Ciudad de las nubes
Nueve » El Argos » Konstance
Página 67 de 163
Konstance
Está paseando por una calle en Lagos, Nigeria, cruzando una plaza cerca del golfo de Guinea, con hoteles color blanco resplandeciente a ambos lados —una fuente detenida en plena rociada, cuarenta cocoteros plantados en jardineras ajedrezadas— cuando se detiene. Levanta la vista, siente un leve picor en la base de la nuca: algo no va bien.
En la Granja 4 Padre tiene un único cocotero en un cajón refrigerado. Todas las semillas, le explicó, son viajeras, pero ninguna hay más intrépida que el cocotero. Esparcidos en playas donde las mareas altas los cogen y los transportan mar adentro, los cocos, dijo, cruzaban océanos, con el embrión de un árbol nuevo dentro de su gran corteza fibrosa, doce meses de fertilizante a bordo. Le dio a Konstance el coco, cuya cáscara desprendía vapor, y le enseñó los tres poros germinativos en la parte de abajo: dos ojos y una boca, dijo, el rostro de un marinerito silbando mientras da la vuelta al mundo.
A la izquierda de Konstance, un letrero dice: «Bienvenidos al Nuevo Intercontinental». Entra en la sombra de las palmeras y sigue mirando hacia arriba con los ojos entrecerrados cuando los árboles se deshilachan, el Vizor se retira de sus ojos y aparece Padre.
Al bajar del Deambulador siente la sacudida familiar del mareo. Ya es NoLuz. Madre está sentada en el borde de su litera poniéndose polvo desinfectante en los pliegues de las palmas de las manos.
—Lo siento —dice Konstance—, me he quedado demasiado tiempo.
Padre le coge la mano. Junta las cejas blancas.
—No, nada de eso.
La única luz procede del aseo. En las sombras detrás de Padre, Konstance ve que el por lo común pulcro montón de monos de trabajo y remiendos de Madre está revuelto, que la bolsa de botones se ha derramado por todas partes: hay botones debajo de la litera, debajo de la banqueta de coser, en el riel de la cortina alrededor del inodoro.
Cuando Konstance vuelve a mirar a su padre, una parte de ella comprende antes de que este hable lo que va a decir, y tiene la aguda sensación de que han dejado atrás su planeta y su estrella, de que viajan a una velocidad imposible a través de un vacío frío y mudo, de que no hay vuelta atrás.
—Zeke Lee —dice Padre— ha muerto.
Un día después de la muerte de Ezekiel muere el doctor Pori y de la madre de Zeke se dice que está inconsciente. Veintiún personas más —la cuarta parte de la tripulación— tienen síntomas. La doctora Cha no hace otra cosa que atender a miembros de la tripulación; el ingeniero Goldberg trabaja durante toda la NoLuz en el Laboratorio de Biología buscando una solución.
¿Cómo empieza una epidemia dentro de un disco sellado que no ha estado en contacto con nada vivo durante casi seis décadas y media? ¿Se propaga por el contacto, por la saliva o por la comida? ¿Por vía aérea? ¿Por el agua? ¿Es que la radiación del espacio sideral penetró el escudo y dañó su núcleo celular? ¿O es que algo latente en los genes de alguien durante todos estos años despertó de pronto? ¿Y por qué no puede Sybil, que lo sabe todo, solucionarlo?
Aunque Konstance apenas recuerda a Padre usando su Deambulador, ahora pasa casi todo el tiempo subido en él, con el Vizor puesto, estudiando documentos en la mesa de la Biblioteca. Madre cartografía los minutos previos a la cuarentena. ¿Se cruzó con la señora Lee en el pasillo antes de la Segunda Comida aquel día? ¿Aterrizó una mota microscópica del vómito de Ezekiel en su mono? ¿Es posible que gotas invisibles terminaran dentro de sus bocas?
Una semana atrás todo parecía tan seguro… Tan estable. Todos cuchicheando por los pasillos con sus monos y calcetines remendados. «Podemos ser uno o ciento dos…». Lechuga fresca los martes, alubias de la Granja 3 los miércoles, cortes de pelo los viernes, dentista en el Compartimento 6, costurera en el 17, precálculo con el doctor Pori tres mañanas a la semana, el cálido ojo de Sybil cuidando de todos. Y sin embargo, ya entonces, en los recovecos más profundos de su subconsciente, ¿no presentía Konstance lo precario de todo ello? ¿La gélida inmensidad que presionaba sin cesar las paredes exteriores?
