Ciudad de las nubes

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Anna

La copa de plomo desaparece en la oscuridad líquida, el agua se mezcla con azogue y María la bebe. De regreso a casa, mantos de nieve se extienden de un muro a otro, borrando el pavimento. María intenta echar los hombros hacia atrás.

—Puedo andar sola —dice—. Me encuentro de maravilla. —Pero se cruza en el camino de un carretero y casi muere aplastada.

Cuando anochece, tirita en la celda.

—Los oigo azotarse en la calle.

Anna aguza el oído. Toda la ciudad está en silencio. Solo se oye la nieve caer sobre los tejados.

—¿A quiénes, hermana?

—Sus lamentos son tan hermosos…

Entonces llegan los temblores. Anna la envuelve en todas las prendas que tienen: ropa interior de lino, sobrefalda de lana, capa, bufanda, manta. Trae carbones en calentadores de mano y, aun así, María tirita. Durante toda su vida su hermana ha estado ahí. Pero ¿cuánto tiempo le queda?

Los cielos sobre la ciudad se rehacen a cada hora: morado, plata, dorado, negro. Cae granizo menudo, luego aguanieve, a continuación pedrisco. La viuda Teodora mira por los postigos y murmura versos de san Mateo: «Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, y todas las tribus de la tierra se lamentarán». En la trascocina, Crisa dice que, si se acerca el juicio final, habrá que terminarse el vino.

La conversación en las calles oscila entre lo extraño del tiempo y los números. El sultán, dicen algunos, ha reunido un ejército de veinte mil hombres que se encamina hacia allí desde Edirne. Otros afirman que el número de soldados está más cerca de los cien mil. ¿Cuántos defensores puede reunir una ciudad que agoniza? ¿Ocho mil? Otros predicen que el número está más cerca de los cuatro mil, de los cuales solo trescientos saben disparar con arco.

Ocho millas de fortificaciones marítimas, cuatro de muralla terrestre, 192 torres en total, ¿y van a defenderlas todas con cuatro mil hombres?

La guardia del emperador requisa armas para su redistribución, pero, en el patio delante de las puertas de Santa Teófano, Anna ve a un soldado presidiendo una triste pila de cuchillos oxidados. En solo una hora oye que el joven sultán es un mago prodigioso que habla siete lenguas y recita poesía antigua, que es un estudioso aventajado de astronomía y geometría, un monarca amable y clemente que tolera todas las fes. A la hora siguiente es un desalmado sediento de sangre que mandó ahogar a su hermano pequeño al poco de nacer y después decapitó al hombre encargado de ahogarlo.

En el taller, la viuda Teodora prohíbe a las bordadoras hablar del peligro que acecha: los únicos temas de conversación deben ser agujas, puntos de bordado y la gloria de Dios. Envolver el alambre con hilo teñido, agrupar los alambres envueltos de tres en tres, dar una puntada, dar la vuelta al bastidor. Una mañana, con gran ceremonia, la viuda Teodora premia a María por su diligencia encargándole bordar doce pájaros, uno por cada apóstol, en una capucha verde con brocados que irá cosida a la capa pluvial de un obispo. María se pone a trabajar con dedos temblorosos y murmura una plegaria mientras fija la tela verde intenso a su bastidor y pasa hilo por el ojo de una aguja. Anna la mira y se pregunta: ¿para celebrar a qué santo llevan los obispos capas fluviales con brocado si la permanencia del hombre sobre la tierra está tocando a su fin?

La nieve cae, se congela y una niebla helada amortaja la ciudad. Anna cruza el patio corriendo, baja al puerto y encuentra a Himerio tiritando junto a su esquife. El hielo glasea las regalas y los remos y brilla en los pliegues de las mangas de Himerio y también en las cadenas de las escasas naves que hay todavía ancladas en el puerto. El muchacho coloca un brasero en el suelo del bote, prende un carbón y corre a poner los sedales y Anna siente un placer casi vertiginoso al mirar las chispas subir en la niebla y fundirse a su espalda. Himerio se saca una ristra de higos secos del jubón y el brasero reluce a los pies de ambos igual que un secreto cálido y feliz, un tarro de miel reservado para una noche especial. Los remos chorrean, y ellos comen, e Himerio canta una canción de pescadores sobre una sirena con pechos del tamaño de corderos, y el agua lame el casco, y su voz adopta un tono serio cuando dice que ha oído que hay capitanes genoveses dispuestos a pasar de contrabando, cruzando el mar hasta Génova antes de que empiece el ataque de los sarracenos, a cualquiera que pueda pagarlo.

—¿Tú huirías?

