Ciudad de las nubes

Ciudad de las nubes


Nueve » El Argos » Konstance

Página 64 de 163

Konstance

Los de doce y trece años están haciendo presentaciones. Ramón describe qué biofirmas de gas han sido identificadas en la atmósfera de Beta Oph2, Jessi Ko conjetura sobre microclimas en praderas templadas de Beta Oph2 y a Konstance le toca la última. Un libro vuela hacia ella desde la segunda grada de la Biblioteca, se abre en el suelo y de sus páginas brota un tallo de dos metros con una flor mirando hacia abajo.

Los otros niños protestan.

—Esto —dice Konstance— es una campanilla de invierno. Las campanillas son flores diminutas que crecen en la Tierra cuando hace frío. En el Atlas he encontrado dos sitios donde pueden verse tantas que el prado parece blanco.

Agita los brazos como si quisiera convocar alfombras de campanillas de nieve de las esquinas de la Biblioteca.

—En la Tierra cada campanilla individual producía cientos de semillas diminutas, y cada una tenía una gotita aceitosa pegada llamada eleosoma y a las hormigas les encantaba…

—Konstance —dice la señora Chen—, se supone que tu presentación debe versar sobre indicadores biogeográficos en Beta Oph2.

—Y no sobre flores muertas a sopotocientos kilómetros de aquí —añade Ramón y todos ríen.

—Las hormigas —continúa Konstance— llevaban las semillas a los montones de desechos y lamían los eleosomas hasta dejar limpia la semilla. De manera que, una vez al año, las hormigas se daban un atracón en una época en que la comida escaseaba gracias a las campanillas de invierno y plantaban más campanillas, y a esto se lo llama mutualismo, un ciclo que…

La señora Chen da un paso adelante, junta las manos y la flor se desvanece y el libro se marcha volando.

—Ya es suficiente, Konstance. Gracias.

La Segunda Comida es bistec impreso con cebolletas de la Granja Dos. La cara de Madre es una mueca de preocupación.

—Primero te pasas el día trepando a ese Atlas polvoriento y ahora ¿otra vez con las hormigas? No me gusta, Konstance, nuestro deber es mirar hacia delante. ¿Es que quieres terminar como…?

Konstance suspira y se prepara para oírla, la historia con moraleja sobre Elliot Fischenbacher el Chiflado, quien, después de su Día de la Biblioteca, se pasaba los días y las noches subido a su Deambulador, dejando de lado sus estudios y violando todos los protocolos para poder recorrer solo el interior del Atlas hasta que se le rajaron las suelas de los zapatos y, a continuación, según Madre, le ocurrió lo mismo con la cordura. Sybil le restringió el acceso a la Biblioteca y los adultos le quitaron el Vizor, pero Elliot Fischenbacher desatornilló un soporte de una balda de la cocina y durante una serie de noches se dedicó a intentar romper una de las paredes externas, la piel misma del Argos, poniendo en peligro a todos y todo. Por suerte, dice siempre Madre, antes de que consiguiera llegar a la capa más externa, Elliot Fischenbacher fue reducido y confinado en el compartimento de su familia, pero estando confinado fue guardando SueñoGrageas suficientes para una dosis letal, y cuando murió su cuerpo fue enviado a la esclusa de aire sin un triste himno. Madre ha señalado en más de una ocasión un parche de titanio en el pasillo entre los Aseos 2 y 3 donde Elliot Fischenbacher el Chiflado intentó salir de la nave a hachazos y matar a todos los que viajaban a bordo.

Pero Konstance ha dejado de escuchar. Al otro lado de la mesa, Ezekiel Lee, un adolescente amable no mucho mayor que ella, gime y se lleva los nudillos a los ojos. No ha tocado la comida. Su palidez es de un blanco enfermizo.

El doctor Pori, el profesor de matemáticas, sentado a la izquierda de Ezekiel, le toca el hombro.

—¿Zeke?

—Está cansado de estudiar, eso es todo —dice la madre de Ezekiel.

Pero a Konstance le da la impresión de que Ezekiel tiene algo peor que cansancio.

Padre entra en Intendencia con restos de compost pegados a las cejas.

—Te has perdido la reunión con la señora Chen —dice Madre— y tienes barro en la cara.

—Mis disculpas —dice Padre.