Se toca el Vizor y sube la escalerilla hasta la segunda grada de la Biblioteca. Jessi Ko levanta la vista de un libro en el que mil ciervos pálidos con hocicos demasiado grandes yacen muertos en la nieve.
—Estoy leyendo sobre los antílopes saiga. Enfermaron de una bacteria que los mataba en masa.
Omicron está tumbado de espaldas mirando hacia arriba.
—¿Dónde está Ramón? —pregunta Konstance.
Debajo de ellos, imágenes de una pandemia de tiempo atrás parpadean sobre adultos sentados en mesas. Soldados en camas, médicos con trajes de protección contra materiales peligrosos. De pronto le viene a la cabeza una imagen del cuerpo de Zeke enviado a la esclusa de aire; a continuación, unos cuantos cientos de miles de kilómetros después, el del doctor Pori: un reguero de cadáveres abandonados al vacío igual que migas de pan en un terrorífico cuento infantil.
—Aquí dice que murieron doscientos mil en doce horas —señala Jessi— y nadie descubrió nunca por qué.
Abajo, en el atrio, en la periferia de su campo visual, Konstance ve a su padre sentado solo a una mesa, con láminas de dibujos técnicos flotando a su alrededor.
—He oído —dice Omicron mirando hacia la bóveda de cañón— que el Nivel Tres de Cuarentena dura un año.
—He oído —susurra Jessi—, que el Nivel Cuatro dura para siempre.
Se amplía el horario de Biblioteca. Madre y Padre apenas se bajan de sus Deambuladores. Y lo que es aún más inusual, dentro del Compartimento 17 Padre ha retirado la cortina bioplástica de privacidad que cerraba el inodoro, la ha cortado en pedazos y está usando la máquina de coser de Madre para hacer algo con ella (Konstance no se ha atrevido a preguntar qué). Encerrados en el Compartimento 17, bajo el efluvio de la pasta nutricional que eructa la impresora de comida, Konstance casi puede oler el miedo colectivo que recorre la nave: insidioso, mefítico, filtrándose por las paredes.
Más tarde, dentro del Atlas, en los suburbios de Bombay, viaja por una pista de correr que serpentea alrededor de enormes torres color crema de cuarenta o cincuenta pisos de altura. Pasa junto a mujeres en sari, mujeres en ropa de correr, hombres en pantalón corto, todos ellos inmóviles. A su derecha, un muro de verdes manglares discurre en paralelo al camino durante casi un kilómetro. Hay algo que la preocupa mientras se desplaza entre corredores paralizados, alguna arruga alarmante en la textura del software: en las personas o los árboles o la atmósfera. Aprieta el paso, inquieta, atraviesa figuras como si fueran fantasmas: a cada paso que da puede sentir el miedo invadiendo el Argos, a punto de ponerle la mano en la nuca.
Para cuando sale del Atlas, está oscuro. Pequeños apliques brillan en la base de las columnas de la Biblioteca y nubes nocturnas cruzan veloces sobre la bóveda de cañón.
Unos cuantos documentos van de un lado a otro; hay unas pocas figuras encorvadas sobre mesas. El perrito blanco de la señora Flowers trota hasta Konstance, se sienta y mueve la cola atrás y adelante, pero la señora Flowers no está por ninguna parte.
—Sybil, ¿qué hora es?
«Cuatro diez de NoLuz, Konstance».
Apaga el Vizor y se baja del Deambulador. Padre está otra vez en la máquina de coser de Madre, con las gafas en la punta de la nariz, trabajando a la luz de la lámpara de Madre. Tiene la capucha de su traje de protección en el regazo igual que la cabeza decapitada de un enorme insecto. A Konstance le preocupa que la regañe por quedarse levantada hasta tan tarde otra vez, pero Padre está murmurando para sí, dándole vueltas a alguna cosa y entonces cae en la cuenta de que le gustaría que la regañara por quedarse levantada hasta tan tarde.
Aseo, dientes, cepillarse el pelo. Ya sube la escalerilla de su litera, cuando el corazón le da un vuelco de susto. Madre no está en su litera. Ni en la de Padre. Ni en el aseo. Madre no está en el Compartimento 17.
—¿Padre?
Padre da un respingo. La manta de Madre está arrugada. Madre siempre dobla su manta en un rectángulo perfecto cuando se levanta de la cama.
—¿Dónde está Madre?