—Me mandarán a galeras. ¿Tú querrías pasar los días y las noches remando bajo cubierta, empapado hasta la cintura con tu propia orina? ¿Mientras veinte naves sarracenas intentan embestirte o pegarte fuego?

—Pero las murallas —dice Anna— han sobrevivido a muchos asedios.

Himerio sigue remando, los escálamos crujen, aparece la escollera.

—Dice mi tío que el verano pasado visitó a nuestro emperador un fundidor húngaro. El hombre tenía fama de saber fabricar máquinas de guerra capaces de pulverizar muros de piedra. Pero el húngaro necesitaba diez veces más bronce del que tenemos en toda la ciudad. Y el emperador, dice mi tío, no puede permitirse pagar a cien arqueros de Tracia. Apenas puede permitirse un tejado que lo cobije de la lluvia.

El mar lame la escollera. Himerio levanta los remos y de su aliento sale vapor.

—¿Y?

—El emperador no podía pagar. Así que el húngaro se fue en busca de alguien que sí pudiera.

Anna mira a Himerio: los ojos grandes, las rodillas huesudas, los pies de pato; parece una amalgama de siete criaturas distintas. Le parece oír la voz del escriba más alto: «El sultán tiene nuevas máquinas de guerra capaces de derribar murallas como si fueran aire».

—¿Quieres decir que al húngaro no le importan los fines con que se empleen sus máquinas?

—Hay muchas personas en este mundo —dice Himerio— a quienes es indiferente a qué fin se destinan sus máquinas. Mientras les paguen.

Llegan al muro; Anna sube, una bailarina; el mundo enflaquece y solo existe el movimiento de su cuerpo y el recuerdo de los apoyos de pies y manos. Por último, reptar por la boca del león, el alivio de notar suelo firme bajo los pies.

En la biblioteca en ruinas pasa más tiempo que de costumbre buscando en los armarios sin puerta de los que ya ha saqueado todo lo prometedor. Reúne algunos rollos de papel carcomidos —escrituras de compraventa, supone— moviéndose por la penumbra sin entusiasmo ni expectativas. Al fondo, detrás de varios montones de pergamino empapado, encuentra un pequeño códice marrón sucio, encuadernado en lo que parece piel de cabra. Lo coge y lo mete en el saco.

La niebla se espesa y la luz de luna se atenúa. Unas palomas zurean débilmente al otro lado del tejado roto. Anna musita una oración a santa Koralia, cierra el saco, lo acarrea escaleras abajo, repta por el imbornal, baja por la pared y salta al barco sin decir una palabra. Demacrado y aterido, Himerio rema de vuelta al puerto, y el carbón del suelo del bote se extingue, y la niebla helada parece cerrarse alrededor de ellos igual que una trampa. En la puerta del barrio veneciano no hay hombres armados, y cuando llegan a la casa de los italianos todo está a oscuras. En el patio, la higuera está glaseada de hielo, los gansos no se ven por ninguna parte. El niño y la niña tiritan pegados a la pared y Anna le pide al sol que salga.

Al cabo de un rato, Himerio prueba a empujar la puerta y descubre que está abierta. Dentro del taller, todas las mesas están vacías. La lumbre está apagada. Himerio empuja los postigos y la habitación se llena de una luz plana, glacial. El espejo ha desaparecido, lo mismo que el centauro de terracota y el tablero con mariposas clavadas, los rollos de pergamino, los rascadores, los punzones y los cortaplumas. Han despedido a los criados, los gansos se han ido o los han cocinado. Por las baldosas hay desperdigadas unas cuantas plumas; manchas de tinta ensucian el suelo; la habitación es una bóveda desnuda.

Himerio suelta el saco. Por un instante en la luz del amanecer parece encorvado y gris, el hombre mayor que no vivirá lo bastante para llegar a ser. En algún rincón del vecindario, un hombre grita: «¿Sabes lo que detesto?», y un gallo canta y una mujer se echa a llorar. El mundo en sus últimos días. Anna recuerda algo que dijo en una ocasión Crisa: las casas de los ricos arden tan deprisa como las demás.

A pesar de sus peroratas sobre rescatar las voces de la Antigüedad, de usar la sabiduría de los clásicos para fertilizar las semillas de un nuevo futuro, ¿acaso eran los escribas de Urbino mejores que los ladrones de tumbas? Vinieron y esperaron a que se abriera de par en par lo que quedaba de la ciudad para entrar furtivamente y saquear los tesoros derramados. A continuación corrieron a ponerse a salvo.

Algo llama la atención de Anna en el fondo de un cajón vacío: una cajita de rapé esmaltada, de las ocho que formaban la colección del escriba. En la tapa agrietada, un cielo rosado abraza la fachada de un palacio flanqueado por torreones gemelos y dividido en tres niveles por medio de balcones.

