cosas?». Clavarme una espada en el costado, ¡luego despeñarme! Al ver la caída de aquel precipicio horrible me oriné las pezuñas.
¡En menudo aprieto me había metido! No tenía que estar allí, asomado a un barranco, entre rocas y zarzas, sino en lo alto del cielo, volando entre nubes camino de la ciudad donde no hay ni sol abrasador ni viento gélido, donde los céfiros alimentan cada flor, las colinas siempre visten de verde y a nadie le falta de nada. Qué necio era. ¿Qué era aquella hambre que me empujaba a buscar más de lo que ya tenía?
Fue entonces cuando el molinero barrigudo y su barrigudo hijo doblaron el recodo de camino al norte. El molinero dijo: «¿Qué planes tenéis para ese asno cansado?». Los bandidos contestaron: «Es débil y miedoso y nunca deja de quejarse, así que vamos a despeñarlo, pero antes estamos debatiendo si clavarle una espada en las costillas». El molinero dijo: «Me duelen los pies y mi hijo apenas puede respirar, así que os daremos dos monedas de cobre por él y veremos si aún puede recorrer un trecho».
Los bandidos se alegraron de librarse de mí a cambio de dos monedas de cobre y a mí me llenó de felicidad que no me despeñaran. El molinero se subió a mi lomo y también su hijo, y aunque me dolía el espinazo se me llenó la cabeza de imágenes de una casita de molinero y una bella molinera y un jardín lleno hasta reventar de rosas…