—¿Hmm? Ha ido a ver a alguien.
La máquina de coser vuelve a la vida, la bobina gira, y Konstance espera a que pare.
—Pero ¿cómo ha conseguido salir de aquí?
Padre sujeta los bordes de la cortina para hacerlos coincidir, los sitúa debajo de la aguja y la máquina vuelve a repiquetear.
Konstance repite la pregunta. En lugar de contestar, Padre usa las tijeras de Madre para cortar un trozo de hilo, luego dice:
—Cuéntame dónde has ido esta vez, calabacita. Debes de haber caminado kilómetros.
—¿Ha dejado Sybil salir a Madre?
Padre se levanta y va hasta su litera.
—Tómate esto.
Su voz es calmada, pero tiene la mirada dispersa. Lleva en la palma tres de las SueñoGrageas de Madre.
—¿Por qué?
—Te ayudarán a descansar.
—¿Tres no son muchas?
—Tómatelas, Konstance, no pasa nada. Te voy a envolver en tu manta igual que una pupa en una crisálida, ¿te acuerdas? Como hacíamos antes. Y por la mañana tendrás respuestas, te lo prometo.
Las grageas se disuelven en su lengua. Padre le remete la manta alrededor de las piernas, vuelve a sentarse delante de la máquina de coser y la aguja se pone de nuevo en marcha.
Por encima de la barandilla, Konstance mira la litera de Madre. Su manta arrugada.
—Padre, tengo miedo.
—¿Quieres oír un poco de la historia de Etón? —La máquina de coser gruñe y se apaga—. Después de escapar del molinero, Etón caminó hasta el confín del mundo, ¿te acuerdas? La tierra terminaba en un mar helado y del cielo caía nieve y solo había arena negra y algas congeladas y no se olían rosas en mil seiscientos kilómetros.
La lámpara parpadea. Konstance pega la espalda a la pared y se esfuerza por mantener los ojos abiertos. Hay gente muriendo. Sybil solo habría dejado salir a Madre del compartimento si…
—Pero Etón aún tenía esperanza. Allí estaba, atrapado dentro de un cuerpo que no era el suyo, lejos de casa, en el límite mismo del mundo conocido. Miró la luna mientras caminaba por la orilla y le pareció ver a una diosa bajar de la noche en su ayuda.
En el aire sobre su litera Konstance ve luz de luna rielar en láminas de hielo, ve a Etón el asno dejando huellas de pezuñas en la arena fría. Intenta sentarse, pero de pronto tiene el cuello demasiado débil para soportar el peso de su cabeza. La nieve cae oblicua sobre su manta. Levanta una mano para tocarla, pero sus dedos se hunden en la oscuridad.
Dos horas más tarde, Padre se inclina sobre la barandilla en la NoLuz y la ayuda a salir de la cama. Konstance está grogui y confusa por las SueñoGrageas y Padre le mete las piernas y los brazos en algo que parece una persona desinflada, un traje que ha hecho con la cortina bioplástica. La cintura le queda grande y no tiene guantes, solo mangas cosidas en los extremos. Mientras Padre le sube la cremallera, Konstance está tan adormilada que apenas consigue mantener la barbilla levantada.
—Padre.
Ahora le está colocando la capucha de oxígeno en la cabeza, cubriéndole el pelo con ella y encajándola al cuello del traje con la misma cinta aislante que usa para sellar los goteros de riego de la granja. Lo enciende y Konstance nota cómo el traje se infla alrededor de ella.
«Oxígeno al treinta por ciento», le dice una voz grabada dentro de la capucha directamente al oído y el haz blanco del frontal se enciende y rebota en los objetos del compartimento.
—¿Puedes andar?
—Me estoy asando aquí dentro.
—Lo sé, calabacita, estás siendo muy buena. Déjame que vea cómo caminas.
Gotículas de sudor de la frente de Padre atrapan la luz del frontal y su palidez es tan blanca como su barba. A pesar del miedo y de la fatiga, Konstance consigue dar unos pasos y las mangas extrañas e infladas se arrugan. Padre se agacha y coge el Deambulador de Konstance y, con la otra mano, se las arregla para coger la banqueta de aluminio de la mesa de coser de Madre y llevar ambas cosas a la puerta.
—Sybil —dice— uno de nosotros no se encuentra bien.
Konstance se reclina contra la cadera de Padre, acalorada y asustada, y espera a que Sybil ponga pegas, que diga cualquier cosa menos lo que dice:
«Enseguida irá alguien».
