Ciudad de las nubes
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Zeno
Cuando las temperaturas se suavizan, Rex empieza a irse por las colinas que rodean el Campamento Cinco y a morderse el labio inferior como si contemplara una visión a lo lejos que Zeno no puede ver. Entonces, una tarde, le hace un gesto para que se acerque y, aunque no hay un alma en doscientos metros a la redonda en ninguna dirección, susurra:
—¿Qué has notado los viernes respecto a los barriles de combustible?
—Que se llevan los vacíos a Pyongyang.
—¿Y quién los carga?
—Bristol y Fortier.
Rex lo mira un instante más, como esperando comprobar cuánto consiguen transmitirse el uno al otro sin lenguaje.
—¿Te has fijado alguna vez en los dos barriles que hay detrás de las cabañas de la cocina?
Después de que pasen lista Zeno se fija en ellos y el temor se activa en su estómago. Los barriles, en algún momento usados para almacenar aceite de cocinar, son idénticos a los de gasolina, excepto que a estos se les puede quitar la tapa. Parecen lo bastante grandes para alojar un hombre. Pero aunque Rex y él consiguieran meterse, como parece estar sugiriendo Rex, incluso si convencieran a Bristol y a Fortier de que los cerraran con ellos dentro y los llevaran junto a los barriles de gasolina vacíos, tendrían que aguantar dentro a saber cuántas horas durante el trayecto del camión por la notoriamente peligrosa carretera a Pyongyang sin faros, esquivando patrullas aéreas de bombarderos americanos. A continuación, a saber cómo, los dos, con ceguera nocturna por la falta de vitaminas, tendrían que salir de los barriles sin ser vistos y atravesar kilómetros de montañas y aldeas con ropa harapienta y botas destrozadas y caras sin afeitar y nada que comer.
Más tarde, después de anochecido, surge una nueva preocupación. ¿Y si por obra de algún milagro lo consiguieran? ¿Y si no los mataran los guardias, algún aldeano o el fuego amigo de un B-26? ¿Y si consiguieran llegar a las líneas americanas? Entonces Rex volvería a Londres, a sus alumnos y amigos, quizá a otro hombre, alguien que ha estado esperándolo todos estos meses, alguien que Rex ha sido lo bastante amable como para no mencionarlo, alguien muchísimo más interesante que Zeno, y más merecedor del afecto de Rex. Nόστος, nostos: el viaje a casa, el regreso sano y salvo; la canción cantada alrededor de la mesa celebratoria para el timonel náufrago que encontró el camino de vuelta.
¿Y dónde iría Zeno? A Lakeport. De vuelta con la señora Boydstun.
Las fugas, intenta decirle a Rex, son historias sacadas de películas, de guerras antiguas, más caballerosas. Además, su sufrimiento está a punto de terminar, ¿no? Sin embargo, con cada día que pasa, Rex expone planes más y más detallados, hace estiramientos para tener el cuerpo más flexible, cronometra a los guardias, pule una lata para hacer lo que llama un «espejo de hacer señales», conjetura sobre coser trocitos de comida en el forro de sus gorras, sobre dónde podrán esconderse cuando pasen lista por la noche, sobre cómo podrían orinar dentro del barril sin empaparse, si deberían abordar a Bristol y Fortier ahora u horas antes de la operación. Usarán nombres en clave de Los pájaros, de Aristófanes; Rex será Pistetero, que significa Amigofiel; Zeno será Evélpides, Buenaesperanza; gritarán «¡Heracles!» cuando el camino esté despejado. Como si fuera una aventura divertida, una travesura de primer curso.
Por las noches Zeno nota la actividad mental de Rex junto a él igual que el resplandor de un foco, le preocupa que todo el campamento se dé cuenta. Y cada vez que Zeno se imagina metiéndose a presión en un barril de aceite y subido a un camión camino de Pyongyang, cordeles de pánico se cierran alrededor de su garganta.
