Ciudad de las nubes

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Konstance

Es la mañana de su décimo cumpleaños. En el Compartimento 17, NoLuz da paso a LuzDiurna y Konstance va al baño, se cepilla el pelo y espolvorea los dientes y cuando abre la cortina Madre y Padre la están esperando.

—Cierra los ojos y extiende las manos —dice Madre, y Konstance lo hace.

Antes de abrir los ojos ya sabe lo que le está poniendo Madre en los brazos: un nuevo mono de trabajo. La tela es amarillo canario y los puños y el dobladillo están rematados con pequeñas equis cosidas y Madre ha bordado un pino bosnio pequeñito en el cuello a juego con una plántula de dos años y medio que crece en la Granja 4.

Konstance se lo lleva a la nariz; huele rarísimo: a nuevo.

—Es crecedero —dice Madre y le sube la cremallera del cuello. En Intendencia están todos: Jessi Ko y Ramón y la señora Chen y Tayvon Lee y el doctor Pori, el profesor de matemáticas de noventa y nueve años, y todos cantan la canción del Día de las Bibliotecas y Sara Jane pone dos tortitas de gran tamaño, hechas con harina de verdad, una encima de la otra, delante de Konstance. Por los bordes se derraman gotitas de sirope.

Todos miran, sobre todo los chicos adolescentes, ninguno de los cuales ha vuelto a comer una tortita hecha con harina de verdad desde que cumplió diez años. Konstance enrolla la primera torta y se la come de cuatro bocados; con la segunda se toma su tiempo. Cuando termina, se lleva la bandeja a la cara, la lame y hay aplausos.

Luego Madre y Padre la acompañan de vuelta al Compartimento 17 a esperar. No sabe cómo, pero se ha manchado la manga de sirope y le preocupa que Madre se disguste, pero Madre está demasiado emocionada para fijarse y Padre se limita a guiñarle el ojo, mojarse un dedo con la lengua y ayudarla a limpiársela.

—Al principio será mucho que asimilar —dice Madre—, pero con el tiempo te encantará, ya lo verás, es hora de que crezcas un poco y quizá esto te ayude con tus…

Pero antes de que le dé tiempo a terminar llega la señora Flowers.

Los ojos de la señora Flowers están brumosos por las cataratas, le apesta el aliento a pasta de concentrado de zanahoria y cada día parece más pequeña que el anterior. Padre la ayuda a dejar el Deambulador que transporta en el suelo, junto a la mesa de coser de Madre.

Del bolsillo de su mono, la señora Flowers saca un Vizor, que centellea con luces doradas.

—Es de segunda mano, claro, perteneció a la señora Alegawa, que en paz descanse. Puede que no esté perfecto, pero ha pasado todos los diagnósticos.

Konstance se sube al Deambulador, que se enciende con un zumbido. Madre le aprieta la mano y su expresión es triste y feliz al mismo tiempo, mientras que la señora Flowers dice: «Nos vemos allí», y sale por la puerta en dirección a su compartimento, a seis puertas por el pasillo. Konstance nota cómo Madre le ajusta el Vizor detrás de la cabeza, siente cómo le oprime el hueso occipital, le rodea los oídos y se cierra delante de sus ojos. La preocupaba que le hiciera daño, pero solo tiene la sensación de que alguien se ha acercado a hurtadillas y le ha puesto dos manos frías en la cara.

—Estaremos aquí —dice Madre.

—A tu lado, todo el tiempo —añade Padre.

Las paredes del Compartimento 17 se desintegran.

Está en un gran atrio. Tres gradas de estanterías, cada una de cuatro metros y medio de altura, a las que se accede por cientos de escalerillas de mano, se extienden a ambos lados, en apariencia durante kilómetros. Encima de la grada superior, pórticos gemelos de columnas sostienen un techo de bóveda de cañón atravesada en el centro por una abertura rectangular sobre la que nubes esponjosas flotan por un cielo color cobalto.

Aquí y allí ve figuras de pie delante de mesas o sentadas en butacas. En las gradas superiores, más personas estudian estanterías, están apoyadas en pasamanos o bajan o suben por las escalerillas. Y por el aire, hasta donde le alcanza la vista, vuelan libros, algunos tan pequeños como su mano, algunos tan grandes como el colchón en el que duerme; algunos despegan de los estantes, otros regresan a ellos, algunos aletean como pájaros cantores, otros se mueven despacio como cigüeñas grandes y desgarbadas.