Konstance nota la gravedad de las SueñoGrageas tirándole de los párpados, de la sangre, de los pensamientos. La cara demacrada de Padre. La manta sin doblar de Madre. Las palabras de Jessi Ko: «Si Sybil detecta que te pasa algo…».
«Oxígeno al veintinueve por ciento», dice la capucha.
Cuando se abre la puerta aparecen dos figuras vestidas de pies a cabeza con trajes de protección contra riesgo biológico que recorren a grandes zancadas el pasillo en la NoLuz. Llevan linternas sujetas a las muñecas y los trajes se inflan desde dentro, por lo que parecen aterradoramente enormes, y tienen las caras desaparecidas detrás de escudos faciales de espejo color bronce. Arrastran largas mangueras envueltas en cinta de aluminio.
Padre se abalanza hacia ellos con el Deambulador de Konstance todavía pegado al pecho y los hombres retroceden.
—No os acerquéis. Por favor. No va a ir a la Enfermería.
La apremia a correr tras él por el pasillo sin iluminar guiándose por el haz trémulo del frontal de Konstance. Los pies de esta resbalan dentro de las calzas de bioplástico.
Hay objetos arrumbados contra las paredes: bandejas de comida, mantas, algo que pueden ser vendas. Cuando pasan junto a Intendencia, Konstance echa una ojeada, pero Intendencia ya no es Intendencia. Donde antes había mesas y bancos dispuestos en tres hileras, hay ahora unas veinte tiendas de campaña blancas, de cada una salen tubos y cables y luces de instrumental médico parpadean aquí y allí. Por la lona con la cremallera bajada de una de ellas, Konstance atisba la planta de un pie descalzo asomando de una manta, y al momento siguiente han doblado la esquina.
«Oxígeno al veintiséis por ciento», dice su capucha.
¿Estaban enfermas esas personas? ¿Se estaban muriendo? ¿Estaba Madre en una de esas tiendas?
Pasan los Aseos 2 y 3, pasan la puerta sellada de la Granja 4 —dentro está el pino joven de Konstance, ya tiene seis años y es tan alto como ella— y recorren pasillos hacia el núcleo del Argos. Padre jadea mientras apremia a Konstance, los dos se resbalan y el haz de luz del frontal da bandazos. «Hydro-acceso», dice en una puerta; «Compartimento 8», dice en otra, «Compartimento 7». Konstance tiene la sensación de estar siendo succionada por el agujero en el corazón de un remolino.
Por fin se detienen frente al letrero que dice «Cámara Uno». Pálido, jadeante, con la cara brillante de sudor, Padre mira por encima del hombro y a continuación apoya la palma sobre la puerta. Giran ruedas y se abre el vestíbulo.
Sybil dice: «Entrando en Zona de Descontaminación».
Padre hace entrar a Konstance, deja su Deambulador a su lado y coloca la banqueta en el umbral, contra el marco de la puerta.
—No te muevas.
Konstance se sienta en el vestíbulo dentro de su traje arrugado, y se rodea las rodillas con los brazos, y la capucha dice: «Oxígeno al veinticinco por ciento», y Sybil dice: «Iniciando proceso de descontaminación». Konstance grita: «Padre», a través de la máscara de su capucha, y la puerta exterior se cierra hasta encontrarse con la banqueta.
Las patas de la banqueta se doblan con un chirrido y la puerta se detiene.
«Por favor, retire bloqueo de la puerta exterior».
Regresa Padre con cuatro sacos de polvo Nutrir, los lanza por encima de la banqueta medio aplastada y se va otra vez corriendo.
A continuación llegan un váter seco ecológico, toallitas limpiadoras secas, una impresora de comida sin desembalar, una cama inflable, una manta retractilada, más paquetes de polvo Nutrir. Padre va y viene corriendo. «Por favor, retire bloqueo de la puerta exterior», repite Sybil, y la banqueta se arruga otro centímetro por la presión y Konstance empieza a hiperventilar.
Padre arroja dos paquetes más de polvo Nutrir al vestíbulo —¿por qué tantos?—, entra por el hueco de la puerta y se deja caer contra una pared. Sybil dice: «Para poder iniciar la descontaminación, es necesario desbloquear la puerta exterior».
La capucha de Konstance le dice al oído: «Oxígeno al veintitrés por ciento».
Padre señala la impresora.