Himerio está mirando por la ventana, absorto en su decepción, y Anna se guarda la caja dentro del vestido. En algún lugar más arriba de la niebla, sale un sol pálido y distante. Anna vuelve la cara hacia él, pero no nota calor alguno.

Se lleva el saco lleno de libros mojados a la casa de Kalafates, lo esconde en la celda que comparte con María y nadie se molesta en preguntar dónde ha estado o qué ha hecho. Durante todo el día las bordadoras, encorvadas como hierbas de invierno, trabajan en silencio, soplándose las manos o metiéndolas en mitones para calentarlas, mientras las esbeltas figuras a medio bordar de santos monásticos cobran forma en la seda delante de ellas.

—La fe —dice la viuda Teodora mientras pasea entre las mesas— ayuda a superar cualquier aflicción.

María está inclinada sobre la capucha de brocado, mueve la aguja adelante y atrás con la punta de la lengua entre los dientes, haciendo aparecer un ruiseñor a base de hilo y de paciencia. Por la tarde aúlla un viento procedente del mar que adhiere nieve a las fachadas de Hagia Sophia que dan a la costa, y las bordadoras dicen que es una señal, y a la caída de la noche los árboles vuelven a congelarse, con las ramas enfundadas en hielo, y las bordadoras dicen que también eso es una señal.

Para cenar hay caldo y pan negro. Algunas mujeres dicen que las naciones cristianas al oeste podrían salvarlos si quisieran, que Venecia o Pisa o Génova podrían enviar una flotilla de armas y caballerías para derrotar al sultán, pero otras dicen que lo único que importa a las repúblicas italianas son las vías marítimas y las rutas comerciales, que ya tienen contratos con el sultán, que es preferible morir bajo flechas sarracenas a dejar que venga el Papa a atribuirse la victoria.

Parusía, el Segundo Advenimiento, donde termina la historia. En el monasterio de San Jorge, dice Ágata, los ancianos conservan una cuadrícula de azulejos, doce en un lado y doce en el otro, y cada vez que muere un emperador inscriben su nombre donde corresponde.

—Solo queda un azulejo en blanco —dice— y, en cuanto se escriba el nombre de nuestro emperador, la cuadrícula estará completa y el anillo de la historia se habrá cerrado.

En las llamas de la chimenea Anna ve reflejadas siluetas de soldados que pasan corriendo. Toca la caja de rapé que lleva dentro del vestido, y ayuda a María a meter su cuchara en la sopa, pero María derrama el caldo antes de lograr llevársela a la boca.

A la mañana siguiente, las veinte bordadoras están sentadas a sus mesas cuando el criado del señor Kalafates sube las escaleras a toda velocidad, sin resuello y colorado por las prisas, corre hasta el armario de los hilos, guarda el alambre de oro y plata y las perlas y las bobinas de seda en un estuche de cuero y, sin decir palabra, se va corriendo por donde ha venido.

La viuda Teodora sale detrás de él. Las bordadoras se acercan a las ventanas para mirar: abajo, en el patio, el portero, entre resbalones de sus botas en el barro, carga rollos de seda envueltos a lomos del asno de Kalafates. La viuda Teodora vuelve de las escaleras con lluvia en la cara y barro en el vestido, ordena a todas que sigan cosiendo y le dice a Anna que recoja los alfileres que ha tirado el criado al suelo, pero es evidente para todas que el amo está desertando.

A mediodía los pregoneros recorren las calles anunciando que a la caída del sol se cerrarán y asegurarán las puertas de la ciudad. La barrera, una cadena tan gruesa como la cintura de un varón y con flotadores, pensada para impedir a los barcos entrar en el Cuerno de Oro y atacar desde el norte, es transportada desde el puerto y fijada a las murallas de Gálata, al otro lado de la boca del Bósforo. Anna imagina a Kalafates encorvado en la cubierta de una nave genovesa, contando frenético sus baúles de viaje mientras la ciudad mengua a su espalda. Imagina a Himerio descalzo entre los pescadores mientras los almirantes de la ciudad pasan revista. El mechón de pelo, el cuchillo de empuñadura de cuero en el cinturón; se esfuerza mucho por dar impresión de veteranía y valor, pero lo cierto es que no es más que un niño, alto y de ojos grandes, con un sayón remendado bajo la lluvia.

Mediada la tarde, las bordadoras que están casadas y tienen hijos han abandonado las mesas de trabajo. De la calle llega ruido de cascos de caballos y chapoteo de ruedas y gritos de carreteros. Anna mira a María guiñar los ojos sobre la capucha de seda. Oye la voz del escriba más alto: «El arca se ha estrellado contra las rocas, niña. Y la marea sube».

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