Se quita una hoja de la barba, se la mete en la boca y le guiña un ojo a Konstance.

—¿Qué tal está hoy nuestro pinito, Padre? —pregunta Konstance.

—Camino de atravesar el techo antes de que cumplas veinte años.

Mastican sus bistecs y Madre prueba con una táctica más inspiradora, sobre lo orgullosa que debe sentirse Konstance de formar parte de esta empresa, sobre que la tripulación del Argos representa el futuro de la especie, ejemplifica la esperanza y el descubrimiento científico, el coraje y la resistencia, están ampliando la ventana de posibilidad, guiando el saber acumulado de la humanidad hacia un nuevo amanecer, y mientras tanto ¿por qué no pasar más tiempo en la Sección de Juegos? ¿Qué tal La carrera de la selva, donde se tocan monedas flotantes con una varita mágica, o La paradoja de Corvi, excelente para los reflejos? Pero ahora Ezekiel Lee se ha puesto a restregar la frente contra la mesa.

—Sybil —pregunta la señora Lee levantándose de su silla—, ¿qué le pasa a Ezekiel?

Entonces el niño se echa hacia atrás, gime y se cae del taburete.

Hay murmullos de sorpresa. Alguien dice: «¿Qué está pasando?». Madre llama de nuevo a Sybil mientras la señora Lee levanta la cabeza de Ezekiel y se la pone en el regazo y Padre llama a gritos a la doctora Cha, y es entonces cuando Ezekiel vomita algo negro encima de su madre.

Madre chilla. Padre se lleva a Konstance de la mesa. Hay vómito en la garganta y el pelo de la señora Lee, en las perneras del mono de trabajo del doctor Pori y todos en Intendencia se alejan de las bandejas de comida, perplejos, y Padre se lleva a Konstance al pasillo mientras Sybil dice: «Iniciando Cuarentena Nivel Uno, todo el personal no esencial a sus compartimentos inmediatamente».

Una vez dentro del Compartimento 17, Madre obliga a Konstance a desinfectarse los brazos hasta las axilas. En cuatro ocasiones le pide a Sybil que compruebe sus constantes vitales.

«Frecuencias cardiaca y respiratoria estables —dice Sybil—. Presión sanguínea normal».

Madre se sube a su Deambulador, toca su Vizor y a los pocos segundos está cuchicheando nerviosa a personas en la Biblioteca: «… ¿cómo sabemos que no es infeccioso…?» y «… espero que Sara Jane lo esterilizara todo…» y «… además de partos, ¿qué experiencia tiene en realidad la doctora Cha? ¿Unas cuantas quemaduras, un brazo roto, muertes por causas naturales?».

Padre da un apretón a Konstance en el hombro.

—Todo va a salir bien. Ve a la biblioteca y termina tu jornada escolar.

Sale por la puerta y Konstance se sienta con la espalda contra la pared y Madre camina de un lado a otro con el mentón adelantado y la frente arrugada y Konstance va hasta la puerta y la empuja.

—Sybil, ¿por qué no se abre la puerta?

«Ahora mismo solo se permite circular al personal esencial, Konstance».

Recuerda a Ezekiel parpadeando por la luz, cayéndose del taburete. ¿Es seguro para Padre andar por ahí fuera? ¿Están seguros allí dentro?

Se sube a su Deambulador, junto al de su madre, y toca su Vizor.

En el atrio de la Biblioteca, los adultos gesticulan alrededor de las mesas mientras ciclones de documentos revolotean sobre sus cabezas. La señora Chen guía a los adolescentes por una escalerilla hasta una mesa de la segunda grada y coloca un libro naranja en el centro. Ramón y Jessi Ko y Omicron Philips y el hermano pequeño de Ezekiel, Tayvon, miran cómo una mujer de treinta centímetros de alto con mono de trabajo azul claro con la palabra ILIUM bordada en el pecho emerge del libro. «Si en algún punto del largo viaje —dice— fuera necesario hacer cuarentena en vuestros compartimentos, aseguraos de seguir con las rutinas. Ejercicio diario, relacionarse con otros miembros de la tripulación en la Biblioteca y…».

Ramón dice: «Había oído hablar de gente que vomita, pero nunca lo había visto», y Jessi Ko dice: «He oído que el Nivel Uno de Cuarentena dura siete días pase lo que pase», y Omicron dice: «He oído que el Nivel Dos de Cuarentena dura dos meses», y Konstance dice: «Espero que tu hermano se mejore pronto, Tayvon», y Tayvon junta las cejas como cuando está concentrado en un problema matemático.