Pasan tres viernes, grandes grullas blancas migran hacia el norte en bandadas, las siguen escribanos amarillos, y Rex no deja de susurrar planes y Zeno suspira. Mientras solo sea un ensayo, mientras que el ensayo no se convierta nunca en función…
Pero un jueves de mayo, con la cocina de los prisioneros llena de una luz oblicua, plateada, Rex pasa junto a Zeno de camino a una sesión de reeducación y dice:
—Nos vamos. Esta noche.
Zeno se sirve unos granos más de soja en su cuenco y se sienta. La idea de comer le da náuseas, le preocupa que los demás oigan el pulso que le late en las sienes; siente que no debe moverse, como si, al pronunciar esas cuatro palabras, Rex lo hubiera convertido todo en cristal.
Fuera, las semillas vuelan en todas direcciones. Al cabo de una hora, el gran camión soviético de plataforma, con la cabina picoteada de agujeros de bala y la plataforma llena de barriles de combustible, entra rugiendo en el campamento.
Para cuando atardece ha empezado a llover. Zeno reúne una última carga de leña y consigue llevarla a la cocina. Se hace un ovillo en su jergón de paja con la ropa empapada mientras la luz desaparece del cielo.
Van entrando hombres; la lluvia chapaletea en el tejado. El jergón de Rex sigue vacío. ¿Estará de verdad detrás del depósito de combustible, con el cuerpo famélico doblado para acomodarlo dentro de un barril oxidado?
A medida que la noche llena los barracones, Zeno se obliga a levantarse. En cualquier momento Bristol y Fortier empezarán a cargar el camión. El camión se irá, los guardias vendrán y pasarán lista y Zeno habrá perdido su oportunidad. Su cerebro envía mensajes a sus piernas, pero las piernas se niegan a moverse. O quizá son las piernas las que envían mensajes a la cadena de mando: «Oblígame a moverme», y su cerebro es el que se niega a acatarlas.
Entran los últimos hombres y se dejan caer en sus jergones; algunos cuchichean, otros gimen y algunos tosen y Zeno se ve poniéndose de pie, saliendo por la puerta a la noche. La hora ha llegado, o se ha ido; Pistetero espera dentro de su barril, pero ¿dónde está Evélpides?
¿Es ese rugido el motor del camión que arranca?
Se dice que Rex nunca seguirá adelante con el plan sin él, que se dará cuenta de que es disparatado, suicida incluso, pero entonces vuelven Bristol y Fortier y Rex no está con ellos. Estudia sus siluetas en busca de alguna pista, pero no encuentra nada. La lluvia amaina y los aleros gotean y en la oscuridad Zeno oye a hombres reventar cuerpos de piojos con las uñas. Ve los niños de cerámica de la señora Boydstun, las mejillas sonrosadas, los imperturbables ojos color cobalto, los labios rojos acusadores. Follaovejas, Espagueti. Puré de trucha. Zero.
Alrededor de medianoche los guardias pasan lista y alumbran los ojos de todos con linternas a pilas. Amenazan con interrogatorios, torturas, muerte, pero sin demasiado apremio. Rex no aparece por la mañana ni por la tarde, tampoco a la mañana siguiente y, durante los días que siguen, Zeno es interrogado en cinco ocasiones distintas. Sois íntimos, siempre estáis juntos, hemos oído que os pasáis el día arañando palabras en clave en el polvo. Pero los guardias parecen casi aburridos, como si participaran en un espectáculo para un público que no ha llegado aún. Zeno espera oír que Rex ha sido capturado a unos pocos kilómetros de allí, o trasladado a otro campo; espera ver su cuerpecillo eficiente doblar una esquina, ajustarse las gafas sobre la nariz y sonreír.
Los otros prisioneros no dicen nada, al menos no delante de Zeno; es como si Rex no hubiera existido. Quizá saben que Rex está muerto y quieren ahorrarle ese dolor, tal vez piensan que Rex está colaborando con oficiales propagandistas e implicándolos en mentiras o puede que estén demasiado hambrientos y exhaustos para que les importe.