Durante un momento Konstance se limita a mirar, muda de asombro. Nunca ha estado en un espacio ni la mitad de grande que este. El doctor Pori, el profesor de matemáticas —solo que tiene el pelo abundante y negro en lugar de cano y con aspecto de estar seco y mojado a la vez—, baja por una escalera de mano a la derecha de Konstance, saltando los peldaños de dos en dos igual que un joven atlético, y aterriza pulcramente sobre ambos pies. Le guiña el ojo; sus dientes son blancos como la leche.

El amarillo del mono de Konstance vibra aquí todavía más que en el Compartimento 17. La mancha de sirope ha desaparecido.

La señora Flowers se dirige hacia ella desde un punto muy lejano, con un perrito blanco pisándole los talones. Es una señora Flowers más aseada, joven y alegre, con ojos límpidos color avellana y corta melena caoba de estilo muy profesoril; unas letras doradas que lleva cosidas en el pecho dicen: «Bibliotecaria jefe».

Konstance se inclina sobre el perrito: los bigotes de este tiemblan; le brillan los ojos negros; el pelo, cuando Konstance le pasa los dedos, tiene tacto de pelo. La felicidad que le produce esto casi le da ganas de reír.

—Bienvenida —dice la señora Flowers— a la Biblioteca.

Konstance y ella inician el recorrido del atrio. Varios miembros de la tripulación levantan la vista de sus mesas y les sonríen al pasar; unos pocos hacen aparecer globos que dicen «ES TU DÍA DE LA BIBLIOTECA» y Konstance los mira subir por la abertura hacia el cielo.

Los lomos de los libros que tienen más cerca son de colores tales como verdiazul, guinda y morado imperial; algunos tienen un aspecto esbelto y delicado y otros parecen enormes mesas sin patas apiladas en estantes.

—Adelante —dice la señora Flowers—, no se estropean.

Konstance toca el lomo de un volumen pequeño, que se eleva y se abre delante de ella. De sus páginas de papel cebolla crecen tres margaritas, y en el centro de cada una brillan las mismas letras: «M», «C», «V».

—Algunos son bastante desconcertantes —dice la señora Flowers.

Toca el librito y este se cierra y vuelve volando a su sitio. Konstance mira la línea de estanterías prolongarse hasta que el atrio se difumina en la distancia.

—¿Sigue hasta…?

La señora Flowers sonríe.

—Solo Sybil lo sabe con seguridad.

Tres muchachos adolescentes, los hermanos Lee y Ramón —solo que en una versión más delgada y aseada—, corren y suben de un salto a una escalera de mano y la señora Flowers les dice: «Despacio, por favor», y Konstance trata de recordarse a sí misma que continúa dentro del Compartimento 17, con su nuevo mono de trabajo y un Vizor heredado, caminando subida a un Deambulador entre la litera de Padre y la mesa de coser de Madre, que la señora Flowers y los hermanos Lee y Ramón están en los compartimentos de sus familias, paseando en sus propios Deambuladores, con sus propios Vizors, que todos viajan dentro de un disco que recorre a toda velocidad el espacio interestelar y que la Biblioteca no es más que un enjambre de datos dentro de ese candelabro parpadeante que es Sybil.

—A nuestra derecha, Historia —está diciendo la señora Flowers—, a la izquierda, Arte Moderno, luego Lenguas. Esos chicos se dirigen a la Sección de Juegos. Muy popular, claro.

Se detiene delante de una mesa vacía con sillas a ambos lados y hace un gesto a Konstance para que se siente. Encima de la mesa hay dos cajas: una de lápices, otra de rectángulos de papel. Entre ambas hay una pequeña ranura de latón e, inscritas en el borde, están las palabras «Aquí se contestan preguntas».

—Para el Día de la Biblioteca de un niño —dice la señora Flowers—, cuando hay tanto que absorber, intento no complicarme la vida. Cuatro preguntas, una pequeña búsqueda del tesoro. Pregunta número uno: ¿A qué distancia está la Tierra de nuestro destino?

Konstance pestañea, insegura, y la expresión de la señora Flowers se suaviza.

—No tienes que saberlo de memoria, cariño. Para eso está la Biblioteca. —Señala las cajas.

Konstance coge un lápiz: parece tan real que tiene ganas de morderlo. ¡Y el papel! Está tan limpio, tan nuevecito… Fuera de la Biblioteca no hay un trozo de papel así de limpio en todo el Argos. Escribe: «¿Qué distancia hay de la Tierra a Beta Oph2?», y mira a la señora Flowers y esta asiente con la cabeza y Konstance mete la tira de papel por la ranura.

