Ciudad de las nubes
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Anna
Se ha alistado con varios centenares más de niños para ayudar a apuntalar secciones deterioradas de la muralla. Acarrean adoquines, incluso lápidas, y se las dan a los canteros, que las van colocando con mortero. Es como si la ciudad entera estuviera siendo desmantelada y reconstruida en forma de interminable muralla.
Pasa todo el día levantando piedras, acarreando cubos; entre los canteros que trabajan en el andamio sobre su cabeza reconoce a un panadero y a dos pescadores. Nadie pronuncia en voz alta el nombre del sultán, como si decirlo pudiera provocar que su ejército se materializara intramuros. A medida que avanza el día empieza a levantarse un viento frío, el sol queda subsumido en remolinos de nubes y la tarde de primavera más parece una noche invernal. Arriba, a lo largo de las murallas, monjes descalzos pasean un relicario detrás de un nazareno entonando un cántico grave y sombrío. ¿Cuál de las dos cosas, se pregunta Anna, será más eficaz para repeler a los invasores? ¿El mortero o la oración?
Aquella noche, la segunda de abril, cuando los otros niños regresan a sus casas ateridos y hambrientos, Anna atraviesa los huertos cerca de la Quinta Puerta Militar hasta la vieja torreta del arquero.
La poterna sigue allí, llena de escombros. Seis vueltas de escalera de caracol hasta lo alto de la torreta. Aparta unas cuantas ramas de hiedra; el fresco de la ciudad de plata y bronce sigue flotando entre las nubes, descascarillándose poco a poco. Anna se pone de puntillas para tocar el asno, atrapado para la eternidad en la orilla del mar equivocada; a continuación sale por la aspillera que da al oeste.
Lo que ve, más allá de la muralla exterior, más allá del foso, la deja sin respiración. Jardines y huertos como los que atravesó con María un mes antes de camino a Santa María de la Fuente han sido talados y en su lugar se extiende un baldío delimitado por postes de madera terminados en punta y clavados en la tierra como los dientes de unos gigantescos peines. Detrás de las cercas afiladas y de las empalizadas, que se prolongan en ambas direcciones hasta donde alcanza la vista, hay una segunda ciudad rodeando la primera igual que un halo.
Miles de tiendas sarracenas aletean al viento. Hogueras, camellos, caballos, carros, un gran borrón lejano y tumultuoso de polvo y hombres, todos en cantidades tan elevadas que Anna no conoce los numerales suficientes para contarlos. ¿Cómo describía aquel poeta los ejércitos de los griegos cuando se congregaron a las puertas de Troya?
Mas nunca tantos pueblos congregados.
Los griegos en un número tan grande
como tienen los árboles las hojas
o el mar encierra arenas.
Cambia el viento: mil hogueras llamean y mil pendones ondean en mil estandartes y a Anna se le queda la boca seca. Incluso si una persona pudiera salir por una de las puertas e intentara huir, ¿cómo atravesaría todo aquello?
De un cajón de su memoria le viene algo que dijo en una ocasión la viuda Teodora: «Hemos provocado al Señor, niña, y ahora abrirá la tierra a nuestros pies». Ruega en un susurro a santa Koralia que, si hay alguna esperanza, le envíe una señal, y a continuación mira y tiembla, y sopla el viento, y no salen las estrellas, y no llega señal alguna.
El amo ha huido y el vigilante se ha marchado. La puerta de la celda de la viuda Teodora está atrancada. Anna coge una vela del armario de la trascocina —¿de quién son propiedad ahora?—, la enciende en la lumbre y entra en su celda, donde María está tumbada cerca de la pared, delgada como una aguja. Durante toda su vida a Anna le han dicho que crea, ha intentado creer, deseado creer, que si una persona sufre lo bastante, trabaja lo bastante duro, entonces —igual que Ulises cuando llega a orillas del reino del valeroso Alcínoo— terminará en un lugar mejor. Que el sufrimiento nos redime. Que al morir renacemos. Y quizá eso sea lo más sencillo a fin de cuentas. Pero Anna está cansada de sufrir. Y no está preparada para morir.
La pequeña santa Koralia de madera la mira desde su hornacina con dos dedos levantados. En la luz chisporroteante de la vela, con la cabeza cubierta con un pañuelo, Anna mete la mano debajo del jergón, tira del saco que llenó con Himerio días antes y va sacando los distintos fajos de papel húmedo. Registros de cosechas, registros de tributos. Por último el pequeño códice encuadernado en cordobán.
Manchas de agua salpican el cuero; los márgenes de las hojas están moteados de negro. Pero el corazón le da un salto cuando ve la escritura en las hojas: pulcra, ladeada hacia la izquierda, como para protegerse del viento. Algo sobre una sobrina enferma y hombres que habitan la tierra como animales.
En la hoja siguiente:
… un palacio de torreones dorados descansando en un lecho de nubes alrededor del cual volaban halcones, archibebes, codornices, fochas y cucos, donde ríos de caldo brotaban de espitas…
Pasa las hojas:
… Me brota vello en las piernas… Pero ¡si esto no son plumas! La boca… ¡no la noto como si fuera un pico! ¡Y esto no son alas, sino cascos!
Una docena de páginas más adelante:
… atravesé pasos de montaña, rodeé bosques de ámbar, trepé por montañas guarnecidas de hielo. Hasta el confín gélido del mundo, donde, al llegar el solsticio, las gentes perdían de vista el sol durante cuarenta días y lloraban hasta que mensajeros apostados en la cima de las montañas avistaban el regreso de la luz.
María gime en sueños. Anna tirita y comprende, asombrada. Una ciudad en las nubes. Un asno en el confín de los mares. Un relato que contiene el mundo entero. Y los misterios del más allá.