Con el tiempo, los chinos dejan de hacer preguntas y Zeno no está seguro de si esto significa que Rex ha escapado y ello los avergüenza o que Rex está muerto de un tiro y enterrado y ya no hay preguntas para las que necesiten respuestas.
Blewitt se sienta a su lado en el patio. «Alegra esa cara, chico. Cada hora que pasamos sobre la tierra es una buena hora». Pero la mayoría del tiempo Zeno no tiene la sensación de estar sobre la tierra. Los brazos pálidos de Rex, rebosantes de pecas. El intricado temblor de los tendones en el dorso de su mano mientras escribía palabras. Imagina a Rex llegando sano y salvo a Londres, a ocho mil kilómetros de allí, bañándose, afeitándose, vistiendo ropas de civil, colocándose libros debajo del brazo, dirigiéndose a una escuela secundaria hecha de ladrillo y hiedra.
Su añoranza es tal que la ausencia de Rex se convierte en algo similar a una presencia, a un escalpelo olvidado en sus entrañas. La luz del alba riela en el Yalu y trepa por las colinas; incendia las espinas de las zarzas; los hombres cuchichean. «Nuestras fuerzas están a quince kilómetros, a nueve, al otro lado de la colina. Estarán aquí por la mañana».
Si mataron a Rex, ¿murió solo? ¿Murmuró alguna cosa a Zeno en la noche mientras el camión se alejaba, dando por hecho que estaba en el barril contiguo? ¿O supo desde el principio que Zeno le fallaría?
En junio, tres semanas después de la desaparición de Rex, los guardias llevan a Zeno, a Blewitt y a otros dieciocho de los prisioneros más jóvenes al patio y un intérprete les comunica que han sido liberados. En un puesto de control, dos miembros de la policía militar americana de brillantes mejillas comprueban el nombre de Zeno en un listado; otro le da una tarjeta de papel manila que dice «OK DAR DE COMER». Cruza en ambulancia la línea de demarcación y a continuación lo llevan a una tienda de despioje, donde un sargento lo rocía de la cabeza a los pies con DDT.
La Cruz Roja le da una maquinilla de afeitar, un tubo de dentífrico, un vaso de leche y una hamburguesa. El bollo de pan es extraordinariamente blanco. La carne brilla de una manera que no parece real. Huele como las de verdad, pero Zeno está convencido de que es un truco.
Vuelve a Estados Unidos en el mismo barco que lo llevó a Corea dos años y medio antes. Tiene diecinueve años y pesa cuarenta y nueve kilos. Cada uno de los once días que pasa a bordo es interrogado.
«Dé seis ejemplos de cómo intentó sabotear la ofensiva china. ¿Quién recibió trato preferente? ¿Por qué le daban cigarrillos a Fulanito o Menganito? ¿Se sintió alguna vez atraído por la ideología comunista?». Oye que para los soldados negros es aún peor.
En un momento determinado, un psiquiatra del ejército le enseña un ejemplar de la revista Life abierto por la fotografía de una mujer en bragas y sujetador.
—¿Cómo se siente al ver esta foto?
—Bien.
Devuelve la revista. La fatiga le recorre todo el cuerpo.
Pregunta a todos los oficiales de inteligencia que encuentra acerca de un cabo británico llamado Rex Browning, visto por última vez en el Campo Cinco en mayo, pero dicen: no somos la Marina Real británica, somos el Ejército de Estados Unidos, bastante tenemos con seguir el rastro de nuestros propios hombres. En el muelle de Nueva York no hay bandas de música, ni flashes de fotógrafos ni familiares llorosos. En el autobús a las afueras de Buffalo, se echa a llorar. Por la ventanilla discurren ciudades seguidas de grandes tramos de oscuridad. Seis letreros luminosos, separados seis metros entre sí, parpadean.
EL LOBO
VA TAN BIEN AFEITADO
QUE CAPERUCITA
LO PERSIGUE
CREMA DE AFEITAR
BURMA-SHAVE