Ciudad de las nubes

Ciudad de las nubes


Ocho

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OCHO

VUELTAS Y MÁS VUELTAS

La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Θ

… al norte, siempre al norte. Durante semanas el molinero y su hijo me llevaron hacia el norte. Los músculos se me acalambraban, tenía las pezuñas astilladas y soñaba con descansar y comer algo de pan, quizá un trozo o dos de cordero, una buena sopa de pescado y una copa de vino, pero, en cuanto llegamos a su granja abrupta y helada, el molinero me llevó al molino y me ató a la noria.

Caminé interminablemente en círculos haciendo girar la noria, moliendo trigo y cebada para todos los granjeros de aquella mísera y gélida provincia, o esa impresión me dio, y, si aminoraba el ritmo lo más mínimo, el hijo del molinero sacaba su vara y me azotaba las patas traseras. Cuando por fin me llevaron a pastar, caía hielo del cielo, el viento soplaba con una rabia de escarcha y a los caballos no les gustó tener que compartir conmigo las escasas matas de hierba rala que tenían. Y lo que fue aún peor, sospechaban que quería seducir a sus esposas, ¡cuando nada más lejos! Faltaban meses para que crecieran rosas en aquel lugar.

Miraba los pájaros surcar el cielo camino de lugares más verdes y un anhelo me ardía en el pecho. ¿Por qué eran tan crueles los dioses? ¿No había padecido yo bastante por mi curiosidad? Todo lo que hice en aquel tosco valle fue dar vueltas y más vueltas, vueltas y más vueltas a la noria, enfermo y mareado, hasta que tuve la sensación de que estaba perforando mi camino hacia el inframundo, y de que de un momento a otro me encontraría metido hasta la barriga en las aguas hirvientes de Aqueronte, el río del dolor, cara a cara con Hades…

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