—¿Sabes cómo funciona? ¿Te acuerdas de dónde se conecta el cable de bajo voltaje?
Apoya las manos en las rodillas, con el pecho agitado y la barba goteando de sudor, y la banqueta chilla por la presión. Konstance consigue asentir con la cabeza.
—En cuanto se cierre la puerta exterior, cierras los ojos y Sybil iniciará la descarga de aire y lo esterilizará todo. Luego abrirá la puerta interior. ¿Te acuerdas? Antes de entrar, mételo todo. Todo. Una vez lo tengas todo dentro y la puerta interior esté sellada, cuenta hasta cien y entonces podrás quitarte la capucha. ¿Me has entendido?
El miedo palpita en todas las células del cuerpo de Konstance. La litera vacía de Madre. Las tiendas de campaña en Intendencia.
—No —dice.
«Oxígeno al veintidós por ciento —dice la capucha—. Intente respirar más despacio».
—Cuando se cierre la puerta interior —repite Padre—, cuenta hasta cien. Luego ya puedes quitártela.
Hace fuerza contra el borde de la puerta y Sybil dice: «La puerta exterior está bloqueada, es necesario desbloquearla», y Padre mira hacia la oscuridad del pasillo.
—Tenía doce años —dice— cuando solicité participar en la misión. Era un niño y lo único que veía era que todo se moría. Y entonces tuve un sueño, una visión, de lo que podría ser la vida. ¿Por qué quedarme aquí cuando podía estar allí? ¿Te acuerdas?
De entre las sombras reptan mil demonios y Konstance los enfoca con su linterna y los demonios retroceden y la luz se aparta y los demonios regresan de un salto. La banqueta chilla de nuevo. La puerta exterior se cierra otro centímetro.
—Fui un loco.
La mano de Padre, cuando se la pasa por la frente, es esquelética; tiene flácida la piel de la garganta; la plata del pelo atenuada hasta ser gris. Por primera vez en la vida de Konstance, su padre aparenta su edad, o más incluso, como si, con cada respiración, le estuvieran siendo arrebatados los últimos años de vida. Konstance dice a la máscara de su capucha:
—Dijiste que lo bonito de un loco es que nunca sabe cuándo rendirse.
Padre inclina la cabeza hacia ella y pestañea deprisa, como si se le estuviera escapando un pensamiento demasiado veloz.
—Era la abuela —contesta— quien decía eso.
«Oxígeno al veinte por ciento», dice la capucha de Konstance.
Una gota de sudor cuelga de la nariz de Padre, tiembla y a continuación cae.
—En mi hogar —dice—, en Esqueria, detrás de la casa discurría una acequia. Incluso después de secarse, incluso en los días más calurosos, siempre había alguna sorpresa si pasabas arrodillado allí el tiempo suficiente. Una semilla transportada por el viento, un gorgojo o una pequeña borraja, valiente y solitaria.
Se apoderan de Konstance oleada tras oleada de somnolencia. ¿Qué hace Padre? ¿Qué intenta decirle? Lo ve levantarse y pasar por encima de la banqueta deforme al vestíbulo.
—Padre, por favor.
Pero la cara de Padre desaparece. Apoya un pie contra el borde de la puerta, saca la banqueta arrugada y el vestíbulo se cierra.
—No, no te…
«Puerta exterior sellada —dice Sybil—. Iniciando descontaminación».
El ruido del ventilador sube de volumen. Konstance nota chorros fríos contra el bioplástico de su traje, cierra los ojos a las tres pulsaciones luminosas y la puerta interior se abre. Aterrada, exhausta, sobreponiéndose al pánico, mete el váter, los paquetes de Nutrir, la cama, la impresora de comida en su embalaje.
La puerta interior se sella. La única luz es el resplandor de Sybil que parpadea dentro de su torre, ahora naranja ahora fucsia ahora amarillo.
«Hola, Konstance».
«Oxígeno al dieciocho por ciento», dice la capucha.
«Me encanta tener visitas».
Uno dos tres cuatro cinco.
Cincuenta y seis cincuenta y siete cincuenta y ocho.
«Oxígeno al diecisiete por ciento».
Ochenta y ocho ochenta y nueve noventa. La manta sin doblar de Madre. El pelo húmedo de sudor de Padre. Un pie descalzo asomando de una tienda de campaña. Llega a cien y desconecta la capucha. Se la quita. Se tumba en el suelo y se rinde a las SueñoGrageas.