El papel desaparece. La señora Flowers carraspea y señala con el dedo y, detrás de Konstance, en la segunda grada, un grueso libro marrón abandona un estante. Cruza el atrio volando, esquiva otros libros aerotransportados y a continuación desciende y se abre.

En un desplegable a doble página aparece un diagrama titulado «Lista confirmada de exoplanetas en la Zona Optimista Habitable B-C». En la primera columna rotan pequeños mundos de todos los colores: algunos rocosos, otros llenos de remolinos gaseosos, otros anillados, otros con estelas de hielo en sus atmósferas. Konstance pasa la yema del dedo por las filas hasta que encuentra Beta Oph2.

—4,2399 años luz.

—Bien. Pregunta número dos. ¿A qué velocidad viajamos?

Konstance escribe la pregunta, la mete por la ranura y, mientras el primer libro se aleja, llega un fajo de gráficos enrollados que se despliegan encima de la mesa. Del centro sube un número entero.

—A 7.734.958 kilómetros por hora.

—Correcto. —A continuación la señora Flowers levanta tres dedos—. ¿Cuál es la esperanza de vida de un humano genéticamente óptimo en las condiciones de la misión?

La pregunta desaparece por la ranura; media docena de documentos de varios tamaños salen de estantes y revolotean hasta la mesa.

«114 años», dice el primero.

«116 años», dice el segundo.

«119 años», dice el tercero.

La señora Flowers se agacha para rascar las orejas del perro a sus pies sin dejar de mirar a Konstance.

—Ya sabes la velocidad a que viaja el Argos, la distancia que tiene que recorrer y la esperanza de vida de un viajero en esas condiciones. Última pregunta. ¿Cuánto durará nuestro viaje?

Konstance mira la mesa.

—Usa la Biblioteca, cariño.

De nuevo la señora Flowers toca la ranura con una uña. Konstance escribe la pregunta en una tira de papel, la mete por la ranura y, en cuanto desaparece, una hojita solitaria aparece en la bóveda de cañón y desciende, balanceándose igual que una pluma, y aterriza delante de ella.

—«216.078 días terrestres».

La señora Flowers la mira y Konstance pasea la vista por el inmenso atrio, hasta donde las estanterías y las escaleras convergen a lo lejos, y tiene un atisbo de comprensión que enseguida se disipa.

—¿Cuántos años es eso, Konstance?

Levanta la vista. Una bandada de pájaros digitales sobrevuela la bóveda de cañón; más abajo, cien libros y rollos y documentos zigzaguean en el aire a cien alturas distintas, y Konstance nota la atención de otras personas de la Biblioteca puesta en ella. Escribe: «¿Cuántos años son 216.078 días terrestres?», mete el papel y al momento aparece revoloteando uno nuevo.

—«592».

El dibujo de la madera en la superficie de la mesa da vueltas, o eso parece, y las baldosas de mármol del suelo también giran y algo se agita en su estómago.

Pero hacemos falta todos

sin excepción…

Quinientos noventa y dos años.

—¿Nunca vamos a…?

—En efecto, pequeña. Sabemos que Beta Oph2 tiene una atmósfera similar a la de la Tierra, que tiene agua líquida, igual que la Tierra, que probablemente tiene bosques de alguna clase. Pero nunca los veremos. Ninguno de nosotros. Somos generaciones puente, intermediarios, los que trabajamos para que nuestros descendientes estén preparados.

Konstance apoya las palmas de las manos en la mesa; tiene la sensación de estar a punto de perder el conocimiento.

—La verdad es dura de asimilar, lo sé. Por eso esperamos antes de traer a los niños a la Biblioteca. A que seáis lo bastante maduros.

La señora Flowers coge una tira de papel de la caja y escribe algo.

—Ven, quiero enseñarte una cosa más.

Mete el papel en la ranura y un libro gastado, tan ancho y tan alto como la puerta del Compartimento 17, salta de una estantería del segundo piso, aletea unas cuantas veces sin elegancia alguna y aterriza abierto delante de ellas. Sus páginas son de un negro profundo, como si se hubiera abierto una puerta en la boca de una fosa insondable.

—Me temo que el Atlas —dice la señora Flowers— está un poco anticuado. Siempre se lo enseño a los niños en su día de la Biblioteca, pero después prefieren usar otros métodos más fáciles de manejar e inmersivos. Adelante.

Konstance pone un dedo en la página, lo retira. A continuación un pie. La señora Flowers le coge la mano y Konstance cierra los ojos y se prepara y las dos pisan a la vez.