Debajo de ellos, la señora Chen cruza el atrio y se une a los adultos alrededor de una mesa; en el espacio entre ellos rotan imágenes de células, bacterias y virus. Ramón propone: «Vamos a jugar a Las nueve oscuridades», y los cuatro se escabullen escalera arriba hacia la Sección de Juegos. Konstance se demora un instante mirando los libros que vuelan y coge una tira de papel de la caja del centro de la mesa, escribe «Atlas» y lo mete por la ranura.

—Tesalia —dice y cae a través de la atmósfera de la Tierra hasta flotar sobre las montañas color verde oliva y óxido de Grecia central. A los pies de estas emergen carreteras, un terreno dividido en polígonos por medio de vallados, setos y paredes, y ahora aparece un pueblo que le resulta familiar: muros de hormigón, tejados inclinados bajo paredes de roca, y se encuentra caminando por el pavimento agrietado de un camino rural en la cordillera del Pindo.

A izquierda y derecha salen calles que se bifurcan en pequeños caminos de tierra hasta dibujar una compleja celosía que sube por las colinas. Konstance deja atrás una hilera de casas junto a la carretera, un coche destripado a la puerta de una de ellas, un hombre de rostro borroso sentado en una silla de plástico delante de otra; una planta muerta en una ventana, un letrero con el dibujo de una calavera sujeto a un poste.

Gira a la derecha siguiendo una ruta que conoce bien. La señora Flowers tenía razón: a los otros niños, el Atlas les resulta ridículamente obsoleto. No hay saltos ni túneles como en los más sofisticados juegos de la Sección de Juegos: aquí solo caminas. No puedes volar ni construir ni luchar ni colaborar; no notas barro en las botas o gotas de lluvia en la cara; no puedes oír explosiones o cataratas; casi no puedes salirte de las carreteras. Y dentro del Atlas todo, excepto las carreteras, es tan inmaterial como el aire: las paredes, los árboles, las personas. Lo único sólido es el suelo.

Y sin embargo a Konstance le resulta calmante; no se cansa de ello. Aterrizar de pie en Taipéi o en las ruinas de Bangladesh, en el sendero arenoso de una pequeña isla en la costa de Cuba, o ver imágenes de personas con rostros borrosos congelados aquí y allí con sus ropas anticuadas, desfiles de rotondas, piazzas y campamentos, palomas y gotas de lluvia y autobuses y soldados con casco congelados en pleno gesto; los grafitis, las moles de las plantas de captura de carbono, los oxidados tanques del ejército, una cola para coger agua… está todo allí, un planeta entero en un servidor. Lo que más le gusta son los jardines: mangos buscando el sol en una mediana de Colombia; glicinia amontonada en la terraza de un café en Serbia; hiedra conquistando la pared jardín en Siracusa.

Delante de ella, las cámaras han capturado una anciana con medias negras y vestido gris que sube por una colina empinada con la espalda encorvada por el calor; lleva una pequeña máscara de oxígeno y empuja un carrito de niño lleno de lo que parecen ser botellas de cristal. Konstance cierra los ojos y atraviesa a la mujer.

Una valla alta, una valla baja y a continuación la carretera se estrecha hasta convertirse en un sendero que zigzaguea entre vegetación variada. Arriba juguetea un cielo plateado. Bultos y sombras extrañas acechan detrás de árboles donde el software se pixela y, a medida que el sendero asciende, se estrecha todavía más y el paisaje se vuelve más desolado y azotado por el viento, hasta que Konstance llega a un lugar que las cámaras del Atlas no penetraron y el sendero desaparece al llegar a un gigantesco pino de los Balcanes, de unos veinticinco metros de altura, que se retuerce hacia el cielo como si fuera el tatarabuelo del retoño de Konstance en la Granja 4.

Se para, inhala: ha visitado este árbol una docena de veces en busca de algo. Por entre las viejas ramas sarmentosas, las cámaras han captado un gran desfile de nubes y el árbol se aferra a la ladera de la montaña como si llevara allí desde el principio de los tiempos.

