Ciudad de las nubes
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Seymour
El señor Bates, el maestro de sexto curso, tiene bigote teñido, temperamento cortante y endiosado y cero interés en que sus alumnos lleven protectores auditivos en clase. Cada mañana para empezar el día enciende su carísimo-así-que-ni-se-os-ocurra-tocarlo proyector ViewSonic y les pone vídeos de actualidad en la pizarra. Los alumnos miran, despeinados y bostezando, mientras en la parte delantera del aula derrumbamientos de tierra arrasan pueblos en Cachemira.
Cada día, Patti Goss-Simpson lleva cuatro palitos de pescado al colegio en su neverita portátil Titan Deep Freeze, y cada día a las 11.52, puesto que están remodelando la cafetería, Patti mete sus horribles palitos de pescado en el microondas que hay al fondo del aula del señor Bates y pulsa los botones horriblemente estridentes y el olor que sale hace sentir a Seymour como si le estuvieran obligando a meter la cara en un pantano.
Se sienta lo más lejos que puede de Patti, se tapa la nariz y los oídos e intenta resucitar en sus pensamientos el bosque de Amigofiel: liquen que cuelga de las ramas, nieve que se derrite de rama en rama, los bulliciosos asentamientos de los Hombresaguja. Pero una mañana de finales de septiembre, Patti Goss-Simpson le dice al señor Bates que el comportamiento de Seymour con ella durante el almuerzo hiere sus sentimientos, de manera que el señor Bates les ordena que coman juntos en la mesa del centro, justo al lado del proyector.
Llegan las 11.52. Entran los palitos de pescado. Piii clonc piii.
Incluso con los ojos cerrados, Seymour oye los palitos de pescado rotar, oye a Patti abrir la puerta del microondas, oye la carne de pescado chisporrotear en su platito cuando se sienta a comer. El señor Bates está sentado a su mesa masticando zanahorias tiernas y viendo momentos estelares de artes marciales mixtas en su teléfono. Seymour se encorva sobre su tartera e intenta taparse la nariz y los oídos a la vez. Hoy no merece la pena intentar comer.
Está contando mentalmente hasta cien, con los ojos cerrados, cuando Patti Goss-Simpson le toca en la oreja con un palito de pescado. Seymour se echa hacia atrás sobresaltado; Patti sonríe; el señor Bates no ve nada. Patti guiña el ojo izquierdo y apunta a Seymour con el palito de pescado como si fuera una pistola.
—Pun —dice—. Pun. Pun.
En algún rincón del interior de Seymour la última defensa se derrumba. El rugido, que ha estado royendo los bordes de cada minuto que ha pasado despierto desde que encontró la pluma de Amigofiel, bombardea el colegio como una guerra relámpago. Cruza el promontorio sobre el campo de fútbol y arrasa todo a su paso.
El señor Bates moja una zanahoria en humus. David Best eructa; Wesley Ohman se ríe; el rugido explota a través del aparcamiento. Langostas avispones sierras mecánicas granadas bombarderos gritan chillan furia cólera. Patti arranca de un mordisco el cañón de su pistola de palito de pescado mientras las paredes de la escuela se resquebrajan. La puerta del aula del señor Bates sale volando. Seymour apoya ambas manos en el carro del proyector y empuja.
Una radio en la sala de espera dice: «Nada sabe mejor que una manzana de Idaho recién cogida del árbol». El susurro del papel en la camilla de exploración bordea lo insoportable.
La doctora pulsa una tecla. Bunny lleva su delantal de Aspen Leaf con los dos bolsillos delanteros y la placa identificativa sujeta a un tirante. Susurra en su teléfono plegable:
—El sábado haré turno doble, Suzette, lo prometo.
La doctora ilumina cada uno de los ojos de Seymour con una linterna de bolsillo. Dice:
—Tu madre me cuenta que hablabas con un búho en el bosque.
Una revista en la pared dice: «Sé tu mejor versión quince minutos cada día».
—¿Qué tipo de cosas le contabas al búho, Seymour?
No contestes. Es una trampa.
La doctora dice:
—¿Por qué destrozaste el proyector de clase, Seymour?
Ni una palabra.
En el mostrador, al salir, Bunny desaparece en la caverna de su bolso.
—¿Hay alguna posibilidad —pregunta— de que me manden la factura?
En una cesta cerca de la salida hay libros de colorear con barcos veleros. Seymour coge seis. En su habitación dibuja espirales alrededor de todos los barcos. Espirales de Cornú, espirales logarítmicas, espirales de Fibonacci: sesenta torbellinos engullen sesenta barcos diferentes.
Noche. Mira al otro lado de la puerta corredera, pasado el jardín trasero, hasta donde la luz de luna se derrama por los solares de Eden’s Gate. Un flexo solitario brilla en una casa a medio terminar e ilumina una ventana del piso de arriba. Pasa flotando el fantasma de Amigofiel.
Bunny deja una bolsa de 48 gramos de M&M’s sin cacahuete encima de la mesa. Al lado pone un bote naranja con tapón blanco.
—Ha dicho la doctora que no te atontarán. Solo te harán las cosas más fáciles. Más tranquilas.
Seymour se frota los ojos con la base de las manos. El fantasma de Amigofiel llega dando saltitos hasta la puerta corredera. Las plumas de la cola han desaparecido; le falta un ala; tiene el ojo izquierdo herido. El pico es una raya de amarillo en una antena parabólica de plumas color humo. Dentro de la cabeza de Seymour dice: «Pensaba que estábamos juntos en esto. Pensaba que éramos un equipo».
—Una por la mañana —dice Bunny— y una por la noche. Ay, peque, a veces necesitamos un poco de ayuda para apartar la mierda.