No se caen: flotan en el espacio negro. En todas las direcciones hay puntitos de luz que perforan la oscuridad. Sobre el hombro de Konstance flota el armazón del Atlas, un rectángulo iluminado a través del cual todavía atisba estanterías de la Biblioteca.

—Sybil —dice la señora Flowers—, llévanos a Estambul.

En la negrura a sus pies, una mota de luz crece hasta ser un punto, luego una esfera verdiazul que se agranda a cada latido del corazón; un hemisferio azul en un remolino de vapor rota atravesando la luz del sol, mientras el otro gira en una oscuridad ultramarina estarcida de luz eléctrica. «¿Eso es…?», pregunta Konstance, pero ya están cayendo de pie hacia la esfera o quizá es que la esfera se dirige hacia ellas: gira, se hace enorme, llena todo el campo visual de Konstance. Esta contiene la respiración mientras la península se expande a sus pies de color verde jade moteado de beis y rojos, una riqueza cromática tal que sus ojos casi no pueden abarcarla. Lo que se dirige hacia Konstance a gran velocidad es más magnífico, más complejo y más intricado que cualquier cosa que ha imaginado o creído imaginar, como mil millones de Granjas 4 juntas, y ahora la señora Flowers y ella caen por un aire que es a la vez transparente y resplandeciente, descienden hacia un denso circuito de carreteras y azoteas hasta que, por fin, sus pies tocan la Tierra.

Están en un solar vacío. El cielo es color azul joya y despejado. De la maleza sobresalen piedras blancas enormes como muelas perdidas de gigantes. A su izquierda, ondulando en paralelo a una carretera que parece estar muy transitada en ambas direcciones, discurre una muralla gigantesca y en ruinas, remachada de hierba e interrumpida cada cincuenta metros más o menos por una torre gruesa y castigada por los elementos.

Konstance tiene la sensación de que hasta la última neurona de su cabeza ha empezado a arder. Del suelo, entre sus pies, brota hierba. Le habían dicho que la Tierra estaba en ruinas.

—Como sabes —dice la señora Flowers— viajamos demasiado deprisa para que nos dé tiempo a recibir datos nuevos, así que, dependiendo de cuándo fueran tomadas estas imágenes, esto es Estambul con el aspecto que tenía hace seis o siete décadas, antes de que el Argos abandonara la órbita terrestre baja.

¡La maleza! Maleza con hojas igual que las cuchillas de las tijeras de coser de Madre, maleza con la forma de los ojos de Jessi Ko, maleza con flores moradas diminutas o tallos diminutos color verde. ¿Cuántas veces ha evocado Padre las bondades de la maleza? Una piedra junto a su pie está moteada de negro, ¿es liquen? ¡Padre habla del liquen sin parar! Intenta tocarlo, pero su mano lo atraviesa.

—Solo puedes mirar —dice la señora Flowers—. Lo único sólido en el Atlas es el suelo. Como he dicho, una vez los niños prueban las cosas más modernas, casi nunca vuelven aquí.

Lleva a Konstance a los pies de la muralla. Todo está inmóvil.

—Más tarde o más temprano, pequeña —dice la señora Flowers— todas las cosas vivas mueren. Tú, yo, tu madre, tu padre, todos y todo. Incluso los bloques de piedra caliza con que se construyeron estas murallas estaban hechos en su mayor parte de esqueletos de criaturas muertas mucho tiempo atrás. Caracoles y corales. Ven.

A la sombra de la torre más cercana hay varias imágenes de personas: una mirando hacia el cielo; otra a medio subir las escaleras. Konstance distingue una camisa con botones, pantalones azules, sandalias de hombre, una chaqueta de mujer, pero el software ha difuminado las caras.

—Por cuestiones de privacidad —explica la señora Flowers. Señala una escalera de caracol que conduce a lo alto de la torre—. Vamos a subir.

—Pensaba que lo único sólido es el suelo.

La señora Flowers sonríe.

—A fuerza de venir mucho por aquí, cariño, una termina descubriendo un secreto o dos.

Con cada peldaño que suben, Konstance puede ver más de la ciudad que se extiende a ambos lados de la muralla: antenas, coches, toldos, un edificio enorme con mil ventanas, todo congelado en el tiempo; el esfuerzo de asimilar el conjunto casi la deja sin respiración.

—Desde que somos una especie, ya sea mediante la medicina o la tecnología, acumulando poder, embarcándonos en viajes o contando historias, los humanos nos hemos esforzado por derrotar a la muerte. Ninguno lo hemos conseguido.

