Ciudad de las nubes
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Omeir
Todos escudriñan el cielo revuelto; todos se inquietan. Los boyeros dicen en voz alta que el sultán es paciente y generoso, que reconoce lo que les ha pedido, que en su sabiduría entiende que la bombarda llegará al campo de batalla cuando más falta haga. Pero después de tanto esfuerzo Omeir percibe una agitación apoderarse de los hombres. Pasa el tiempo entre tormenta y tormenta; restallan látigos; bullen resentimientos. En ocasiones sorprende a hombres mirándole la cara con sospecha indisimulada y se acostumbra a levantarse de la hoguera y refugiarse en las sombras.
Subir una ladera puede requerir un día entero, pero son los descensos lo que más problemas dan. Se rompen frenos, el ganado muge de terror e infelicidad; en más de una ocasión un yugo se astilla y obliga a un buey a caer de rodillas y, cada pocos días, otro animal es sacrificado. Omeir se dice que lo que están haciendo, todo este esfuerzo, todas estas vidas entregadas a transportar un cañón, es justo. Una campaña necesaria, la voluntad de Dios. Pero en momentos inesperados la añoranza del hogar lo atenaza: bastan un olor intenso a humo, el relincho del caballo de alguien en la noche para estar de vuelta; la lluvia goteando de los árboles, el rumor del río. Madre fundiendo cera sobre la lumbre. Nida cantando entre los helechos. Abuelo, con su artritis y sus ocho dedos del pie, cojeando hacia el establo con sus madreñas.
—Pero ¿cómo va a encontrar esposa? —preguntó en una ocasión Nida—. ¿Con esa cara que tiene?
—Su cara no es lo que mantendrá alejadas a las mujeres —dijo Abuelo—, sino el olor de sus pies.
Acto seguido cogió un pie a Omar, se lo llevó a la nariz, lo olió con gran aspaviento y todos rieron y a continuación Abuelo dio un gran abrazo al niño.
A los dieciocho días de viaje varias de las abrazaderas de hierro que sujetan el monstruoso cañón al carro ceden y rueda al suelo. Todos gimen. El arma de veinte toneladas reluce en el barro como un artefacto descartado por los dioses.
Justo entonces empieza a llover. Trabajan toda la tarde, con ayuda de un cabestrante, para subir el cañón al carro, devuelven este a la carretera y, al anochecer, estudiosos de lo sagrado pasean entre las hogueras para levantar la moral. Los habitantes de la ciudad, dicen, ni siquiera son capaces de criar sus propios caballos y tienen que comprarnos los nuestros. Se pasan el día recostados en mullidos divanes; entrenan a sus perros en miniatura para que anden por ahí lamiéndose los genitales los unos a los otros. El asedio está a punto de empezar, dicen los estudiosos, y el arma que transportan asegurará la victoria, tornará las ruedas del destino a su favor. Gracias a los esfuerzos de todos, tomar la ciudad será más fácil que pelar un huevo. Más fácil que quitar un pelo de una taza de leche.
Sube humo en dirección al cielo. Mientras los hombres se preparan para dormir, Omeir siente una punzada de inquietud. Encuentra a Rayo de Luna cerca de la hoguera arrastrando su ronzal.
—¿Qué tienes?
Rayo de Luna lo conduce a donde está su hermano debajo de un árbol, solo, con una de las patas traseras encogida.
Aunque el sultán lo ha querido y Dios lo ha dispuesto, empujar algo tan pesado hasta tan lejos está, a fin de cuentas, en el umbral de lo imposible. En las últimas millas, con cada paso que dan, la caravana de bueyes parece hundirse un paso en la tierra, como si recorriera, no una carretera en dirección a la Reina de las Ciudades, sino un declive hacia el inframundo.
A pesar de los cuidados de Omeir, para cuando el viaje toca a su fin, Árbol no muestra interés alguno en apoyar la pata trasera izquierda y Rayo de Luna apenas puede levantar la cabeza; da la impresión de que los bueyes gemelos tiran solo por complacer a Omeir, como si lo único que les importara ya fuera satisfacer esa única exigencia, por muy incomprensible que les resulte, porque el muchacho así lo quiere.
Este camina junto a ellos con lágrimas en los ojos.
Llegan a los campos que hay antes de las murallas de Constantinopla en la segunda semana de abril. Atruenan trompetas, se oyen vítores y salen hombres corriendo a ver el gran cañón. Omeir ha soñado despierto con innumerables variaciones de la ciudad imaginada: demonios con pezuñas apostados en lo alto de torreones, cancerberos arrastrando cadenas a las puertas; pero, cuando doblan un último recodo y la ve por primera vez, queda boquiabierto. Ante él se extiende un inmenso baldío lleno de tiendas, pertrechos, animales, hogueras y soldados apretados contra un foso ancho como un río. Al otro lado del foso, después de un pequeño declive del terreno, las murallas recorren millas de tierra en ambas direcciones igual que una sucesión de riscos mudos e inexpugnables.
En la luz extraña y ahumada, bajo un cielo gris y amenazador, las murallas parecen infinitas y pálidas, como si salvaguardaran una ciudad hecha de huesos. Incluso con el cañón, ¿cómo van a poder atravesar una barrera así? Serán moscas saltando al ojo de un elefante. Hormigas a los pies de una montaña.