Konstance jadea, suda subida a su Deambulador en el Compartimento 17 y se inclina todo lo que puede hacia delante para tocar el tronco; las yemas de sus dedos logran penetrar, la interfaz se descompone en un borrón pixelado. Una niña sola con un pino centenario en las montañas azotadas por el sol de Tesalia, tierra de magia.

Antes de la NoLuz, Padre entra en el Compartimento 17 llevando una capucha con respirador con un visor transparente y una linterna para la cabeza igual que el ojo de un cíclope.

—Es solo una precaución —dice con la voz amortiguada. Cuando la puerta se cierra detrás de él, deja tres bandejas tapadas en la mesa de costura de Madre, se desinfecta las manos y se quita la capucha—. Brócolis a la cazadora. Dice Sybil que a partir de ahora vamos a tener impresoras en cada compartimento para descentralizar las comidas, así que esta puede ser la última vez que comemos alimentos frescos durante un tiempo.

Madre se muerde los labios. Tiene la cara tan blanca como las paredes.

—¿Cómo está Ezekiel?

Padre hace un gesto de negación con la cabeza.

—¿Es contagioso?

—Nadie lo sabe aún. La doctora Cha está con él.

—¿Por qué no lo ha resuelto ya Sybil?

«Estoy en ello», responde Sybil.

—Pues date prisa —la apremia Madre.

Konstance y Padre comen. Madre se sienta en su litera sin tocar la comida. Vuelve a pedirle a Sybil que compruebe sus constantes vitales.

«Frecuencias cardiaca y respiratoria normales —dice Sybil—. Presión sanguínea en orden».

Konstance trepa a su litera y Padre coloca las bandejas junto a la puerta, a continuación apoya la barbilla en su colchón y le aparta los rizos de los ojos.

—En la Tierra, cuando era un niño, casi todo el mundo enfermaba. Sarpullidos, pequeñas fiebres raras. Las personas sin modificar enferman de vez en cuando. Es parte de ser humano. Pensamos en los virus como algo malo, pero en realidad pocos lo son. La vida por lo general busca cooperar, no luchar.

Los diodos del techo se atenúan y Padre le pone la palma de la mano en la frente a Konstance y se apodera de ella una vertiginosa sensación de estar dentro del Atlas, en lo alto de las murallas teodosianas, con toda esa tierra caliza blanca desmoronándose despacio bajo el sol. «Desde que somos una especie —dijo la señora Flowers—, los humanos nos hemos esforzado por derrotar a la muerte. Ninguno lo hemos conseguido».

A la mañana siguiente, Konstance está en la segunda grada de la Biblioteca con Jessi Ko y Omicron y Ramón esperando a que llegue el doctor Pori y empiece la clase matutina de precálculo. Jessi señala: «Tayvon también llega tarde», y Omicron dice: «Tampoco veo a la señora Lee y fue a ella a quien Zeke echó toda la papa», y los cuatro niños se quedan callados.

Al cabo de un rato Jessi Ko comenta que ha oído que si te encuentras enfermo tienes que decir: «Sybil, no me encuentro bien», y si Sybil detecta que te pasa algo, manda a la doctora Cha y al ingeniero Goldberg a tu compartimento con trajes de protección contra riesgos biológicos y Sybil abrirá la puerta para que puedan aislarte en la Enfermería. Ramón replica: «Suena horrible», y Omicron susurra: «Mirad», porque abajo, en la planta principal, la señora Chen conduce por el atrio a los únicos seis miembros de la tripulación que todavía no han cumplido los diez años.

En comparación con las altísimas estanterías, los niños parecen diminutos. Unos cuantos adultos envían poco entusiastas globos de ES TU DÍA DE LA BIBLIOTECA hacia la bóveda de cañón y Ramón dice: «Ni siquiera les han dado tortitas».

Jessi Ko pregunta: «¿Qué crees que se siente al estar malo?», y Omicron contesta: «Yo odio los polinomios, pero me encantaría que viniera el doctor Pori», y abajo los niños pequeños se cogen virtualmente de las manos y sus alegres voces llenan el atrio.

Podemos ser uno

o ciento dos,

pero hacemos falta todos

sin excepción

Para llegar a…

Y Sybil anuncia: «Todo el personal no sanitario sin excepción a sus compartimentos. Iniciando Nivel Dos de Cuarentena».

Ir a la siguiente página

Report Page