Llegan a lo alto de la torre y Konstance mira abajo, mareada: el ladrillo rojo óxido, las piedras blancas hechas de cuerpos de criaturas muertas, la hiedra verde que trepa por los muros en oleadas… Es demasiado.

—Pero algunas de las cosas que construimos —continúa la señora Flowers— sí perviven. Hacia el año 410 de la Era Común el emperador de esta ciudad, Teodosio II, empezó a construir esta muralla terrestre, de más de seis kilómetros de longitud, para conectarla con los doce kilómetros de fortificaciones que ya defendían la ciudad desde el mar. La muralla de Teodosio tenía una pared exterior, de dos metros de grosor y nueve de altura, y una interior, de cinco metros de grosor y doce de alto. A saber cuántos cuerpos se rompieron durante su construcción.

Un insecto minúsculo ha quedado atrapado cuando cruzaba el antepecho justo enfrente de Konstance. Tiene el caparazón negro azulado brillante y patas de articulaciones asombrosas. Es un escarabajo.

—Durante más de mil años estas murallas repelieron cualquier ataque —dice la señora Flowers—. Los libros eran confiscados en los puertos y no se devolvían hasta haber sido copiados, todos a mano, por supuesto, y hay quienes creen que, en determinados momentos, las bibliotecas de la ciudad contuvieron más libros que todas las bibliotecas del mundo juntas. Y durante todo este tiempo hubo terremotos, inundaciones y ataques militares enemigos y los habitantes de la ciudad trabajaban juntos para fortificar las murallas mientras la maleza crecía por sus piedras y la lluvia se colaba por entre las grietas hasta que no fueron capaces de recordar un tiempo en que no hubiera murallas.

Konstance intenta tocar el escarabajo, pero el antepecho se pixela y de nuevo sus dedos lo atraviesan.

—Tú y yo nunca llegaremos a BetaOph2, cariño, y es una verdad dolorosa. Pero con el tiempo descubrirás que formar parte de una empresa que es más grande que tú es algo noble.

Las murallas no se mueven; las personas del suelo no respiran; los árboles no se mecen en la brisa; los coches están quietos; el escarabajo está congelado en el tiempo. A Konstance la asalta un pensamiento, o un recuerdo recuperado: de los niños de diez años anteriores a ella que, como Madre, nacieron en el Argos, que se despertaron su Día de la Biblioteca soñando con el momento en que pisarían Beta Oph2 y respirarían fuera de la nave, con los refugios que construirían, las montañas que escalarían, las formas de vida que tal vez descubrirían… ¡Una segunda Tierra! Y que volverían a sus compartimentos transformados, con la frente hundida, los hombros caídos, la luz de sus ojos atenuada. Dejaban de correr por los pasillos, tomaban SueñoGrageas cuando llegaba la NoLuz; en ocasiones había sorprendido a niños mayores que ella con la mirada perdida en las manos o en la pared, o los había visto pasar por delante de Intendencia encorvados y cansados como si cargaran con mochilas invisibles llenas de piedras.

«Tú, yo, tu madre, tu padre, todos y todo».

Dice:

—Pero yo no me quiero morir.

La señora Flowers sonríe.

—Lo sé, cariño. Tienes que ayudar a completar un viaje formidable. Vamos, es hora de irnos, el tiempo aquí transcurre de forma extraña y está empezando la Tercera Comida.

Coge la mano a Konstance y se elevan juntas desde la torre mientras la ciudad se aleja, aparecen el estrecho, luego mares, continentes, la Tierra mengua hasta ser de nuevo un puntito y salen del Atlas a la Biblioteca.

En el atrio, el perrito agita el rabo y toca la pierna de Konstance con una pata, y la señora Flowers la mira con amabilidad mientras el enorme y gastado Atlas se cierra, despega y regresa volando a su estante. El cielo sobre la bóveda es ahora color lavanda. Hay menos libros volando. La mayoría de los miembros de la tripulación se han ido.

Konstance tiene las palmas húmedas y le duelen los pies. Cuando piensa en los niños más pequeños que estarán ahora corriendo por los pasillos de camino a la Tercera Comida, un dolor prolongado la recorre igual que una cuchilla. La señora Flowers señala con un gesto las estanterías infinitas.

—Cada uno de estos libros, niña, es una puerta, un umbral a otro lugar y otro tiempo. Tienes toda la vida por delante y mientras dure tendrás esto. Es suficiente, ¿no te parece?

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